El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. El Reino de los Cielos representa el designio divino en este mundo y su plan para la humanidad en la historia.
b. El dueño del campo siembra buena semilla
El primer personaje que aparece en escena es un hombre que sin duda representa a Dios, quien siembra la buena semilla, y es al mismo tiempo el dueño del campo. Este hombre nos evoca su papel creador. Estamos, pues, delante de la creación misma. Dios es el origen de todo cuanto existe. Además, Él mismo sembró la semilla. No encomendó esta tarea a nadie. Escogió personalmente la semilla y no se contentó con cualquiera, sólo con la de mejor calidad. Todo lo que Dios puso y creó en este mundo fue “muy bien hecho”, como concluye el relato de la creación (Cf. Gen 1,31). Él, siendo bondad y fuente de amor, hizo las cosas sin mezcla de mal alguno.
La cargó en su morral, y sus manos tomaban y acariciaban cada grano antes de tirarla por los surcos abiertos. Él la sembró con la esperanza de tener una buena cosecha, y el mismo día de la siembra ya soñaba con la siega abundante y generosa. Vislumbra desde un principio lo que vendrá después.
Según la interpretación de Jesús, esta semilla son los hijos del Reino. Por lo tanto, la buena semilla nos representa a nosotros mismos. Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Somos lo mejor que ha salido de las manos del sembrador de estrellas. Pero somos sólo
“semillas”. La obra no está terminada; apenas se inicia, tenemos una capacidad de crecer y madurar, para llegar a ser la alegría del dueño del campo. Existe la oportunidad de llegar a ser una espiga cargada de granos.
El texto notifica la pertenencia del campo: es del mismo sembrador. Él no es un
asalariado que trabajó para otro, sino para sí mismo. Todo agricultor ama su tierra como parte de sí mismo. Cada cosa que en ella suceda le afecta directamente. En
consecuencia, Dios ama al mundo porque es suyo, obra salida de sus manos. No
pertenece a nadie más que a Él. Aquí encontramos otro elemento esencial: el campo de nuestra vida le pertenece sólo a Dios. Somos suyos, y por lo tanto estamos bajo su responsabilidad y cuidado.
B. Primer grupo: Los hombres que se duermen
El ser humano, imagen y semejanza de Dios mismo, es bueno por naturaleza. Entonces, ¿de dónde viene el mal en este mundo? ¿Por qué los campos de concentración, la
angustia y la guerra? ¿Cuál es el origen de la desesperación, las depresiones y la falta de sentido de la vida?
Pero mientras los hombres dormían, vino su enemigo
y sembró cizaña en medio del trigo y se fue. a. Los hombres que se duermen
Todo estaba bien hecho…”pero”1 sucedió algo fuera de los planes originales: los hombres encargados de cuidar el campo se durmieron. La Biblia de Jerusalén española traduce: “mientras su gente dormía”. Sin embargo, el pronombre posesivo “su” no existe en el original griego, ya que los hombres de Dios están despiertos y vigilando pues son responsables de la misión que les fue encomendada. Estos irresponsables que dormitan, representan a quienes no se preocupan por el mundo ni por ellos mismos. No aman a nadie porque no se aman ni a sí mismos, ya que prefieren dormir a vivir. Cualquiera puede sembrar resentimientos, ideas obsesivas y todo tipo de pensamientos negativos en su corazón. Han permitido con su pasividad que entren en su mente las malas noticias, los errores y fallas de los demás. Pero lo peor es que eso ha infectado el campo de sus afectos y apetitos. Viven con todo tipo de hierba nociva en su vida; sin embargo, ellos ya se acostumbraron porque están anestesiados.
b. El enemigo siembra cizaña
Aquí entra en escena otro personaje, misterioso y anónimo, pero real, quien siembra la cizaña en medio del trigo. Jesús lo identifica con el Diablo (Cf. Mt 13,39). Notemos que no tiene personalidad propia, sino que depende del dueño del campo. Existe y actúa sólo
en función de él. Es significativo también que actúa solo. No cuenta con siervos ni con gente que le ayude. No es enemigo de los hombres o del campo, sino del dueño del campo. Su ataque es dirigido al sembrador, sabiendo que al perjudicar el campo repercute directamente en el propietario.
Sembró cizaña sobre la tierra y en medio del trigo.
El texto griego es de una riqueza tal, que resulta del todo imposible traducir los detalles donde se encuentra su singular significado. Cuando se certifica que el agricultor “sembró buena semilla”, se usa el verbo “speiro”, mientras que tratándose de la acción del
enemigo se coloca el prefijo επι - epi al mismo verbo: “epispeiro”. La preposición “epi” significa “encima, sobre” dando a entender que la cizaña queda en lo superficial o parte externa del campo2. Es decir, la cizaña no fue sembrada dentro de la tierra sino sobre la tierra, por lo que no tiene raíces profundas. Sobrevive de manera superficial y por lo tanto sin consistencia.
