2. En torno a las figuraciones del intelectual
3.2. Quiroga en la pluma de Martínez Estrada.
Hemos hecho alusión a una estrategia discursiva de identificación de la figura de Martínez Estrada en tanto escritor con la que delinea de Quiroga. Esta configuración se asienta al fundar la hermandad sobre la base de varios factores. Uno de ellos radica en la comunión de ideas en lo que respecta a valores morales, identificables por Martínez Estrada en lo inherente a la conducta, reiteradamente a los deberes del escritor, a los ideales, al desinterés por los aspectos utilitarios del quehacer intelectual, que responde al pacto antieconómico propuesto por Thoreau, para quien la naturaleza significa un alejamiento de los mercaderes y del dinero. Estas concepciones los reúnen en lo que el ensayista explica como un ligamen irracional y superior, basado en una identidad de sangre y de destino fatídico, elementos de una unión espiritual, a la que caracteriza como mística93. Otro factor importante de este vínculo lo establece al identificar a Quiroga, así como a su amigo Espinosa, como los motores del cambio de su orientación literaria desde 1929, que lo volcara hacia los ensayos de interpretación nacional, luego de sus años previos dedicados a la poesía94. Un tercer factor aproxima a los escritores, y radica, según lo postula el ensayista, en los padecimientos compartidos, ocasionados por la condena de la intelligentsia a su obra precedente (en especial a su Radiografía de la pampa), que fundamenta en el declive de la escala de valores espirituales de los intelectuales
93
Ezequiel Martínez Estrada, El hermano Quiroga, op. cit., pp. 9 y 10. 94
contemporáneos, hechos que los llevó al repliegue de los espacios de trabajo, y al retiro de la ciudad en tanto lugar de residencia.
Dicha particular construcción se asienta en una antítesis relativa a los valores morales que cada grupo encarna. Similares argumentos, que remiten a escritos posteriores, coinciden con los trazados en el ensayo en cuestión. Es decir, El hermano Quiroga, editado después de la muerte del escritor, contribuye a consolidar
una imagen ‘ideal’, consagrada, dotada de excepcionalidad y grandeza en el imaginario de los lectores de la época, al tiempo que el ensayista se autodefine como una “copia de un mismo tenor”95, como una figura sustancialmente semejante.
La raíz del pensamiento moral de Martínez Estrada se asienta en las reflexiones filosóficas de Henry David Thoreau, relativas al significado y a los alcances de los conceptos de ‘libertad’, ‘justicia’, ‘derechos del hombre frente al Estado’, especialmente los que esboza en su Civil Disobedience, conferencia que escribió y publicó en Concord, Massachusetts, en 1848, cuya moral se circunscribe a la función social del individuo en el marco de una sociedad de derecho. Los lineamientos que conforman este pensamiento encuentran eco en los modos que el ensayista tiene de evaluar y sancionar la articulación entre el aparato cultural y el gubernamental, así como en la manera de autoconfigurarse ‘diferente’ respecto de la intelligentsia argentina, y por ello, también, hermanado con la figura de Quiroga.
