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nidos, unidos por relaciones recíprocas definidas y con

intereses comunes definidos; está constituida también por

las opiniones que expresan esos intereses y modelan en

forma de ideología los estereotipos sociales y, en conse­

cuencia, las actitudes y los comportamientos reales de los

hombres. Tomando conciencia de este hecho legitimamos

no sólo la cuestión del carácter del conocimiento en las

ciencias sociales, sino también aquella, más fundamental,

de la posibilidad de un conocimiento objetivo en ese cam­

po. Por ello, sin embargo, la sociología del conocimiento

está estrechamente unida no solo a la teoría de la ideología

sino también a la teoría de la sociedad y de su evolución

en general y, finalmente, a la problemática gnoseológica.

Y esta relación se establece en un doble sentido: en primer

lugar, porqué las conclusiones de la sociología del conoci­

miento poseen un carácter filosófico; en segundo lugar,

porque esta ciencia toma (manifiesta o tácitamente) sus

premisas más generales de una filosofía determinada. La omisión de este último aspecto parcializa muchas de las críticas a la sociología del conocimiento de Mannheim. La posición de Marx es desde este punto de vista relativa­ mente simple o, en todo caso, consecuente. Según él, la sociedad constituye una cierta unidad cuyos diversos ele­ mentos, factores o aspectos, sin ambargo, pueden distin­ guirse en función de la manera de aprehender esa unidad y de las cuestiones que se formulen en torno a ella. Lo que resulta particularmente interesante en esta concepción es la diferenciación de los elementos materiales de esa unidad que tiene por nombre “ la sociedad” , así como de los elementos que forman lo que llamamos la vida espiri­ tual, o también la conciencia social (sin querer tomar po­ sición en el debate sobre su “ esencia” filosófica).

El valor de esta diferenciación se hace evidente cuando nós interesamos por la

dinámica

de la sociedad (lo que, en otros términos, llamamos vida social).

En efecto, en este caso nos interrogamos en primer lugar sobre las fuentes de esta dinámica, es decir, sobre las fuer­ zas que ponen la sociedad en movimiento. Entonces surge inmediatamente el problema de las correlaciones entre los aspectos material y espiritual de la vida social y su inter­ dependencia. Por razones evidentes, este problema ha apa­ sionado y continúa apasionando a todos los representantes de las ciencias sociales y han sido propuestas diversas soluciones. Sin embargo, en toda la tradición premarxista, el acento principal recaía sobre el primado del factor de la conciencia humana, del factor espiritual. El materialismo histórico ha sido el primero en formular una solución que, sin negar el papel de la conciencia humana en el desarrollo de la sociedad y hasta poniéndolo de relieve, subraya las correlaciones y la interdependencia entre lo que Marx llama la base material de la sociedad y su superestructura. Empero, pone el acento sobre el papel particular y la im­ portancia de esa base material, pues de su desarrollo de­ pende en última instancia el movimiento de esa unidad compleja que es la sociedad. Precisamente sobre este plano y en este contexto, Marx ha dado una formulación teórica a la idea del condicionamiento de la conciencia humana por factores exteriores a ella; esta es también la razón por la cual llamó a este dominio la “ superestructura” ya que esta imagen refuerza la idea de su dependencia.

Haciendo abstracción de todas las otras dificultades plan­ teadas por esta doctrina (y son numerosas, a pesar de su apariencia de simplicidad y de claridad),’ detengámonos en el problema de la estructura y composición de la base material que es el factor determinante del desarrollo de

la conciencia social. El análisis demuestra no solo la com­ plejidad de la base sino también el hecho de que no haya entre ella y la superestructura, una línea de demarcación clara, ya que en la base existen elementos de la super­ estructura.

