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Capítulo 4. Prospecciones en la Subcuenca del Río Santo Cristo: Conceptos, Metodología y Resultados

4.1 Prospección y registro arqueológico regional

El lugar ocupado por la prospección en las investigaciones arqueológicas ha cambiado significativamente a través de los años. Si bien es una parte integral de la práctica arqueológica desde sus inicios, hasta mediados de la década de 1960, la etapa de relevamiento y prospección ocupaba un lugar secundario en la investigación. La información obtenida se prestaba meramente a indicar los lugares más adecuados para la realización de las excavaciones estratigráficas (Ruppé 1966; Parsons 1972; Redman 1973; Plog et al. 1978; Schiffer et al. 1978; Dunnell y Dancey 1983; Read 1986; Banning 2002). El reconocimiento de la importancia de los datos producidos en la etapa de relevamiento de campo y la Variabilidad, Movilidad y Paisaj e Rodrigo Cost a Angrizani Una propuest a int erpret at iva para los vest igios de los asent amient os precoloniales

sofisticación de la metodología de prospección pueden ser atribuidos, por un lado, a la consolidación del paradigma procesualista y, por el otro, a la ampliación de la actuación de los arqueólogos en proyectos de manejo de recursos culturales1. Actualmente, junto con la excavación, la prospección arqueológica constituye la principal metodología para la recolección de información y para la resolución de problemas de investigación en escala regional (Burger et al. 2004).

La participación de arqueólogos en proyectos de manejo de recursos culturales ha influenciado los procedimientos de muestreo y recolección de datos de campo. Frente al desarrollo urbano e industrial ocurrido en el período que siguió a la Segunda Guerra Mundial se intensificó la preocupación por la conservación del patrimonio histórico y cultural (Cleere 1989). La evolución del concepto de patrimonio, pautada por las reglamentaciones de organismos internacionales, como es el caso del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), culminó por abarcar los sitios arqueológicos como parte de los bienes a ser protegidos (ICOMOS 1972). La ampliación del rol de las prospecciones ha sido impulsada por las crecientes demandas vinculadas con la administración del patrimonio arqueológico en el contexto de obras de ingeniería civil con impacto sobre el ambiente. En este sentido, la necesidad de tomar decisiones sobre el destino de recursos arqueológicos en grandes extensiones geográficas enfatizó el papel jugado por los inventarios y relevamientos de campo. En este contexto, la consolidación de las estrategias de prospección como herramienta básica de investigación se debió a tres factores: 1) viabilidad económica y logística, 2) capacidad de aportar información desde una perspectiva regional y 3) naturaleza no destructiva del método (Wandsnider y Camilli 1992).

Por otro lado, el cambio en el papel de las prospecciones puede ser en gran parte vinculado con los planteamientos programáticos de la Nueva Arqueología, los cuales exigen un tratamiento sistemático de la información espacial (Dunnel y Dancey 1983; Dunnel y Simek 1995). La crítica al histórico- culturalismo conlleva una evaluación de las limitaciones de los procedimientos tradicionales de recolección de datos en campo. La preocupación por generar un abordaje metodológico capaz de aportar información sobre la variabilidad cultural

en relación a las adaptaciones ambientales acarreó el replanteamiento de las nociones de muestro arqueológico.

El tratamiento de los sitios arqueológicos como "minas" de restos culturales, cuya excavación cumple el objetivo de recuperar materiales para la construcción de secuencias estilísticas con una connotación cronológica, pasa a ser rechazado. A partir de esto se observó un cambio hacia un enfoque regional donde el trabajo de campo se encaró como un problema formal de muestreo. Binford (1964) hizo hincapié en la idea de que para responder los interrogantes de investigación contemporáneos era necesario orientar las estrategias de muestreo hacia la recolección de información fiable y representativa sobre la variabilidad artefactual en el registro arqueológico regional. Así, mientras que a través de la óptica histórico-cultural la arqueología se preocupó por la ordenación de los artefactos y otros rasgos en unidades culturales con una significación étnica normativa dentro de un área territorial delimitada, desde la perspectiva procesualista los sitios han sido tomados como puntos en el paisaje cuya variabilidad funcional y espacial serían claves para explicar estrategias de subsistencia llevadas a cabo en sistemas de asentamiento regionales (Dobres 1999).

