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Este proceso es muy exigente: consiste en dejar nuestro propio territorio, atravesar la frontera para entrar en el terreno

del hospedero y exponernos a lo que él buenamente quiera. Se

trata de reconocernos extraños, de entrada renunciar a imponer

nuestra propia forma de ver y de acomodarnos al estilo de otra

casa, incluso aceptar los límites.

Este procedimiento aplicado al encuentro interreligioso exige siempre una radical conversión de mentalidad. Por la tradición, los cristianos han preferido desplazar las fronteras antes que atravesarlas. En origen, en cuanto eran minorías, han transmitido la fe a través de todas las fronteras, sociales, geográficas, raciales y culturales, pero, cuando han sido más potentes, han delimitado rápidamente su territorio y excluido a quienes no aceptaban ser asimilados. La misión tenía como objeto desplazar las fronteras de la cristiandad y ampliar su territorio a partir de los centros más importantes. Los misioneros invitaban a los otros a entrar en la Iglesia, pero no pensaban en entrar en la de ellos.También las relaciones se fueron endureciendo cada vez más: se trataba de «conquistar almas». Esta obra se ha venido haciendo a lo largo del milenio que siguió a Constantino. La conquista o la reconquista fue un éxito en toda Europa, hasta el momento en que se tropezó con otra religión exclusiva... Pero la actitud no ha cambiado. La relación con los otros ha seguido la misma forma de conquista.

En contraste con esta forma de obrar, vemos a san Francisco de Asís, durante la quinta cruzada, que atraviesa las fronteras, en nombre del Evangelio, para hablar con el sultán Malik al-Kamil*. Deja el campo del ejército cristiano para entrevistarse, sin armas ni protección, con el jefe del ejército adversario, que lo recibe muy cortésmente. Este hecho anuncia el Evangelio con mucha mayor claridad que los cruzados que intentaban conquistar Damieta. Otros realizaron algún intento parecido, pero son excepciones.

Volvamos a meditar sobre este «envío a misión» que relatan los Evangelios. A los que entran en las casas donde han sido acogidos, Jesús le pide que coman y beban de lo que les ofrecen. Esta recomendación tan explícita, sin embargo, más tarde apenas ha sido comprendida mejor. Debemos recono-

cer este hecho evidente y, no obstante, sorprendente de que los misioneros, tan ávidos de anunciar el Evangelio por todos los medios posibles, incluso arriesgando sus vidas, no comiencen por aplicarlo ellos mismos en este punto tan preciso. Aquí también hubo excepciones, pero la mayor parte de los misioneros de los tiempos modernos no han creído un deber respetar las leyes de la hospitalidad al desembarcar en países extranjeros. Arribaban con armas y equipaje, así que no tenían ninguna necesidad de pedir ayuda a las personas a quienes iban a evangelizar. No se imaginaban que podía hacerse de otra forma, ya que eran prisioneros de una cultura imbuida en su superioridad.

En efecto, para pedir hospitalidad es necesario no sólo estar necesitado, sino también estimar a los que pedimos ayuda. Se supone que hemos de saber apreciar lo que ofrecen nuestros hospederos: su comida, su bebida, su alojamiento. Lo que no siempre resulta fácil, pero ¿cómo vamos a pretender respetarlos, si lo que constituye su vida cotidiana nos parece insípida o repugnante?

De hecho, no se trata únicamente de la realidad material del alimento y la vivienda, sino de cuanto ayuda a vivir. Louis Massignon, Charles de Foucauld u otros, que he mencionado más arriba, aceptaron la hospitalidad de los que visitaban, gustaban la comida de cada día, sentían mayor respeto y admiración por el alimento espiritual de sus hospederos, su cultura, sus escrituras sagradas, sus ritos y sus fiestas. Apreciaron las moradas espirituales que les albergaban, es decir, el conjunto de sus tradiciones culturales y religiosas. En esto aplicaron por completo el Evangelio o, sencillamente, las exigencias fundamentales de toda relación humana respetuosa.

En efecto, sólo después de haber recibido de nuestros hospederos lo que son capaces de ofrecernos podemos pro-

ponerles nuestras propias riquezas. Hemos sido negligentes en este orden de cosas. Es cierto que «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35), pero querría añadir que es más urgente recibir que dar, si al menos queremos crear unas relaciones justas. Esto es válido para todos los encuentros.

