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Psicología y modernidad: Algunas consideraciones generales Antes de desarrollar y contrastar el uso y algunas de las implican­

cias normativas del concepto de autonomía en Varela, Castoriadis y Habermas, nos parece importante destacar brevemente algunos elementos de la articulación entre psicología y modernidad que fundan nuestra perspectiva de análisis, y que permiten comprender mejor la línea de investigación más general al interior de la cual se inscribe el siguiente artículo.

La psicología como disciplina científica, como campo acadé­ mico profesional interesado en el conocimiento (secular, sistemáti­ co, racional y empíricamente fundado), el control y la transforma­ ción de las conductas y subjetividades individuales, es una empresa del mundo moderno, que obtiene su sentido, su legitimidad, sus condiciones de posibilidad, e incluso su eficacia sólo al interior del

horizonte sociocultural de la modernidad (Danzinger, 1984, 1996; Figueiredo, 2002; Graumann & Gergen, 1996; Kaulino, 2001,2004; Kvale, 1999; Rose, 1996; Stecher, 2000, 2002). Dicho foucaultiana- mente, se trata de entender la emergencia de la disciplina psicoló­ gica en tanto formación discursiva situada históricamente, como una red heterogénea de enunciados, objetos teóricos, técnicas, prácticas e instituciones que producen, regulan y describen (como saber legítimo) las particulares formas subjetivas que instituyen las sociedades modernas.

En el marco de lo anterior, es importante reconocer que son múltiples las relaciones que se pueden establecer entre la psicología y aquella constelación de discursos, prácticas, instituciones, experien­ cias y sujetos -múltiples, ambivalentes y heterogéneas- que confi­ guran a la modernidad como una particular condición de la historia. Para los efectos de este capítulo, la relación que nos interesa destacar es aquella que se establece entre las prácticas y discursos de la disci­ plina psicológica y el horizonte normativo de la modernidad.

Como sabemos, la modernidad puede ser caracterizada -ade­ más de por los procesos de secularización, industrialización, urba­ nización, consolidación del estado nacional, revoluciones políti­ cas democráticas, desarrollo del mercado capitalista, surgimiento de burguesía y clase trabajadora, consolidación de la racionalidad científica, el despunte y desarrollo de la subjetividad y del indivi­ duo como ejes centrales del pensamiento y la organización social, el dinamismo, la abstracción del espacio y el tiempo, la reflexividad y crítica de la razón, entre otros- como una promesa y un proyecto de construcción de una nueva sociedad basada en los principios ético-políticos de autonomía, igualdad social y democracia.

Desechados los fundamentos religiosos, la modernidad debe darse a sí misma su propia ley de formación y legitimidad. La secu­ larización es indudablemente una promesa de progreso, desarrollo y emancipación. La posibilidad de construir un nuevo mundo ra­ cional basado ya no, en la tradición o en principios heterónomos sino, en los valores de libertad e igualdad. Como escribe Lechner:

“la m odernidad consiste en la ruptura con una fundam entación tras­ cendente y la reivindicación de la realidad social com o un orden deter­ minado p o r los hom bres. A firm an d o su autonom ía los individuos se hacen irrem ediablem ente cargo de organizar su convivencia. La m o­ dernidad es ante todo un proceso de secularización: el lento paso de un orden recibido a un orden p ro du cid o ” (Lechner, 1988, p. 168).

Este núcleo normativo de la modernidad que se expresa en el ideal de un estado de derecho democrático capaz de articular en un or­ den jurídico positivo el respeto y libertad de cada individuo, la igualdad social de los individuos y la autodeterminación demo­ crática (Habermas, 1999; Touraine, 2000), debe entenderse más que como algo ya alcanzado, como un horizonte, como una tarea inagotable, como un ideal regulador desde el cual es posible criti­ car y apostar a la transformación de las sociedades realmente exis­ tentes. La apuesta de la modernidad, orientada por ese horizonte, es construir sociedades pacíficas que articulen armónicamente la emancipación de la subjetividad y la autonomía colectiva, por un lado, con el necesario incremento de la racionalización y diferen­ ciación de sistemas sociales y de la capacidad de control y dominio instrumental sobre la naturaleza, la sociedad y los propios sujetos, por otro lado (Wagner, 1997).