Según Marx, la base material de la sociedad es concep­ tualmente idéntica al modo de producción. Es por lo tanto una unidad específica de los medios de producción (las materias primas, más los útiles, más los hombres dotados de las capacidades técnicas requeridas) y de las relaciones de producción. Como resultado de un análisis más dete­ nido, surge que las relaciones de producción, es decir las relaciones que se establecen entre los hombres implicados en la producción, constituyen un dominio tan complicado y extengo que engloba una parte considerable de la vida social y que ninguno de sus elementos se encuentra fuera de esta. Las relaciones de prodúcción son, entonces, el fundamento de las relaciones de propiedad, con su sistema de leyes y de instituciones jurídicas; de la división de la sociedad en clases que está estrechamente ligada al sistema de las relaciones de propiedad; del hombre socialmente de­ finido, con sus concepciones, que o bien defienden o bien atacan el sistema social existente, formando de este modo ideologías sociales definidas. Pero la superestructura entra de este modo en la composición de la base y no constituye únicamente un epifenómeno del fundamento material de la sociedad; ella puede, por lo tanto, ejercer su acción so­ bre él. Es innegable que encontramos aquí una complica­ ción teórica, pero ella prueba, por lo menos, que no se puede interpretar la teoría del materialismo histórico di­ sociando sus elementos, es decir como si se tratara de una teoría que concibe la sociedad no como un todo, sino como una suma de elementos o de dominios distintos de la vida social, aun cuando se suponga que actúan unos sobre otros. No es aquí donde nos corresponde penetrar en los arca­ nos y en las complicaciones teóricas del materialismo his­ tórico. Lo que nos interesa es saber cómo se presenta, a la luz de esta teoría, el problema del condicionamiento social del conocimiento humano. Ahora bien, de lo anterior se desprende claramente que Marx admite no sólo que la conciencia depende de los factores exteriores (expresión consecuente del materialismo en el dominio de la teoría del conocimiento), sino también — y para nosotros es lo más importante— que ciertas ramas del conocimiento, consi­ derado como una forma calificada de la conciencia, de­ penden de la realidad social. Esta dependencia es extre­ madamente complicada, pero nos detendremos sobre todo en la influencia que los intereses de clase (que existen

bajo la forma de relaciones económicas y sociales objeti­ vas pero también como manifestaciones subjetivas de las que la principal es la ideología social) ejercen sobre el conocimiento, es decir, sobre la percepción del mundo

y

sobre su formulación articulada. No discuto aquí cuál es el dominio de la conciencia afectada y si es posible de­ fender teóricamente la tesis según la cual este dominio sólo puede tener por objeto la realidad social. La cuestión que nos preocupa es la siguiente: el conocimiento así con­ dicionado (dejando abierta la cuestión de su alcance y extensión), ¿puede ser objetivo? En otros términos: el conocimiento así condicionado, ¿puede fser calificado de científico y puede considerarse su resultado como una verdad objetiva?

En el contexto de las preocupaciones teóricas actuales, se comprueba con interés que Marx, fundador de la sociolo­ gía del conocimiento, no chocó en este punto con ninguna dificultad; sin embargo, un espíritu filosófico tan sutil tendría que haber señalado el problema inmediatamente. Si no se detuvo aquí es porque Marx agregó otra premisa a los razonamientos que hemos tratado de reconstruir más arriba, fundamentalmente la tesis sobre la diferenciación de los intereses de las diversas clases sociales. En razón de esta diferenciación, ciertas clases tienen interés en impulsar la evolución de la sociedad en tanto que otras tienen interés en mantener el estado existente o en frenar las transformaciones que se están cumpliendo. Ahora bien, el conocimiento sólo se deforma cuando está condicionado por los intereses de las clases “ descendentes” , es decir, de las clases interesadas en el mantenimiento del orden exis­ tente y amenazadas por su supresión. Cuando el conoci­ miento está condicionado por los intereses de las clases “ as­ cendentes” , revolucionarias, que están confprmadas a las

transformaciones sociales en vías de cumplirse, no hay de­ formación del conocimiento. Y en este punto de su re­ flexión Marx deja de interesarse por el problema de los condicionamientos sociales del conocimiento y por el pro­ blema de su deformación.

Innegablemente, se trata aquí de un aspecto del problema más amplio del condicionamiento social del conocimiento humano y del proceso del conocimiento; pero este aspecto es por sí sólo muy importante, por lo menos en la perspec­ tiva dé la sociología del conocimiento. Como hemos visto en este contexto, Marx no alimenta ninguna duda sobre la posibilidad del conocimiento objetivo. Notemos — pues esto será importante en lo sucesivo— que deja abierta la cuestión del carácter relativo o absoluto ele la verdad; según lo que dice Engels (en particular en el

Anti-Dü

-

hring

), se puede suponer que Marx hablaba del conoci­ miento contenido en categorías de verdades relativas. Pe­ ro no dudaba de que el conocimiento deformado por los intereses de las clases retrógradas es falso, en tanto que el conocimiento condicionado por los intereses de las cla­ ses progresistas es verdadero, porque no sufre deforma­ ción. Esto concierne igualmente a las opiniones de los sabios que representan las diferentes clases. El condicio­ namiento social del conocimiento en tanto tal no es, por lo tanto, un obstáculo a su objetividad; todo depende de la clase que entre en juego — progresista o retrógrada— y de la relación de sus intereses con las tendencias objetivas de la evolución social.

