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El punto de anclaje de las perversiones

BEI punto de vista freudiano sobre las perversiones

5. El punto de anclaje de las perversiones

Volvamos a la dialéctica edipica, donde la identifica­ ción fálica inaugural es puesta en duda por la intrusión de un padre imaginario, que el niño fantasmatiza como objeto fálico rival suyo ante la madre. Esta apuesta fáli­ ca presenta la particularidad de realizar la marca de una injerencia del padre en los asuntos del goce mater­ no. De hecho, a través de esa figura paterna, el niño descubre un competidor fálico ante la madre cómo úni­ co y.exclusivo objeto de su. goce. Al mismo tiempo, des­ cubre correlativamente dos órdenes de realidad que en adelanté vienen a interrogar el curso de su deseo. En primer lugar, resulta que el objetó del deseo materno no es exclusivamente dependiente de su propia persona. Por este hecho, la nueva disposición abre para el niño ía expectativa de ün desèo materno que sería potencial- mente diferente dèi que ella tiene por él. En segundo lugar, él niño descubre a su madre comò una madre cotí

falta, es decir, una madre que en absoluto es colmada

por el niño identificado con lo que él considera como único objeto de su deseo, es decir, con el falo. En el terre­ no de esta doble circunstancia, la figura del padre sale a la palestra en un régistro que sólo puede ser el de la ri­ validad.

Encontraremos posteriormente la huella de esta ri­ validad en la forma de un rasgo estructural estereotipa­ do de la perversión: el desafío. Con el desafío nos vemos irremediablemente llevados al encuentro de este otro rasgo estructural, la transgresión, complemento inse­ parable de aquel.

El terreno de la rivalidad fúlica imaginaria institu­ ye, y al mismo tiempo implica,, el desarrollo subrepticio de un presentimiento cuyas consecuencias se mostra­ rán irreversibles, y que gira en torno al problema de la diferencia de sexos. Para el niño se trata de anticipar, en efecto, un universo de goce nuevo tras esa figura pa­ terna, el cual se le aparece radicalmente extraño por cuanto lo supone como un universo de goce que lé está

prohibido. O, lo que es lo mismo, se trata de un universo

'de goce del que está excluido. Este presentimiento per­ mite al niño adivinar el orden irreductible de la castra­

ción, de la que en cierta forma no quiere saber nada.

Igualmente, puede constituir para él el esbozo de un sa­ ber nuevo sobre la cuestión del deseo del Otro. En este sentido podemos comprender cómo se gesta una vacila­ ción en cuanto al problema de su identificación fálica. De la misma forma advertimos cómo la angustia de cas­ tración puede actualizarse alrededor de esa incursión paterna que impone al niño no sólo una nueva vectori- zación potencial de su deseo, sino también las apuestas de goce a ella adscriptas.

En el curso evolutivo de esta situación edípica, seme­ jante estasis del deseo y de sus apuestas es inevitable. Aunque lo sea, resulta de todos modos una incidencia decisiva. Efectivamente, el perverso juega la suerte de su propia estructura precisamente bajo la insignia de esta incidencia. Al permanecer cautivo de esa estasis del deseo, el niño siempre puede encontrar en ella un modo definitivo de inscripción frente a la función fálica. De hecho, todo se juega para él alrededor de ese punte de báscula que va a precipitarlo, o no, hacia una etapa ulterior donde podrá abrirse una nueva promoción en la economía del deseo, calificable de dinamización hacia la asunción de la castración.

El perverso no deja de merodear en torno de esta asunción de la castración sin poder jamás comprome­ terse en ella como parte activa en la economía de su de* seo. En otras palabras, sin poder asumir jamás esa par-

teperdedora de la que podría decirse que justamente es

una falta para ser ganada. Se trata, a todas luces,* de ese movimiento dinámico que propulsa al niño hacia lo real de la diferencia de sexos sustentado por la falta del deseo, diferencia promovida como simbolizable, pero de otro modo que por la ley del todo o nada. De cierta ma­ nera, aquí situamos el punto de báscula que escapa al perverso por lo mismo que este se encierra precozmente en la representación de una.falta.ho simbolizable. Esta falta no, simbolizable es la que justamente va a alienar­ lo en una dimensión de contestación psíquica inagota­ ble, ejercitada mediante el recurso a la renegación o in­ cluso a la repudiación, en lo que atañe a la castración de la madre;

En otros términos, se trata de un momento en el que se obtura, para el futuro perverso, la posibilidad de ac­ ceso al umbral de la castración simbólica, donde lo real de la diferencia de sexos es promovido coino única cau­

sa del deseo. A todas luces, la falta significada por la in­

trusión paterna es justamente lo que garantiza al deseo su movilización hacia la posibilidad de una dinámica nueva para el niño. Lo que se cuestiona implícitamente, alrededor de este punto de báscula es el problema del significante de la falta en el ¡Otro: S($). Rozamos aquí la sensibilización, del niño en lo que concierne a la dimen­ sión del padre simbólico, o sea, el presentimiento psí­ quico que deberá enfrentar el niño para renunciar a sü representación del padre imaginario. Sólo la mediación de este significante de la falta en el Otro es capaz de desprender la figura del padre imaginario de su refe­ rencia a un objeto fálico rival. El significante de la falta* en el Otro es lógicamente lo que conducirá al niño a abandonar el registro del ser en beneficio del registro

del tener.

