LA IDEA DE NORMATIVIDAD
3.2 RECONOCIMIENTO INTRACOMUNITARIO
Y EXTRACOMUNITARIO. MORALIDAD Y NORMATIVIDAD
Por todas las consideraciones discutidas en el apartado precedente, no resulta descabellado afirmar la continuidad evolutiva entre la experiencia de moralidad constante en la sociabilidad humana con la de otros pri- mates no humanos y con otras especies no primates, si bien en este último caso parece más débil. Es contrario a la evidencia científica dispo- nible seguir negando la existencia de empatía moral ajena en la especie
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De Waal (2007), op. cit., p. 60.
394 Gallup, G. (1982), “Self-Awareness and the Emergence of Mind in Primates”, en
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Homo sapiens sapiens. Esta observada moralidad de las especies altamente sociales puede considerarse enraizada evolutivamente en la naturaleza, como lo demuestra su presencia en las especies con las cuales compar- timos los ancestros más próximos. Como primera consecuencia, según se indicó supra, la filosofía contractualista de autores como Hobbes, Locke, Rousseau, Rawls o Gauthier se revelaría falta de fundamento e inconsis- tente. Pues, salva una aceptación de efectos sobrenaturales o cuasi sobre- naturales derivados del contrato social que no satisfaría ni a los propios contractualistas actuales más acérrimos, su discurso no permite explicar cómo el ser humano transcurre de animal amoral a animal moral, y ade- más contradice la evidencia científica de que el procesamiento de las e- mociones constituye precisamente «la fuerza que impulsa la realización de juicios morales»395, circunstancia difícilmente reconciliable con un colec-
tivo de humanos racionales pactando únicamente por mor del cálculo beneficioso de intereses egoístas.
Si nuestra sociedad fuese el mero producto de una racionalidad estra- tégica, instrumental, economicista y calculadora, en realidad se parecería más bien a una congregación de psicópatas destinada al uso y abuso recí- proco, y nunca hubiera existido en ella, mucho menos en las especies ancestralmente próximas a la nuestra, experiencias como la empatía emo- cional, la reciprocidad, la solidaridad, el altruismo, el consuelo, etc. Sin olvidar que la evidencia científica disponible también demuestra cómo la inherente sociabilidad de la naturaleza del ser humano, y al parecer inclu- so antes de llegar a serlo, convierte en innecesario, superfluo y hasta cierto punto absurdo pactar para vivir en sociedad. Un pacto entre seres humanos para vivir en sociedad sería algo análogo a un pacto entre peces para nadar o entre aves para volar. Nunca lo necesitamos porque siempre hemos vivido en sociedad, y de hecho la sociabilidad moral normativa ha
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sido en realidad una de nuestras principales estrategias de supervivencia y aquella cuya continua implementación configuró nuestra misma idiosin- crasia como especie viva en la naturaleza. Así, junto al egoísmo derivado del instinto de supervivencia individual, fruto de nuestra compleja e intensa sociabilidad y de las ventajas adaptativas derivadas del altruismo cooperativo recíproco, «las actitudes morales nos han acompañado desde los comienzos de nuestra especie»396. Por ello, describir solo nuestra ver-
tiente egoísta y preterir la altruista o considerarla hipocresía estratégica es sencillamente contradictorio con la evidencia científica disponible y, en consecuencia, presentar una mistificación ideológica de la naturaleza hu- mana.
Pero la continuidad evolutiva de la moralidad permite extraer además una segunda consecuencia. La capacidad humana de experiencia moral, requisito imprescindible del nomos y del ius, no es ni mucho menos un producto cultural reciente. La denominada teoría de la capa, según la cual la ética es una victoria de la cultura sobre un proceso evolutivo ingober- nable en un entorno inicuo e impío como la naturaleza, y la moral huma- na es solo un epidérmico y reciente barniz bajo el cual hierven millones de años de instinto en forma de pasiones amorales, egoístas y antisociales —«Arañe a un “altruista” y verá cómo sangra un “hipócrita”»397—, se re-
vela sencillamente falsa. Frente a la misma, en las últimas décadas se ha desarrollado una tendencia hacia una alternativa teoría integrada sobre los orígenes de la moralidad, cuya idea base consiste en enraizar la moral en la naturaleza humana. Dado que existen razones evolutivas solventes para explicar y que está documentado cómo se desarrollaron las capaci- dades morales a partir de las neuronas espejo y la empatía emocional recíproca, puede afirmarse por tanto que la moralidad surgió de forma
