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5 LIMITACIONES

2.1.4 Enfoques que explican el fenómeno de adicción

2.1.4.4 Psicoanálisis

Dentro del abordaje del psicoanálisis al problema de las adicción a sustancias psicoac- tivas, podemos mencionar un libro de Sigmund Freud, El malestar en la cultura (Freud, 1930), cuyo primer título fue: La infelicidad de la cultura, Freud plantea en este texto que la cultura es

inseparable de un malestar que le es inherente, no hay cultura sin malestar, no es una contin- gencia de un momento dado, sino es algo de orden estructural, en este texto plantea la posibili- dad de existencia de un sentimiento oceánico, que sería un sentimiento de indisoluble comu- nión, de inseparable pertenencia a la totalidad del mundo exterior. Ese sentimiento se puede entender como una ilusión de estar completos, donde no hubiese ninguna falta, Freud relaciona ese sentimiento oceánico con la religión, se trata de un ser-uno-con-el-todo, como una primera tentativa de consolación religiosa. Una vez que puede situar el sentimiento religioso como un modo de consolación ante el sufrimiento explica el inevitable malestar de la cultura.

“La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podeos prescindir de calmantes. Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ella”. (Freud, 1930). Nos encontramos entonces con un malestar inevitable y a la vez hay diferentes formas de paliar ese malestar, se mencionan diferentes estrategias con relación a ese malestar, se puede ubicar como figura el amor, la religión, el delirio, la sublimación, etc., que son formas de paliar –mitigar, apaciguar, atenuar- el dolor de vivir.

Para Freud todas las estrategias se dividen en dos grandes grupos, están aquellas que enfrentan al malestar con un fin negativo y otras con un fin positivo, las de fin negativo las entiende como estrategias que tienden a evitar el malestar o sufrimiento, aunque eso no impli- que encontrar una gran felicidad, en el caso del fin positivo enuncia como aquellas que apuntan a lograr grandes o intensas sensaciones placenteras.

“Empero, los métodos más interesantes de precaver el sufrimiento son los que procuran influir sobre el propio organismo. […]El método más tosco, pero también más eficaz, para obtener ese influjo es el químico: la intoxicación. […] el hecho es que existen sustancias extra- ñas al cuerpo cuya presencia en la sangre y los tejidos nos procura sensaciones directamente

placenteras, pero a la vez alteran de tal modo las condiciones de nuestra vida sensitiva que nos vuelven incapaces de recibir mociones de displacer. […]Pero también dentro de nuestro qui- mismo propio deben de existir sustancias que provoquen parecidos efectos, pues conocemos al menos un estado patológico, el de la manía, en que se produce esa conducta como de alguien embriagado sin que haya introducido el tóxico embriagador”. (Freud, 1930).

Vemos que las sustancias toxicas van a influir sobre el quimismo, el más crudo y efec- tivo método destinado a producir una modificación en el malestar es una intoxicación, señala que la manía, puede producirse al introducir una sustancia en el cuerpo, aunque del mismo modo señala que puede producirse sin incorporación de droga alguna en un estado patológico.

Podemos concluir que la intoxicación no es un método simbólico sino un método que apunta a lo real del organismo, una operación real, que no intenta resolver este malestar o su- frimiento desde el campo de la palabra, campo fundamental para el psicoanálisis.

Freud habla también de un peligro, lo que funcionaba como paliativo se puede volver lo contrario, en psicoanálisis podemos decir que el peligro al cual se refiere es que se produce un desenganche respecto del Otro, los sujetos adictos a sustancias psicoactivas presentan en sus momentos más profundos, este desenganche del Otro.

En Introducción a la clínica con toxicomanías y alcoholismo (Naparstek 2008) el autor nos dice “hablamos de un verdadero toxicómano, cuando muestra de una manera patética que con su patología prescinde del Otro del lenguaje y busca una operación que no pase por allí, prescinde también del sexo y encuentra una respuesta libidinal diferente que pase solo por la sustancia, es entonces que puede aislarse totalmente del Otro social. Hay un punto en que el toxicómano, eso que comandaba y servía para paliar el malestar se transforma en algo siniestro, insoportable e inmanejable a la vez, y lo deja por fuera de la relación con el Otro”.

Esto nos permite entender la tesis fundamental del psicoanálisis sobre las toxicomanías, Jacques Lacan en su Discurso de Apertura de las Jornadas de la Escuela Freudiana de París.

