SOY CATÓLICO PORQUE CRISTO ES LA VERDAD Y LA IGLESIA CATÓLICA ES LA ÚNICA QUE ASEGURA
4 ¿POR QUÉ PROTESTAN LOS PROTESTANTES?
Algunos protestantes protestan porque la Iglesia se atribuye el ser «Maestra de la Verdad» (Dignitatis Humanae No. 14) y se atreve a afirmar que su Magisterio es infalible. (Lumen Gentium No. 25). Pero esto no es ninguna ofensa a nadie porque Cristo es la verdad que no cambia, la verdad eterna: Él es el mismo de ayer, hoy, y siempre (Lee: Hebreos 13,
8). Al declararse la Iglesia, maestra de la Verdad, me garantiza que ella
enseña a Cristo, eterna Verdad sobre el que se fundamentan todas las demás verdades sólidas, permanentes, eternas.
Los dogmas
La Iglesia católica se distingue por tener unos dogmas a los cuales no es posible renunciar. En la actualidad, ser dogmático se entiende como sinónimo de reaccionario, intransigente, dictador y se confunden los dogmas con el dogmatismo.
El dogmatismo consiste en imponer mi opinión a los demás, someterlos al yugo de mi juicio y razón. El dogma, en cambio, es una verdad tan hermosa que todos los cristianos tienen derecho a recibirla sin deterioro, sin la erosión del tiempo, del olvido o del manoseo intelectual. Precisamente para que esa verdad llegue intacta a todos los hombres de todos los tiempos, se la coloca en un lugar privilegiado, de relevancia, para que ilumine a todos; se la declara dogma de fe. El dogma de fe es una verdad que no es mía, ni depende de mi entender y, para aceptarla tengo que creer que la verdad es algo más grande que lo que me cabe en la cabeza.
En la Basílica de San Pedro, —en el Vaticano— «La Pietá» de Miguel Ángel, está protegida por un cristal a prueba de bombas. Se la protege y coloca en un lugar privilegiado, no para impedir a la gente acercarse, sino para que nadie la destruya y todos puedan contemplar el arte magistral del artista.
Los dogmas hacen eso: Ponen de relieve una verdad para que llegue en su prístino esplendor a todos los hombres de todos los tiempos. La Iglesia, a quien Cristo confió su doctrina, tiene la obligación de transmitirla intacta a todas las gentes. Y lo hace, no imponiéndosela a los demás, sino haciéndola más clara y visible a todos, de manera que se sientan atraídos por su resplandor; esto es lo que significa definir un dogma: conservar en su esplendor y hacer visible a todos los hombres de todos los tiempos, una verdad revelada por Dios.
La Iglesia no inventa la doctrina de Cristo, sino que la hace perceptible con claridad y nitidez a los hombres, y la conserva y transmite sin deterioro. Por eso soy católico porque, aunque respeto la opinión de los demás, a mí me cautiva la Verdad.
5. LO QUE LA RAZÓN DEMUESTRA
Imagínate que envías a tu hijo a la escuela para que aprenda matemáticas y tiene una profesora tan buena que le da la razón a todos:
—A ver Pepito, dime, ¿cuántos son dos por dos? «Dos por dos son veintidós, maestra»
— Muy bien Pepito.
— Y tú Mariquita ¿qué dices? ¿Cuántos son dos por dos? —«Dos por dos, son seis»
— Muy bien Mariquita.
— Y tú Lulú. ¿Cuántos crees que son dos por dos? «Yo opino que son diez»
— También tú tienes la razón.
— Y tú Miguelito. ¿Cuántos son dos por dos? «Dos por dos, son cuatro, y nada más
cuatro».
—¡No Miguelito, no seas dogmático! ¡Aquí todos pueden dar su opinión;
¿Qué pensarías tú de esa maestra? Que es muy buena, pero no sirve para enseñar matemáticas. Lo correcto hubiera sido haberle dicho a todos: «Dos por dos son cuatro, Miguelito tiene la razón, y los demás están equivocados». Si tú quieres que tu niño aprenda matemáticas, no lo vas a llevar con esa maestra por más buena y simpática que sea, sino lo vas a llevar con una maestra que le enseñe la verdad matemática.
Si la verdad matemática es importante en este mundo y vale para todos; la verdad evangélica es más importante y vale para todos, porque de ella depende nuestra salvación. Pero son precisamente los que se llaman evangélicos los que afirman que no necesitamos ningún Magisterio que nos enseñe la verdad salvadora, sino que cada uno puede predicar con la Biblia y enseñar su opinión sin importar que se contradigan unos a otros, basta que enseñen «la sola Biblia».
¡Esto no tiene sentido! porque, si la sola Biblia fuera el camino infalible para encontrar esa verdad, ¿cómo es que ellos mismos no pueden ponerse de acuerdo? Se parecen al flautista de Hamelín: «Tururí tururí, la Biblia por aquí, tururú tururá la Biblia por acá» Y, ahí van como niños encantados siguiendo a uno y a otro, dependiendo de quién les toca mejor
la flauta y cuando nadie les hace caso, buscan compensar con volumen lo que les falta en contenido. ¿Es ese, querido hermano, el camino de la verdad?
¿Entonces, cuál es pues la solución? Si Cristo es la verdad, la verdad infalible que no cambia, debió de haber establecido un conducto para que a todos nos llegue esa verdad. Esto es lo que enseña el Concilio en la Dei
Verbum No. 7. «Dios quiso que, lo que había revelado para la salvación de
todos los pueblos, se conservara para siempre íntegro. Para que éste Evangelio se conservara para siempre vivo y entero en la Iglesia, los Apóstoles nombraron como sucesores a los Obispos, dejándoles su cargo en el Magisterio». Por tanto, Biblia sí y mucha, pero cocinada por el Magisterio para que no te empaches.