396 Ibídem, p. 83.
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natural en la misma génesis y desarrollo de la especie humana y no es en absoluto un hallazgo o un invento cultural —no digamos ya un pacto— de última hora. Siendo cierto que el bagaje empírico y el marco teórico explicativos de la transición habida entre animal social y humano moral distan todavía de estar satisfactoriamente elaborados, no es menos cierto que existen suficientes argumentos en la literatura científica sobre selec- ción familiar, altruismo recíproco, empatía retributiva, práctica del con- suelo, construcción de la reputación, criterios de justicia, etc., como para sostener plausiblemente la inherencia de la moralidad en la naturaleza humana, y en su misma configuración filogenética, entendida como especie producto de la selección natural398.
Llamaremos reconocimiento intracomunitario al conjunto de siner- gias grupales derivadas de la sociabilidad moral normativa, establecidas en los párrafos precedentes. El instinto de supervivencia conduce prime- ro a la epimeleia heautou griega o cura sui latina, uno de los cuatro elementos considerados por Antonio Pele como aportaciones principales de la cul- tura clásica y la tradición occidental a la noción de dignidad humana co- mo fundamento de los derechos humanos399. Pero los beneficios de la
sociabilidad pronto fortalecieron la ampliación de esa preocupación por uno mismo al cuidado de la familia y, por último, del grupo o comuni- dad. Al incrementarse la intensidad y cotidianidad de las interacciones sociales, del recurso a la cooperación y del altruismo recíproco, el interés grupal compartido, por transmisión continua entre generaciones sucesi- vas, terminó disociándose del instinto favorecido por selección natural y se convirtió en un producto cultural derivado cuyo contenido era ya la importancia del aprecio a la comunidad en sí misma considerada. La so- ciabilidad interpersonal basada en la cooperación recíproca por el interés
398 De Waal (2007), op. cit., p. 81.
399 Pele (2010), op. cit., pp. 141-155. Volveremos sobre esta misma cuestión y la amplia-
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propio y el del allegado transcurrió a la sociabilidad basada en preserva- ción de la noción de interés del grupo. En otras palabras, si hubiéramos de emplear argot característico de la moderna Filosofía Política, podría decirse que surgió la idea de bien común, «el paso más importante en la e- volución de la moralidad humana»400. Noción con la cual no planteamos
una inferencia antropomórfica realizada por chimpancés en pro de una entidad abstracta similar a la comunidad política conceptualizada por hu- manos, antes bien subrayamos la observación registrada de cómo aquellos parecen esforzarse por alcanzar el tipo de comunidad más beneficioso. Esta capacidad de preocupación o interés por la comunidad sugeriría una suerte de prolongación o desdoblamiento del instinto de supervivencia individual, concretado en la noción de bien propio, en un instinto o há- bito de supervivencia grupal más allá del estrictamente parental, concre- tado en la noción de bien común. La génesis y decurso de dicho proceso se ha observado y documentado en las colonias de primates no humanos a partir de al menos dos tipos de conductas401:
1ª. La reconciliación por poderes o triádica402. Socko, un chimpancé del
Yerkes National Primate Research Center de Atlanta adolescente hacia media- dos de los 90, incomoda a Atlanta, chimpancé gorda y lenta pero con una memoria excelente. Una hora después, ella le acecha sigilosamente y le muerde un brazo. El acude indignado a enseñar la herida su tía Peony y esta lo acaricia y espulga hasta que se tranquiliza. Tranquilo ya Socko, pero todavía temeroso de Atlanta, aquel se acerca al hijo de esta, Rhett, le hace cosquillas y juegan hasta que ambos acaban revolcándose entre risas roncas. Así, manifiesta a Atlanta su buena intención de reconciliarse: “¿Ha-
400 De Waal (2007), op. cit., p. 82.
401 De Waal, F. (1997), Bien natural. Los orígenes del bien y del mal en los humanos y otros ani-
males: p. 265.
402 Judge, P. (1991), “Diadic and Triadic Reconciliation in Pigtail Macaques (Macaca ne-