Thoreau instó a cultivar el respeto por la justicia, regidos por el principio del deber que la propia conciencia dicta a cada individuo. Consideró como ‘impura’ toda
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autoridad del gobierno que no cuente con la aprobación y el consentimiento de los gobernados. “El Estado no puede tener derechos legítimos sobre mi persona y propiedad sino en la medida en que yo se los haya concedido”96, expresó el filósofo, con lo cual cuestionó cualquier decisión política que implique avasallar el respeto por el hombre, así como también aquellas acciones de los ciudadanos que se fundamenten en el deber de obediencia a las leyes del Estado. Afirmó Thoreau que:
Jamás existirá un Estado realmente libre y culto mientras el Estado no se avenga a reconocer al individuo como un poder más alto e independiente, de donde todo su propio poder y autoridad arrancan su origen, y lo trate como a tal. Me complazco en imaginarme que al fin tendremos un Estado que pueda permitirse ser justo con todos los hombres, y que trate a cada cual con el respeto debido a un vecino y prójimo; un Estado que ni aun considerara inconsistente con su propia tranquilidad el que unos cuantos vivieran apartados de él, sin tener nada que ver con él, ni reconocerle jurisdicción sobre ellos, pero que cumplieran con todos sus deberes de buenos vecinos con sus semejantes. Un Estado que diera tales frutos y los dejara desprenderse de él tan pronto como estuviesen en sazón, iría preparando el camino para un Estado aún más perfecto y glorioso, que yo también he llegado a imaginar, pero que no he visto todavía en ninguna parte.97
Tal imperativo de la disidencia y de la afirmación de la libertad y de los derechos individuales remite al insistente rechazo por parte de Martínez Estrada de
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Henry David Thoreau, Desobediencia civil, Leviatán, Buenos Aires, 2006, p.74. 97
las coyunturas políticas que se suscitaron en Argentina, sistemas que representaron para el ensayista no sólo el divorcio de los dirigentes respecto de los gobernados, sino fundamentalmente la puesta en práctica de decisiones coercitivas que operaron sobre las libertades individuales. Asimismo, conduce a sus duros cuestionamientos relativos a la connivencia de los intelectuales con el desenvolvimiento de tales plataformas políticas, que incluye el ajuste a las demandas del trabajo en los medios de la industria cultural, en especial el periódico, tanto como a los requisitos mercantiles de los jefes de edición. Thoreau enfatizó “la libertad del individuo respecto a la coerción originada en la voluntad de otros individuos”98, que incluye también las dinámicas llevadas a cabo por diversas instituciones ‘voceras’ del Estado99.
Frente al impacto de las primeras etapas del capitalismo moderno, junto con los nuevos órdenes comerciales e industriales, Thoreau vislumbró e impugnó la búsqueda de intereses asociados a la propiedad, al bienestar material y al dinero, y anunció que el cambio es posible a partir de la autoconciencia moral100, que implica
98
Cfr. Juan Claudio Acinas, “El pensamiento libertario de Thoreau”, en: Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, Barcelona, Nº 61, 2004, p. 5.
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Al respecto afirma el filósofo: “Muy pocos –en su condición de héroes, patriotas, mártires, reformadores en el más alto sentido de la expresión, y hombres de verdad- sirven al Estado también con su conciencia, y por lo tanto se sienten impulsados a hacerle resistencia en muchos casos, y en consecuencia se ven comúnmente tratados como enemigos de aquél. Un hombre de conciencia sólo puede ser útil en su calidad de hombre, y no se dejará emplear como arcilla para tapar agujeros, por lo menos mientras le dure el aliento. Quienquiera que se entregue por entero al servicio de sus semejantes les parece un ser inútil y egoísta; pero en cambio el que sólo se da en parte pasa por un benefactor público y un filántropo.
¿Cuál es la conducta propia de un hombre de verdad con respecto del gobierno americano actual? Mi respuesta es que no puede asociarse con él sin desacreditarse. Ni por un momento puedo reconocer esa organización política como mi gobierno, mientras sea igualmente el gobierno de los Estados que mantienen la esclavitud.” Henry David Thoreau, op. cit., p. 42.
100
Expresa Thoreau: “¿Es posible que el ciudadano pueda siquiera por un momento y en lo más mínimo, someter su conciencia al legislador? ¿Para qué entonces posee cada hombre una conciencia? Me parece que debemos ser hombres primero y después súbditos. No es tan deseable cultivar el respeto por la ley, como por el derecho. La única obligación que tengo el derecho de asumir es la de hacer en toda ocasión aquello que creo justo. Se dice con verdad que una sociedad mercantil no tiene
el repliegue de una sociedad mercantilizada, cuyas transacciones corrompen a los hombres, porque los transforman en esclavos de sus ansias de fortuna. Lo deseable, en el marco de este pensamiento, es construir y disponer de una vida libre, sencilla, creativa, independiente y por ello valiosa, signos del progreso moral, de la virtud y dignidad humana. Este haz de valores es destacado por el ensayista, y Thoreau constituye el punto de anclaje que reúne a los amigos en su singular ‘hermandad’.