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N

avegar es una actividad promiscua. Cada vez que introduces una dirección en el navegador, pinchas en un enlace o buscas una palabra en Google, tu navegador intercambia fluidos digitales con otros ordenadores desconocidos, una jungla de servidores y proveedores de servicios que pueden estar en

cualquier parte del mundo y que obedecen a otra legislación.

Son peajes en el universo de la Red, donde dejamos parte de nosotros mismos. En cada uno de ellos revelamos por defecto la composición de nuestro equipo informático, el nombre y versión de nuestro sistema operativo, el nombre y versión del navegador y nuestra localización geográfica, gracias a nuestra dirección IP. Esto pasa docenas de veces con un solo enlace, sin que nosotros tengamos

que hacer nada y sin saber quién está escuchando. Y hay mucha gente escuchando. Después de un año de visitas, la incansable maquinaria de registrar metadata ha acumulado miles de páginas sobre nosotros en un archivo que incluye nuestro nombre, dirección, estado civil, financiero y emocional; compras, viajes, amigos, inclinaciones políticas y predicciones acerca de nuestras vidas basadas en todo lo anterior.

Esto, sin que nadie nos «vigile» especialmente.

La mayor parte de los datos que se registran son de tipo comercial y funcionan cruzando inmensas bases de datos para saber cosas de ti que ni tú mismo sabes. Target, por ejemplo, es capaz de determinar si una adolescente está embarazada antes de que lo sepa ella misma solo mirando lo que compra. Las recién embarazadas compran miniaturas, cosas de plástico y ropa en colores pastel. Si están de tres

meses compran loción sin perfume y suplementos de calcio, magnesio y zinc. Si están de más de seis meses compran bolas de algodón extragrandes y una cantidad anormal de toallitas sanitarias y desinfectantes en gel. Pero mucho más específico: «Si Jenny Ward, que tiene 23 años y vive en Atlanta —explicaba Charles Duhigg en su famoso artículo en The New York Times— compra un frasco hidratante de manteca de coco, un bolso lo suficientemente grande

para que quepa un pañal, suplementos de zinc y magnesio y una alfombra de color azul pastel, hay un 87 por ciento de probabilidades de que esté embarazada y dé a luz a finales de agosto».

Es verdad que mucha gente compra crema hidratante sin perfume y que, contra lo que pudiera pensarse, hay personas que prefieren los colores pastel sin que su juicio esté fuertemente condicionado por una explosión de

hormonas. Pero no es la preferencia por cada uno de esos productos por separado sino una combinación específica de todos ellos lo que nos indica con exactitud la situación de un cliente para poder mandarle cupones que se anticipan a su siguiente necesidad. Y no merece la pena discutir la validez de estas reglas, porque no son las conclusiones de un sociólogo o de un psicólogo sino las de un programador. Por primera vez en la historia somos

capaces de cruzar cantidades absurdas de detalles insignificantes para sacar conclusiones estadísticas sobre el comportamiento humano. Bienvenidos a la era del Big Data.

Parece una conspiración, pero en este caso es solo capitalismo aplicado a la Era Digital. Hace unos años, la mayor base de datos personales del mundo no la tenía la CIA ni el FBI sino Wallmart, gracias a un ingenioso sistema por el cual los clientes renunciaban a su privacidad a cambio de un

minúsculo descuento en sus compras al final de mes: la tarjeta de puntos. Hoy las entrañas de la Red esconden una máquina despersonalizada y sistemática que registra, procesa, filtra y analiza todos nuestros movimientos con la misma sencilla intención de vendernos cosas. Los Data Centers de Amazon, Facebook, Twitter o Google no son grandes solo porque guardan todos nuestros correos, ni son ricos solo por vender publicidad.

Si estas cosas pasaran a pie de calle, nos parecerían un ataque ultrajante a nuestra intimidad, pero la mayor parte del tiempo no lo vemos así porque el sistema nos hace creer que su trabajo es hacernos felices. A cambio de nuestra intimidad, la máquina recompone el mundo a la medida de nuestras compras, preferencias, pagos, amigos y recomendaciones. Gracias a nuestra indiscreción, Amazon solo nos ofrece libros que nos gustan, Spotify pincha nuestros

grupos favoritos y Facebook sabe quién cumple años esta semana para que compremos el regalo con tiempo y reservemos mesa en el restaurante adecuado. La Red se ha convertido en la más eficiente de las secretarias porque sabe quiénes somos mejor que nosotros mismos, pero no trabaja para nosotros. Nosotros somos la carne que está siendo masticada por un mercado tentacular que no está sujeto a una regulación efectiva.

Análisis de Conducta, Análisis de Redes Sociales, Sentiment Analysis, Minería de datos, Escucha activa, Big Data... los nombres no son neutros ni descriptivos, sino todo lo contrario. Cada vez que escribimos algo en un buscador, creamos un usuario en una red social o mandamos un correo por Gmail, aceptamos que la empresa responsable venderá nuestros datos a terceros para hacer cosas con ellos que no sabemos ni nos imaginamos, sin necesidad de

autorización, a menudo en lugares donde la ley no nos protege. Nuestros datos cambian de manos a gran velocidad, casi siempre por dinero, a veces por descuido y, en el peor de los casos, por la fuerza. Porque nuestra secretaria es eficiente pero no siempre discreta y hay un número creciente de criminales que se interesan por nuestros números de tarjeta, transacciones bancarias y cartillas médicas.

Todo esto es capitalismo, pero ahora sabemos que también hay conspiración. Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, gobiernos propios y ajenos pinchan nuestros teléfonos, leen nuestros correos y registran nuestras vidas de manera sistemática con intenciones que no son estadísticas ni comerciales. Las nuevas leyes de retención de datos, cuya responsabilidad fue protegernos de la invasión de las empresas, obligan hoy a los proveedores de

servicios —Internet, telefonía, transportes— a mantener un diario con las actividades de todos sus usuarios en tiempo real, a veces hasta siete años, para ponerlo a disposición de las autoridades si así lo requieren.

Más aún, la sección 215 de la Patriot Act americana prohíbe a cualquier empresa u organización revelar que ha cedido datos sobre sus clientes al gobierno federal. Eso significa que si el gobierno de Estados Unidos quiere leer tu

historial —desde tus cartas de amor a tus chats con disidentes—, las grandes empresas que lo guardan —Google, Facebook o Twitter— están obligadas a facilitar los datos sin poder advertir al usuario de que el registro ha tenido lugar. Ni siquiera pueden poner un papelito que diga que tus pertenencias han sido registradas, como hacen en los aeropuertos con las maletas que facturas.

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