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Reencuadre en trance Introducción

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Instrucciones de proceso

5. Reencuadre en trance Introducción

Esta tarde, quiero dedicar algún tiempo a enseñaros el reencuadre: un planteamiento que podéis utilizar con la hipnosis para tratar casi cualquier dificultad. También quiero enseñaros a establecer señales explícitas de «sí» y «no», porque si sabéis hacerlo, podéis seguir cualquier procedimiento en trance y obtener una retroacción precisa al hacerlo. Pero primero quiero daros algunas bases.

¿Cuántos de vosotros habéis tenido un paciente con parálisis histérica o algo parecido? Mucha gente piensa que es poco corriente, pero no es así. Es un problema interesante.

La primera vez que me encontré con una parálisis histérica, me fascinó. Había leído que Milton Erickson tomó una parálisis histérica y la trasladó de una parte del cuerpo a otra, y siempre quise hacerlo.

Cuando por fin tuve una cliente con parálisis histérica, decidí intentar algo parecido a lo que había hecho Erickson. La hipnoticé y trasladé su parálisis de un brazo a otro. Salió de mi consulta pudiendo usar el brazo izquierdo, que llevaba tres años sin poder mover. Sin embargo, ahora su brazo derecho estaba completamente paralizado. Yo estaba encantado, y la hice volver al día siguiente.

Ella estaba algo desconcertada conmigo, porque cambiar su parálisis hizo patente que esa parálisis era de tipo histérico. Hasta entonces —por mucho que dijeran los médicos— sabía que en realidad la parálisis no estaba en su mente.

Los médicos le decían una y otra vez: «Está en su mente», y ella sabía que estaba en su brazo. Pero cuando la cambié al otro brazo, resultó difícil creer que sólo estaba en su brazo.

Al día siguiente pasé su parálisis del brazo a la pierna. Tuvo que cojear, pero sus dos brazos funcionaban perfectamente. Empezó a sentirse aún más confusa conmigo. Desplazar su parálisis de un lado a otro logró algo muy importante. Tenía una creencia, y le di contra-ejemplos. Creía que su dificultad no estaba en su mente.

Pero cuando entras en la consulta de alguien que está trabajando con tu mente y no con tu brazo, y un día sales con tu parálisis en el otro brazo, y al día siguiente no en el brazo sino en la pierna, eso te hace preguntarte si no tendrás algún problema psicológico. Eso no sólo sirvió de contra-ejemplo a su antigua creencia, sino que empezó a enseñarle que su parálisis en sí se podía mover.

Yo supuse que la parálisis tenía alguna función en su vida, así que en vez de suprimirla por completo, volví a trasladarla. ¡Al final salió con las uñas de los dedos paralizadas, y se quejaba amargamente de ello!

¿Cómo os sentiríais si tuvierais las uñas de los dedos paralizadas? ¡Qué pasaría si empezarais con un brazo paralizado, y acabarais con las uñas de cada uno de vuestros dedos paralizadas!

Cuando Erickson escribió sobre el caso en que trasladó la parálisis histérica de una persona, aludió a la principal crítica que se suele hacer de la hipnosis como proceso de tratamiento: que la hipnosis sólo trata el síntoma y no la «necesidad básica», de modo que una «cura» hipnótica sólo resulta en la aparición de algún otro síntoma.

Esa noción de necesidades surgió del trabajo de Freud. Creía que la gente tiene ciertas necesidades. Por aquél entonces, aceptaban las «necesidades» como una descripción satisfactoria de algo que ocurría en la mente de alguien. La cuestión sólo era cómo se expresaría la necesidad.

Supongamos que tenías necesidad de recibir atención. Si esa necesidad no estaba siendo satisfecha, podías presentar una urticaria o algo parecido para llamar la atención. La atención sería la «ganancia secundaria» que conseguirías con la urticaria. Si tenías necesidad de que la gente te apoyara más y cuidara de ti, podías conseguir un brazo paralizado.

Ya antes de los tiempos de Freud hubo otro personaje llamado Mesmer, y Mesmer hacía cosas que intrigaban a Freud. Mesmer tomaba la parálisis histérica de alguien y la hacía desaparecer, pero más adelante, la persona acababa teniendo algún otro tipo de problema.

A Freud se le ocurrió que si curabas el brazo paralizado de alguien, el síntoma necesariamente se expresaría de otra manera. Su parálisis del brazo podía desaparecer, pero su cara sufriría urticaria. Incluso dio un nombre a ese fenómeno: lo denominó «conversión». También se llama «substitución de síntomas».

A menudo se ha acusado a la hipnosis de resultar únicamente en una substitución de síntomas. Sus críticos han afirmado que aunque la hipnosis puede suprimir un síntoma, el cliente necesariamente lo substituirá por otro síntoma. Cuando me aventuré en el campo de la psicología, me interesaba comprobar esa crítica de la hipnosis.

