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4. Capítulo Significados de la Paternidad y Maternidad

4.5 Proyecciones vitales en los hijos e hijas

Es interesante identificar que en varias entrevistas tanto hombres como mujeres formulan varios de sus sueños en función del bienestar de las niñas y niños. Por un lado esto denota el alto compromiso y responsabilidad con los que han asumido la paternidad y maternidad, lo que les ha permitido considerar nuevas aspiraciones para sus vidas y continuar mejorando su desarrollo. Sin embargo, al mismo tiempo intentan mostrar una imagen favorable de sí mismos/as a través de la importancia exagerada que le dan a la presencia de sus hijos o hijas. Si los y las jóvenes priorizan la felicidad de sus niñas y niños por encima de sus ideales, corren el riesgo de renunciar a otras posibilidades que también contribuirían a su desarrollo personal, limitando las condiciones para poderles a sus niñas y niños mejores condiciones de progreso, reproduciendo así el ciclo de la pobreza. Esto se puede observar en la siguiente frase:

“nacen sueños nuevos, nacen pensamientos diferentes y yo pienso como en los momentos, pienso en que ahora tiene que entrar al cole y cómo va a ser su vida en el cole, empezar a brindarle un futuro más adelante, que tenga lo que yo no he tenido” (Johan, 19 años).

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Nótese que el joven empieza hablando sobre sí mismo, pero termina comentando cuáles son las expectativas que tienen con su hija. Además, los y las jóvenes al reconocer que han dejado de lado varias de sus actividades preferidas se sienten frustrados consigo mismos/as y por eso, suponen que serán sus hijos e hijas quienes puedan cumplir con aquello que se vieron obligados a renunciar, así como lo comunica Deiner (18 años): “que él haga lo que yo hubiera querido hacer o puede que él haga lo que yo hago y esto es lo que me gusta”.

Seguramente los y las jóvenes configuran su paternidad y maternidad reemplazando varias de sus metas a favor de sus hijos e hijas porque aún no han logrado minimizar el sentimiento de culpa de haberse apresurado a ser padres o madres. Las jóvenes, a diferencia de los hombres, consideran que si las niñas o niños van a estar presentes en sus vidas, ellas tendrán que ajustar su proyecto de vida para desempeñarse como madres. Esto se puede observar en el siguiente relato:

“una madre se tiene que quedar siempre con sus hijos, una madre siempre prefiere a los hijos que a todo, primero están sus hijos. En cambio para un padre no, un padre como no supo el sufrimiento para tenerlos” (Jessica, 16 años).

Nuevamente, se trae a colación aquel imaginario que supone el sacrificio y el dolor como cualidades que caracterizan una buena maternidad. Esto correspondería con lo que expone Puleo (2004) “Se exhortará a las mujeres, por lo tanto, a llevar vidas sanas por su responsabilidad reproductiva […]. Las connotaciones de la maternidad se hacen elogiosas y amables. Ya no se trata de la maldición bíblica que pesa sobre Eva de parir con dolor, sino de la irreemplazable función de la mujer, convertida poco a poco en ‘ángel del hogar’” (p.27).

4.5.1 Diferencias de género en la expectativa hacia el hijo o hija

Como se mencionaba en la sección anterior, algunos de los y las jóvenes proyectan varias de sus aspiraciones en sus primogénitos y por ello consideran que determinado sexo está capacitado para llevar a cabo ciertas funciones. Algunos jóvenes estiman que lograron desarrollar un vínculo más estrecho con sus niños porque al ser hombres, padre e hijo, tendrían mayores posibilidades de compartir actividades e intereses en común. Así lo narra uno de los jóvenes: “uno anhela un niño por lo que uno es hombre” (Deiner, 18 años). Igualmente, existen algunas opiniones divididas con respecto al sexo esperado de sus primogénitos. Para facilitar la

comprensión sobre este tema se muestra la siguiente tabla donde aparecen los relatos sobre la preferencia del sexo de los hijos o hijas:

Tabla 4-1: Razones de los hombres para preferir el sexo de los hijos o hijas.

