LOS CULTOS PANHELÉNICOS
RASGOS GENERALES
• La aparición de los santuarios panhelénicos. Hasta ahora hemos puesto de manifiesto de manera especial el vínculo entre la vida religiosa y la vida cívica, mostrando de qué manera el ciudadano se ve atrapado en la red de fiestas y ceremonias que lo integran en su ciudad. Ahora bien, el nacimiento de la polis es contemporáneo de un fenómeno religioso totalmente original y de grandes consecuencias: la aparición y el desarrollo en varios puntos de Grecia de santuarios cuya influencia y frecuentación rebasan el marco de la polis, constituyéndose en lugares de encuentro y de intercambio entre los griegos venidos de los puntos más lejanos del mundo griego. Es en la misma época, de hecho, hacia finales del siglo VIII, cuando se produce simultáneamente una primera oleada de fundación de colonias, principalmente en la Magna Grecia (Italia del sur) y en Sicilia, y un brusco crecimiento de los lugares en los que la arqueología descubrió depósitos de objetos que sirvieron como ofrendas: primero, cerámica y figuras de terracota; luego, objetos de bronce y joyas, y finalmente, amas y armaduras. Como si, a partir de ese momento, una riqueza antes reservada para las sepulturas aristocráticas estuviese ahora orientada hacia los dioses. Entre los lugares localizados se encuentran: Olimpia, Delfos, Dodona y Delos; un conjunto de lugares destinados a experimentar el esplendor panhelénico. En esa misma época nace el santuario. Dichos santuarios y sus cultos van a asegurar, durante varios siglos, una función de aglutinación en torno a una identidad griega que se reconoce tanto en sus dioses como en su lengua.
• Su marco arquitectónico. Estos santuarios, en principio, son amplios conjuntos arquitectónicos, fuera de las ciudades, en los que se levantan —alrededor de los templos propiamente dichos y de los altares— distintos edificios como los «tesoros», erigidos por ciudades o por donantes agradecidos, diversas ofrendas, y salas de banquete y de reunión destinadas a recibir a los visitantes. Un muro delimita el recinto; fuera de él se encuentran los lugares dedicados a las competiciones: estadios, hipódromos y gimnasios.
• La panegiria o reunión. Estos santuarios, que tienen en común el estar abiertos a todos los griegos del conjunto del mundo helénico, tienen vocaciones diversas en función de los cultos que se practican en ellos y de los dioses que los presiden. Por otra parte, en ellos pueden coexistir muchas formas de vida cultual. Durante el periodo de las fiestas se reúne una multitud considerable, llegada de las ciudades más lejanas, y del mundo bárbaro. Se cree que el estadio de Olimpia, construido en el s. vi, podía albergar a cuarenta mil espectadores. Y esa no era más que una parte de la población presente en el lugar durante varios días: siete en la Olimpia de la época clásica.
La concentración se ve facilitada por una tregua anunciada por delegaciones (las de los theoros délficos o los espondóforos olímpicos) encargadas de recorrer el mundo griego, de ciudad en ciudad, donde se las acoge con gran pompa. La tregua dura el tiempo necesario para ir al santuario y volver.
La panegiria es, en primer lugar, una reunión de carácter religioso, colocada bajo el signo del o de los dioses que presiden el santuario. El periodo de fiesta se abre con una procesión solemne y
con uno o varios sacrificios que estrechan la comunión entre los participantes; rituales y sacrificios acompasan y cierran la reunión.
El buen funcionamiento del conjunto está asegurado por colegios de sacerdotes locales asistidos por un numeroso personal reclutado para la ocasión. Estos sacerdotes se eligen, a menudo, entre las grandes familias en las que el sacerdocio se transmite por herencia. A pesar de una historia a menudo tormentosa y de numerosos conflictos e intentos de hacerse con el control (como las luchas entre los arcadios y los etolios, y después entre Esparta y Elis acerca de Olimpia, y las guerras sagradas a propósito de Delfos), los santuarios panhelénicos mantuvieron su autonomía la mayor parte del tiempo. En ciertos santuarios como en Delfos, una anfictionía, agrupamiento de ciudades establecidas «alrededor del santuario», asegura su gestión y mantenimiento.