Como nos consta para nuestras sociedades tardomodernas, y como mostraron críticamente autores como Marx, Weber, la escuela de Frankfurt y Foucault, en las sociedades modernas el despliegue de la racionalización instrumental, de la lógica de con­ trol y formalización de la subjetividad asociadas al despliegue del capitalismo y de la burocracia estatal han debilitado, subyugado y colonizado la ampliación de la autonomía individual y colec­ tiva de los sujetos. No se trata, por cierto, de afirmar una lectura unilateral de la modernidad, la que ha significado tanto procesos de emancipación como sometimiento, pero sí, de reconocer que la promesa de la modernidad ha estado lejos de cumplirse y que han predominado lógicas de racionalización instrumental que se han autonomizado de la autodeterminación democrática debili­

tando progresiva y peligrosamente el proyecto emancipador de la modernidad.

La psicología como todas las instituciones de la modernidad, contiene en sí misma esta ambigüedad y ambivalencia que son in­ herentes al proyecto moderno, habiendo contribuido al proceso, paralelo y dramático, de liberación y sometimiento de los sujetos (Wagner, 1997).

Es en el marco general de esta discusión sobre el horizonte normativo y las ambivalencias de la modernidad, que nos intere­ sa interrogarnos por el impacto y las implicancias que las prácti­ cas, discursos y técnicas de la psicología -reconociendo siempre la pluralidad y diferenciación interna que constituye nuestro campo disciplinar- han tenido y tienen hoy en día en términos de la am­ pliación o socavamiento del proyecto emancipador moderno. A li­ menta este interés el convencimiento de que las categorías y objetos psicológicos no son representaciones fieles de realidades naturales e inmutables, sino construcciones históricas que más allá de su va­ lidación intersubjetiva al interior de las comunidades científicas, tienen efectos performativos sobre la realidad social y subjetiva. Como ha escrito Shotter: “Nuestros métodos de estudio no son ideológicamente neutros; construyen una cierta clase de mundo, un conjunto de relaciones sociales y de modos de tratar y valorar a las demás personas” (Shotter, 1989, p. 78). Así, resulta fundamen­ tal que la psicología incremente sus niveles de reflexividad como campo científico, objetivándose a sí misma como dominio de in­ terrogación y discutiendo críticamente las modalidades en que sus discursos y categorías favorecen particulares formas de regulación de la subjetividad y promueven en la cultura ciertos modelos de representación de si mismo, los otros y la sociedad que orientan las acciones de los sujetos individuales y colectivos.

Es en el marco de esta problematización que debe entenderse nuestro interés por interrogar el concepto de autonomía desarro­ llado por Varela, y que hoy es central en las ciencias cognitivas así como en algunas perspectivas psicológicas. Se trata de relevar

su especificidad y discutir algunas de sus posibles implicancias en términos de la ampliación o socavamiento del ideario político de la modernidad en la cultura contemporánea, en términos del tipo de perspectiva ética que fundamenta, y en términos de sus posibi­ lidades de orientar normativamente el quehacer de una psicolo­ gía comprometida con los principios ético-políticos del proyecto moderno.

Como señalamos en la introducción, nuestro principal inte­ rés es dejar instaladas ciertas problematizaciones y preguntas que enriquezcan el necesario debate sobre el estatuto ético de la psi­ cología, más que establecer juicios categóricos, simplificadores y moralizantes que debilitan el espíritu de diálogo y reflexividad indispensables para el desarrollo de los campos científicos y de la ciudadanía democrática.