Es una cuestión objetiva que los hombres eran hasta hace unos cuarenta años los únicos que ejercían el Derecho. En ese mundo evolucionaron del despacho individual, o como
mucho de los despachos colectivos, que se circunscribían a un único partido judicial, a otro tipo de despachos que se extendieron por las provincias y crecieron por todo el territorio español, llegando a convertirse en despachos internacionales. Es obvio, que en esas circunstancias, los hombres, como profesionales del Derecho, eran los que tenían experiencia y posibilidades de abordar ese nuevo planteamiento del ejercicio de la profesión, frente a las recién llegadas mujeres, que comenzaron a trabajar en los mismos despachos como pasantes, o bien como abogadas y, en algunos casos aislados, como socias. Frente a esta nueva forma de práctica del Derecho siguen existiendo, y aquí es donde nos encontramos la mayor parte de las mujeres, los pequeños despachos individuales o colectivos, donde somos o podemos ser dueñas y señoras. Trabajamos con nuestros propios criterios y horarios, adaptándolos en muchos casos a las necesidades del cuidado de los hijos o de otros miembros de la familia, y como toda trabajadora por cuenta propia, renunciando incluso al permiso por maternidad, o reduciéndolo al mínimo.
Puedo decir, considerando mi propia experiencia, que este peaje se paga con gusto, ya que tiene ventajas frente a trabajar para grandes despachos, con jornadas maratonianas en la mayor parte de los casos, y bajo directrices de la cúpula de los mismos, que en ocasiones no coinciden con las del profesional.
De todo lo hasta aquí expuesto, y a modo de conclusión, no se puede sino decir que la mujer en el Derecho, al igual que en el resto de los ámbitos de la sociedad, desde mediados del siglo pasado ha ido penetrando, asentando cimientos y construyendo un entorno profesional similar al masculino, pero en muchos casos con las peculiaridades propias de su género, compatibilizando cuando es preciso su vida profesional con su vida familiar, e incluso, se puede decir, educando y enseñando al hombre que se pueden desarrollar ambas facetas de la vida de las personas, consiguiendo en ocasiones hacerle ver lo positivo y enriquecedor del cambio.
Creo, sin duda, que dentro de algunos años, la evolución de la sociedad nos llevará a que el habernos planteado hoy estas cuestiones nos parezca una especie de ciencia ficción o por lo menos, Historia Antigua, ya que el respeto a la persona y al profesional dependerá de sus capacidades y méritos y no de su género.
Figura 1. Mujeres africanas en la obra (foto: cortesía de La Mujer Construye).
Pilar Chías
1. introducción
La variable ‘género’ ya no puede obviarse en ningún estudio riguroso, y cada vez son más frecuentes y valiosas las aportaciones que destacan el papel de la mujer en la construcción del mundo en sentido amplio. (1)
El ámbito concreto de la construcción material de lugares para habitar está siendo objeto de difusión y debate desde hace más de quince años desde el foro “La mujer construye” (2), creado y dirigido por las arquitectas Ana Estirado y Cristina García- Rosales. Desde 1995 vienen desarrollando numerosos proyectos, exposiciones, jornadas y publicaciones dirigidas a poner en valor el trabajo de la mujer en el mundo de la construcción, tanto como participante anónima o como arquitecta de fama. El ámbito profesional de la arquitectura ha sido un campo que hasta fechas recientes estaba reservado a los hombres, aceptándose socialmente este hecho como un acuerdo o código no escrito que contribuía a perpetuar la exclusión, (3) ocultando particularmente la callada labor que realizaban las mujeres cotidianamente en el tercer mundo o en el ámbito rural. (Fig. 1)
Aún siguen siendo muy escasos los estudios que abordan el ámbito del alumnado universitario, (4)y en particular del alumnado de las escuelas técnicas, persistiendo aún un vacío en las investigaciones sobre la realidad académica de la mujer en las carreras universitarias relacionadas con la arquitectura.
Por otra parte, y debido a los vertiginosos cambios que se están sucediendo en la sociedad y en el mercado laboral, tampoco ha dado tiempo a explorar adecuadamente las posibilidades de ejercer en otras líneas diferentes de las tradicionales, pero convergentes con ellas. Todas estas circunstancias requieren de una urgente revisión de los contenidos de los planes de estudios para adecuarlos a las nuevas condiciones que se van imponiendo.
El objetivo del presente artículo es analizar esta nueva realidad, y valorar en qué medida un contexto que ha sido durante años mayoritariamente de hombres, lo sigue siendo, y en qué medida se continúan o no perpetuando viejos prejuicios sobre la calidad y proyección del trabajo de las alumnas en relación con el de sus compañeros. Por otra parte, también se planteará el marco que -las nuevas posibilidades de trabajo e investigación- está abriendo para equipos multidisciplinares en los que ningún género se impone al otro, trabajándose en un ámbito de igualdad.
2. los cambios en el ámbito docente y profesional
La presencia femenina en las aulas de arquitectura ha cambiado mucho desde los años 30, la época en que estudiaba la pionera Matilde Ucelay, cuando no había arquitectas en España y la carrera se prolongaba durante siete años. (5) También ha cambiado mucho la práctica profesional desde aquel 15 de julio de 1936 en que consiguió el título. Pero ochenta años más tarde aún se perciben en algunos ámbitos académicos ciertas falsas creencias sobre la calidad y proyección social del trabajo de las alumnas en relación con el de sus compañeros.