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2 PSICOLOGIA DE LA RELIGIOSIDAD

In document Psicología de la santidad femenina (página 31-36)

La psicología de la religiosidad estudia cómo la religión influye en la mentalidad de los pueblos y en las funciones psíquicas de los individuos, así como aquéllos hechos sensitivos, volitivos e intelectuales que tienen un carácter eminentemente religioso. Es decir, todo fenómeno que tiene relación directa con un Dios, como son los sentimientos de piedad, devoción, oración y éxtasis. También los actos externos de origen religioso (ritos, sacrificios y mortificaciones) presentes en el pensamiento mágico-religioso.

La psicología de la religiosidad es entendida como una ciencia de la experiencia, porque no pertenece a ella investigar el valor objetivo de la verdad religiosa, sino sólo investigar las manifestaciones psíquicas, tanto internas como externas, del acto religioso.

La experiencia religiosa se halla constituida por los estados de sumisión a la voluntad divina y el fortalecimiento de la comunión con Dios, por la inquebrantable paz y la alegría interior, por el sentimiento de pecado y remordimiento, por la conversión súbita como si una inspiración nos viniese de fuera; es la vida en Dios de los místicos, la curación de enfermedades por la mera fe y otros fenómenos psíquicos análogos. Todos los anteriores estados o hechos, que son comunes en el pensamiento místico- religioso, están situados al margen del pensamiento racional y son propios de las religiones que precisan de una explicación sobrenatural de la realidad, tienen además en común que en ellos el sujeto experimenta la comunión o comunicación con algo más grande, supremo, del que su vida depende. Lo esencial, pues, de la religión, es la comunicación con algo más grande y poderoso (las entidades: fuerza, orenda, mana, lo divino, lo demoníaco) y que en alguna medida pueden ser gobernados por el hombre mediante ritos o ceremonias especiales (James, 1986).

Es importante entender desde el punto de vista religioso las diferencias que se encuentran entre la mujer y el varón, que hacen que las experiencias religiosas sean distintas (Mankeliunas, 1961). La característica peculiar del varón es su capacidad creadora; esta capacidad le es necesaria para poder cumplir el mandamiento especial de Dios: cultivar la tierra y dominarla. Los motivos fundamentales del destino varonil, son el afán de dominio, la posición de lucha y la relación fundamental con la técnica. Es decir, el destino del varón es atacar al mundo para reformarlo y utilizarlo. Por eso, el varón posee más voluntad que la mujer en su lucha por el dominio del universo. El modo de pensar en el varón es abstracto y racional, y en la mujer concreto y

31 condicionado por el sentimiento. El pensamiento conceptual es preferentemente varonil. Lo que importa no es tanto el grado de la capacidad de pensar, sino la función del pensamiento en el total de la vida anímica. Esta importancia es mayor en el hombre que en la mujer. En cambio, la esfera de los sentimientos tiene menos importancia práctica en la vida del hombre (Swayne, 1959).

“Al mundo abierto del hombre le corresponde su afán de dominar técnica y organizatoriamente el mundo y su elaboración racional; a él corresponde también el descubrimiento y la invención, la aventura, el espíritu de empresa, el ser atraído por lo desconocido. La actividad del hombre es, eminentemente, reformadora”

Solari Swayne

En cambio el mundo de la mujer es cerrado:

“Este mundo cerrado que la mujer cuida y ordena es, además, un mundo cercano. El mundo de la mujer es el mundo del aquí y ahora… Para el hombre, el presente es una transición entre el pasado y el futuro. Para la mujer, el presente es un lugar de permanencia. El pasado le interesa quizá únicamente como origen de la tradición, en torno de la cual se ordena su presente; el futuro, como incógnita que se cierne sobre la seguridad que necesita para sí y su prole”

Solari Swayne

Dicha corriente dicotómica entre el hombre y la mujer representa al varón como un modo de pensar real y objetivo, es decir, siempre tiene el sentido de la realidad de las cosas. En cambio, la mujer se apega fuertemente a su modo subjetivo de pensar. El varón, en el conocimiento de la realidad inmediata, procura imponer sus ideas, sus categorías de pensar conceptualmente. Por esta tendencia, el varón tiene afán por el conocimiento científico y sistemático. En cambio, la mujer conoce el mundo en su forma personal y sentimental (impregnada de fantasía) y busca sólo las cosas singulares y personales, y no tiene la pretensión de imponer sus propios conceptos, como tampoco tiene intención de dominar la realidad con sus conocimientos (Buytendijk, 1951).

