8. Aumento de 0.5 % anual en participación del sector educativo en el BIP hasta el año 2012, o hasta alcanzar al menos el 6 % del PIB.
3.3.4. Relación Escuela – Familia: elementos claves
Considerando que la escuela y la familia están valoradas como las dos instituciones educadoras por naturaleza se debe tomar en cuenta que el modelo de escuela que se piensa como instrumento de transformación social, trata de integrar a los padres/madres como aliados en la consolidación del tejido ideológico de su proyecto, compartiendo un núcleo de valores fundamentales y un estilo de participación activa, integrada y corresponsable.
Se asegura que la relación que se entabla entre familia y escuela es tan peculiar que sólo cabe situarla en el marco de la confianza, es la escuela, parte de la familia, una prolongación suya, adquiriendo así su pleno sentido. Esa relación de confianza es la que determina, matiza y da forma al binomio familia - escuela, que debe estar marcado por una actitud de responsabilidad compartida y complementaria en la tarea de educar a los hijos. Ello implica una verdadera relación de comunicación donde padres y maestros establezcan una vía abierta de información, de orientación, sobre la educación de los hijos, constructiva y exenta de tensiones por el papel que cada uno de ellos desempeña. En este sentido, la familia debe tener una actitud activa y participativa, más allá de las aportaciones puntuales de información sobre los hijos, en la medida que lo requieran los maestros: esto es, trabajar conjuntamente en la orientación de la persona en orden a un proyecto común de educación. Si no se produce ese acuerdo previo sobre cómo y para qué queremos educar a nuestros hijos, la disfuncionalidad en la relación padres-maestros y en el mismo proceso educativo, estará asegurada. Una escuela no puede limitar su actividad a los campos que sean de su exclusivo interés, sin atender a las necesidades de la familia (del Castillo y Magaña, 2007).
Una situación problemática que se encuentra en la relación escuela –familia es la condición del nivel de escolaridad de los padres que dificulta el apoyo a los hijos. Por cuanto la escuela demanda a la familia el cumplimiento de tareas y obligaciones que extienden lo escolar al hogar, lo cual conlleva la mayoría de las veces a conflictos en la distribución del tiempo compartido en el grupo familiar y tensiones entre padres e hijos ante la presión de tener que cumplir con las tareas exigidas y en cierto hogares de baja escolaridad la ayuda para las tareas es imposible, y basados en las relaciones escuela-familia desde las perspectivas de las demandas escolares hacia los
padres, señalan que la mayoría de las escuelas no distinguen el tipo de familia al cual se dirigen (Rivera y Milicic, 2006).
Considerando que el mejor sistema en la educación es el intercambio de ideas, de experiencias, entre el profesor tutor y la familia, para llegar a buen puerto en la tarea educativa. Así mismo, las escuelas de padres, que cada día se demandan más en los centros escolares, han demostrado ser una herramienta muy útil para ayudar a los padres en la aventura de educar a sus hijos (de Bedolla, 2008).
No hay que olvidar que la familia y la escuela se convierten en los elementos principales a tener en cuenta: son los dos sistemas fundamentales de los que el niño forma parte, permitiendo la formación de su identidad; son las plataformas de lanzamiento para la vida adulta a la que irá accediendo conforme a su propio proceso de separación e individuación. Para ello, ambos sistemas deben poder encaminar su acción en la misma dirección, buscando objetivos comunes en el proceso educativo de los niños (Jiménez, 2008).
Y para que las familias trabajen en sociedad con las escuelas, éstas deberán proveerle las oportunidades y el respaldo necesario para lograr esta participación, muchas veces la escuela espera que las familias lo hagan todo por su propia cuenta, el desarrollo de una eficiente sociedad con las familias requiere que todo el personal escolar: administración, maestros y personal de apoyo, cree un espacio escolar acogedor para los padres, y los incite a alzar su voz y formular preguntas, y a que participen apropiadamente en la toma de decisiones. El desarrollo de esta sociedad también requiere que el personal escolar provea información y entrenamiento necesarios para lograr esta participación, esforzándose por invitar a los padres a participar en la educación de sus hijos. Las escuelas que más han logrado involucrar a los padres y otros miembros de la familia en la facilitación del aprendizaje de sus hijos, miran más allá de las definiciones tradicionales de la participación – formar parte de las organizaciones de padres y maestros, o firmar reportes trimestrales - y tienen un concepto más amplio que incorpora a los padres como socios totales en la educación de sus hijos. En vez de esforzarse solamente por incrementar la participación en actividades basadas en la escuela, éstas buscan apoyar a las familias en aquellas actividades fuera de la escuela que inciten al aprendizaje del niño. Las escuelas que
han desarrollado una exitosa sociedad con los padres, ven el logro estudiantil como una responsabilidad común, y todos los socios – padres, administradores, maestros, y líderes comunitarios – desempeñan un importante papel en el apoyo educacional del niño. Una sociedad escuela-familia efectiva requiere una continua colaboración mutua, el apoyo y la participación del personal escolar y las familias, tanto en el hogar como en la escuela, en actividades que puedan afectar directamente el éxito del aprendizaje del niño. Si las familias van a trabajar con las escuelas como socios totales en la educación de sus hijos, las escuelas deberán proveer las oportunidades y el apoyo necesario para alcanzar el éxito (Funkhouser y Gonzales, 1997).
Una escuela no puede limitar su actividad a los campos que sean de su exclusivo interés, sin atender a las necesidades de la familia.
3.3.5. Rendimiento Académico: Factores que inciden en los niveles de