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CAPITULO III DISEÑO METODOLOGICO

FASES ACTIVIDADES

3.8 RELATO AUTOBIOGRAFICO 3.9 RECUERDOS DE MI INFANCIA ZENU

Recuerdo tanto mi pueblo cuando apenas era una niña, con el aroma dulce de la música y el ronroneo de la brisa de mar chocando mi ropa. Era lindo disfrutar una mañana fresca o los ricos atardeceres cuando el sol poco a poco se ocultaba; las noches calmadas y radiantes por la luna inspiraban en mí una tranquilidad inmensa, un despertar sin desasosiego alguno.

En este pueblo me críe con personas llenas de vida, espontáneas, comprensivas, llenas de felicidad, y con un compañerismo único e incomparable que no se cambia por nada; valores que hacen que todo el que llegue se integre sin importar de donde vienen o quizás de donde son, reflejando el amor propio de familia no sólo con una mirada, sino también con un gran abrazo.

Les presento mi pueblo la ARENA, SUCRE, Justo en este pedazo de tierra nací el 19 de octubre del año 1983; para ese entonces mi mamá, la señora Martha Isabel Sierra se encontraba a la espera de mi nacimiento en aquella vieja casa de palma a sus 20 años, donde también vivía mi abuelita la señora Alicia Paternina (abuela materna) quien no cabía de la dicha, pues su felicidad se inspiró desde ese entonces en esa niña que estaba pronta a nacer,. sus viejas anécdotas hicieron que este trabajo fuera dedicado a su memoria por haber sido una gran madre y por haberme criado.

Una mañana mi mamá se había levantado temprano y con su cara desencajada miraba a mi abuelita, dándole a entender con aquellos dolores leves, que yo venía en camino, aunque era

seguro que de ese día no pasaba. Su comida fue algo liviana y luego se fueron incrementando las molestias de las contracciones hasta que llegando las dos de la tarde, mi mamá ya no encontraba que hacer, porque sus dolores eran cada vez más fuertes, entonces mi abuelita mandó a uno de sus hijos en busca de la comadrona de este pueblo: la señora Mirna Vergara, quien preparaba la tinaja de barro con agua tibia para desinfectar su tijera, la cual usaría en este proceso, junto con hilo, algodón y pedazos de trapos que mi abuelita tenía guardados en aquel viejo baúl ubicado en la esquina de su cuarto, cuya chapa no se podía abrir fácilmente porque se encontraba oxidada por el tiempo o quizás por los años.

Ya estando únicamente ellas en el cuarto, la comadrona le sobaba la barriga para saber cómo iba a nacer si de pie o de cabeza como naturalmente salen algunos niños, porque si hubiese nacido de pie, decía la comadrona que el bebé no conseguía el oxígeno y en este caso podía ser mortal.

Cuando terminó de sobar a mi mamá, dijo: “viene de cabeza”, y apenas dijo así cuando ya mi mamá al primer pujo apretaba sus manos en las sábanas y ya se veía mi cabeza casi saliendo, el segundo pujo fue con tal fuerza que de una salí. Fue así, con dos pujones, que mi mamá me dio a luz a eso de las 5:00 de la tarde, cayendo en los brazos de la comadrona quien me limpió la boca con un algodón para retirarme el agua de la fuente, luego mi abuelita me cogió en sus brazos, me limpió y me cubrió con otros trapos y entonces mi mamá descansó de aquel dolor, rebotando mi llanto contra aquella cerca de caña, para ese entonces mi abuelita no tenía más nietos, sólo yo.

Desde ese día mi abuelita se mecía en una vieja mecedora de madera con un trapo viejo en su mano para espantar aquellos mosquitos que no debían picarme, unas de las primeras

canciones de cuna que me cantó se llamaba “ Duérmete niña” y ” señora santa Ana “, en estas canciones se reflejaba la inspiración y el dulce amor para calmar mi llanto, desde aquel momento mi abuelita supo el cuidado que debía tener conmigo, una indígena zenú llena de grandes conocimientos y una razón aún más por luchar hizo de ella una gran mujer no solo por hacer presencia en mi cuidado sino también por criarme desde que era una bebé.

Canto de mí abuela

“Duérmete niña, duérmete mí ya antes que venga la zorra pela, zorra pela quien te pelo agua

caliente que le cayó, duérmete mi niña, que tengo que hacer Lavar los trapitos y sentarme a tejer (bis)

La niña bonita no quiere dormir Quiere que le den calimán con ají Duérmete mi niña, que tengo que hacer Lavar los morunos, sentarme a tejer”.

