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REFORMA DE LOS RELIGIOSOS (1495-1496)

In document Isabel la Catóica, su vida de santidad (página 61-66)

Con la muerte del Cardenal queda vacante la silla Primada de Toledo que entonces tenía una importancia inmensa, no sólo en lo espiritual sino en lo humano. El Arzobispo de Toledo era el tercer personaje de España, tenía más rentas que la Corona y muchos aspiraban a esa sede. Al morir, Mendoza aconsejó a la Reina que eligiese a Cisneros, cuyas cualidades magníficas conocía bien Isabel. Pero también sabía cómo pensaba, y si no quiso ser su confesor prefiriendo la soledad, ¿cómo ha de querer la mitra más importante de España?

La Reina lo encomienda a Dios, acude secretamente a Roma y pide al Papa su nombramiento exponiéndole sus condiciones.

Es a principio de la Cuaresma de 1495. Un día, después de confesarse, le dice la Reina: «han llegado para Vos letras de Roma». Cisneros empieza a leer: Al venerable hermano Nuestro Francisco

Ximenes, nombrado Obispo de Toledo; demudado deja caer el papel al

suelo. Lo recoge muy serena la Reina y le dice: «yo se lo leeré», pero no la da tiempo; a toda prisa se marcha Cisneros diciendo: esto no reza

conmigo. Tal disparate no se le ocurre sino a una mujer. Quedó gozosa la

Reina al ver la humildad de su confesor; hombres así pueden dirigir a los Grandes.

Le mandó buscar al convento donde se hospedaba, pero ya no estaba; huía a la soledad de La Salceda, alcanzándole a más de tres leguas de Madrid, Gutiérrez de Cárdenas, intentando hacerle volver a Madrid, ante la resistencia de Cisneros, le dijo: «Sea como fuere, Padre Provincial, si

vuestra Paternidad acepta, como a Obispo le tengo de besar la mano, y si no, como a Santo».

Por obediencia volvió Cisneros a la Corte, pero de ninguna manera aceptó; no quería, ni servía para Obispo, decía, y la decisión era irrevocable.

Dos voluntades se encontraron a cual más firmes, en lo que tocaba a cumplir su deber.

La Reina pide de nuevo al Papa una Bula imponiendo a Cisneros la obligación de aceptar y mientras tanto le manda esperar en Madrid.

La Reina también esperaba, pero no ociosa. No perdonaba a su cuerpo, que ya se cansaba, y salió para Burgos deteniéndose en Arévalo con toda la Corte para acompañar unos días a su pobre madre.

Los viajes por los caminos de España eran penosísimos. Gonzalo Fernández de Oviedo nos cuenta en el libro de la Cámara del Príncipe Don Juan que «yendo los Reyes Católicos y el príncipe y sus cuatro hermanos los infantes desde Medina del Campo a Arévalo a ver a la reina vieja Doña Isabel, madre de la Reina Católica, se ahogaron de sed por la gran calor y polvo y falta de agua, un negro de Guevara mayordomo de la Reina, y dos mozos de espuelas de caballos que allí iban: lo cual yo vi y de ahí adelante, así de camino, como en la casa, se acostumbró de ir a lo menos tras el príncipe una acémila en que iba lo que es dicho para la gente de a pie y aun para los de caballo que lo quisiesen en especial en la caza y siendo verano».

Llegó la Corte a Burgos en junio y llamó la Reina a Cisneros y allí le hace entrega de otro documento del Papa en el que le ordena aceptar el Arzobispado de Toledo. Cisneros besó el breve y lo puso sobre su cabeza diciendo: «Señor, aquí está tu siervo; cúmplase en él tu voluntad»; era el hombre santo y cabal; tenía cincuenta y nueve años y ahora empezaría su gran obra. Continuará siendo confesor de Isabel hasta su muerte y su maravilloso colaborador.

A pesar de todos sus negocios, de lo penosos que se la iban haciendo los viajes y de las distancias, la Reina y el Rey asistieron a la Consagra- ción de Cisneros como Arzobispo de Toledo y le regalaron un pontifical bordado por la Reina que, al fin, había triunfado santamente sobre la vo- luntad férrea de su confesor.

Ahora empezarán la Reina y Cisneros una empresa bien difícil y bien necesaria.