La sociología del conocimiento de Mannhein se refiere consciente y abiertamente a la inspiración marxista. Pero lo que tiene de nuevo y de original, en mi opinión, es el carácter mucho más radical de su punto de vista sobre la objetividad del conocimiento en las ciencias sociales. Aquí dejo de lado, por secundario, el carácter más detallado del análisis de Mannhein y su terminología moderna.

Según Mannheim, todo conocimiento en el campo de los fenómenos sociales, está condicionado por los intereses de los grupos sociales definidos a los cuales pertenecen (en las diversas acepciones de este término) el observador y el investigador; es el resultado de un punto de vista definido. Por consiguiente, cada conocimiento en el do­ minio de los fenómenos sociales, es conocimiento parce­ lado, y por lo tanto parcial. Ningún pensador, ninguna teoría puede pretender el conocimiento y la verdad ob­ jetivos.

Lo más importante para nosotros es la conclusión final, no sólo sorprendente sino embarazosa. De esto resulta, en efecto, irrefutablemente, que ya que ninguna teoría en el campo de las ciencias sociales representa el conocimiento y la verdad objetivos (Mannheim está de acuerdo con la teoría marxista y reprocha únicamente a Marx que no haya extendido sus conclusiones hasta llegar a su propio punto de vista), la verdad objetiva es, en general, im pensable en las ciencias sociales. Pero esto quiere decir que es imposible practicar las ciencias sociales. Pues allí donde la verdad objetiva, que es de rigor en el resto del campo del conocimiento, es reemplazada por la moneda menuda de verdades subjetivas particulares en función del punto de vista elegido y de la perspectiva, no puede hablarse de un conocimiento científico. Consecuencia em­ barazosa — por lo menos— para el sociólogo del conoci­ miento quien, si admite este relativismo, destruye el valor científico de sus propias afirmaciones: se encuentra apre­

sado por las mismas dificultades que los partidarios del escepticismo radical. Así, no e3 extraño que Mannheim, debatiéndose en su propia red, trate de salir por medio de la noción de “ conversión de perspectivas” y absolviendo a la intelligentsia como grupo social, del pecado univer­

sal del “ conocimiento limitado por el punto de vista” . E v i­ dentemente, estos subterfugios son vanos y no tienen otro efecto que el de romper la homogeneidad de la doctrina. Sin embargo, como en el caso precedente, no nos corres­ ponde proceder a un análisis detallado de la sociología del conocimiento de Mannheim o dar de ella una apreciación general. Sólo retendremos el punto de vista de Mannheim sobre el problema de la objetividad del conocimiento en las ciencias sociales, que — como lo hemos visto— presta toda la originalidad a su sociología del conocimiento.

Marx ha enunciado y discutido científicamente la tesis del condicionamiento social del conocimiento por el interés social. De allí infirió, en cuanto a la objetividad del cono­ cimiento en las ciencias sociales, la conclusión de que el factor social que condiciona la conciencia

puede

causar, en condiciones definidas, la deformación de ese proceso. La tesis de Mannheim sobre los condicionamientos sociales del conocimiento es análoga a la de Marx, pero él infiere de allí, con respecto a la objetividad del conocimiento, una conclusión más radical: puesto que el conocimiento de los fenómenos sociales está socialmente condicionado,

debe

deformar la imagen de la realidad. ¿Por qué estas conclusiones diferentes si han sido deducidas de premisas semejantes?

La base del problema es que las premisas no son idénticas, pues Mannheim admite tácitamente un principio suple­ mentario que constituye una nueva premisa en su razona­ miento y que lleva finalmente a una conclusión diferente, a saber, que el valor de verdad sólo es predicable de las verdades absolutas en tanto que las verdades llamadas re­ lativas son falsas.

Este es un principio epistemológico muy importante que no se advierte ordinariamente, quizá porque no ha sido for­ mulado expresamente por Mannheim. Pero, cuando se analiza una doctrina, se tiene el derecho y el deber no sólo de estudiar su homogeneidad y su lógica sino también de deducir las conclusiones que el autor mismo no ha extraído de las premisas que legitiman este trayecto, o de descubrir las premisas tácitamente admitidas (ya sea la admisión consciente o no) si el razonamiento deductivo sugiere su existencia. Un análisis llevado de esta manera nos hace comprobar que la sociología del conocimiento de

Mannheim tiene por base importantes premisas episte­ mológicas implícitas.

En efecto, ¿cómo pasa el autor del juicio sobre el condi­ cionamiento social del conocimiento al juicio que niega al conocimiento el valor de verdad objetiva, sino por una premisa suplementaria según la cual un juicio sólo es verdadero cuando lo es

de una manera absolutal

Si él no hubiera admitido esta premisa, nada le habría impedido afirmar que un juicio determinado particular, por lo tan­ to parcial, posee el valor de una verdad objetiva aunque se trate de una verdad relativa.