Me entró mucha curiosidad por la hipnosis porque en el campo de la psicología todo el mundo me dijo: «No aprendas hipnosis. Sólo se ocupa del síntoma».

Hace mucho que aprendí que, en la vida, todo lo que se evita obstinadamente probablemente merezca la pena, así que despertó mi interés. Aunque hay excepciones, he observado que la gente tiende evitar las cosas que son muy potentes.

La gente decía «No aprendas hipnosis, porque sólo se ocupa del síntoma», y mi primera respuesta fue «Bueno, me gustaría ser capaz de tratar el síntoma. Aunque no pueda hacer nada más, eso puede merecer la pena.» Me dijeron: «No, no. Si sólo tratas el síntoma y lo curas, surgirá en otro lado.»

Como soy matemático, la idea de conseguir que algo surgiera en otro lado se parecía tanto a una ecuación que resultaba atractiva. Pensé: « ¡Oh, me encantaría poder hacer eso!» Así que me puse a aprender hipnosis, y a experimentar para ver qué pasaba cuando suprimías los síntomas.

Probé a trabajar con voluntarios que tenían algunos problemas, hipnotizarlos, y tomarme carta blanca para suprimir los síntomas sin hacer nada más. Quería averiguar dónde aparecería el síntoma, y averiguar si existía algún patrón sistemático en la conversión. « ¿Cómo sabe el síntoma dónde aparecer a continuación?» Nada es aleatorio. Si las partículas atómicas no son aleatorias, supone mucha audacia pensar que los síntomas pueden violar las leyes de la física.

Empecé a observar que la reaparición de los síntomas seguía ciertos patrones. Los nuevos síntomas parecían cumplir el mismo propósito que los antiguos. Cuando suprimía el síntoma de alguien mediante hipnosis, presentaba otro síntoma a resultas del cual conseguía las mismas golosinas.

Otra cosa que observé —y que odio contar al mundo de la psicología— es que el síntoma no siempre reaparecía. De hecho, la gente salía mejor parada cuando reaparecía. Si la única forma que tenía una persona de conseguir atención era su brazo paralizado, y la hipnotizaba y suprimía el síntoma, simplemente no recibía atención. Eso me parece menos útil que una conversión.

Al observar a los terapeutas trabajando, ¡empecé a darme cuenta de que muchas veces conseguían «arreglar» a alguien haciendo que la persona se volviera más limitada! Es una idea que al principio puede resultar difícil comprender.

Sin embargo, si alguien no está en contacto con sus sentimientos —por ejemplo, si se ha cerrado al mundo para protegerse contra todo el dolor y el sufrimiento que se puede padecer en la vida— y le quitas su defensa, acaba machacada emocionalmente. Eso no me parece un resultado especialmente útil.

Conozco a un hombre a quien le pasó. El terapeuta que lo trataba pensaba que su propia ideología era más importante que la experiencia del cliente. Pensaba que para la gente es bueno sentirlo todo intensamente, así que empezó a enseñar a su cliente a responder intensamente sin hacerse la pregunta: «Cuando sienta las cosas intensamente, ¿cómo va a manejarlo?»

El terapeuta no consideró que los mecanismos que habían protegido a su cliente contra la intensidad de sus sentimientos debían tener una razón de ser.

La diferencia entre el razonamiento consciente y la respuesta inconsciente es que las respuestas parecen tener objetivo y no significado. Resulta muy difícil comprender la diferencia, porque normalmente intentamos captarla conscientemente. Y, por supuesto, conscientemente estás intentando discernir el significado de la diferencia entre significado y propósito.

Es una forma estupenda de perderte en un mar de confusión. Y mientras algunos de vosotros os perdéis en ese proceso, quiero hablar al resto de vosotros.

El propósito es simplemente una función. Si algo desempeña una función, consigue algo. Lo que consigue no tiene por qué valer la pena, y eso es lo habitual. Consigue algo que en algún momento de la historia de ese organismo tenía un significado que merecía la pena. La mayor parte de los que sois terapeutas habéis observado que la gente adopta comportamientos que pueden ser útiles y apropiados para un niño de cinco años, pero no para un adulto. Sin embargo, una vez puesto en marcha el programa para ese comportamiento, sigue utilizándolo.

Por ejemplo, hay algunos adultos que lloran y gimotean para salirse con la suya. No se dan cuenta de que lloriquear ya no les va a ayudar. De niño, cuando lloriqueabas, si tenías padres más o menos normales, conseguías lo que querías. Pero cuando sales al mundo convertido en adulto, sólo funciona con unas pocas personas. Así que lloriqueas por el hecho de que no funciona, y consigues aún menos lo que quieres.

