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A LAS PUERTAS DEL SIGLO XXI: LUCES Y SOMBRAS DEL NUEVO ESCENARIO

In document Tomas Ibañez Actualidad del anarquismo (página 117-129)

Ensordecedor y embriagante, Mayo del 68 nos gri- taba con fuerza: “Sous les pavés, la plage…” pero nues- tras uñas se rompieron de tanto cavar bajo los adoqui- nes y nunca encontramos la playa… ¿Acaso debemos renunciar a arrancar los adoquines? No, por supuesto, pero sin albergar ilusiones sobre lo que nos ocultan.

Cuando abrimos los ojos el radiante amanecer que se prometía para después del “gran día” nos heló el corazón… ¿Acaso debemos renunciar a disipar la no- che? No, por supuesto, pero sin ilusiones sobre lo que nos reserva el alba.

Debido, en parte, a esa gran innovación en el ámbito de las tecnologías de la inteligencia que representa la informática, la velocidad se ha convertido en una de las características más destacadas de nuestra época. La extraordinaria rapidez con la cual las innovaciones sociales, culturales o técnicas, los pro- ductos, o incluso las modas, se propagan y se instalan en el conjunto del tejido social sólo guarda parangón con la rapidez de su propia obsolescencia, y a nadie escapa que la propia ve- locidad de los cambios dificulta considerablemente nuestra comprensión del presente.

En efecto, los ritmos de los cambios sociales se han acelera- do de tal manera en nuestros días que lo que ya forma parte del pasado conserva aún una presencia suficiente para impregnar nuestra mirada y distorsionarla. Es un poco como si nuestras representaciones de la realidad social y las creencias que tene- mos sobre ella opusieran mayor inercia al cambio que la que opone la propia realidad y se transformasen más lentamente que ésta, acentuando así la tendencia que ya tenemos a proyec- tar en nuestra percepción del presente unos rasgos que ya no pertenecen sino al pasado.

Como no podía ser de otra forma, la velocidad, que marca el ritmo de los cambios sociales y el ritmo de la vida social, repercute también sobre la textura de nuestros imaginarios. Resulta asombrosa, por ejemplo, la rapidez con la cual se ha vuelto obsoleto un imaginario subversivo cuyos grandes ras- gos se habían mantenido a lo largo de más de un siglo. No habrá hecho falta ni un cuarto de siglo a partir de finales de los años 70, para que se desmorone por completo el imaginario revolucionario que había alimentado las resistencias populares durante buena parte de los siglos XIX y XX y que aún resonaba con cierta intensidad en los sueños de los jóvenes contestata- rios del 68. Queda claro que el sujeto político, el proyecto po- lítico y las prácticas políticas del antagonismo social actual se han modificado tan drásticamente que ya no guardan seme- janza con lo que fueron hasta hace poco tiempo.

Ya no disponemos de grandes principios organizadores para orientar nuestra visión de un cambio social emancipador, y carecemos de la inquebrantable confianza en su advenimiento de la que hacían gala nuestros mayores. El firme lecho de roca sobre el cual se anclaban hasta hace poco las grandes convic- ciones emancipadoras se ha licuado poco a poco y se ha trans- formado en un zócalo inestable y móvil, sobre el cual nada definitivo o, al menos, nada duradero parece poder levantase. El problema es que la propia velocidad con la cual este ima- ginario revolucionario se ha disuelto hace que aún sigue im- pregnando nuestra mirada bloqueando nuestra capacidad de inventar nuevas prácticas antagónicas. Esta dificultad para desprendernos de un imaginario subversivo que ya no tiene curso sugiere la imagen un tanto paradójica de unos revolucio- narios que serían en realidad profundamente conservadores en cuanto a sus propios esquemas: ¡cambiarlo todo, sí por su- puesto, excepto nuestras propias tradiciones, que ni siquiera estamos dispuestos a revisar!

Ciertamente, somos totalmente conscientes de que el prole- tariado ya no puede ser el sujeto político de la revolución, pero le buscamos desesperadamente algún sustituto en forma de

nuevos sujetos políticos que hacemos surgir sucesivamente a partir de las nuevas coordenadas de la explotación o de la do- minación, y que ocupan por turno el centro de la escena du- rando un tiempo cada vez más breve. Ciertamente, somos ple- namente conscientes de que no hay ninguna grande noche que esperar ni que alcanzar, pero pretendemos sustituirla por una imagen equivalente, capaz de suscitar nuevos entusiasmos. A pesar de nuestros esfuerzos nos resulta difícil resistir la tenta- ción de reescribir el guión de la resistencia o de la subversión como simple reedición del viejo guión en un decorado apenas retocado, en vez de asumir en su radicalidad la obsolescencia del antiguo imaginario subversivo.

Con todo, y a riesgo de repetir aquí algunos tópicos, no queda más remedio que admitir que el tiempo de los meta- rrelatos y de la escatología ha caducado definitivamente y que la realidad social actual y las prácticas antagónicas nos con- frontan sin paliativos a un escenario totalmente distinto que inaugura un nuevo tiempo.

En principio, parecería que la corriente anarquista que se constituyó en el marco de las grandes ideologías emancipadoras forjadas en el siglo XIX y nutridas por las luchas desarrolladas durante buena parte del siglo XX, no pueda sino congratularse de la erosión de unos esquemas que eran finalmente escasa- mente compatibles con sus propios postulados, pese a que ella misma hubiese contribuido, en alguna medida, a constituirlos. En efecto, hoy vemos claramente que el antiguo imaginario revolucionario albergaba la ilusión de poder controlar la so- ciedad en su conjunto, y que esta ilusión era portadora de in- evitables derivas totalitarias que se concretizaron efectivamen- te en el caso de las políticas que se reivindicaban del marxismo y que tan apenas se esbozaron, aunque fueron perceptibles, en las que se inspiraron en el anarquismo. Por otra parte, bajo el manto de un universalismo que no podía ser, al igual que todos los universalismos, sino un particularismo encubierto, ese ima- ginario ocultaba una voluntad de laminar la expresión de las diferencias en el seno de un proyecto que, al pretender ser váli-

do para todos, negaba en la práctica el legítimo pluralismo de las opciones y de los valores políticos. Por último, los acentos mesiánicos de una escatología que trabajaba a supeditar la vida a la promesa de vivir, y a justificar todos los sufrimientos y todas las renuncias en nombre de una abstracción, estaban tan profundamente incrustados en este imaginario que bloquea- ban el ejercicio de todo pensamiento crítico.

En definitiva, los anarquistas, en tanto que fueron los más firmes garantes de la causa de la libertad en el seno del movi- miento revolucionario, no deberían sino celebrar la pérdida de credibilidad y finalmente el abandono de las grandes ideolo- gías emancipadoras de antaño, manifestando al mismo tiempo el mayor de los respectos para el tipo de sensibilidad que las inspiraba y para los compromisos que suscitaron. Ahora bien, el aspecto indudablemente positivo de este abandono no está desprovisto de sombras y de dificultades importantes.

Estas dificultades se hacen bien palpables cuando intenta- mos captar el perfil de la nueva realidad social que se está cons- tituyendo bajo nuestros ojos. De manera impresionista, ya que no se trata de dibujar aquí, incluso a grandes rasgos, un cua- dro detallado de la sociedad emergente, mencionaré algunos de los elementos que lo componen:

– una globalización de nuevo tipo que obliga a los Esta- dos, si no a desaparecer, al menos a redefinirse de mane- ra sustancial;

– unas organizaciones reticulares que tienden a sustituir las tradicionales estructuras jerarquizadas en los más di- versos ámbitos;

– una importante redefinición de las relaciones entre el tiempo y el espacio que trastoca, entre otras cosas, el propio concepto de distancia geográfica;

– el progresivo debilitamiento de las referencias identitarias ligadas con el mundo del trabajo;

– un nomadismo identitario, que coexiste, curiosamente, con la reafirmación de los particularismos étnicos, cul- turales o religiosos;

– la intensificación de las exigencias de medidas de seguri- dad;

– la creciente atracción ejercida por lo festivo y por lo que pertenece al orden del “acontecimiento”;

– la proliferación de las imágenes y la expansión galopan- te de lo virtual;

– la labilidad de los compromisos y la inestabilidad de las inserciones en todos los ámbitos del tejido social; – la generalización del multiculturalismo;

– la precarización generalizada de las condiciones de vida; – ...etc., etc., etcétera.

Éstas son algunas de las características que surgieron en los últimos años, o que están surgiendo en el momento presente, y que algunos sociólogos como Zygmunt Bauman (La Moderni- dad líquida), Manuel Castells (La era de la información), o Michel Maffesoli (El ritmo de la vida), entre muchos otros, nos ayudan a comprender mejor.

El entrelazamiento de estas características dibuja un pano- rama social bien diferente del que fue contemporáneo de la formación y del desarrollo del imaginario revolucionario que hemos heredado. Si es razonable pensar que dicho imaginario estaba en correspondencia más o menos precisa con la realidad social de su tiempo, parece evidente que ha quedado amplia- mente descolgado de la realidad actual. Sin embargo, recom- poner un nuevo imaginario antagonista sobre el cual apoyar nuestras prácticas sociopolíticas no parece una tarea fácil.