Mientras tanto, sería bueno que reflexionáramos sobre qué hacer con estos olvidos de las tradiciones evangélicas de la hospitalidad. A lo largo de la historia, los cristianos de Occidente han dado mucho a otras regiones del globo. Incluso rodeados de conquistadores y de

compradores que iban por el mundo para acaparar toda clase de

posibles riquezas, los misioneros han dado mucho en todos los campos y hay que saber agradecerlo. Su generosidad ha sido maravillosa. Aunque no han recibido mucho, al menos aparentemente, al regresar a su país, guardan con frecuencia una sincera gratitud hacia los que se encontraron. Hay que añadir aquí, para ser justos, que en estos últimos tiempos los que llevan el anuncio del Evangelio han realizado una conversión decisiva en su forma de encontrarse con las otras culturas y religiones. Me gustaría recordar en este lugar a los muchos testigos del Evangelio en el mundo que han dado este paso. Pero sólo puedo mencionar algunas regiones. Pienso en los teólogos indios y de Sri Lanka, que tienen muy en cuenta la cultura y la situación socioeconómica de su país a la hora de presentar la Buena Nueva. Pienso en los teólogos de la Liberación en América latina, que no son simplemente teólogos, sino sobre todo pastores. Puede ser en Corea, Sudáfrica o Australia, en todas estas regiones la fe cristiana ha sido al final atestiguada de forma más coherente y sin trabas inútiles.

Debemos asumir el pasivo de los siglos pasados, en época de la gran expansión misionera, cuando el contexto del encuentro no permitía a los misioneros recibir las verdaderas riquezas humanas, en particular las riquezas espirituales de

aquellos a quienes se esforzaban de modo generoso en dar el Evangelio. Hoy parece que esta falta de intercambio «razonable» ha comprometido con gravedad la obra misionera. No se pudo dejar de lado suficientemente la mentalidad occidental que en aquel momento estaba en plena expansión. Hoy, viendo cómo evolucionan las antiguas colonias, verificamos por sus frutos que esta manera de imponerse lleva un germen de violencia. Se ha dicho, con toda razón, que la historia de las relaciones de Occidente con el resto del mundo ha sido la de una hospitalidad violada.

Superar el miedo

Éste es el contexto gravemente comprometido en que se realiza hoy el encuentro de las religiones. Sólo una actitud definitivamente nueva puede hacer que esta oportunidad histórica sea fecunda y creativa.

Pero la evolución de las mentalidades en este campo es muy lenta. Y esto tanto más cuanto que el miedo, bajo sus diferentes formas, frena aún el proceso, al menos en Occidente. Los que, hasta el siglo pasado, estaban tan seguros de su fuerza y su derecho, se hallan ahora de repente indecisos. Y los cristianos, entre ellos, no ven bien cómo situarse ante las poblaciones a las que en tiempos pasados habían sido tan generosamente enviados a predicar. En otros ámbitos culturales y religiosos la evolución de los encuentros es diferente, pero, como no puedo seguirla fácilmente, hablaré sobre todo de los cristianos.

Podemos comprobar que la toma de conciencia en el terreno del diálogo interreligioso progresa no sin dificultad. Todos reconocen que es época de comprometerse porque el encuentro de las culturas y las religiones es ineludible, pero

algunos se preguntan si este encuentro, que ya no puede realizarse como «misión» tradicional, no es una forma de «dimisión» o incluso una «compro-misión» de la fe cristiana con las religiones no cristianas. Otros han creído poder instrumenta-lizar el diálogo interreligioso y lo han considerado un medio adaptado a las situaciones difíciles para continuar una empresa de conversión. Pero no han engañado a nadie y no han conseguido más que desacreditar el diálogo.

Por cierto, como reconocía, por ejemplo, el documento del Vaticano «Diálogo y Anuncio»*, el compromiso de un diálogo sincero con personas de otras religiones es un testimonio evangélico, pero, a menos que especulemos sobre intenciones ocultas de los redactores, la invitación para entrar a dialogar no está en ninguna parte motivada por una voluntad de hacer cambiar de opinión a los miembros de este intercambio.

Sin embargo, a pesar del estímulo del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, la toma de conciencia de los cristianos en este tema es muy lenta. Les resulta difícil darse cuenta de que este proceso está situado en el corazón del Evangelio. Un miedo latente ante los otros paraliza sus reflexiones y sus intentos. Por diferentes motivos, siempre piensan en las otras religiones con cierto recelo. Primero los ven como competidores del cristianismo. Es, sobre todo, el caso del budismo, que suscita cada vez más simpatía en Occidente. También se inquietan ante la vista de los signos religiosos que llevan los emigrantes venidos de otros continentes.Tienen miedo de las religiones, algunos de cuyos elementos pueden degradarse en un fanatismo que pone en peligro la libertad religiosa y la paz mundial. Si la necesidad del diálogo interreligioso es ahora ampliamente reconocida, al menos en el ámbito cristiano, es evidente que son la aprensión y el miedo los que motiva, a una parte importante, este interés

repentino por el encuentro. Estos cristianos quizá no se interesan de manera espontánea por las otras religiones, sino que desean comprometerse en un diálogo sincero justo para conjurar estos riesgos.