Resumiendo las múltiples teorías que los expertos en religión han formulado para intentar establecer los rasgos de lo masculino y lo femenino, vemos que el mundo del varón es un mundo abierto y lejano y la actividad que corresponde a este destino es reformar y crear; el mundo de la mujer es un mundo cerrado, de horizontes cercanos y su misión en este mundo cerrado es cuidarlo y ordenarlo. Pues bien, ante estas afirmaciones y los modelos de personalidad que proponen estos autores se desarrolla -a diferencia de la vida de los santos- la vida de las santas, siendo ellas

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32 mucho más recogidas y sentimentales, mientras que ellos tienen mayor capacidad de aventura y descubrimiento.

Es evidente que el hombre y la mujer son distintos, por tanto la manera de vivir las emociones y por supuesto la vida religiosa también debe ser distinta. Es en este ámbito, el de las emociones, en el que nuestras santas muestran una clara exaltación.

Existen multitud de trabajos que intentan demostrar las diferencias que existen entre hombres y mujeres a la hora de expresar las emociones. Las mujeres suelen ser emocionalmente más expresivas que los varones, tienen una mayor comprensión de las emociones y muestran mayor habilidad en ciertas competencias interpersonales: reconocen mejor las emociones en los demás y son más perceptivas y empáticas (Aquino, 2003; Tapia, 2006; Lafferty, 2004). Además existen evidencias de que determinadas áreas del cerebro, dedicadas al procesamiento emocional, pueden estar más desarrolladas en las mujeres que en los hombres (Baron-Cohen, 2003; Gur, 2002).

Existe una mayor prontitud en las habilidades verbales en las niñas que las hace ser más diestras a la hora de articular sus sentimientos y más expertas en el empleo de las palabras, lo cual les permite disponer de un elenco de recursos verbales mucho más rico, que pueden sustituir a reacciones emocionales tales como las peleas físicas. De este modo, las niñas disponen de más información sobre el mundo emocional y, consecuentemente, hablan más sobre los aspectos emocionales y usan más y mejor los términos emocionales que los niños (Brody, 1993).

Lógicamente, los hombres también manifiestan emociones, aunque estas son de tipo diferente a las manifestadas por las mujeres y además, cuando lo hacen, es en menor grado y con menor intensidad (Grossman, 1993). Las mujeres expresan detalles más íntimos sobre ellas y expresan emociones más complejas como la tristeza o la felicidad (Hill, 1987).

En fin, la diferenciación sexual entre hombre y mujer no es un determinante absoluto, es decir, no existe un sexo “absoluto” masculino y otro sexo “absoluto” femenino. Son frecuentes los llamados “estados intersexuales” según la clásica y feliz expresión de Marañón (1887-1960) en que un sexo exhibe elementos del sexo opuesto fruto de la evolución milenaria de la especie y las múltiples mutaciones habidas. El hombre es esencialmente un híbrido, con una mayor supervivencia de las formas especializadas en la eficacia reproductiva. Esto explica la gran variedad de sexos y la dificultad de establecer un único modelo de homo o heterosexualidad y ser estrictos y radicales en la definición psicológica de unos u otros (Marañón, 1969).

33 Estas diferencias individuales pueden explicar esa minoría de, dicho en forma simplificada en exceso, “santos femeninos” o, por el contrario de “santas masculinas”.

3.- SANTIDAD

Durante la elaboración de este trabajo hemos utilizado, como podrán observar, de forma indistinta palabras como santa, beata, sierva o religiosa. A pesar de esto creemos que es importante hacer una breve introducción sobre las diferencias que hay entre ellas, así como describir lo que se entiende por santidad y cómo se llega a ella.

Hemos definido santidad como la condición así considerada por la Iglesia Católica, que ocurre en individuos con virtudes excepcionales así juzgados por tribunales eclesiásticos tras un proceso de canonización. Por canonización se entiende el acto pontificio por el que el Papa declara que un fiel ha alcanzado la santidad. Por la canonización, se autoriza al pueblo cristiano la veneración del nuevo santo de acuerdo con las normas litúrgicas. La canonización actualmente es un acto reservado exclusivamente a la autoridad pontificia. Pero sin dejar de ser de competencia exclusiva del Pontífice, al acto de la canonización precede un verdadero proceso judicial de los más rigurosos que existen en el mundo.