El reconocimiento de que las actividades humanas se distribuyen de manera diferencial a lo largo del espacio llevó al desplazamiento del foco del sitio hacía la región (Dunnel y Dancey 1983). Los avances teórico-metodológicos impulsados en este sentido se plasmaron en aproximaciones regionales de campo conocidas como "nonsite archaeology" (D. Thomas 1975); "off-site archaeology" (Foley 1981); "siteless survey" (Dunnel y Dancey 1983) y "arqueología distribucional" (Ebert 1992). Pese a ciertas peculiaridades, estos abordajes comparten la noción de que el registro arqueológico presenta características de densidad altamente variables, estando conformado por una distribución de artefactos más o menos continua a lo largo del espacio. A partir de estrategias que varían desde el relevamiento a pie de las áreas de investigación hasta el uso de sofisticados sistemas de sensores remotos (remote-sensing), la prospección arqueológica ha sido adoptada como la principal herramienta de recolección de datos en escala regional (Cherry 2005). Más allá de detectar depósitos arqueológicos para la realización de excavaciones, en el marco de proyectos arqueológicos regionales con enfoque distribucional la prospección

cumple el papel de generar información sistemática sobre la variabilidad del registro arqueológico en amplias escalas espaciales.

Tal como ocurrió en la geografía moderna, donde los estudios estuvieron centrados en las dimensiones físicas y visibles del espacio (Claval 2002), en la arqueología la visión sobre el espacio sustentó enfoques centrados exclusivamente en los fenómenos "reales" explicados de forma científica con el objetivo de descubrir su función práctica (Criado Boado 1999). Los logros de este abordaje son auspiciosos en la medida que proporcionan un inmenso potencial comparativo. Todo puede ser objetivamente ubicado en mapas, las distancias medidas y expresadas de acuerdo con el mismo rigor y escala cuantitativa, revelando - de manera objetiva - los procesos y las causalidades espaciales plasmados en la distribución de los contextos a lo largo de la superficie.

Sin embargo, la sobrevaloración de las variables físicas del espacio redundó en un sesgo en relación a los fenómenos de orden social, cultural e ideacional que podrían estar actuando en la configuración de los asentamientos humanos. Como respuesta a esto, la crítica post funcionalista en la disciplina geográfica pasó a enfatizar que la interacción entre humanos y ambiente no se da sólo en términos mecanicistas de subsistencia (Claval 2002; Soja 1989). La influencia de esta tendencia en arqueología asume diversos matices que aquí reunimos bajo el rótulo de arqueología del paisaje (Tilley 1994; Criado Boado 1999; Ingold 2000). Estos abordajes de inspiración post moderna proponen que el paisaje no es un escenario estático y debe ser concebido como producto de la acción social y cultural. Así, la noción de que los espacios son dependientes de las actividades incide en la renuncia de la perspectiva positivista basada esencialmente en aspectos físicos del ambiente. En este sentido, el estudio de los paisajes culturales requiere un abordaje amplio que posibilita el diálogo entre las diferentes dimensiones que componen la construcción del entorno humano.

En el marco del trabajo de tesis aquí presentado, las prospecciones en la subcuenca del río Santo Cristo se orientaron hacia la recolección sistemática de información sobre la distribución de los vestigios arqueológicos y su relación con rasgos del ambiente. Debido a la preocupación por construir una base de datos sobre la distribución y composición de los hallazgos, el enfoque empleado para esta tarea puede entonces ser encuadrado en las aproximaciones del tipo distribucional. Sin embargo, aunque se establezca un fuerte anclaje entre las

estrategias de muestreo y los rasgos ambientales, de ninguna manera se ignoran las relaciones que los fenómenos sociales y simbólicos pueden haber ejercido sobre la configuración del registro arqueológico observado. Son objetivos de las prospecciones realizadas: a) identificar la distribución espacial de los vestigios arqueológicos; b) establecer la configuración de la variabilidad arqueológica local; c) recolectar información que permita establecer relaciones entre los asentamientos y los rasgos ambientales predominantes y d) detectar sitios en estratigrafía que permitan establecer marcos cronológicos para las ocupaciones en la región. Teniendo en cuenta estos objetivos, se estableció la metodología de relevamiento de área que se presenta a continuación.