No hay que minimizar los peligros. Es necesario afrontarlos con lucidez. Por suerte, cuando surgen conflictos entre comunidades de diferentes religiones, las negociaciones entre representantes de las religiones se conciertan para buscar juntos los caminos de la paz. Sin este trabajo no se puede entablar ningún diálogo específicamente interreligioso.

Además, es evidente que la persistencia de tantos conflictos y las situaciones angustiosas en el mundo invitan, en lo sucesivo, a situar el encuentro interreligioso en el horizonte de la justicia y la paz mundial. En adelante, las religiones son valoradas por su capacidad de responder a los enormes desafíos de nuestro tiempo. Son llamadas a reconocer su común responsabilidad. Lo mismo para las religiones, como para los desafíos planetarios del medio ambiente, las respuestas no las puede dar solamente una nación o un solo continente. Así, de ahora en adelante, todas las religiones deben colaborar al servicio de la humanidad. Esta toma de conciencia se expresó con claridad en la reunión de oración interreligiosa en Asís: la necesidad vital de paz en el mundo concierne y supera todas las religiones. Para dar gloria a Dios, el deber primordial no es defender la propia religión, sino respetar a todos los hombres, «el hombre que vive es la gloria de Dios». El diálogo interreligioso es indispensable en la construcción de un mundo justo y pacífico.

Y sin embargo, es preciso subrayar que la paz que se desea conseguir del encuentro de las religiones como un deber urgente no es el objetivo del diálogo. Es el fruto. El diálogo no es un medio para alcanzar un objetivo más importante. El objetivo del diálogo es simplemente encontrarse.Y este en-

cuentro implica un incremento de vida, pues permite apreciarse mejor de forma mutua y recibir mucho los unos de los otros. El respeto a todo hombre permite, finalmente, conocerse mejor y conocer a Dios, la Verdad.

Subrayo esta evidencia porque entre los cristianos se pasa por alto demasiado. El diálogo interreligioso no es sólo un deber moral a favor de la justicia y la paz, sino un camino espiritual. No es sólo una exigencia que viene a añadirse a tantas otras obligaciones, sino una oportunidad, una oportunidad para la fe.

La mayor parte de los textos oficiales en lo que se refiere al diálogo interreligioso hablan en esencia de la colaboración a favor de la paz. Pero esta polarización enmascara también, me parece, otro miedo, el de un peligro más interno que amenaza la fe de los que dialogan. La decisión de comprometerse en un encuentro interreligioso que va más allá de la cooperación sociopolítica o del estudio de las religiones expone al creyente a riesgos de relativismo y sincretismo. Consecuentemente, muchos estiman que no es necesario comprometerse hasta el fondo en este empeño. En efecto, en el encuentro se corre el riesgo de cambiar. Se puede comprender este temor a una transformación interior en un campo tan esencial, pero más sabio es abordar esta cuestión de frente. El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreli-gioso ha elaborado un texto sobre la espiritualidad del diálogo. Contempla la cuestión fundamental planteada por el diálogo de la experiencia espiritual y propone actitudes justas para el encuentro con otras espiritualidades. Pero la Congregación para la Doctrina de la Fe todavía no ha dado au- torización para publicar este documento.

Es necesario también ver el riesgo que entraña un compromiso ambiguo en este intento decisivo para el porvenir de las religiones. Sin una total determinación en este camino,

el verdadero encuentro no tiene lugar en verdad y, ya que la necesidad del diálogo es, sin embargo, ineludible, uno está tentado de satisfacerse con palabras.

Los documentos del Concilio Vaticano II operan una decisiva revolución en la mentalidad con respecto a las otras religiones; invitan explícitamente a los cristianos a respetarlas. Pero ¿qué es respetar? Esta actitud es más exigente de lo que en general se ha podido pensar. Al evitar encuentros entre las religiones como tales, es decir, en un plano de oración y de búsqueda espiritual, para sólo intercambiar con ellas cuestiones candentes del mundo actual, se corre el riesgo de considerarlas sólo como instituciones culturales, organismos filantrópicos o de poderes políticos. Si este respeto sincero no lleva a una verdadera estima por los valores propiamente religiosos, sigue siendo, por lo menos, incompleto. En efecto, se sobrepasa la simple tolerancia. El clima, con frecuencia cálido, de las reuniones interreligiosas me parece que alguna vez engaña. Los que intervienen me hacen pensar en los ricos que se cruzan con un pobre por la calle, prefieren darle una generosa limosna y seguir su camino a pararse y afrontarlo. Su don es tanto más generoso cuanto les exime de tener en cuenta la persona del mendicante, con todas las dificultades que acarrea. Así, en el ambiente interreligioso, muy bellas palabras a veces pueden ser útiles para conjurar el miedo a un encuentro que podría desestabilizar.

