1. Introducción histórica
1.4. Recapitulación: del reto de Trasímaco a la “Filosofía moral experimental”
Hasta aquí, pues, un breve repaso a la historia del enfoque teórico que seguirá la presente investigación, en lo que respecta al uso de simulaciones, al concepto de agentes artificiales y al componente evolutivo de estos modelos. Es evidentemente que este estudio, centrado en el conflicto entre racionalidad y moralidad, tiene raíces mucho más lejanas que las esbozadas en los epígrafes previos. Aunque nos centremos en una tradición de la filosofía moral relativamente reciente, las perplejidades suscitadas por esa doble tendencia entre la satisfacción de nuestros intereses y lo que debemos hacer son el punto central de cualquier investigación ética, por diversos que sean los modos de entender la racionalidad y la moralidad. Si nuestro enfoque tiene sus orígenes en pensadores como Bentham, Mill o incluso Hume, la razón fundamental es que en ellos se manifiesta el proyecto marcadamente moderno de cuantificar la realidad. En este caso, la realidad moral. Sin cometer el error lógico que ya advirtiera Hume, consistente en concluir juicios de valor a partir de juicios de hecho83, la ética considerada aquí puede catalogarse como naturalista. Y puesto que ya no podemos escapar a la visión “matematizante” de la naturaleza iniciada con la ciencia moderna, la idea de medir la bondad de las acciones que adoptamos no puede ser casual. Quizá también porque con el individualismo moderno este conflicto entre moralidad y racionalidad queda mucho más a la vista que en modos de pensar previos. En un párrafo que resume bien la nueva situación, MacIntyre observa que:
En los siglos XVII y XVIII la moral llegó a ser entendida, por lo general, como una oferta de solución a los problemas planteados por el egoísmo humano, y el contenido de la moralidad llegó a ser identificado con el altruismo. En el mismo período se comenzó a pensar en los hombres como egoístas por naturaleza en cierta medida peligrosa; y cuando pensamos que la humanidad es por naturaleza peligrosa, el altruismo se hace a la vez socialmente necesario y aparentemente imposible y, cuando se da, inexplicable. En la opinión aristotélica tradicional no existen tales problemas. Lo que me enseña la educación en las virtudes es que mi bien como hombre es el mismo que el bien de aquellos otros que constituyen conmigo la comunidad humana. No puedo perseguir mi bien de ninguna manera que necesariamente sea antagónica del tuyo, porque el bien no es ni peculiarmente mío ni tuyo, ni lo bueno es propiedad privada. De aquí la definición aristotélica de amistad, la forma fundamental de relación humana, en términos de bienes que se comparten. Así, en el mundo antiguo y medieval, el egoísta es alguien que ha cometido un error fundamental acerca de dónde reside su propio bien y por eso se autoexcluye de las relaciones humanas.84
Pese al contraste, de este conflicto que se nos presenta a cualquiera en la experiencia cotidiana ya podemos encontrar su primera formulación explícita en La República, donde Sócrates afirma que el hombre justo es más feliz que el injusto85. Lo que Platón intenta probar mediante el diálogo entre Sócrates, del lado de la justicia, y Trasímaco y Glaucón del lado de la “injusticia”, es en su esencia quizá el problema básico de la filosofía práctica. Si la argumentación de Platón puede no resultar del todo convincente, lo cierto es que nuestras intuiciones morales, la moral del sentido común, se resisten a aceptar el hecho de que el hombre injusto sea feliz. La presente investigación está dirigida en gran parte a este antiguo problema, pero, como queda dicho, acercándonos a él desde la tradición que a grandes rasgos cabe denominar utilitarista. El dilema quedará expresado de un modo análogo, haciendo valer la consecución de la felicidad (o al menos la mayor felicidad posible) como fruto de la racionalidad y sustituyendo lo que aquí Platón llama “ser justo” por la moralidad.
Puesto que para Platón y en mayor o menor medida para el pensamiento antiguo y medieval en general hay una cierta identidad entre racionalidad, felicidad y justicia, la solución pasa por desenmascarar lo que sólo son bienes aparentes, mostrando la existencia de algo que es la auténtica felicidad, la cual se alcanza mediante la justicia. Desde la perspectiva moderna que adoptamos aquí la empresa se presenta algo más complicada, pues ya no habrá una idea objetiva del bien, sino que éste consistirá en lo que cada sujeto se proponga obtener. En tal
84 MacIntyre, 1987, p. 281 85 Cfr. Platón, 2000, libro II
caso, será racional la acción que contribuya a alcanzarlo, e irracional la que nos aleje de ese objetivo. El problema moral ya no consiste, como para el pensamiento griego, en que la injusticia impide la propia felicidad. La cuestión del qué hacer surgirá ahora cuando en la búsqueda de nuestro interés podamos perjudicar los intereses ajenos.
Mi objetivo es, por tanto, contribuir a un programa de investigación moral que planteado ya por Platón, es tal vez el más distintivamente característico de la modernidad, el que más probabilidad tiene de conectar la teoría moral con el ámbito de las ciencias sociales e incluso naturales. Con esa ambición, este programa emplea supuestos compartidos por otras ciencias y enfoques, así como un método, la simulación, que ha mostrado su virtualidad como complemento a los métodos deductivo e inductivo y experimental en tiempos muy recientes. Confío en el valor de esta aportación para poder, tras los pasos de autores mencionados, iluminar en parte algunos de los problemas que ellos han dejado planteados, y superar algunas carencias de sus teorías.