Además, la cizaña está “en medio del trigo”, precisamente donde no existe el fruto. La cizaña se encuentra en el hueco que dejan las espigas. El mal es la ausencia del bien. Por eso cuanto más se expanda el bien, quedará menos espacio para la mala hierba. Así como la oscuridad sólo existe donde no hay luz y el frío donde no existe calor, el mal aparece donde el bien no se hace presente.
El enemigo no estaba en el campo. Vino una vez y luego se marchó. Él no permaneció en el mundo ni en el campo de cada uno de nosotros, porque allí no tenía casa. Sólo traía un propósito: perjudicar al dueño del campo. Habiendo dejado inoculado su virus de maldad desapareció cobardemente.
Pero cuando brotó la hierba e hizo fruto, apareció entonces también la cizaña.
Jesús se interesa en el proceso de la buena semilla, que al germinar y comenzar a crecer se convirtió en una hierba que luego dio su fruto. No podía sino fructificar. Por lo tanto, la atención y la importancia deben centrarse en el trigo. Cuando se enfocan los
reflectores en el problema, las carencias y lo negativo, ya se está traicionando la jerarquía de protagonistas en el escenario del mundo. Hay personas que en la parábola de su
propia vida, dan el papel principal, a veces de buena voluntad o con disfraz de deseos de santidad, a los pecados y fallas que tienen que extirpar. Todas las noches elaboran
rigurosos exámenes de conciencia, donde únicamente recalcan sus errores, fallas y pecados. Desgraciadamente, están tan preocupados por eliminar el mal, tanto en su vida como en su entorno, que no perciben el fruto que ya ha brotado. La cizaña sólo surge cuando hay trigo. Nunca antes. No aparece sino junto al bien y siempre dependiendo de él.
- La cizaña
Seguramente se trata del “lolium temulentum” que es toda clase de hierbas nocivas a la agricultura que ahogan las plantas robándoles el agua y el abono. Esta hierba en su comienzo tiene gran similitud con el trigo, por lo que no es fácil distinguirla.
Esto revela otra realidad más profunda: en su comienzo, la plaga no se distingue del trigo. Poco a poco y hasta que la buena semilla da sus frutos, es cuando la maldad se
desenmascara, porque ella no puede producir frutos buenos. El mal no se puede identificar sino frente a un bien.
Los hombres se duermen y el enemigo siembra cizaña C. Segundo grupo: Siervos angustiados
Pero los siervos del amo le dijeron: Señor,
¿acaso no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que existe tal cizaña?
a. Los angustiados siervos
En el escenario aparecen unos nuevos personajes, a quienes se les llama “los siervos” y que por ningún motivo hay que confundir con “los hombres” dormidos del versículo 25, quienes sin duda siguen dormidos. Como súbditos leales, reconocen la autoridad del amo. Le dan incluso el título grandioso de “Señor” (Kyrios). Pero desgraciadamente sólo perciben el problema. No se dan cuenta de lo positivo, ven sólo lo malo, y esto los desespera.
Angustiados por la aparición de la cizaña le formulan dos preguntas, que son tanto un reclamo como una acusación, pues desconfían del dueño del campo. La partícula interrogativa “oují” (¿acaso no?) se usa en griego siempre que el interrogante espera obtener una respuesta negativa. Ellos preguntan, pero ya elaboraron su respuesta: el problema es el otro. Desconfiaban del amo, y en cierto sentido lo hacen responsable y hasta culpable del problema. Quien no percibe el bien y se fija sólo en el mal, vive
insatisfecho, condenando a los demás, pero también a sí mismo. Entonces su mecanismo de defensa es siempre recriminar a otros, hasta de lo que sucede en su propia vida.
La segunda pregunta muestra un laberinto que no tiene explicación: “¿Cómo es que existe la cizaña?” No admiten la posibilidad del mal, ni los errores en el campo del Reino. Eso les causa un conflicto existencial. Se creen perfectos y son perfeccionistas. No aceptan los defectos, ni en ellos ni en los demás. Su intolerancia, tal vez fariseísmo, nubla su mirada y no se fijan en el trigo. Su mirada está enfocada en el mal y los problemas. Estos siervos representan a quienes responsabilizan a Dios o a los demás de la maldad existente en el mundo y en su propio campo. Son quienes no pueden conciliar la existencia de un Dios bueno y al mismo tiempo la maldad en el mundo. Tan impresionados están que se angustian. Sin embargo, su ansiedad los hace miopes,
incapaces de descubrir el trigo que ya ha brotado. En su intervención nunca aluden a él. b. Diagnóstico: Un enemigo hizo esto
Pero él les contestó:
Algún enemigo-hombre ha hecho esto.
