El Hambre de cariño a menudo acarrea el sentimiento de que mantener o terminar una determinada relación es un asunto de vida o muerte. Si pensamos en ello, no es muy sorprendente. Una vez necesitó de alguien que cuidara de usted o hubiera muerto y este hecho está inscrito en sus neuronas. Ahora, usted es biológicamente autosuficiente. Puede cuidar de sus propias necesidades de comida y bebida, de refugio y limpieza. Pero la pérdida o pérdida anticipada de alguien a quien se siente vinculado puede despertar antiguos miedos de que su propia vida está amenazada. Una mujer lo expresó de este modo:
«Cuando Martín y yo nos dejamos pensaba que me moriría. Y no exagero. Primero, pensé que el propio dolor me mataría, pero se convirtió en inercia. Simplemente me quedaba en la cama, no comía nada durante varios días y notaba que mis fuerzas iban menguando. No tenía miedo de morir y no quería especialmente morir. Simplemente parecía que la muerte estaba sucediendo, como si me estuviera sumergiendo en la muerte».
Las palabras que utilizó esta mujer son parecidas a las utilizadas por los médicos que estudiaron los efectos del «hospitalismo» en niños muy jóvenes. Se separaba a los niños de sus padres y se les alojaba en instituciones impersonales donde se satisfacían sus necesidades físicas, pero no se les cogía en brazos, ni se les mecía, ni se les abrazaba, ni había ningún contacto amoroso. Después de gritar como protesta inicial por su enfado, los niños caían en estados de desesperación y desvinculación que, con el tiempo, se convertían en un desgaste físico de sus cuerpos que los encaminaba hacia la muerte. Aprendimos que hay una necesidad casi tan básica para la
supervivencia del niño como sus necesidades físicas —la necesidad de una cercanía, piel contra piel y ojo contra ojo. Dependiendo de cómo se haya satisfecho esta necesidad vital en su infancia, usted experimentará grados variables de confianza en su capacidad de sobrevivir si pierde la conexión con una persona muy importante. Pero no es necesario que haya sufrido una ausencia de intimidad de cuidado tan severa y traumática como la de los niños confinados en las instituciones mencionadas anteriormente para que queden vestigios de sentimientos de que su vida está al límite en una relación. Incluso con un pasado mucho más «normal », puede tratarse de una verdad lisa y llana cuando dice: «No puedo vivir sin él (o ella)».
La mujer que dijo: «Cuando Martín se fue, pensaba que me moriría», en realidad, permaneció en cama durante varios meses. Se sentía demasiado deprimida para ir a trabajar u ocuparse de las tareas de la casa. No tenía ni energía ni fuerzas y sentía realmente como si fuera a morirse. La naturaleza inamovible de su depresión la condujo a empezar una psicoterapia conmigo y, al explorar sus relaciones anteriores, me di cuenta de que durante los primeros años de su vida su madre estuvo muy enferma a causa de una enfermedad intestinal y estuvo hospitalizada Intermitentemente. No era muy difícil ver la conexión entre sus experiencias de abandono repetido durante un período en el que su supervivencia estaba inseparablemente unida al vínculo con su madre y su posterior conmoción cuando Martín la abandonó. Cuanto más podía sentir esta conexión, más claramente era capaz de ver que se trataba del hecho de revivir esa experiencia infantil de pérdida y terror que ahora la había paralizado y que, de hecho, como mujer adulta, era capaz de continuar su vida sin Martín. Era una lucha difícil para ella, pero se sentía alentada por el conocimiento que se iba desarrollando en su interior. Estaba aprendiendo que, en realidad, podría sobrevivir y reconstruir su vida.
La mayoría de personas que sienten que no podrían sobrevivir a la pérdida de un amante no tienen un pasado tan inestable como esta mujer y no tienen que permanecer en cama durante meses. Pero, incluso sin esta historia pasada tan claramente insegura, otras experiencias más corrientes de un padre que ocasionalmente está ausente, ya sea física o emocionalmente, le podrían dejar vulnerable al sentimiento de «No puedo vivir sin él o ella». Y este miedo puede ser igual de poderoso si es usted el que se va o si es usted el que es abandonado.
Así que usted también tendrá que diferenciar la realidad de su situación actual de los sentimientos de dependencia que provienen del nivel de Hambre
de cariño. Debe empezar por reconocer que sus sentimientos actuales son un mensaje sobre algo que sucedió durante los primeros años de su vida que puede haber intensificado sus comprensibles dudas infantiles sobre su capacidad de sobrevivir si se rompe una conexión básica. Es extremadamente útil concentrarse en dicho período de su vida. ¿Qué sabe de él? ¿Acaso se dieron las circunstancias que interfirieron con un flujo estable de seguridad de supervivencia de los más cercanos a usted? ¿Su madre estaba fuera mucho tiempo? ¿Estaba enferma? ¿Estaba especialmente preocupada por otros factores inquietantes de su vida? ¿La «perdió» durante un tiempo a través del nacimiento de un hermano? ¿Estaban ocupados sus dos padres? ¿Y usted? ¿Estuvo gravemente enfermo durante estos primeros años? ¿Estuvo hospitalizado?
Las circunstancias no tienen que ser tan concretas para que usted sienta la necesidad de conservar el «recuerdo» universal humano de necesitar otra persona especial para sobrevivir. Puede ser útil para usted averiguar y hacer encajar todo lo que pueda de ese período. Haga preguntas. Mire fotos. Intente enfocar sus propios recuerdos borrosos. Normalmente, lo más importante es el recuerdo de un ambiente o un humor, como el caso de una persona que dijo: «No recuerdo nada específico, pero tengo la sensación de que mi madre solía estar muy distraída y de que yo tenía miedo de caerme de sus brazos. Pero, otras veces, cuando estaba plenamente ahí, me sentía seguro».
A veces, hay un recuerdo más específico. Un hombre descubrió que el terror que él sintió cuando pensó en terminar una relación muy destructiva era igual que el terror que podía recordar que experimentó una noche que se despertó en su cuna, muy sediento y llamó a sus padres. Normalmente, venían rápidamente, pero esta noche no lo hicieron porque habían salido un ratito a casa de sus vecinos. Recordaba el sentimiento de que se habrían ido para siempre y de que moriría. Recuerda que, después de gritar durante lo que le pareció una eternidad, se acurrucó en una esquina de la cuna gimiendo. Y sabía que éstos eran los mismos terribles sentimientos que presentía si acababa con su actual relación infeliz. (Este único incidente no «provocó» sus actuales reacciones intensas. Análisis posteriores indicaron que este «incidente de la cuna» simbolizaba para él una atmósfera de no disponibilidad emocional frecuente por parte de los padres.)
Siguiendo mis sugerencias, escribió algunas notas desde la parte adulta de sí mismo que aportaban alguna perspectiva a todo esto. Una de ellas decía así: «No te asustes, chaval. Ya no eres un bebé. Ni siquiera cabrías en esa cuna. Y, si estuvieras en ella y tuvieras sed, simplemente podrías saltar y servirte un vaso de agua o prepararte un Bloody Mary. Y tampoco necesitas
que te lo haga Cynthia. Puedes vivir sin ella». Empezaba a ver de verdad que mantener este vínculo con Cynthia no era necesario para su supervivencia.
Un análisis de sus primeros años de vida podría ayudarle a averiguar los aspectos que podían hacerle sentir vulnerable para su supervivencia. Si le resulta difícil reconstruirlos, le ayudará concentrarse en el hecho esencial de que acabar su relación actual no es, en realidad, ninguna amenaza para su vida, sino que se siente así porque revive emociones de una Etapa más frágil. Si sobrevivió entonces, seguro que puede sobrevivir ahora.
Existencia contra no existencia
Sobrevivir como ser humano es mucho más que simplemente estar vivo físicamente. Su vinculación con su madre es fundamental para su supervivencia como entidad psicológica. Cuando usted era joven, hubo un período en el que no logró diferenciarse como un individuo independiente de su madre. Cuando su madre le respondió como otro ser y se acostumbró al lenguaje de su lloro y le devolvió el reflejo de su sonrisa y le habló y jugó con usted e interaccionó con usted, entonces usted aprendió que era una entidad por sí mismo que podía provocar reacciones en otra persona. No tenía que comportarse exactamente como ella quería ni satisfacerla todo el tiempo, pero si ella le respondía la mayor parte del tiempo, entonces incluso en esas ocasiones en las que no respondía le ayudaba a verse a sí mismo como independiente de ella. Y la Madre no era el único factor de este proceso. La capacidad de respuesta del resto de personas a su alrededor era importante. Su padre, también siendo enérgico y estando comprometido con usted, le enseñaba que no necesitaba a esta persona, su madre, como única fuente de su sentido de la existencia. La alternativa que ofrecía era útil incluso cuando la Madre estaba profundamente armonizada, y era esencial si ella no lo estaba. Hasta el punto en que, si uno o ambos carecían de esta capacidad, simplemente porque tuvieran poco de ella, o estuvieran deprimidos o preocupados o comprometidos consigo mismos, entonces no sabrían muy bien devolverle su propio reflejo de modo que le hicieran sentir «Soy lo suficientemente importante para tener un impacto en otro ser humano. Realmente existo».
Si tiene la certeza subyacente de que existe, puede que busque un sentido a su existencia mediante su propia relación con el resto de personas a quien les concede el trabajo de rectificar el error de sus padres de valorarlo. Y, si estas otras personas también fallaran, usted podría volver a experimentar dudas sobre su existencia. Esto es sobre todo cierto en una relación
sentimental, pero también puede ocurrir de forma menos acusada en interacciones más informales. Anne era una mujer joven que me consultó desesperada porque sus relaciones con los hombres nunca duraban. A menudo, ella terminaba las relaciones despidiendo y censurando a sus compañeros por no ser lo suficientemente sensibles con ella. (Otras veces, los hombres las terminaban, acusándola de ser demasiado exigente.) Pero este tema también surgía en otras interacciones. Una vez, se enfadó porque dos de sus colegas de trabajo estaban charlando cuando ella entró y «ni siquiera me miraron para decir hola. Yo sentí ¿qué pasa?, ¿acaso no existo?». Y, en otra ocasión, entró en una reunión diciendo: «¿Qué pasa con Mickey, el operario del ascensor? No sólo no me ha saludado sino que, además, me ha mirado intensamente». Cuando reconstruimos su historia, estaba claro que la madre sufrió una depresión posparto después de que naciera Arme y tenía depresiones con frecuencia durante los primeros años de vida de Anne. No es difícil imaginar la infinidad de veces que, como niña, Anne experimentó cómo su madre la miraba intensamente y era insensible a su existencia.
Ron, un escritor de éxito de dramas televisivos, a menudo hablaba de la sensación de estar «destrozado» o «roto» cuando veía que los demás no lograban darle la ayuda y afirmación que buscaba. Deseaba fervientemente tener contactos que elevaran su titubeante sentido de sí mismo y, a menudo, se desesperaba cuando su mujer no estaba lo suficientemente atenta a sus necesidades ni era sensible a sus expectativas tácitas. Durante una sesión de terapia, comentó lo difícil que le resultaba enfrentarse a sus sentimientos durante el corto espacio de una sesión semanal. Hacia el final de la hora, dije: «Le he oído decir que le gustaría tener más tiempo. Deje que vea si puedo arreglar sesiones suplementarias». La siguiente vez que vino Ron, su postura era más segura y su paso más firme. «Me he sentido fuerte, muy bien... Es como si la estructura de metal que hay en mí estuviera llena de desperfectos y fuera frágil. Cuando usted oyó mi necesidad y respondió a ella, el hecho de que conectara conmigo reparó todos los desperfectos y consolidó la estructura.»
Los desperfectos en la estructura de Ron no se repararon de golpe en un único momento mágico, sino que él apuntaba a una parte importante del proceso que él sentía que podría consolidar su ego. ¿De dónde venían estos desperfectos? Hablaba con frecuencia de su niñez pasada como un tiempo en el que sentía que no le veían ni oían demasiado en la familia. Una afirmación típica que expresaba cómo fue su experiencia de ella era: «Veo a mi madre en la cocina. Siempre está allí, pero siempre está de espaldas».
Si se ha hecho dependiente de una persona en concreto para sentir que existe, entonces está pagando un alto precio emocional, incluso cuando la
relación está en su mejor momento. Pero cuando la relación es infeliz (y probablemente lo será si tiene que cargar con el peso de su existencia) y tiene que enfrentarse a la posibilidad de que acabe, sentirá como si su existencia estuviera en peligro. En I'm Dancing as Fast as I Can, Barbara Gordon escribe:
«Intentaba retener los recuerdos del fin de semana. Pero, sobre todo, pensaba en Jim y trataba de recordar cada momento que pasamos juntos para hacerlo durar. Pero habíamos terminado. Ya era un recuerdo. ¿Cómo era posible que tantas horas de planificación y anticipación hubieran sido relegadas tan rápidamente a la historia? Empecé a sentirme vacía, a sentirme más irreal, el breve fragmento de conexión que experimenté con él había desaparecido. Yo era invisible».7
Romper una relación con alguien de quien ha dependido su sentido de la existencia significa, antes o después, arriesgarse a enfrentarse al terror de sus propios sentimientos de invisibilidad y no existencia. Norma, una mujer de cuarenta años, terminó su matrimonio, y algunos años más tarde todavía tenía tanto miedo de estar sola que nunca pasaba un fin de semana sin la compañía de un hombre durante, al menos, una gran parte del tiempo, incluso si ello suponía permanecer en relaciones horribles. E iba de una relación horrible a otra porque se aferraba a alguien nuevo, sin mirar demasiado si le convenía, para poder dejar su última relación desastrosa. Norma era una de las mujeres de ese grupo de cuatro que he nombrado antes que se juntaron para ayudarse mutuamente con sus problemas de adicción. Las otras tres la apremiaban y animaban a que pasara un fin de semana sola, simplemente para que pudiera averiguar qué era lo que estaba intentando evitar tan desesperadamente. Le señalaron que incluso el hecho de que se casara a los dieciocho años con su primer novio había estado, en gran parte, motivado por su propio miedo. Con gran coraje, decidió hacerlo, a pesar de su angustia. Sus amigos le sugirieron que tratara de experimentar todos sus sentimientos, aunque fueran terribles y que intentara escribir sus pensamientos y emociones mientras pasaba por ese «síndrome de abstinencia». También le dijeron que estaban disponibles para que ella les llamara. El fin de semana siguiente, Norma les dijo que sus días y noches fueron tan angustiantes que, a veces, permanecía literalmente sentada en su casa gritando. Entonces, leyó lo que había escrito mientras estaba en medio de su terror y dolor. He aquí parte de ello:
«Cuando no tengo conexión con nadie, me siento como si estuviera flotando, como si no estuviera vinculada a nadie, como si estuviera suspendida sobre la
