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1. En una sociedad determinada, no solo algunos ciudadanos, con ciertos rasgos, sino todos ellos,

3.5. Puntos ciegos de la democracia: cuando la máquina falla.

Una vez examinada la democracia en una lectura multinivel que relaciona el análisis de las democracias realmente existentes con el debate normativo sobre las democracias, y cuestionada su reducción real a mecanismo de toma de decisiones colectivas mediante la agregación de las opiniones o preferencias individuales a través del voto, en el marco de la discusión sobre las tradiciones democráticas, aparece la necesidad de considerar, si acaso existen más puntos ciegos en el abordaje de la democracia contemporánea.

Si bien el primer punto ciego a la hora de emprender estudios sobre la democracia puede consistir, justamente, en la poca distinción entre niveles de análisis toda vez que se mezclan los debates sobre la calidad democrática con las discusiones normativas sobre la misma, es igualmente grave desligar absolutamente las relaciones existentes entre estos niveles, como se ha intentado demostrar a lo largo del apartado anterior.

Un tercer punto ciego del análisis sobre la democracia contemporánea, consiste en entenderla como una versión democratizada del liberalismo, es decir,

como ―producto de la unión de elementos y valores liberales y de elementos democráticos (la participación ciudadana) que podrían plantear exigencias divergentes e incluso contradictorias‖ (García, 2015, p. 6).

La democracia contemporánea no es una cosa distinta a la democracia liberal: ―lo liberal sería indesligable de lo democrático. La democracia moderna incorporaría en su seno el núcleo de valores liberales y la forma del gobierno representativo. De forma tal que la democracia moderna surgiría de la tradición del liberalismo político, y sería sustancialmente distinta a la democracia antigua, y no

Finalmente, a partir de los estudios sobre las democracias realmente existentes, emerge como punto ciego el problema de las democracias que tras la normalización de un comportamiento social que deja en manos de mecanismos o procedimientos de legitimación liberal las decisiones más importantes de una colectividad política, desconoce su realidad concreta de confrontación en sociedades divididas por el conflicto armado interno.

Aunque no deja de ser problemático sostener que las democracias contemporáneas, en tanto liberales, cargan con unos requisitos políticos impuestos por una dinámica del mercado, la centralidad del punto ciego de la democracia no se halla únicamente en su vinculación al sistema de producción existente sino a la regla de las mayorías operante en la que parece ser, bajo la perspectiva de los análisis de la calidad democrática, la única concreción directa de la democracia: sus mecanismos (Sánchez-Cuenca, 2010, pp. 63-70).

Una sociedad democrática, enmarcada por las dos grandes transformaciones históricas identificadas por García, se topará cuanto menos con el mismo problema con el que algunos autores se han enfrentado a la hora de revisar el comportamiento democrático-electoral y del cual, O‘Donnell, se ocupa tras reconocer la equivocada asunción de un corpus democrático conciso, a saber: el problema de la exclusividad/inclusión. La democracia puede bloquearse si lo que resulta ser sujeto de la votación es quién puede y quién no, tomar parte en la decisión colectiva (Sánchez-Cuenca, 2010, pp. 55-57).

Dado que en el diseño contemporáneo de las instituciones democráticas la distinción entre concepto y proceso termina por no distinguir los alcances mismos de las decisiones que ponen en consideración del pueblo, los dos fenómenos no tienen otra forma de resolución que el procedimiento electoral mínimo, puesto que es allí donde se zanjan las diferencias sustanciales de un demos de manera real y rápida. Tal es la necesidad del mecanismo procedimental que:

Si no hubiera diferencias ideológicas, podría gobernarse eligiendo al azar un grupo de ciudadanos, mediante un sistema de exámenes que seleccionara a los más aptos para la gestión de la cosa pública. Si se recurre al voto, es porque las ideologías establecen proyectos

y planes contrapuestos. De ahí que, siguiendo el ideal del autogobierno, se sometan dichos

p o e tos a ele ió popula … , la puesta e p á ti a de un programa ideológico resulta incompatible con la democracia directa (Sánchez-Cuenca, 2010, pp. 11-12).