La respuesta del amo comienza con la partícula griega δε - “dé”, que a veces conviene traducir por la conjunción adversativa “pero”. Sin embargo, esta preposición adversativa denota un rompimiento o contradicción con la situación anterior. La contestación del amo se sitúa en un plano totalmente distinto y superior a la postura de sus siervos.
El texto nunca afirma que el dueño del campo haya visto la escena, pero da a entender que de alguna manera se ha dado cuenta. En primer lugar, porque está absolutamente seguro de que él ha plantado buena semilla. Como nadie más intervino en la siembra, deduce con toda lógica que debió haber sido un enemigo quien realizó tan cobarde acción. Es la única posibilidad, ya que él sabe que plantó la mejor de las semillas. ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?
Los angustiados siervos que se habían equivocado en su diagnóstico, también van a errar en la solución que proponen.
está dentro de ellos mismos, en su mente y en su corazón. Por ello su visión es muy parcial y limitada. Están tan agobiados por la mala hierba que ni siquiera se han
percatado de la presencia del fruto. Lo único que buscan es extirparla a toda costa y sin importar las consecuencias. El bien no les importa, hasta lo pueden sacrificar con tal de exterminar la maléfica cizaña. Están tan atormentados por ella, que a toda prisa quieren tomar la guadaña o blandir el machete para arrancarla. Buscan un remedio inmediato, pues el tiempo los apremia y el mal los angustia. Pero su plan no va a la raíz del problema, sino sólo a las consecuencias.
c. El amo no arriesga el trigo
Pero él les dice: No, no sea que al arrancar la cizaña extirpen también el trigo. Por quinta vez aparece la partícula adversativa “dé”, que denota desacuerdo. La
respuesta del Señor es enfática y determinante. De ninguna manera acepta la sugerencia propuesta, y se opone rotundamente a la intención de sus siervos que parecía tan justa. Luego explica el porqué. La zozobra de los siervos los conducía a arrancar el mal, sacrificando el bien.
Lo que más le interesa al amo es el trigo. Son dos puntos de vista diametralmente opuestos. El amo no consiente que el fruto sea expuesto. No acepta ni siquiera la posibilidad.
Lo más dramático y grave de esta situación, es que los acomedidos siervos cayeron en la trampa del enemigo. Aparentemente buscaban servir a su amo, pero su ansiedad y su desesperación los trasformó en aliados de las fuerzas enemigas. Su zozobra por acabar con el mal los hizo incapaces de colaborar a la causa que parecían defender. Tratando de servir al dueño del campo, en realidad estaban en contra de él, y todo con la excusa de extirpar el mal.
Para el amo, su trigo es tan inapreciable que por ningún motivo, por más justificable que pareciera, se podía exponer al peligro de ser cortado. Vale tanto, y es tan fuerte, que es capaz de subsistir al lado del mal. La cizaña es superficial y su existencia es efímera.
Los angustiados que se desesperan d. El tiempo corre a su favor
Dejen crecer a ambos juntos hasta la siega.
Con esta actitud, el dueño del campo no está promoviendo el crecimiento de la cizaña sino simplemente admite que crezcan juntos. Es decir, lo que parecía motivo de
tribulación y provocaba angustia en los siervos, lo acepta con asombrosa serenidad. Su perspectiva es muy distinta a la de sus colaboradores ya que en primer lugar el centro de su atención está en el trigo, pareciendo no preocuparse o por lo menos angustiarse por la cizaña. Con tal de que siga creciendo y madurando el trigo no importa pagar el alto precio de su convivencia temporal con la cizaña ¡Tanto vale el trigo! Es todo lo contrario de la miope visión de sus siervos, para quienes era tan insoportable la presencia de la cizaña que arriesgaban la cosecha.
D. Tercer grupo: Segadores y tiempo de la siega
El amo sabe que la existencia del mal es temporal y aparente, pues llegará pronto el día de la siega.
Y al tiempo de la siega diré a los segadores: Recojan primero la cizaña
y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo recójanlo en mis graneros.
En griego existen dos palabras para referirse al tiempo: Kairós y jronos. La primera, usada en este pasaje, no significa nada más una medida o un plazo, sino que es el momento favorable y decisivo para una acción salvífica. Cuando éste llegue, entonces llamará a los segadores para hacer la definitiva operación de separar la cizaña del trigo.