En efecto, la observación de los conflictos sociales y de las efervescencias populares resulta un tanto desconcertante. Ex- ceptuando las situaciones de guerra, activas o más o menos larvadas, esparcidas por el globo (Oriente Medio, guerrillas de América Latina y del sudeste asiático, etc.), las luchas actuales tienen un carácter episódico y discontinuo. Efímeras y amplia- mente imprevisibles, las movilizaciones de masas surgen como bruscas erupciones de difícil desciframiento y los compromisos activistas en el seno de estas movilizaciones son tan efímeros

La gente ocupa las calles para expresar su descontento ha- cia tal o cual medida concreta anunciada o ya tomada por las autoridades, o bajo el impulso de un malestar difuso que cris- taliza bruscamente en la explosión más o menos inesperada de un hartazgo inaguantable, pero que no se les hable de empren- der una acción para cambiar radicalmente la sociedad, porque entonces no moverán ni un solo dedo. Se puede decir que esto no constituye ninguna novedad, que siempre fue así y que, en el pasado, siempre fueron pequeñas minorías activas las que acariciaban un proyecto revolucionario. En efecto, pero mien- tras que en el pasado eran generalmente los miembros de estas minorías militantes quienes desarrollaban el mayor activismo en las movilizaciones y en las luchas populares, resulta que hoy los principales núcleos activistas surgen, puntualmente y sin perspectiva de continuidad, desde el seno de los no organiza- dos o de los débilmente organizados, de los no militantes o, a lo sumo, de los militantes intermitentes.

Además, el número de personas que se movilizan es tanto más elevado y las manifestaciones son tanto más multitudina- rias cuanto menos se siente que una organización política en- cabeza la protesta y cuanto menos se visibiliza la presencia de tales organizaciones. Y esto es importante, ya que parece que lo que confiere hoy su eficacia a las luchas y obliga al poder a ceder es, básicamente, la amplitud de la participación. El po- der no duda en mostrarse intransigente frente a unas mino- rías que está dispuesto, eventualmente, a borrar de la escena, pero flaquea, y eventualmente claudica, frente al gran núme- ro, incluso si dispone de la fuerza suficiente para imponerse. Es el gran número el que establece límites a las maniobras del poder como si éste fuese presa de cierto vértigo ante las mu- chedumbres o como si sufriese de un extraño mal de las mul- titudes.

¿Pero cuál es el detonante que hace bajar las muchedum- bres a la calle y las empuja a comprometerse en una acción que se muestran a veces capaces de reiterar y de sostener hasta ob- tener, por lo menos, satisfacciones parciales? Nadie lo sabe, y por eso los militantes alcanzan hoy mayor eficacia cuando se

dedican a amplificar y a extender los conflictos más que a in- tentar suscitarlos.

¿Que hacer, por lo tanto? En ausencia de proyectos globales orientados al largo plazo, ¿debemos contentarnos con respues- tas específicas, locales y carentes de continuidad? En ausencia de estructuras organizativas de masas, capaces de congregar a las personas de forma duradera, y capaces de crear anclajes identitarios comunes, ¿debemos dejar que las movilizaciones fluctúen al hilo más o menos caprichoso de las meras circuns- tancias? En ausencia de toda dimensión escatológica en nues- tro imaginarios, ¿dónde encontraremos el entusiasmo necesa- rio para lanzarnos a la lucha? En ausencia de un sujeto político que se perfile claramente sobre el horizonte de la historia, ¿quién va a hacerse cargo de desbrozar el camino de la emancipación? El mero hecho de plantear estas cuestiones y de experimen- tar eventualmente cierta lasitud o cierta ansiedad ante la incer- tidumbre de las respuestas revela la fuerza con la cual el anti- guo imaginario antagonista sigue impregnando nuestras mentes. Y sin embargo, creer que la explotación puede suprimirse definitivamente o que las relaciones de dominación pueden erradicarse de cuajo, no constituye una condición necesaria, ni previa, para luchar contra la explotación y contra la domina- ción. ¿Deberíamos dejar de combatir la explotación y la domi- nación si resultase que no se pueden eliminar de raíz? Apren- der a luchar sin ilusiones en cuanto al futuro nos lleva a situar todo el valor de la lucha en las propias características de la lucha y en el hecho de que ésta constituye una demostración irrefutable de que es perfectamente posible decir “¡no!”, plan- tar cara, desobedecer, desafiar el poder y frustrar sus desig- nios. Se trata de gozar de cada uno de los pequeños éxitos que obtenemos, no porque representarían un paso suplementario en dirección de un objetivo que detentaría el privilegio exclusi- vo de justificar todos nuestros esfuerzos, sino de gozar de él por sí mismo, por lo que su propia existencia y su simple pre- sencia representan como posibilidad de poner en jaque al po- der aquí y ahora y como manifestación innegable del antago- nismo social.