Cuando aprendí hipnosis, decidí averiguar si podía hacer desaparecer algo sin secuelas. Hipnoticé a ocho fumadores, y simplemente suprimí su hábito de fumar. En cuatro de ellos, no hubo secuelas delectables. Si las secuelas no son detectables, me parece satisfactorio.

Si existe alguna «necesidad apremiante» subyacente que nunca aflora, me parece bien. Si el analista freudiano dice que permanecerá para siempre, también está bien. Si funciona, no me importa que deje alguna «necesidad apremiante», mientras nunca tenga impacto en la vida de la persona.

Sin embargo, en las otras cuatro personas se produjeron conversiones. Volvía a verlas periódicamente, porque quería averiguar si había ocurrido algo insólito, extraño, desmesuradamente agradable, o una interferencia en sus vidas. También les hacía venir y sentarse en mi consulta, porque quería ver si presentaban algún cambio radical de comportamiento que no me contaban.

Un hombre que había sido fumador tuvo una respuesta muy interesante e insólita. Cuando me llamó para contarme cómo le iba, me dijo: «Todo va estupendamente. Ni siquiera me ha apetecido un pitillo. Todo va realmente bien. No he tenido ningún otro problema. Dicho sea de paso, ¿es usted consejero matrimonial?»

Bueno, detecté cierta incoherencia en su comunicación, así que le pedí que viniera inmediatamente a mi consulta con su mujer.

Cuando llegaron, los hice sentarse en la sala de espera, y me fui. Por entonces, mi sala de espera tenía una cámara de video que me permitía observar a la gente. Descubrí que podía aprender mucho más sobre la gente en cinco minutos en la sala de espera que en mi despacho durante una hora.

Así que espiaba mucho a la gente. Estaba instalada de tal modo que por mucho que la persona se moviera por la sala, yo seguía oyéndola y viéndola.

Esa pareja se sentó y esperó y esperó, y yo esperé y esperé. Seguí observándolos hasta que vi algo interesante. Los dos se dedicaban a actividades tan significativas como hojear revistas o mirar por la ventana. No había gran cosa que hacer. El iba y venía por la habitación, y ella le miraba e intentaba hablarle.

En un momento dado, él se sentó a su lado, y ella abrió el bolso y sacó un pitillo. Lo encendió, y entonces se detuvo y le miró. Dio una calada al pitillo y volvió a mirar a su marido. El la miró fumar, se levantó y se alejó de ella. Ella intentaba continuamente iniciar una conversación con él, pero él sólo le daba breves respuestas y volvía a su revista.

En ese momento, entré en la sala de espera, encendí un pitillo, se lo pasé al hombre, y aunque no quería fumarlo, se lo quedó en la mano. No se fumó el pitillo, pero empezó a hablar con su mujer.

Se me ocurrió la posibilidad de que con el paso de los años habían desarrollado un sistema de señales utilizando pitillos. Posteriormente realicé una pequeña investigación hipnótica y comprobé que mi corazonada era correcta. En su rutina cotidiana, ambos se dedicaban a muchas actividades, hasta que uno de ellos se paraba y encendía un pitillo.

Entonces el otro hacía lo mismo, y se prestaban atención el uno al otro. Llevaban dos semanas sin hacerlo, desde que suprimí su hábito de fumar. Se habían ignorado mutuamente por completo porque el sistema de señales había desaparecido. Eso es un buen ejemplo de algo que no tiene significado en sí, pero que tiene un propósito.

Otro hombre vino a verme porque sentía dolor y zumbidos en el oído. Empezó con un dolor de oído algún tiempo antes; después se quedó sordo de ese oído y también tenía dolor crónico en él.

Le operaron cinco veces, y ahora no le quedaban nervios en ese oído. Los médicos se lo habían vaciado completamente, y el oído le seguía zumbando, y seguía teniendo el mismo dolor que antes de las operaciones. Los médicos sabían que en su oído no quedaba nada que pudiera dolerle o hacer ruido, así que decidieron que debía ser psicológico.

Yo no estaría muy orgulloso de esa cronología, pero por lo menos no siguieron operándolo. Hay que felicitarlos por ello. Por lo menos no dijeron: «Bueno, ¡tal vez sea el otro oído!» O « ¡Vamos a por el hemisferio cerebral izquierdo!»

Cuando el hombre vino a verme, dijo: «Tengo que acabar con el dolor. Lo único que quiero es aprender auto-hipnosis para controlar el dolor, porque sé que tengo que tomar tantas drogas para controlar el dolor que no puedo funcionar.

No puedo hacer nada en casa. No puedo trabajar. Y si no tomo drogas, el dolor es tan tremendo que no puedo hacer nada. Estoy atrapado. Me voy a derrumbar. Voy a perder mi hogar. Es terrible.»