Había notado Isabel cuando estuvo en Cataluña algo que no la agradó. Desde Zaragoza, camino de Castilla, en los mismos días que escribía a su confesor, lo hacía también a Barcelona pidiendo que corrigiesen el modo demasiado abierto de ciertas religiosas y «que lo

La Reina, que en todas sus aflicciones acude a los conventos y vive en ellos varios días, los conoce muy bien. Trataba de modo especial a los jerónimos, a los dominicos y a los franciscanos. Pasaba temporadas en La Mejorada, en El Abrojo y en Guadalupe. También la hemos visto en conventos de religiosas y sabía que era necesaria una reforma y de ella trató con Cisneros.

El paso era muy difícil; pero fue tan prudentemente dado por la Reina, que en pocos asuntos mostró tan perfecto tacto y tanta virtud. Cisneros, con mano más dura, como hombre, e Isabel con suavidad femenina; los dos actuaron con el mismo espíritu y la misma entereza: lo pedía la gloria de Dios y no importaban las dificultades. Ella callará humilde cuando los frailes la digan con altanería que es polvo y ceniza, y el soldado de guardia que lo oyó, extrañado ante la mansedumbre de la Reina, dijo: «Si lo que la dice aquí (Valladolid) se lo dijera en Aragón,

con su cordón le ahorcaría».

«En llegando a un lugar donde había convento de religiosas enviaba recado que la esperasen en casa que quería ir a visitarlas. Llevaba la labor que traía entre manos, ya de hilar, ya de punto, y hacía que cada monja tomase la suya. La conversación era la principal labor de sus deseos. Pre- guntaba lo que sabía para obligar así a que ellas mismas se descubrieran. Restregaba las llagas para que las avivase el dolor. Proponía el medicamento, pero de un modo que ellas mismas lo escogiesen. Su decoro, su reputación, su honestidad era la que infundía en el pecho de cada una; pero con una discreción tan salada, con un agrado tan penetrativo, con una tan amorosa eficacia que las robaba los afectos. Cogidas las llaves de los corazones fácilmente se apoderó de las de la clausura. Hízolas que votasen recogimiento, y es cosa muy admirable, que fue raro el convento donde entrase esta conquistadora, no ya de tierras, sino de corazones, en que no lograse al fin su deseo en el mismo día en que sentó la batería». También en esto Isabel fue precursora de Teresa de Jesús.

Pero nada hace en este asunto tan delicado sin la autorización del Papa, y en todo va asesorada por Cisneros, que es el brazo gigante que riñe todas las batallas y deshace todos los enemigos de la Iglesia.

«El fervoroso entusiasmo de una Reina y el celo combativo de un fraile austero, inflexible y penitente, preparaban para el futuro el gran mi- lagro de aquella España de la Contrarreforma, en la que por haberse realizado a tiempo una auténtica depuración —in capite et in membris— fue posible que en ella corrieran desbordadas las fuentes del espíritu

mientras Europa era como un inmenso desierto calcinado por el fuego abrasador de la herejía».

Aquellos dos obreros de Dios, Isabel y Cisneros, sembraron santidad que cosechó España en el siglo XVI como en ninguna época de la Historia:

San Pedro de Alcántara. Santo Tomás de Villanueva.

San Luis Beltrán (estuvo en América). San Ignacio de Loyola.

San Francisco de Borja. San Juan de Dios.

San Pascual Bailón. Santa Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz.

Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima. San Francisco Javier.

San Luis Gonzaga.

San Miguel de los Santos. San José de Calasanz.

San Pedro Claver (estuvo en América). San Francisco Solano (estuvo en América). San Alonso Rodríguez.

San Juan de Avila.

Beata Ana de San Bartolomé. Beato Nicolás Factor.

Beato Bernardo Rojas. Beato Simón de Rojas. Beato Gaspar Bono. San Juan de Rivera.

San Juan Bautista de la Concepción.

A esta lista gloriosa, pero incompleta, hay que añadir la semilla de fe que dejó y floreció pujante en sus sucesores. «Carlos V, su nieto, cuando en la hora terrible de Worms un fraile blasfemo pretendía destruir la milenaria Cristiandad, tomó aquella sublime decisión: «Estoy dispuesto a

defender esta causa sagrada con mis dominios, mis amigos, mi sangre, mi vida y mi alma».

¡Qué cerca está al Emperador del espíritu de su abuela Isabel, abrasada en santo celo! «Por la cual fe estoy dispuesta a morir y a lo recibir como por muy singular y excelente don de la mano de Dios».

Capítulo XIV

ISABEL EN LA FAMILIA

In document Isabel la Catóica, su vida de santidad (página 61-66)