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A Historia del rey don Enrique II, manuscrita, que la tenía un hermano del cronista y doctor Ambrosio de Morales, hablando de las rentas reales, decía que valían cada año treinta cuentos de maravedís de renta, que son ochenta mil ducados, y es de advertir que era rey de Castilla y de León. otras cosas decía a propósito de la renta, que por ser odiosas no las digo. En la corónica del rey don Enrique III, que está al principio de la de su hijo el rey don Juan II, que fue el año de mil cuatrocientos y siete, se leen cosas admirables acerca de lo que vamos diciendo, del poco dinero que entonces había en España, y del sueldo tan corto que los soldados ganaban, y del precio tan bajo que todas las cosas tenían, que por ser cosas que pasaron tan cerca del tiempo que se ganó el Perú, será bien que saquemos algunas de ellas, como allí se leen, a lo menos las que hacen a nuestro propósito.El título del capítulo segundo de aquella historia dice: «Capítulo Segundo. De la habla que el infante hizo a los grandes del reino». Este infante decimos que fue don Fernando, que ganó a Antequera y después fue rey de Aragón. La habla dice así: «Perlados, condes, ricos hombres procuradores, caballeros y escuderos que aquí sois ayuntados: ya sabeis cómo el rey mi señor está enfermo, de tal manera que no puede ser presente a estas Cortes,
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y mandó que de su parte vos dijese el propósito con que él era venido a esta ciudad. El cual es que por el rey de Granada le haber quebrantado la tregua que con él tenía, y no haber querido restituir el castillo de Ayamonte, ni le haber pagado en tiempo las parias que le debía, él le entendía hacer cruda guerra, y entrar en su reino muy poderosamente por su propia persona, y quiere haber vuestro parecer y consejo. Principalmente quiere que veáis que esta guerra que su merced quiere hacer es justa; y esto visto, queráis entender en la forma que ha de tener, así en el número de la gente de armas y peones que le convenía llevar, para que el honor y preeminencia suya se guarde, como para las artillerías, y pertrechos, y vituallas que para esto son menester; y para hacer el armada que conviene para guardar el estrecho y para haber dinero para las cosas ya dichas, y para pagar el sueldo de seis meses a la gente que les parecerá ser necesaria para esta entrada». Todo esto contiene el capítulo segundo de aquella historia.
En los demás que se siguen se cuenta la competencia sobre cuál de las ciudades había de hablar primero, si Burgos o Toledo, si León o Sevilla, y lo que respondieron los procuradores a la demanda, y como ellos no quisieron señalar el número de la gente ni lo demás necesario para la guerra, sino que lo señalase el rey, y así lo señaló en el capítulo décimo por estas palabras, sacadas a la letra: «Diez mil hombres de armas, y cuatro mil jinetes, y cincuenta mil peones ballesteros y lanceros, allende de la gente de Andalucía, y treinta galeras armadas, y cincuenta naos, y los pertrechos siguientes: seis gruesas lombardas y otros cien tiros de pólvora, no tan grandes, y dos ingenios, y doce trabucos, y picos, y azadones y azadas, y doce pares de fuelles grandes de herrero, y seis mil paveses y carretas; y bueyes para llevar lo susodicho, y sueldo para seis meses para la gente. Y para esto vos manda y ruega trabajéis cómo se reparta en tal manera cómo se pueda pagar lo que así montare dentro de los seis meses, de forma que los reinos no reciban daño». Hasta aquí es del capítulo décimo, lo que se sigue es del undécimo.
Sacamos los capítulos como están, porque en sus par[ti]cularidades y menudencias hay mucho que notar para lo que pretendemos probar y averiguar; dice así en el capítulo once: «Visto por los procuradores lo que
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el rey les enviaba a mandar, pareciole grave cosa de lo poder cumplir en tan breve tiempo. Acordaron de hacer cuenta de lo que todo podía montar, y de lo enviar así al rey para que su merced viese lo que a su servicio y a bien de sus reinos cumplía. Y la cuenta hecha hallaron que diez mil lanzas pagadas a diez maravedís cada día, que montaba el sueldo de seis meses veinte y siete cuentos. Y cuatro mil jinetes a diez maravedís cada día, siete cuentos y doscientos mil maravedís. Y cincuenta mil hombres de a pie, a cinco maravedís cada día cuarenta y cinco cuentos. El armada de cincuenta naos y treinta galeras, que montarían quince cuentos, y los pertrechos de la tierra, de lombardas, e ingenios y carretas que podría montar seis cuentos. Así que montaría todo esto, [cien cuentos y doscientos mil mara] vedís1. Y
vista esta cuenta, los procuradores hallaron que en ninguna manera esto se podía cumplir ni estos reinos bastarían a pagar número tan grande en tan breve tiempo. Y suplicaron al señor infante que quisiese suplicar al rey le pluguiese para esta guerra tomar una parte de sus alcabalas y almojarifazgo y otros derechos, que montaban bien sesenta cuentos, y otra parte del tesoro que en Segovia tenía, y sobre esto que el reino cumpliría lo que faltase» etc. Hasta aquí es del capítulo alegado, y porque va largo y fuera de nuestro propósito no lo saqué todo, más de que en el capítulo siguiente, que es el doceno, dice que el rey tuvo por bien de que el reino le sirviese, y socorriese con cuarenta y cinco cuentos de maravedís para la guerra que determinaba hacer al rey de Granada; lo cual se asentó y pagó llanamente.
En el testamento del mismo rey don Enrique III entre otras mandas que hace, hay dos: la una es que manda erigir siete capellanías en la Santa Iglesia de Toledo, y señala diez mil quinientos maravedís de renta para ellas, y a mil quinientos maravedís cada capellanía. Luego sucesive manda que en la dicha iglesia se le hagan cada año doce aniversarios, uno cada mes; que den por cada aniversario doscientos maravedís, los cuales quiere y manda que se repartan por los señores del cabildo que se hallaren presentes a cada aniversario.
1 En la edición príncipe (1617) no aparece el texto entre corchetes. La frase ha sido reconstruida
a partir de la segunda edición española de esta obra, publicada en Madrid en 1722 por Andrés Gonzáles de Barcia.
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Adelante, en el capítulo ciento y ocho, dice que estando el infante don Fernando muy necesitado en el cerco de Antequera, envió a pedir socorro de dineros a la reina doña Catalina, su cuñada, la cual sacó del tesoro del rey, su hijo, seis cuentos de maravedís, con los cuales aquel buen infante acabó de ganar la ciudad de Antequera. Llegándonos más a nuestros tiempos, es de saber y de advertir, que los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel tenían tasado el gasto de su mesa y plato en doce mil ducados cada año, con ser reyes de Castilla, de León, de Aragón y de navarra, y de Sicilia, etc. Y porque este capítulo no sea tan largo que canse, lo dividimos en dos partes, siguiendo todavía nuestra intención.
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