La vara con la cual debemos medir el alcance de nuestras luchas no es exterior a esas luchas y no es función del camino más o menos largo que estas luchas nos habría permitido reco- rrer para acercarnos a un objetivo que superaría el carácter situado, limitado, concreto y particular de las propias luchas. Si no queremos mecernos de ilusiones, parece que lo que se encuentra hoy al alcance de nuestras luchas no vaya mucho más allá de lo siguiente:

– conseguir torcer un poco el curso general de la marcha de la sociedad;

– bloquear o hacer abortar aspectos concretos, y a veces muy importantes, de las políticas institucionales; – aflojar por momentos y de forma local las clavijas de la

explotación y de la dominación cuando se vuelven de- masiado opresivas;

– conseguir abrir y acondicionar en el tejido social algu- nos espacios “otros” donde poder vivir un poco más libremente y un poco más dignamente;

– crear o agudizar condiciones de inestabilidad que pue- dan hacer posible lo que hoy no lo es.

Pero lo que ya no es de recibo, salvo a permanecer atrapa- dos en el viejo imaginario, es pensar que en el fondo todos estos logros son inútiles, o totalmente insuficientes, mientras no consigamos cambiarlo todo, mientras no hayamos creado las condiciones de la inminencia de “la gran noche”. Todo o nada..., una única solución la revolución..., éste es el grito que nos condena a reproducir constantemente el pasado en vez de innovar.

Estas consideraciones no se enmarcan en el antiguo debate entre reformismo o revolución, porque ya no se trata de con- traponer el esfuerzo militante desplegado para mejorar las con- diciones sociales al esfuerzo militante orientado a cambiarlas radicalmente. La opción reformista implicaba una aceptación condicional y ciertamente recalcitrante de la situación existen- te en lugar de promover su rechazo radical y exigía cierta cola-

boración y participación al mantenimiento del status quo a cambio de poder mejorarlo un poco. Aunque las conquistas arrancadas por las acciones del actual antagonismo social no son, finalmente, sino meras reformas, éstas no provienen de una voluntad explícita de reformar la sociedad sino del recha- zo radical de sus exigencias sobre tal o cual punto particular; son, por así decirlo, el resultado colateral del rechazo, de la negación y de la tremenda fuerza del “no”.

En la medida en que las razones para luchar se forjan siem- pre en la esfera simbólica, queda claro que debemos incidir en el tejido simbólico y que debemos volcarnos a recomponer un imaginario subversivo, aunque éste sólo pueda ser un imagina- rio situado, limitado, circunstancial y efímero. Se trata, al igual que en tiempos pasados, de producir una subjetividad política que sea radicalmente refractaria al tipo de sociedad en el cual vivimos, a los valores de mercado que la rigen, así como a las relaciones de explotación y de dominación que la constituyen. Pero esta subjetividad debe también ser nueva en la medida en que las razones de este rechazo radical no pueden remitir a otra cosa más que a la negativa a aceptar lo inaceptable, a la desobediencia, a la insumisión y al más profundo desacuerdo con la situación actual. No se necesita disponer de ningún ob- jeto sustitutivo para rechazar aquel que se nos ofrece, no se requiere ninguna “progresión hacia...”, ningún “avance en di- rección de....” para medir el alcance de los resultados de una lucha.

Es en la propia realidad de las luchas, en sus resultados concretos y en sus procedimientos específicos, donde se agota todo su valor, y éste no debe buscarse en algo que se situaría

fuera de ellas mismas, por ejemplo tal o cual objetivo final, y que se encargaría de legitimarlas.

La ausencia de escatología, la inexistencia de un sujeto po- lítico estable, el carácter difuso y fluctuante de las pertenencias y de los compromisos no desembocan en la conclusión de que

las utopías son inútiles ni que el deseo de revolución no sea una de las cosas más estimulantes, más creativas y más

irrenunciables que existan, ni que sea ocioso promover e inten- tar mantener estructuras organizativas estables o espacios per- manentes de debate. No, nada de todo eso debe ser lanzado por la borda aunque sean otros elementos los que nutren hoy la conflictividad social.

En el panorama de las diversas corrientes políticas actuales parece que sea el anarquismo quien se encuentre en mejores condiciones para nutrir el nuevo imaginario que debemos con- seguir recomponer. En efecto, no solamente ha resistido mejor que sus competidores al paso del tiempo y a las peripecias de la historia, sino que se encuentra, además, en toma más directa sobre las nuevas realidades sociales, revelándose especialmen- te bien adaptado a las características de un tipo de sociedad donde los funcionamientos jerárquicos han perdido el privile- gio de la eficacia productiva y organizativa. Pero sus posibili- dades de éxito están vinculadas con la capacidad que tendrá de proceder a un profundo aggiornamento y desviarse con deter- minación de aquella parte de su credo que está demasiado marcada por el Zeitgeist del siglo XIX y de la primera mitad del

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