Señora santa Ana

“Señora Santa por qué llora la niña, por una manzana que se le perdió

Yo le daré una, yo le daré dos, una pa¨ la niña y otra para vos. Ru ru ru ru.

A través de estas canciones mi abuelita expresaba todo ese sentimiento puro que sentía hacia mí, cuando en las mañanas despertaba con una dulce sonrisa aquella que sobresalía de sus labios alegrando las mañanas en mi existencia, ella quien siempre estuvo pendiente de mí, le indicaba a mi mamá como debía cuidarme aunque siempre estuvo ahí acompañándola en ese proceso como lo fue mi crianza.

Desde pequeña mi abuelita era quien me bañaba todos los días, me limpiaba el ombligo con algodoncillo todos los días y mentiolato (mentol) para que no se me infectara, después de cada baño, luego me lo cubría con un trapito limpio para no dejármelo así al descubierto, aunque ella decía que la caída de mi ombligo dependía de la mano que me lo curara, pero ella no dejaba que nadie lo hiciera y mi ombligo se cayó a eso de los 8 días, pero lo normal son 15 días. Cuando ya estaba casi por caer el ombligo mi abuelita cogió una hoja seca de maíz para guardarlo y enterrarlo en un árbol ya que al enterrarlo secaba más rápido, además según mi abuelita cuando se enterraba el ombligo de una persona, esta nunca olvidaría el lugar donde nació, mi mamá siempre escuchaba todo lo que mi abuelita quería transmitirle para conservar estas enseñanzas. Además de esto solía coger todos los días un tantico de aceite de cocina y untármelo en la mollera para que este fuera cerrando ya que los niños recién nacidos tienen la mollera abierta.

Pasados algunos días, llegaron unas amigas de mi mamá a visitarla cuando se enteraron de mi nacimiento, en medio de la charla una de ellas me cargó, y mi mamá no sabía que así pequeñita no podía dejarme cargar de nadie, cuando entró mi abuelita me quitó de los brazos de la señora haciéndoles mala cara porque ya sabía lo que se aproximaba, cuando estas señoras se fueron mi abuelita regañó a mi mamá por permitir eso, tanto fue que me

dio “pujo”, entonces mi abuelita colocó en la tierra un trapo y puso a unas niñas y a mi mamá para que me cruzaran por encima pues así dejaría de tener pujo, pero esto no fue todo porque debía ir a la casa de la señora para que le diera los orines y este se quitaba más rápido y si no lo hacía podía morir del mismo porque el ombligo podía salirse y si lloraba me colocaba un botón para que mi ombligo no se saliera desde ahí no dejo que nadie mientras estaba así me cargara.

Otro recuerdo que llega a mi mente es que como de costumbre todos los días mi abuelita cogía los pedazos de trapos que me colocaba por las noches y por la mañana los lavaba a mano en una batea (vasija grande de cemento) con un manduco cuando terminaba de lavar colocaba los trapos al sol en la cerca de alambre para que se secaran, para ponérmelos en la noche con una nodriza grande a los lados para que quedaran un poco más ajustados y no ensuciara la estera con orines; incluso recuerdo tanto aquel trapo rojo con el que solía taparme en las noches para el frío, el cual ella decía que me protegía por su color de los espíritus malos, que se posaban en las noches a perturbar el sueño de los niños y niñas. mi abuelita me bañaba tres veces al día por el calor y como jugaba debía estar limpia antes de que oscureciera.

Una vez terminaba, cogía un mafufo (banano verde) lo pelaba, lo asoleaba, después de estar seco lo molía y sacaba la harina para hacerme la colada que debía tomarme en la noche antes de dormir; Es curioso ver que antes de dormir mi abuelita me colocaba en medio de sus piernas y hacía un sonido con su boca en forma de silbido para que hiciera mis necesidades y así limpiarme, para posteriormente ponerme a dormir; La anterior era una práctica generalizada por los indígenas zenués ya que cuando los papás salían con los niños a comprar el arroz a la tienda y ellos tenían necesidad, los papás le colocaban un trocito

de madera detrás de la oreja para que no se les pasara las ganas de hacer popo, para luego ponerlos de la manera en que mi abuelita me ponía.