• Los juegos: el agon
Las competiciones que reúnen a los griegos con regularidad en los estadios y en los hipódromos, con frecuencia fueron consideradas como una herencia de los juegos de la época homérica, tal como están descritos en la Ilíada (los juegos fúnebres en honor de Patroclo) o en la Odisea (los juegos ofrecidos por Alcínoo en honor de su huésped Ulises). Los juegos recuperan los valores aristocráticos y, cuando se celebran, la polis entera se identifica con los vencedores. Los gymnasia construidos en todas las ciudades desde el comienzo del s. vi, el estímulo al entrenamiento de los atletas y el recibimiento dispensado a los vencedores, dan testimonio del sitio que ocupaba la ideología de la competición en la vida cívica.
En Olimpia, en Delfos, en Corinto y en Nemea, de acuerdo con un calendario cíclico, se reúnen concursantes y espectadores en el marco de competiciones y juegos que se llaman Olímpicos, Píticos, Ístmicos y Nemeos, en honor de Zeus (en Olimpia y en Nemea), de Apolo Pitio (en Delfos) y de Posidón (en el Istmo). Los Juegos Olímpicos se celebraban cada cuatro años en pleno verano (julio-agosto), los Juegos Délficos (o Píticos) tenían lugar el tercer año de cada olimpiada hacia el final del verano (agosto-septiembre), los Juegos Ístmicos y Nemeos se celebraban cada dos años, alternándose con los de Olimpia y Delfos, es decir, el segundo y el cuarto año de cada olimpiada, y en primavera. Así, los mismos atletas podían concursar sucesivamente en el ciclo de las cuatro fiestas, y, a veces, conseguir cuatro veces la victoria. Teógenes de Tasos conoció ese triunfo supremo a comienzos del s. Y, lo que le granjeó una multitud de estatuas y una tradición legendaria: después de su muerte fue proclamado héroe sanador.
La gloria prometida a los vencedores la canta Píndaro, poeta de la primera mitad del s. v, en los Epinicios (Odas triunfales) donde une el nombre de los comitentes al de los héroes y los dioses cuyas historias evoca. Estas recopilaciones recibieron desde la antigüedad el nombre de los principales juegos celebrados: Olímpicos, Píticos, Ístmicos, Nemeos. En las doce odas píticas, por poner un ejemplo, las siete primeras están dedicadas a cantar la victoria de los grandes personajes vencedores en las carreras de carros, la prueba más prestigiosa. El primer lugar en ellas le corresponde a Hierón, el tirano de Siracusa, cuya cuadriga había ganado la prueba en el 470 en Delfos, después de otras dos victorias en los Juegos Píticos y una victoria de su semental Ferénico en Olimpia. Como panegírico del tirano en su apogeo, la oda es al mismo tiempo una pieza de elocuencia moral y religiosa, proponiendo un modelo para el soberano y para la ciudad de Etna, que el acababa de fundar en Sicilia. «Sólo el honor de la gloria que los mortales dejan tras de sí proclama en boca de narradores y poetas la forma de vida de los hombres que se fueron». (Pítica I, vv. 93-95).
En las cinco últimas odas se canta a vencedores socialmente más modestos. La competición pone al alcance de todos, al menos en teoría, la gloria prometida a un rey. La undécima Pítica está dedicada al joven tebano Trasideo, vencedor en el estadio en las pruebas reservadas para los adolescentes en el 474. Píndaro los convierte a él y a su padre en los representantes de los ciudadanos de condición media:
«Deseo hermosos dones de los dioses, anhelando lo que en cada edad puede alcanzarse. Pues cuando descubro que las gentes de condición media de una ciudad florecen en una dicha más duradera, reprocho la suerte de las tiranías. Tiendo a virtudes corrientes: así uno se libra de envidiosos». (Pítica XI, vv. 52-54).
PLANO DEL ALTIS, RECINTO SAGRADO DE ZEUS EN OLIMPIA, HACIA EL FINAL DEL SIGLO IV A.C.
Fuente: Histoire générale des Civilisations, tomo I, PUF, 1961. 100