Al Señor no le preocupa el tiempo, al contrario. En cuanto más avance, más se acercará el momento decisivo de la victoria del bien sobre la maldad. Si para los ansiosos siervos el tiempo estaba en su contra, para el amo corre en su favor. Ya ha comenzado la cuenta regresiva para el exterminio del mal.
Si los siervos buscaban el desenlace inmediato, urgidos por la presión, el amo tiene la solución total en un plazo determinado. Él no se detiene en las consecuencias del
problema. Irá hasta la raíz, pero preservando siempre el trigo, porque esto sería conceder la victoria a su enemigo. Él, conociendo el problema, sabe cuál es la mejor solución. El tiempo no lo angustia; por el contrario, lo afianza en su esperanza. Cada vez se acerca más el momento definitivo. Esta es la gran diferencia del amo con sus siervos.
Para quienes no comprendan el misterio del mal, que es superficial y transitorio, el tiempo es un adversario más; tal vez más peligroso que la misma cizaña. Para los angustiados y desesperados, el tiempo es un enemigo que produce taquicardia. Las noches de insomnio son interminables. Cada segundo es motivo de temor. Viven desesperados, y hasta deprimidos cuando constatan la cizaña en su vida o en la de los demás. Por el contrario, para el amo, el tiempo es su mejor aliado, sin duda mucho más fiel y a la postre, más efectivo que sus propios siervos. Pronto, muy pronto, llegará el día de la siega.
El Señor revela el plan a sus ansiosos siervos, pero al mismo tiempo les aclara que por su actitud de angustia e intolerancia, no serán ellos quienes colaborarán con él en esa
operación.
Naturalmente tampoco corresponde a los hombres pasivos e irresponsables que se durmieron dando ocasión al enemigo para hacer su acción destructora, sino otros, totalmente diferentes a estos dos grupos.
Baste por lo pronto saber ahora que no serán ni los intolerantes a quienes corresponda esta tarea, ni los pasivos, irresponsables. La tarea se encomendará a quienes tengan conciencia que el tiempo oportuno ha llegado.
Durante la Copa Mundial de fútbol de Francia 98, México necesitaba empatar para pasar a la siguiente ronda. Esa tarde llegué tarde a casa por lo que no pude ver encuentro tan importante. Susan, mi esposa, me preguntó: “¿Quieres disfrutar el partido de fútbol?”. “Pero ya pasó”, le respondí”. Ella me replicó: “No, yo lo grabé, por si lo querías ver”. Me senté a verlo frente a la televisión. Desde el primer tiempo México estaba perdiendo contra Holanda, y a medida que se acercaba el final del partido crecían mis nervios, mientras mi esposa se paseaba plácidamente por toda la casa. En un momento yo le reclamé y le dije: “Sólo faltan cinco minutos para que México sea eliminado de la Copa del Mundo y tú que me dijiste que si quería “disfrutar”; ¿disfrutar qué...?”. Ella volteó a
verme, y con una sonrisa en los labios me dijo: “¡Es que yo ya vi el final del partido!” De hecho, en el último momento el locutor mexicano decía: “Estamos a punto de ser eliminados, falta sólo un minuto, pero el último minuto tiene también sesenta
segundos...”. “Faltan 10, 9, 8…” y seguía desgranando los segundos restantes, en la cuenta regresiva que nos eliminaría del mundial... “4, 3, 2, 1... ¡¡¡GOOOOOOOOOOL DE MÉEEEEEXICOOOOO!!!”
Cuando hemos visto el final del partido desaparecen las angustias y depresiones porque sabemos que el último minuto tiene también sesenta segundos.
De igual forma nosotros nos podemos hacer amigos del tiempo. ¿Cómo? Con la certeza de que se aproxima el momento de la siega, que es el final de este partido. Así, el reloj correrá a nuestro favor. En vez de pelearnos y angustiarnos con el tiempo, será nuestro gran aliado.
a. La siega
Cuando en la primavera llega el esperado momento de la siega, el campo está revestido de luces y sombras; trigo maduro con espigas generosas y cizaña estéril. Las espigas se han vestido de dorado, mientras bailan al compás del viento. Entonces se llama a los prudentes segadores que no sufren la miopía provocada por la angustia los cuales son capaces de reconocer el trigo y la cizaña. El tiempo mismo ha contribuido para poder hacer más obvia la diferencia entre ambos. Ahora ya no existe el peligro de confundirlos, ni de sacrificar el bien en aras de la destrucción del mal. El mal tiene límites. Entre más