Los conceptos fundamentales y la cura. Dice: “No hay ninguna otra definición de la droga que ésta: lo que permite romper las bodas con el falo” (Lacan, 1975). Vemos entonces que “La toxicomanía es una práctica de la ruptura”. Podemos extraer dos orientaciones de esta tesis:

• La primera es la operación toxicómana. • La segunda cuál es la función del tóxico.

“La operación toxicómana es aquélla que no requiere del cuerpo del Otro como metáfora del goce perdido y es correlativa de un rechazo mortal del inconsciente”. (Tarrab, 2000).

Para el psicoanálisis un síntoma es una formación de compromiso, una formación del inconsciente donde se pone en juego elementos reprimidos, detrás del síntoma hay una verdad por develar.

El síntoma de la toxicomanía o la adicción a sustancias psicoactivas, a diferencia de la medicina y otras corrientes psicológicas es un síntoma que como tal que no quiere decir nada para el sujeto, no hay una verdad en juego, no tiene que ver con el inconsciente sino con su rechazo, el sujeto no está allí como sujeto del inconsciente sino como un yo existencial, no hay tampoco nada dirigido, articulado, sino en ruptura con el campo del Otro.

En la operación toxicómana el llamado “toxicómano” es leal a su goce, a su partenaire (su pareja), pero su partenaire no es el Otro, ni el semejante, sino lo que ha colocado en ese lugar, y lo que ha colocado en ese lugar es la sustancia, y el goce es el de la intoxicación.

Demuestra asimismo que el juego con el Otro no vale la pena y que quedarse sin sexo no es sino el producto de una operación que es leal a esa verdad (Tarrab, 2011).

La experiencia vivida de la intoxicación es también una experiencia vacía, y es una experiencia que no podríamos poner en serie con la experiencia del análisis como experiencia subjetiva, más bien si se trata de experiencia se trata de una experiencia vacía de sujeto. O al menos vacía del sujeto del inconsciente. Vacía también de sexo, ya que es muy definido que si

se trata allí de un goce, se trata de un goce a-sexual. Una experiencia que está también vacía de significación. (Tarrab, 2011).

Un principio del tratamiento con las adicciones desde el psicoanálisis que es pasar de un síntoma que no quiere decir nada para el sujeto, la adicción al tóxico como causa, a un síntoma en el que el sujeto está implicado. (Díaz, 2012).

No se trata de dar una interpretación a la “operación toxicómana”, se trata por el con- trario de obtener una interpretación. Se trata de obtener esa interpretación que es el síntoma, los sueños, las formaciones del inconsciente, la transferencia misma. Se trata de obtener esa inter- pretación que es el trabajo del inconsciente. Eso que hay que hacer existir, es en suma el in- consciente y que sólo existe si hay un analista. Sólo la función de intérprete del analista produce la significación de un saber supuesto. La operación del analista, en la clínica con toxicómanos o con cualquiera, es la de producir en el comienzo la significación de una falta de saber cómo causa del padecimiento. (Tarrab, 2011).

El trabajo analítico consiste en volver sintomático, (hacer de un síntoma que quiera decir algo, donde el sujeto esté implicado), para que el sujeto pueda preguntarse sobre su vida, sobre que lo empujó a hacer uso de las sustancias psicoactivas, y pueda así alejarse de la exigencia a un goce inmediato, para llevarlo a otro goce, que es el amor a su palabra, se trata de constituir un síntoma analítico, síntoma portador de una verdad, que el psicoanalista en tanto que ser de saber deviene complemento, para que este sujeto pueda escucharse decir quién es, y percibir la manera en que su cuerpo viviente se anudaba a la sustancia.

A partir de esta experiencia analítica, la función del tóxico perderá valor, y el sujeto podrá acceder a otra modalidad de goce distinta del goce de la intoxicación, podrá comprome- terse con otras actividades, podrá establecer o restablecer un lazo social, podrá, elegir el en- cuentro con una pareja, obteniendo de todas estas actividades una satisfacción vivificante, en consecuencia de esto, no estará tentado a volver al goce del tóxico porque la experiencia del

análisis habrá dado luces a esa verdad más singular que provocó el empuje a la adicción, y habrá posibilitado una rehabilitación bajo estos términos, un cambio en la modalidad de goce, y una nueva posición subjetiva.

CAPÍTULO III

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