Quería que yo utilizara la hipnosis, y en cierto modo lo hice. Utilicé un patrón particular dentro de la hipnosis —un patrón que llamamos «reencuadre»; concebido para hacer una substitución deliberada de síntomas. El reencuadre toma un síntoma y lo convierte en otro. Me pareció como si su dolor de oído le diera un vale para no trabajar ni hacer otras cosas desagradables.

No era un vale muy agradable, pero tampoco le gustaba su trabajo. Era arquitecto y en realidad no lo disfrutaba, y acabó llevando la mayor parte de la contabilidad y otras tareas ingratas. Así que transformé el síntoma del dolor y el zumbido en el oído —aunque al principio le dejé el zumbido— en parálisis histérica.

Di instrucciones a su mente consciente para que sus dos brazos quedaran paralizados sólo cuando fuera apropiado que este síntoma estuviera disponible, porque quería saber hasta qué punto mi sospecha era precisa.

Realmente resultó muy funcional. Cuando su mujer decía cosas como «Quiero que saques la basura y cortes el césped, hay tantas cosas que hacer», de repente sus brazos se quedaban paralizados. Decía:

« ¡Maldita sea! No puedo hacerlo ahora.» Si sus socios le pedían que hiciera las actividades más pesadas del negocio —como la contabilidad y cosas así— la parálisis afloraba misteriosamente.

Una vez, cuando intentaba aprender sobre la substitución de síntomas, se presentó una mujer a la que se le dormían los pies. Sus pies estaban entumecidos todo el tiempo. Estaban tan entumecidos que no conseguía mantener el equilibrio, y tenían que ayudarla a caminar.

Se sometió a terapia durante algún tiempo. Antes de acudir a la terapia, sus pies sólo se entumecían de vez en cuando, y después de la terapia, iba de mal en peor. Pensó que habían empeorado siempre, y que la terapia no la había ayudado, pero yo sospeché que la terapia hizo que tuviera los pies entumecidos constantemente.

Siempre pienso que los síntomas son amigos de la gente, y no sus problemas, porque considero que los síntomas son canales de comunicación. Sin embargo, como en la mayor parte de las comunicaciones entre personas, a menudo se olvida el propósito y el resultado. Los síntomas, igual que las personas, no siempre se dan cuenta de la diferencia entre lo que pretenden comunicar y lo que comunican.

A esta mujer la trajo a mi consulta una consejera matrimonial muy conservadora, de un lugar de California donde tienes que ser rico para tener derecho a vivir. La consejera me explicó que había hecho terapia familiar con esa mujer, y que ahora la mujer tenía una familia perfectamente feliz.

La consejera había pensado que el entumecimiento de sus pies tenía algo que ver con interacciones familiares. Pero como había superado todas las dificultades familiares, debía ocurrir algo más. Así que pensaron que, como último recurso, podían probar la hipnosis.

La pobre cliente estaba allí sentada, vestida con una sudadera y pantalones de ciclista. No es que fuera una persona poco atractiva, pero parecía haber trabajado a fondo para conseguir no resultar atractiva. Allí estaba, sentada junto a una terapeuta de cuarenta años impecablemente vestida, que me decía cosas como: «Sus problemas familiares están resueltos». Cada vez que la consejera decía eso, el cliente no decía nada, pero su respuesta no verbal era dramática.

Su cara se volvía asimétrica, y su respiración rápida y superficial. Pensé «Mmm... algo está pasando aquí.»

La miré y dije: «Ha venido a verme con los pies entumecidos... y su terapeuta dice... que eso no tiene nada que ver... con sus problemas familiares... Su terapeuta cree... que sus problemas se han resuelto... y su síntoma persiste... Su médico le dice... que no es neurológico... Dice que no es un problema físico...

Sino que está en su cabeza... Pero yo sé... y usted sabe... que el problema no está en su cabeza... sino en sus pies... porque no puede estar de pie... Si se sostuviera de pie... sin que se le durmieran... no necesitaría... a esta terapeuta... ni al médico... porque esa es la razón por la que ha venido aquí...

Ahora no quiero hablarle a usted... porque ha fracasado totalmente... con este problema... No ha aprendido a sostenerse de pie... sola... sin entumecimiento... Quiero Hablar directamente con sus pies.»

Si coges a un miembro de la clase media americana y le dices algo así, se siente raro. La diferencia entre la comunicación hipnótica y la comunicación verbal corriente, es que cuando utilizas la comunicación hipnótica, no te preocupas por el contenido. Sólo prestas atención a las respuestas. Así que seguí diciendo «No preste atención al contenido, preste atención a la respuesta.» Si haces eso, puedes decir cualquier cosa, y comunicar con la gente como nadie puede hacerlo.

Entonces moví los ojos y miré sus pies y dije: «Pies entumecidos, sé que tenéis algo importante que decirnos.» La terapeuta miró los pies de la mujer, y la mujer se inclinó y también miró los pies.

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