¿Quién le hizo esto a Winalot? Dinos quién fue, chico Dínoslo Winners Winners
Winalot
Winners Winners what you got
Winners Winners Winners Loser, Perdedor.
¿Quién lo hizo? Pero no puedes contarlo
y eso es una lástima para ti capullo atontado
Silbé A Four-Legged Friend de Roy Rodgers mientras arras- traba el cadáver del perro, apestando y humeante en uno de sus extremos, hasta el otro lado de la isla, la parte que resulta invisible desde la costa de Edimburgo. Llevé el cuerpo hasta la arena húmeda y empecé a cavar con la pala. Le quité la chapa metálica redonda donde ponía WINSTON, con la direc- ción al dorso.
Qué era lo que el viejo había dicho sobre el tocayo del pe- rro: en la guerra no tienes que ser amable, basta con tener razón.
Miré el agujero que había cavado y le eché una ojeada al cuerpo, antes de dar un vistazo hacia la costa de Fife. Pronto subiría la marea. Casi me cago encima al oír un ruido de roce: al mirar hacia abajo vi el cuerpo del animal temblando vio- lentamente. Sin pensarlo, lo eché al agujero a patadas y em- pecé a cubrirlo de arena con la pala. Parte de la arena quedó
desplazada instantáneamente, pero seguí paleando y el movi- miento se apaciguó y el forcejeo pareció cesar.
Subí escalando a un punto panorámico y observé la subida de la marea, que chapaleaba hasta el borde la isla cubriendo la tumba de Winston Dos, y corrí a continuación hasta la pla- ya. Tenía que moverme con rapidez para evitar quedarme ais- lado mientras el agua empezaba a cubrir los desiguales mon- tículos de arena que había alrededor de la isla.
Me deshice de la pala en los bosques que había junto al río Almond, que desembocaba en el estuario de Forth junto al viejo poblado de Cramond. Entonces fui a tomarme un café en un pequeño pub del pueblo. Una vieja bruja entró con un perrito que no paraba de lanzar agudos ladridos, uno de esos montones de pelusilla atados a un cordel. El animal me olis- queó y yo lo acaricié mimosamente.
—Me encantan los perros —le dije a la maruja.
Estuve sentado un rato, secándome la parte inferior de los pantalones junto al radiador. Entonces me marché y arrojé la chapa de Winston al Almond; encaminándome otra vez hacia el barrio, me detuve en el Commodore por el camino a to- marme una pinta. Fui caminando hasta Silverknowes y me tomé otra pinta en el club de golf. Entonces cogí un autobús hasta el centro y me fui a mirar las tiendas, comprándome un polo que no estaba mal en X-ile antes de volver a casa a la hora de cenar.
Cuando entré, habían vuelto todos. Intenté camuflarme entre el ambiente general de melancolía que llenaba la casa, aunque me costó mucho esfuerzo. No paraba de escuchar la voz del viejo:
—Pero no desaparecería así como así... el perro no podría desaparecer de la faz de la tierra sin más...
Sí que podría, padre. Sí que podría.
Winston cometió un error. Le tocó los huevos a Roy Strang. Nadie le toca los huevos a Roy Strang.
Las pesquisas de papá, que tomaron forma de amenazas y severos interrogatorios a los lugareños, agobiar a la policía de Drylaw, pegar fotografías mal fotocopiadas de Winston (el borrón negro que salía en las copias se parecía extraordinaria- mente a él justo antes de morir) en las tiendas y en las faro - las, y poniéndose fuera de sí cuando los crios las arrancaban; todo ello no dio fruto alguno.
Winston Dos había desaparecido.
Papá juró que nunca volvería a tener otro perro, pero se quedó pasmado aquellas navidades cuando Kim y yo le rega- lamos un cachorro de pastor alemán. A diferencia de sus dos alsacianos anteriores, era una hembra.
La llamó Maggie. Maggie era, es,
un perro agradable. arriba -¡Otro movimiento intestinal, Roy! Nunca me ha hecho arriba El Doctor Goss estará muy contento contigo
subiendo arriba —dice Patricia—. Tienes muy buen aspecto últimamente. Como premio voy a ponerte un rato más la cinta de tu madre. Tiene una bonita voz.
No, por favor, Patricia, habíame, dime con quién has folla- do últimamente o lo que has estado viendo en la tele, cual- quier cosa menos esa pu...
Even though there's something of the cad About the boy... * -Ojalá tuviera yo una voz como ésa.
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por la par- * Véase las dos últimas estrofas de la nota de pág. 131 (N. del T.)
te más alejada. El agua, hemos pasado por el agua, pero sólo me siento mojado hasta los tobillos. De locura.
Jimmy y yo escalamos la cima de la Colina Verde. Resulta una subida larga y ardua, pero la cumbre nos ofrece una per - fecta panorámica del lago Torto. Sacamos nuestros prismáti- cos. Hay una imponente manifestación de color rosa mientras contemplamos los flamencos en el agua. Podían oírse, ese trompeteo tut—tut. Como las trompetas de los hinchas futbo- lísticos del continente o los coches de las ferias...
Justamente entonces Sandy dice, sin apartar nunca la vista del espectáculo:
-Mira, Roy, a la izquierda.
Había un grupo de alrededor de una docena de marabúes anadeando por las orillas del lago, dirigiéndose directamente hacia la colonia de flamencos.