Este proceso comprende la inclusión de dicha persona en el “canon” o lista de “santos reconocidos”.

Las canonizaciones se efectúan después de un proceso judicial conocido como Proceso de Canonización, en el que se dilucida la duda acerca de la santidad de una persona. Existen dos vías tradicionales para llegar a la declaración de canonización: (Rodrigo, 1988):

 La vía de las virtudes heroicas.  La vía del martirio.

En el proceso de canonización se establece la duda procesal de si el candidato a santo ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico (para ello se examina la biografía del siervo de Dios, a través del estudio de los hechos de su vida y el modo de vivir las virtudes a imagen y semejanza de Jesús) o si ha sufrido martirio por causa de la fe. Además, para llegar a la canonización se requiere de la realización confirmada de dos milagros.

El derecho exige actualmente que haya transcurrido un plazo de cinco años desde la muerte del fiel. Anteriormente el plazo era de más de cincuenta años (la

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34 legislación actual ha decidido reducir el plazo para evitar la desaparición de pruebas) (Bonet Alcon, 1993)

Hay cinco pasos en el proceso oficial de la causa de los santos:

 Etapa Inicial: Se postula la Causa.

 Primera etapa: la persona es declarada "Sierva de Dios".  Segunda etapa: la persona es declarada "Venerable".

 Tercera etapa: beatificación, la persona es declarada "Beata" (requiere de un milagro atribuido al candidato).

 Cuarta etapa: canonización, la persona es declarada "Santa" (requiere de otro milagro).

La Santa Sede, por medio de la Congregación para las Causas de los Santos, examina el informe y dicta el Decreto diciendo que nada impide iniciar la Causa (Nihil

obstat). Este Decreto es la respuesta oficial de la Santa Sede a las autoridades

diocesanas que han solicitado iniciar el proceso de canonización.

Obtenido el Decreto de Nihil obstat, el Obispo diocesano dicta el Decreto de Introducción de la Causa y la persona es ya considerada Siervo de Dios.

Una vez recibida la causa, se preparan las ponencias sobre las virtudes o sobre el martirio del ya Siervo de Dios. Esta tarea se suele prolongar durante muchos años, pues depende ante todo de la importancia de las causas; y la importancia viene determinada principalmente por la fama de santidad. Por eso se suelen recoger relatos de favores atribuidos a la intercesión del Siervo de Dios, si es posible con documentación que avale la consecución de un acto milagroso (como informes médicos, declaraciones juradas, etc.) También son útiles otros documentos que avalen la fama de santidad, como cartas o libros escritos por los fieles.

La ponencia sobre las virtudes o sobre el martirio se presenta a la Comisión de Teólogos, los cuales emiten su voto. Si éste es favorable, se entrega a los cardenales y obispos miembros de la congregación. Si su voto también es favorable, se presenta al Santo Padre la propuesta de que se apruebe el Decreto de Virtudes Heroicas del Siervo de Dios: una vez aprobado, el Siervo de Dios recibe el título de Venerable (Gutiérrez, 1992).

En el proceso de Beatificación además de los atributos personales de caridad y virtudes heroicas, se requiere un milagro obtenido a través de la intercesión del Siervo de Dios y verificado después de su muerte. El milagro no es requerido si la persona ha sido reconocida mártir. Los Beatos son venerados públicamente por la iglesia local (en

35 España, por la provincia correspondiente). La beatificación la reconoce el Papa o un cardenal en nombre del Papa, generalmente en la basílica de san Pedro.

Con la canonización, al Beato le corresponde el título de Santo. Para la canonización hace falta otro milagro (en total dos milagros o un milagro además de haber muerto como mártir) atribuido a la intercesión del Beato. Al igual que ocurre en el proceso de beatificación, el martirio no requiere habitualmente un milagro. Esta canonización la hace el Papa en la basílica de San Pedro o en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Mediante la canonización se concede el culto público en la Iglesia Católica. Se le asigna un día de fiesta y se le pueden dedicar iglesias y santuarios.

Es preciso aclarar que el elenco de santas y beatas seleccionadas en nuestro trabajo no fueron sino el resultado azaroso de una elección movida por el capricho, la moda o el pensamiento predominante de los jueces que participaron en el análisis de la causa, pero es obligado reconocer que, como ocurrió con Santa Teresa de Jesús, la gran mayoría fueron popularmente consideradas santas antes de su muerte y la Comisión de Teólogos tan solo se encargó de confirmar las virtudes de las siervas propuestas.

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