CAPÍTULO IV. EL PODER TRAS EL TRONO LA REINA MADRE Y EL REY DE LA DINASTÍA DE DAVID
LA REINA MADRE
La monarquía de Israel se desarrolló en unas circunstancias históricas concretas y en una región geográfica determinada. En el antiguo Oriente Medio, la mayoría de las naciones eran monarquías gobernadas por un rey. Por lo demás, la mayoría de las culturas practicaban la poligamia; por tanto, era frecuente que un rey tuviera varias mujeres. Esto planteaba algunos problemas. El primero, ¿a quién habría de honrar la gente como reina? Y el más importante, ¿qué hijo recibiría el derecho de sucesión al trono?
En la mayoría de las culturas de Oriente Medio, estos dos problemas entrelazados quedaban resueltos con una misma costumbre: la mujer que recibía ordinariamente los honores de reina no era la esposa del rey, sino la madre del rey. Había en esta práctica un elemento de justicia, puesto que con frecuencia era el persuasivo (o seductor) poder de la madre el que ganaba el trono para su hijo. La costumbre servía también como factor de estabilidad en las culturas nacionales: en cuanto esposa del rey anterior y madre del rey actual, la reina madre personificaba la continuidad de la sucesión dinástica.
El oficio de reina madre estaba bien asentado entre los no judíos, en la época en que el pueblo de Israel comenzaba a reclamar una monarquía. Pues Israel no siempre había sido un
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reino. En el plan divino, su rey había de ser Dios (1 Sam 8, 7). Pero el pueblo pidió al profeta Samuel que les diera un rey: «queremos tener un rey sobre nosotros, para ser como todas las naciones» (1 Sam 8, 19-20). Entonces Dios permitió que el pueblo se saliera con la suya. Pero al servicio de su Gloria: la monarquía de Israel prefiguraría providencialmente el reinado del propio Hijo de Dios. El reino de Israel sería tipo del reino de Dios.
Históricamente, esto se fue desarrollando cuando el pueblo buscó a su alrededor modelos de gobierno. Acuérdate de que querían un rey para ser «como todas las naciones». Por eso, siguiendo el modelo de los países vecinos, establecieron una dinastía, un sistema legal, una corte real... y una reina madre. La encontramos en Israel al comienzo de la dinastía de David. Salomón, primer sucesor de David, reina con su madre, Betsabé, a la derecha. La reina madre de Israel, o gebirah («gran señora»), aparece en toda la historia de la monarquía, hasta su mismo final. Cuando cae Jerusalén en manos de Babilonia, encontramos a los invasores llevándose en la primera deportación al rey, Yoyaquín, y también a su madre Nejustá, a quien se da precedencia, en la relación, sobre las mujeres del rey (2 Re 24, 15; cf. también Jer 13, 18).
Entre Betsabé y Nejustá hubo muchas reinas madres. Unas obraron el bien, otras no; pero ninguna fue una simple figura decorativa. Gebirah era más que un título; era un oficio con autoridad real. Fíjate en la siguiente escena de los comienzos del reinado de Salomón: «entonces Betsabé fue al rey Salomón, para interceder en favor de Adonías. Y el rey se levantó para recibirla y se inclinó ante ella; luego se sentó en su trono e hizo que trajeran un sitial para la madre del rey; y ella se sentó a su derecha» (1 Re 2, 19).
Este breve pasaje compendia volúmenes y volúmenes no escritos, relativos a la estructura de poder y al protocolo de la
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corte israelita. Primero, vemos que la reina madre se estaba acercando a su hijo para hablarle en favor de otra persona. Esto confirma lo que sabemos sobre las reinas madres de otras culturas de Oriente próximo29. Por ejemplo, en la epopeya de Gilgamesh vemos que, en Mesopotamia, a la reina madre se la considerada como intercesora, o abogada, para el pueblo.
A continuación, nos damos cuenta de que Salomón se levantó del trono, cuando su madre entró en la estancia. Esto hace de la reina madre alguien único entre las personas regias. Según el protocolo, cualquier otra persona se tendría que levantar en presencia de Salomón; incluso las esposas del rey estaban obligadas a inclinarse ante él (1 Re 1, 16). Salomón se levantó para honrar a Betsabé. Más aún, mostró un mayor respeto inclinándose ante ella y sentándola en el sitio de mayor honor, a su derecha. Sin duda alguna, se está describiendo un ritual cortesano de tiempos de Salomón; pero todo ritual expresa relaciones reales. ¿Qué nos dicen los gestos de Salomón acerca de su estatus en relación con su madre?
En primer lugar, su poder y su autoridad no se encuentran de ninguna manera amenazados por ella. Él se inclina ante ella, mas él sigue siendo el monarca. Ella se sienta a su derecha, no viceversa.
Pero claramente atenderá a sus ruegos: no por una obligación de obediencia que le vincule legalmente, sino más bien por amor filial» En la época de esta escena en particular, Salomón tenía buena fama de conceder los deseos de su madre. Cuando Adonías se acerca a Betsabé por vez primera para pedir su intercesión, le dice: «pídeselo, te lo ruego, al rey Salomón: no te rechazará». Aunque técnicamente Salomón era superior a Betsabé, en el orden de la naturaleza y del protocolo seguía siendo su hijo.
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Contaba con ella, también, para que fuera su principal consejera, alguien que podría aconsejarle e instruirle de una forma que pocos súbditos tendrían el coraje de hacerlo. El capítulo 31 del libro de los Proverbios proporciona una muestra sorprendente de cuan seriamente acogía un rey el consejo de la reina madre. Presentado como «palabras de Lemuel, rey de Masa, que su madre le enseñó», el capítulo continúa dando una instrucción de gobierno sustancial y práctica. No estamos hablando de sabiduría popular. Como consejera política e incluso estratega, como abogada a favor del pueblo, y como persona con cuya franqueza se podía contar, la reina madre ocupaba una posición única con relación al rey.