El pasaje del ser al tener sólo puede producirse en tanto y en cuanto el padre aparece ante el niño como el poseedor de lo que la madre desea. Para ser más exac­ tos, como el que supuestamente tiene lo que la ma-

dré supuestam ente desea con respecto a él. Esta atribución fálica del padre es lo que lo instituye como

padre simbólico, es decir, el padre en cuanto repre­

sentante de la Ley para el niño, y por ende el padre eri tanto mediación estructurante de la prohibición del incesto.

Ocurre que, precisamente, de esa sombra proyecta­ da del padre simbólico el perverso no quiere, saber na­ da, desde el momento en que se plantea para él la cues­ tión de reconocer algo del orden de la falta en el Otro. Esta repudiación, es decir, esta contestación, tiene por objeto recusar toda posibilidad de simbolización de esa falta. Por consiguienté, encontramos en marcha el pro­ ceso estereotipado del funcionamiento perverso por el cual una verdad referente al deseo déla madre es con­ juntamente encontrada y negada. En otros términos, el niño se encierra en la convicción contradictoria siguien­ te: por uií lado, la intrusión de la figura paterna deja enr trever al niño que la madre, que no tiené el falo, desea al padre porqué él lo «es» o porque él lo «tiene»; por el otro, si la madre no lo tiené, ¿tal vez podría tenerlo sin embargo? Pára ello, basta con atribuírselo y mantener imaginariamente esta atribución fálica. Este manteni­ miento imaginario es lo que anula la diferencia de sexos y la falta que esta actualiza. La coexistencia de estas dos opciones respecto del objeto fálico impone a la eco­ nomía del deseo un perfil que constituye la estructura misma del funcionamiento perverso.

Este perfil es ordenado por vina ley del deseo que no permite que el sujeto asuma su posibilidad más allá de la castración. Se trata de una ley ciega que tiende a sustituir a la ley del padre, es decir, a la única ley sus­ ceptible de orientar el deseo del niño hada un destino no obturado de antemano. O, dicho de otro modo, lo que obtura la asunción del deseo perverso es la ley que lo sustenta: una ley imperativa del deseo que se ocupa de no ser referida jamás al deseo del otro. En efecto, única­ mente la ley del padre impone al deseo esa estructura

que hace que el deseo sea fundamentalmente deseó del deseo del otro.

' Por lo mismo qu& la ley del padre es renegada cómo ley mediadora del deseo, la dinámica deseante se fija de una manera arcaica. Puesto ante el hecho de tener que renunciar al objeto primordial de su deseo, el niño pre­ fiere renunciar al deseo como tal, es decir, al nuevo mo­ do de elaboración psíquica exigido por la castración. 'Ib- do ocurre entonces como si la angustia de castración, que alienta al niño a no renunciar al objeto de su deseo, lo inmovilizara aquí én un proceso de defensa que ló vuelve precozmente refractario al trabajo psíquico que debe producir para comprender que, precisamente,'.la renuncia al objeto primordial del deseo salvaguarda-la posibilidad del deseo, dándole un nuevo estatuto. En efecto, el nuevo estatuto inducido por la función pater­ na instituye un derecho al deseo', como deseó del deseó del Otro.

Eñ virtud de su economía psíquica particular, el per­ verso se ve sustraído a ése «derecho al deseo», y perma­ nece imperativamente fijado en una gestión ciega don­ de no cejará en su intento de demostrar que la única ley

del deseo es la suya, y no la del otro. Esto permite com­

prender mejor los diferentes engranajes del funciona­ miento perverso y los rasgos estructurales que lo ca­ racterizan.

En concepto de tales rasgos estructurales, mencio­ nemos ya el desafío y la transgresión, que constituyen las dos únicas salidas del deseo perverso.

La renegación, incluso la repudiación, recae esen­ cialmente sobre la cuestión dél deseo de la madre pór el padre. En este sentido, es ante todo renegación de la di­ ferencia de sexos, No obstante, como Freud muy justa­ mente lo había señalado, esa repudiación no tiene fun­ damento sino porque el perverso, en cierta manera, re­ conoce este deseo de la madre por el padre. Si se puede renegar de una cosa es porque previamente se conoce algo de ella. A su manera, el perverso reconoce lo real de

lá.diferenciade sexos, pero récusa sus implicaciones, la principal de las cuales quiere que esta diferencia sea,, precisamente, la causa significante del deseo. Así, el perverso se esfuerza por mantener la apuesta de una posibilidad de goce capaz de eludir esta causa signifi­ cante.

En esta provocación incesante que lo caracteriza, él se. asegura de que la Ley está cabalmente ahí y de que él puede encontrarla. En este seíitido, la. transgresión aparece cómo el elemento1 correlativo e inevitable del

desafío. No existe medio más eficaz para asegurarse de la existencia de la ley que esforzarse por transgredir las prohibiciones y reglas que remiten simbólicamente a ella. El perverso encuentra la sanción, vale decir, el lí­ mite referido metommicamente a l'á interdicción del in­ cesto, precisamente en el desplazamiento de la trans­ gresión de las prohibiciones. El perverso, cuanto más desafía, incluso cuanto más transgrede la Ley,, tanto más experimenta la necesidad de asegurarse de que realmente esta se origina en la diferencia de sexos y en relación con la prohibición del incesto.

En tomo de este puntó’ merecen señalarse ciertas confusiones diagnósticas, principalmente en lo que se refiere a la histeria y a la neurosis obsesiva.

6. Diagnóstico diferencial entre las