• No se han encontrado resultados

Para Germán Berrío.

Sacra tierra de mis mayores, Santa Rosa, salve! Aun cuando la vida me llevó lejos de tí, al sólo oir tu nombre, como a un conjunto mágico, se abre el cofre de mis íntimos recuerdos, que en bandada y silenciosamente conturban mi alma y la saturan de melancolía.

El inmenso caserón en que las comodidades que da le dinero nos rodeaban por todas partes, sin e lujo chillón y casi siempre fantástico de hoy; las comiditas en la manga por donde se iba, sin pisar predio ajeno sino por propiedades de mi padre hasta Tierradentro, cinco o seis leguas distante de la ciudad; los zarzos de la casa llenos de maíz los unos, los otros de papas, aquél de dulce, el tintineo, que aún resuena en mis oídos, que producían aquellas pilas de monedas que mi padre contaba y luégo encerraba en un armario del corredor, sin más seguridad que una llave; mis amigas de aquel tiempo, Estelita, Mercedes, Matilde, Amelia, todas tan niñas y tan inocentes.

Estefanía – la hija menor del Dr. Berrío- a quien todos llamábamos cariñosamente Estefita, muerta en plena juventud, hermosa y buena, a quien las penas que le reservó la vida no menoscabaron en nada su dulzura y su bondad, era nuestra jefe indiscutible. Tenía un don de mano que absorbía nuestra minúscula personalidad, pues en todos nuestros juegos y reuniones ella era la única que tenía voz y voto.

Todos los sábados nos reuníamos en su casa a hacer conserva de leche, ingrediente que no recuerdo el porqué era siempre conseguido de una manera ladina y pecaminosa. Estefita nos daba la orden, y humildes y obedientes salíamos a las sendas casas que ella nos indicaba, y allá iba el invariable recado: “Que mi mamá le manda muchas saludes; que como están por aquí, y que si puede mandarle un poquito de leche, que las vacas no vinieron hoy y tiene un muchachito muy enfermo"” Siempre llegábamos con el vaso lleno todos. Y allí estaba Cedes, la negra sirviente, que nunca se enojaba y que no hacía sino contemplar a todos los hijos del Dr. Berrío, especialmente a Estefita, la niña mimada de todo el mundo.

De esos tiempos, solo recuerdo haber tenido una personería jurídica una sola vez, y por cierto lo hice bien. En un atardecer, de esos atardeceres espléndidos de mi tierra, me hice el hallazgo de medio real en la

acera de mi casa. Enrojecida de dicha cogí la moneda, pero ¡ay! Era blanca, lisa, sin sello, falsa, falsísima. En mi infantil maquiavelismo resolví esperar la hora del crepúsculo, en que todavía la escasa luz del día permitía no prender vela, para endosarle mi moneda a algún tendero. Así lo hice, y temblando de emoción llegué a la tienda de D. Dionisio Hernández, a pocos pasos de mi casa. Un medio de pandequeso, dije con un hilito de voz, y cuatro grandes roscas cayeron a mis manos. Cuando ufana salía, la voz queda y suave del dueño de la tienda me llamó, y cruelmente me las arrebató diciéndome: “esta moneda es falsa”. Muchas decepciones he sufrido en mi vida, de muchas pequeñas infamias he sido víctima, pero ninguna me ha hecho tánto daño. El mundo entero sentí que cayó sobre mi ser, y un vaho oscuro de odio a la humanidad envolvía mi corazón. El recuerdo de esa vergüenza le he tenido siempre presente cuando trato con los niños, y el caso ese de psicología experimental me ha servido para conquistar el afecto de muchos corazones infantiles.

La humillación sufrida fue contraproducente, y llena de coraje me dirigí a la tienda de la Sra. Lorenza Mesa, y con voz fuerte –como de reto- pedí un medio de pandequeso. De nuevo mis manos palparon mis ansiadas roscas, y desalada corrí a mi casa, antes de un nuevo atropello. La sangre se paralizó en mis venas cuando llegué al zaguán y vi un muchacho de la tienda haciéndole a mi padre el reclamo. Cuando todo arreglado quedó, mi padre reclamó al culpado, más no apareció ninguno, no obstante el bonito sermón que nos endilgó sobre la honradez.

Al poco rato saboreaba yo –debajo de las cobijas –aquellas doradas, esponjosas y perfumadas roscas, en cuya adquisición había trabajado como buena. El triunfo de mi picardía les dio un sabor que aún hoy me hace volver agua la boca…..

Volví más tarde a Santa Rosa, y allí pasé los años felices de mi juventud. Nunca se volverá a vivir como se vivía en ese tiempo. Bailes, paseos a caballo, serenatas, caminadas. De nada valían las tremendas filípicas que desde el púlpito lanzaba el P. Baena. Caso todo el desorden era encabezado por el General Joaquín P. Berrío. Rumboso y gastador, y a quien secundaba su dignísima esposa Doña Pachita Gaviria, de hermosura resplandeciente y dulzura sin igual.

Entre aquellos paisanos, cuyo nombre y a cuyo recuerdo quisiera dedicar páginas enteras, se destaca la procera figura de D. José María Jaramillo (El Cabo), enamorado y galante, a pesar de sus años; parecía un marqués del Renacimiento, hasta en su rostro, que tenía tanto parecido a Luis XV.

Riquísimo y sin hijos, todo lo gastaba en libros, y se había hecho a una biblioteca, la más completa y selecta que he conocido. Pocos, muy pocos, le caían en gracia, y Enrique A. Gaviria y yo tuvimos la fortuna de ser de ese número. Con cariño y constancia de maestro nos fue instruyendo y formando el gusto literario y el criterio para juzgar de una obra. Los clásicos griegos, latinos y españoles, el teatro, la crítica, en todo nos inició. Enrique Gaviria es uno de los hombres más cultivados de Colombia y ha actuado con brillo en todos los campos: en el Senado, en la política, en el comercio. En el nombre de él y mío pongo un beso de gratitud en la tumba de D. José María.

Hoy el soplo de la muerte apagó la llama de nuestro hogar, destino implacable rompió los lazos que nos unían y dispersó como leves pajas que un torbellino se llevara, Aún resuena el adiós eterno de seres que enmudecieron para siempre; en los zarzales del camino han quedado, una a una, mis ilusiones: Sólo cuando tiendo a las riberas lejanas de mi niñez, a las bonancibles de mi juventud, algo me sonríe como la aurora de un hermoso día: es mi alma que se siente acariciada por la luz de los primeros albores de la vida y por las brisas perfumadas de sus sueños de amor.

Emilia Lopera Berrío

(Carmen Gray)