7. Barbara Gordon, I'm Dancing as Fast as I Can (N.Y.: Harper & Row, 1979). (Especialmente recomendado.)
tierra, navegando de un lado a otro, sin rumbo fijo, aterrorizada, deseando tocar, contactar...».
«¡Que venga alguien! ¡Que venga alguien! Que me cuide. Que me preste atención. Que me mire. Que haga lo que necesito. Que me abrace. Que sintonice conmigo. Pienso esto, pero profiero sonidos como un niño asustado. ¡Soy un niño asustado!».
…
«No sé qué hacer. ¡Suelta! Suelta, desamarrada. Desvinculada. Desconectada de todo. No veo para escribir. Demasiadas lágrimas. Apenas puedo sostener el bolígrafo, apenas veo el papel».
«Terror, soledad. A nadie le importa. Podría morirme y a nadie le importa. Sola. Aterrorizada. No hay nadie en ninguna parte a quien le importe. Nunca lo ha habido. No del modo que lo necesito. Lo necesito. Estoy tan asustada. Tan sola. Tan desamarrada».
«Flotando, flotando. Tengo que tocar. En algún lugar, algo. No puede ser así, ni siquiera desvinculada es la palabra. Sin conexión. Saldré flotando hacia el espacio».
(Haré cualquier cosa para acabar esto. Haré cualquier cosa para acercarlos a mí. Para que se den cuenta de que existo. Para que cuiden de mí. La necesito.8 Me siento como si no fuera nada. Tengo miedo de convertirme
en nada. Simplemente saldré flotando. Yo misma, mi cuerpo se desintegrará. ¡Ojalá hubiera alguien! ¡Que venga alguien! Por favor, por favor, por favor, por favor».
Por primera vez, Norma se enfrentó a este terror, esta parte de su Hambre de cariño que había dominado su vida. Y, aunque fuera doloroso, descubrió que podía sobrevivir a ello, que tenía todo tipo de recursos -fuerza, coraje, determinación y una amplia variedad de intereses- y que estas cualidades le daban un sentido de la existencia sustancial. Ese memorable fin de semana fue una experiencia tan poderosa que, aunque, a veces, aumentara su miedo, no permitió de nuevo que su pánico le llevara a una relación
8. Norma se sorprendió de haber escrito "La necesito" cuando estaba sufriendo por la ausencia de un hombre, pero se confirmó el nivel de Hambre de cariño de su miedo de perder la conexión con su madre.
destructiva, pero era libre de elegir una basada en otras necesidades, inclinaciones y atracciones.
Antes o después, tendrá que enfrentarse a su propio terror de estar sin la relación que sabe que debería acabar y que el terror podrá ser, en parte, el terror de la no existencia. Pero es importante tener en cuenta que Norma no decidió de repente «Voy a pasar el fin de semana sola y ver qué sucede». Sin tanto miedo no reconocido, era improbable que hubiera tomado la decisión sin haber hecho un trabajo de fondo previo. ¿Y cuál era este trabajo de fondo? A través de su grupo de amigas de ayuda, y mediante psicoterapia personal, llegó a reconocer la naturaleza adictiva de sus relaciones. Se dio cuenta de que su necesidad de formar un vínculo era compulsiva y que esta necesidad provocaba que se colgara de una relación, aunque ésta estuviera siendo perjudicial para ella. También llegó a comprender las raíces de su Hambre de cariño y de cómo se había intensificado por la muerte de su adorado padre cuando ella era demasiado joven y por una madre que carecía de capacidad para criarla y ayudarla. Así que Norma aprendió que lo que le asustaba era volver a experimentar viejos sentimientos de temor. Todo esto la preparó para comprender lo importante que era finalmente enfrentarse con sus miedos a la no existencia y descubrir que podía dominarlos. Sabía que, si podía hacer esto, tenía la oportunidad de librarse de sus viejos patrones y romper su adicción.
La importancia de los amigos