Uno se alegra al ver cómo se van tejiendo lazos de amistad entre representantes de las religiones cuando concurren regularmente a encuentros interreligiosos. Pero si esta amistad no sirve para compartir lo más precioso de cada uno de los interlocutores, más valdría hablar de simpatía y acogida cordial.

En un clima de desconfianza hacia un encuentro en profundidad con otras religiones, el diálogo puede también

reducirse a una simple negociación. Incluso la hospitalidad entonces sólo puede ser expresión de una gran cortesía. En realidad, el miedo degrada cuanto alcanza.

Estos diferentes temores, que a veces motivan y limitan el diálogo, explican, en todo caso, cierta falta de entusiasmo para el encuentro interreligioso en muchos cristianos. Mientras no se liberen de la reticencia para reconocer plenamente al otro, los encuentros interreligiosos, que se multiplican, tendrán algo de voluntarismo y conveniencia. Se repiten, pero se constata escaso progreso. Se hubiera podido esperar que un «movimiento dialogal», análogo al «movimiento ecuménico», tomara altura después del Concilio Vaticano II y de la jornada de oración de Asís, pero hay que reconocer que la evolución sigue siendo lenta o vacilante.

Necesitamos identificar con claridad el miedo en todas sus manifestaciones para poder superarlo y hacer que se difunda un verdadero diálogo.

Nuevas perspectivas

Ha llegado el momento de definir de forma más sistemática este encuentro interreligioso, como es vivido en el proceso de la hospitalidad. Después de haber tenido en cuenta lo que puede entorpecer su desarrollo, puedo mostrar muchas perspectivas abiertas en este acercamiento respetuoso y confiado. Lo hago basándome en el Evangelio. Las verdades de los Evangelios son en sí mismas hospitalarias, e intentaré, pues, siempre relacionarlas con otras fuentes de vida inspiradas por el Espíritu.

Se trata, recordémoslo una vez más, de pedir a nuestro interlocutor que nos reciba en su casa, en su vida espiritual, respetando las exigencias de discreción prescritas por las le-

yes de la hospitalidad. Se trata, a su vez, de acoger al otro creyente en el hogar de nuestra propia vida espiritual, confiando en la determinación de nuestro huésped de respetar nuestra fe.

Este encuentro podría resumirse en pocas palabras: Cor ad cor

loquitur, «El corazón habla al corazón», divisa que John Henry

Newman*, este gran precursor de la teología del encuentro, escogió cuando lo nombraron cardenal. Es el encuentro de dos acogidas confiadas. Raimon Panikkar ha forjado la expresión: «diálogo intrarreligioso». Al igual, precisa bien el nivel del encuentro: no sólo en el inter, todavía neutro, sino también en el intra, en el corazón de la vida religiosa. Este tipo de diálogo es una forma de hospitalidad interreligiosa. Si consentimos en dejar que el otro penetre «en el interior» de nuestra vida espiritual, es con la convicción de que, al acogerlo, recibimos misteriosamente al Señor mismo o, en todo caso, a un mensajero de Dios. Deseamos entender lo que nuestro interlocutor nos dice desde su experiencia religiosa más auténtica. No lo recibimos sólo por bondad, sino porque esperamos de él una aportación espiritual particular. El proceso de acogida lo que aporta en definitiva es esperanza, más que respeto.

«En la base de la teología del diálogo hay una teología de la esperanza», como gustaba decir al padre Christian de Cher-gé. La exigencia de la esperanza es la primera característica de la acogida. No es menos necesario que un proceso teológico para que sea posible un diálogo tal entre las religiones. La esperanza en el otro es la primera característica de un encuentro en profundidad. El movimiento llamado Ribat es-Salam (elVínculo de la Paz), en que los hermanos deTibhi-rine participaron, une todavía hoy a musulmanes y cristianos en su oración y en la búsqueda espiritual. Es cierto que está al servicio de la paz entre todos los hombres, pero este vínculos

lo se estrecha más en lo alto, en una comunión fundamentada en una oración común y en el respeto por la acción de Dios en cada uno de los participantes. Allaoui Abdelallaoui, un musulmán suri, recientemente expresaba con fuerza la exigencia de situar el encuentro en el corazón de la vida religiosa: «El diálogo comienza en el momento en que sólo está en nosotros la búsqueda de lo esencial, lo que sólo puede saciar nuestra sed».

La segunda característica de este encuentro es la pobreza; es incluso una exigencia, como vemos en la forma que Cristo envía a sus