Razones Relatos

Las mujeres tienen mayor facilidad para la expresión de sentimientos

“digamos uno desearía tener más una niña porque las niñas se apegan más a los papás pues como que se aprecian más, se encariñan más a uno digamos un varón que…” (Harold, 19 años)

La mujer está vinculada al ámbito privado y disponible para el cuidado familiar y doméstico

“en la casa siempre hace falta como una mujer” (Jesús, 17 años)

Los hombres tienen mayores dificultades para el autocontrol y además, las mujeres son más sumisas y dóciles para la crianza.

“los hombres sienten como más… que caen en la tentación de alcohol, vicios y todo eso, entonces una niña es como más difícil de caer en eso y es como más linda, si es como cuidar más a una niña que a un niño” (Johan, 19 años).

Las mujeres necesitan mayor protección porque los hombres pueden defenderse por sí mismos

“No pues yo creo que… uno como hombre es más seguro cuidar a una niña que… porque uno la cuida más y al hombre, haga lo que haga, lo que se le dé la gana pues que venga y ya” (Wilson, 18 años).

Los jóvenes hombres aún mantienen el binarismo en sus apreciaciones con relación al sexo que esperan en sus hijos e hijas. Creencias como estas reflejan no sólo el tipo de maternidad o paternidad que desarrollan, sino que también indican el tipo de relaciones que establecen con sus parejas, en sus familias o con otros/as allegados/as. Adicionalmente, no comprenden que independientemente de lo que los padres anhelen, los niños y niñas, terminarán haciendo sus propias construcciones socio-culturales y definirán su sexualidad y su masculinidad o feminidad más allá del sexo con el que nazcan. Igualmente, los y las jóvenes asumen que el hecho de que los niños o niñas tengan un sexo determinado garantizará que más adelante hagan parte de una pareja heterosexual.

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Por otra parte, una de las jóvenes comenta que su compañero quería tener un hijo porque era importante que el primogénito fuera hombre, aunque ella le recordaba que las mujeres también pueden desarrollar las mismas habilidades, así lo expresa en su entrevista:

“yo quería un niño y él también quería un niño, pero ya cuando supimos que era una niña dijimos pues que también es muy bonito o sea la experiencia de tener primero una niña es como bonita […] pues si dijo que quería tener un niño para que fuera el mayorcito, el primero y yo le decía las mujeres también pueden” (Luz Dary, 19 años).

Esto puede coincidir con la idea de una masculinidad hegemónica que supone que el primer bebé debe ser un hombre pues con ello se fortalece la concepción de masculinidad tradicional donde se conserva el linaje familiar. En general las mujeres comentan que coincidían con sus compañeros con respecto al sexo de sus hijas o hijos. Una de las situaciones por las que atravesó Luz Dary (19 años) está referida al rechazo inicial que manifestó su compañero y su padre cuando conocieron a su hija. Por una parte, su pareja consideraba que la niña no era su hija porque su color de piel no era igual al suyo y la bebé se parecía más a la madre que tenía una piel más clara:

“‘esta niña no es mía’, él me dijo ‘ella no se parece a mí, ella es blanca’”.

Mientras tanto el abuelo mostró indiferencia porque esperaba que la niña conservara el color de piel mestizo, pues de no hacerlo la niña terminaría pareciéndose más a su padre y esta situación no la quería para su nieta. Esto es lo que comentó Luz Dary, (19 años) al respecto:

“Yo le dije ‘mire papi es blanca, blanquita’ y dije ‘¿será que se va morenear?’ ‘quien sabe’ entonces dijo ‘ojalá no se vaya a morenear’, dijo eso y me sentí mal”.

Por la tez blanca, morena o mestiza de la niña, ya se empiezan a cifrar significados que determinarán de alguna medida, la relación que se establezca con ella, pues a partir de su sexo y su color de piel se configuran varias discriminaciones y como lo plantea Anzaldúa (2004) “la mujer de color no se siente a salvo en lo más profundo de su Ser. Petrificada, no puede responder, su cara está atrapada entre los intersticios, los espacios entre los diferentes mundos que habita” (p. 77).