Pasados los meses, casi todo el día me la pasaba gateando en la tierra, cogía una cosa y otra sin importarme que tan fuerte estaba el sol, mi abuelita me dejaba porque ella le decía a mi mamá que mis músculos debían coger fuerza para caminar más rápido, fue así, como mi abuela diseñó con tres palitos amarrados a una rueda de bejuco, un caminador en el cual quedaba yo adentro de la rueda y podía girar alrededor. Otra práctica que realizaba mi abuela era que cuando me ponía a llorar mi abuelita hacía un hueco en la tierra para sentarme, incluso amarraba una caña de un horcón a otro horcón y me paraba para que caminara por toda la caña mientras ella hacía sus oficios, aunque a veces prefería meterme en aquella vieja hamaca de nailon, la cual tenía unos huecos por los que muchas veces mis pies se salían terminando afuera y así me mecía para dormirme.

Cuando llegaban visitas a la casa mi abuelita no dejaba que me vieran tanto porque creía que la gente tenía la mirada fuerte. Incluso una noche llegó un señor conocido de ella y estuvieron narrando viejos cuentos, entre ellos uno mío que hizo reír y a la vez llorar al señor, Pero cuando ya eran casi las 8 de la noche todo el mundo debía acostarse porque muchas veces la luna no estaba clara y todo estaba oscuro, a eso de las 3:00 de la madrugada desperté llorando porque había tenido según mi mamá la cabeza caliente y no la dejaba dormir, entonces mi abuelita al ver esto tomó mi brazo y me buscó latidos (signos vitales) debajo del sobaco (axila) y me miró la mollera ya que si esta brincaba lo más seguro era que tenía maldeojo, entonces mi abuelita arrancó tres cogollos de matarratón para santiguarme la cabeza con una oración que solo ella sabía, luego de haberme santiguado yo quedé tranquila pudiendo conciliar el sueño. Luego se acordó que

había sido su amigo porque lo había visto llorando de la risa y al día siguiente me llevó a su casa para que me cargara y no me volviera a dar, pero si el maldeojo era muy fuerte el señor debía darme una camiseta sudada para meterla en un balde y bañarme con esa agua.

A medida que yo crecía mi abuelita me iba enseñando muchas de las cosas que ella sabía, cada mañana se iba a recoger leña a las llamadas pajas y siempre me llevaba para que fuera aprendiendo sus tradiciones que la motivaron cuando era pequeña; casi siempre cuando llegábamos al monte mi abuelita cortaba la leña que encontraba seca y se ponía a cantar, como era de costumbre me colocaba en la sombra del árbol para que no me fatigara, cuando ya terminaba de recoger se sentaba a mi lado y me empezaba a mostrar los pajaritos que se paraban en los árboles a cantar y ella en ese momento producía un silbido para atraer sus sonido.

Un día al regresar a la casa en medio de tanto monte mi abuelita empezó a llamarme fuertemente: ¡vámonos Vanessita no te quedes, vámonos! esto lo hacía porque no estaba bautizada y se creían que en los montes habían encantos que tenían sus malas sombras, las cuales atraían a los niños.

Otro recuerdo era que mi abuelita decía que cuando la luna tenía sus cambio, a los niños se le rebotaba la lombriz por la boca y nariz, en mi caso siempre sucedía, para lo cual mi abuelita tenía la cura, cogía la mata de yerbabuena, la ponía a cocinar y me dama una toma en ayunas por 5 días a eso de las 6 de mañana para que se me pudiera quitar, o cuando un niño lo estaba matando la lombriz cogía una ponchera con agua de creolina y lo bañaban para que se le quitara y el niño volvía nuevamente, también cogían la

lombriz la ponían al sol, la tostaban y la molían dándosela al niño para que no le volviera a dar más. Lo más curioso es que por las noches siempre se me subía la lombriz por la garganta y mi abuelita siempre me la bajaba con el ajo que solía envolver en un trapo viejo amarrado a mi cuello para que pudiera bajar y era así como todo volvía a la normalidad.

Mi abuelita siempre se preparaba cuando la noche llegaba ya que le contaba a mi mamá que los dolores que le daban a los niños pequeños siempre pasaban por la noche y era importante estar preparada, con sus plantas medicinales en mano; paseaba aquellos corredores de la casa cuyos grumos de tierra caían rebotando al piso para cortar las plantas más necesarias en estos casos las cuales tienen desde ese entonces grandes beneficios para el alcance a nivel familiar ya que los hospitales quedaban muy lejos de donde vivíamos y cuando llovía era todo un barral porque ni siquiera los carros podían entrar y era muy difícil transportarse a media noche con un dolor, pues mi abuelita siempre se curaba en salud.

Recuerdo que desde pequeña me daba una tos tan fuerte que mi abuelita a eso de las 5 de la tarde me abrigaba para no coger frío, ni el sereno de la noche y me preparaba una toma de orégano, está la hacía con una gota de aceite, una gota de gas, un tantico de sal y el zumo del orégano, lo calentaba y me lo daba, con esto podía dormir toda la noche.

A eso de las 6:00 de la tarde llegaba la oscuridad y se adueñaba de la noche pero la luna decidía salir para aclararla noche que apenas estaba por comenzar, aquellos días iban pasando y yo, entre las polleras de mi abuelita siempre quería estar, ya que era un lugar seguro donde quizás la oscuridad no me podía alcanzar, desde ese tiempo me di

cuenta que las personas siempre solían visitar por la noche más que en el día, de pronto por las arduas y duras labores que se manejaban desde ese entonces en los cultivos.

Cuando la brisa dejaba de correr, las noches se tornaban en un gran silencio, los ruidos y las sombras de las personas me aterraban cada noche porque siempre pensaba en los llamados fantasmas, bueno esto empezó a ocurrir cuando apenas tenía 5 años, desde ese tiempo se inventaron los mechones dando luz a la oscuridad en el pueblo y el susurro de aquellas narraciones que buscaban hacerme sentir un gran temor, pues cada noche algunas personas se reunían hasta tarde contando sucesos inexplicables que solo en algunos pueblos se puede sentir.

A partir de mis 5 años fui comprendiendo mejor las prácticas ancestrales que mi abuela acostumbraba hacer todos los días, unas de esas comenzó cuando mi abuelita me levantaba bien temprano (para que no fuera perezosa) a colocar las tres piedras en la tierra las cuales debían ajuntar con ellas el fogón de leña, lo primero que siempre me decía era que viera para que fuera aprendiendo de ella, tanto fue así que todos los días me levantaba sin problema alguno y ella cogía una botella con gas( botella llena de petróleo) y humedecía la leña para que fuera más rápida la llama, incluso colocaba una bolsa y charangas y con esto prendía más rápido de tal manera que la llama salía con mucha fuerza y en ese instante miraba detenidamente como mi abuelita cogía los fósforos para prender el fogón pues estos muchas veces se le olvidaba y los dejaba por fuera de una viejita cuartilla que mantenía colgada en la esquina del horcón y en la que usualmente guardaba el café, el azúcar y sus fósforos, por donde habitualmente pasaban las marianicas ( hormigas).

Sentada desde el taburete veía como ese fogón de leña ardía, cuando ya estaba bien prendido, mi abuelita montaba la olla con agua y echaba el café, luego esperaba que hirviera para echar el azúcar, meneando despacio para después probar con aquel cucharón de totumo del cual sobresalían aquellas pepitas negras que le daban un toque único a ese café, era así como se esparcía el olor por los rincones de la casa.

Cuando ya tapaba la olla para que el café se sentara ( los grumos del café bajan ) mi abuelita alistaba su escoba de escubillas para barrer el patio de la casa ya que las hojas se caían mucho de los árboles, era así como le daba la vuelta a aquel patio dejándolo limpio hasta llegar a la calle y el frente de la casa amontonando la basura en la calle y poniéndole un tizón (trozo de leña con brasa) pero muchas veces no prendía porque las hojas estaban maduras y empezaban a echar humo y mi abuelita buscaba un abanico de mano para soplar que pudiera prender más rápido o hasta una tapa grande de olla, una vez terminada la barrida de las hojas mi abuelita me decía “mija tráeme agua en una totuma de la tinajera” que estaba enterrada en el suelo en la esquina del horcón pues el agua se mantenía fría, después se acercaba a la cocina y me servía el café con la pega de arroz de coco o cucallo como solía llamar, se sentaba conmigo y con mis tíos porque mi mamá trabajaba por fuera y debía llevar el sustento a la casa.

Todas las mañana como de costumbre pasaban los hombres a trabajar la tierra arriba de sus burros cantando para alegrar el día y en la oreja de la angarilla una mochila de majagua en la que todos cargaban un galón con agua o chicha de yuca y una cubierta con su rula o machete cada vez trataban de terminar sus labores antes que el sol calentara y se hicieran las 12 del mediodía y dependiendo el tiempo traían diferentes variedades entre alimentos y frutas como por ejemplo melón, patilla, maíz, yuca, pepino, ají, ñame, plátano, coco, ajonjolí,

guandú, habichuelas, Candía, guayaba etc. Esto usualmente se veía por las calles de mi pueblo.

Para ese tiempo mi abuelita mandaba a mis tíos a buscar agua a los pozos con vasijas hechas en barro que llevaban en su cabeza para lavar la ropa porque la de cocinar era