Se observan aquí, por supuesto, dos temas que requieren atención. En primer lugar, las críticas a los paradigmas liberales en pro disminuir la influencia del liberalismo en la democracia, como si fuera posible distinguir entre democracia y liberalismo. En segundo lugar, las efectivas encrucijadas en las cuales la democracia contemporánea se encuentra cuando se sostiene con fe radical una concepción que puede calificarse, paradójicamente, como ―mínima‖ de democracia

en tanto que refiere y prioriza el carácter libre-electoral y subraya que la deliberación debe tener cabida pero, generalmente, en el escenario posterior a la toma de decisión por medio del procedimiento, es decir, tras haber tomado la decisión se da la deliberación, lo que subsanaría y no se sabe cómo, los límites del procedimiento aplicado.

No es difícil entender por qué la coexistencia del principio de la soberanía popular y el ejercicio del voto como único medio legítimo de acceso al poder, aunque consagrados constitucionalmente, han originado la instauración de lo que algunos analistas han llamado la versión ―hegemónica de la democracia‖ (Santos y Avritzer, 2004, pp. 35-39). En esencia, cada elemento de los mencionados funge como precepto y condición de una democracia contemporánea que para muchos parece acosada por el liberalismo, pero que en realidad no se diferencia de éste y le es connatural, tanto como el ―elitismo competitivo‖ de Weber (1919) y Schumpeter (1942) a modo de garantías primigenias del ―funcionamiento democrático de una sociedad‖, pero fundamentalmente de la construcción del Estado, un tema que se verá en detalle en el quinto capítulo del presente trabajo.

Bajo el argumento de la ―impracticabilidad de la democracia directa‖ se postuló tempranamente que ―el elitismo competitivo‖ era la única forma de

garantizar la libertad del individuo ante los cambios políticos, económicos y sociales propios del mercado. A su vez, se trataría de un ―método‖ o arreglo

confiriendo a ciertos individuos el poder de decidir en todos los asuntos, como consecuencia de su éxito en la búsqueda del voto de las personas.

Este comportamiento justifica el tránsito de un escenario previo a otro nuevo, mediante una determinación procedimental de mayorías, en donde dichas mayorías no han podido sentarse a discutir y deliberar con antelación y suficiencia las razones que justificarían una eventual transición; en qué condiciones tendría que hacerse y a cuáles nuevas realidades se esperaría arribar y teniendo que ser asumidas por unos y por otros actores que han ejercido el voto.

Tanto el escenario previo en donde nace la crisis como en el posterior, que es consecuencia de la transición legitimada luego de la aplicación de un procedimiento cuasi-quimérico como el referendo, no aparecen como elementos del contenido democrático del régimen ni de la determinación. Un contenido que se esconde detrás de la determinación reducida que se ha dejado en manos de las mayorías reflejadas en una urna. La sociedad, sin saberlo, puede estar usando el referendo como la llave a una auténtica caja de pandora, legitimando, vía refrendación, algo que no ha vivido ni de lo cual conoce sus consecuencias reales futuras; no ha tenido ocasión siquiera de experimentar por un tiempo breve el escenario al que se le pide avale con su participación electoral.

Las tradiciones sobre la democracia examinadas hasta ahora, sin importar cuáles fueren, sostienen de diferentes maneras el paso necesario de una situación

a otra; tienden a considerar que en la requerida ―transición‖ adviene la democracia

real, aquella discutida en los dos primeros apartados de este capítulo, en tanto fruto de un mecanismo democrático por el cual se pasa de un escenario crítico a uno deseable, gracias a la voluntad del pueblo.

IV.

Hacia qué se transita cuando se quiere transitar: la inexplicable