No entraremos aquí en los detalles complicados de la teoría de la verdad en general ni de las correlaciones entre la verdad absoluta y la verdad relativa. Bastará recordar que el principio epistemológico tácito de la teoría de Mann- heim estaba científica y expresamente formulado por las diversas versiones del positivismo, y que su expresión pro­

bablemente más eminente se encuentra en la obra de K. Twardowski

Des verités dites relatives

(O tak zwanych prawdach wzglednych). Recordemos también que el ar­

gumento principal de los adversarios del positivismo con­ sistía en demostrar la consecuencia de sus tesis; ya que — fuera de las tautologías— la verdad absoluta no es dada en ningún acto de conocimiento, de ello se sigue que la humanidad a lo largo de su evolución se ha basado y se base únicamente sobre errores, y que tal fue igualmente el desarrollo de la ciencia.

La úrica conclusión legítima que se infiere de la sociología de] conocimiento según Mannheim sería, por lo tanto, que el conocimiento de los fenómenos sociales está siempre socialmente condicionado y, por consiguiente, no es nunca enteramente imparcial. La tentativa de Mannheim para hacer esta tesis radical, que llegó a negar el valor de ver­ dad objetiva al conocimiento de los fenómenos sociales, está unida al supuesto tácito que identifica la verdad ob­ jetiva y la verdad absoluta. Por eso esta tentativa es un fracaso.

Ahora bien, la teoría de la relatividad lingüística retoma la tesis del relativismo, inferida del condicionamiento so­ cial del conocimiento. Lo hace, sin embargo, sobre una base mucho más amplia (no se limita al conocimiento de los fenómenos sociales, sino que concierne en bloque a todo el plan noológico, para emplear un término caro a Mannheim y — hay que admitirlo— con un espíritu más consecuente y una fuerza de argumentación más poderosa. A pai’tir de Herder y de Wilhelm von Humboldt. por lo menos, la teoría del lenguaje retoma reiteradamente la

tesis según la cual el sistema de una lengua dada (por lo tanto, no solamente su léxico sino también su sintaxis) influye sobre el modo de percepción y de articulación del mundo en los miembros de la comunidad lingüística que la hablan, y por consiguiente sobre su modo de pensa­ miento. Pensamos como hablamos, afirmaba Wilhelm von Humboldt, implicando manifiestamente — y suscribo esto en su totalidad— que el pensamiento conceptual es siem­ pre verbal. Esta concepción revive hoy bajo la forma de neohumboldtismo representada por la teoría llamada dél campo (Jost Trier, Perzig, Weisberger y otros). Inde­

pendientemente de esta filiación histórica directa, la mis­ ma idea reaparece en la base de la etnolingüística, y for­ mulada en términos mucho más radicales, en la hipótesis llamada de Sapir-Whorf que enuncia la relatividad del pensamiento en un grupo social en relación al sistema lin­ güístico históricamente formado por ese grupo. Se trata

aquí de la famosa red de conceptos que el lenguaje — según la concepción de Jost Trier— proyecta sobre la realidad (el convencionalismo, en particular el convencionalismo llamado radical de K. Adjukiewicz, expresa un pensamien­ to análogo, aunque sin relaciones genéticas con la tesis de Trier).

Renuncio a exponer y analizar aquí las diferentes teorías y concepciones elaboradas alrededor de esta idea: ya he presentado detalladamente la trayectoria del problema en un libro titulado

Langage et connaissance.

Supongamos entonces conocidos estos análisis sobre los que pensamos que podemos fundarnos actualmente y tratemos de ex­ trapolar lo esencial (desde el punto de vista que nos inte­ resa) de esas diversas teorías que admiten la influencia del lenguaje sobre el pensamiento y sobre el conocimiento humano. Mi tarea consistirá sobre todo en una interpreta­ ción; ello me librará de la necesidad de referirme a las formulaciones concretas de un autor y me permitirá des­ tacar su idea fundamental, aun cuando ésta no haya sido expresada ampliamente sino tan sólo involucrada en sus razonamientos. Me expongo así al peligro de subjetivismo que presenta este género de interpretación, pero acepto el riesgo y lo juzgo necesario.

Esta idea, retomada por diversas teorías del lenguaje des­ de Herder hasta la teoría del campo y la hipótesis de Sa­ pir-W horf, y que entra directamente en la esfera de nuestras preocupaciones actuales, se puede formular así: