BUSCA DE LA
VERDAD
César NombelaResumen. La indagación científi ca y la experiencia religiosa, son dos vías que el ser humano concreto, en el ejercicio de su autonomía, puede incorporar en su actitud vital de acercamiento a la realidad. Dos actitudes del ser humano libre para confi gurar una cosmovisión, un esquema de referencias para interpretar el mundo y su existencia dentro de él. La ciencia también está abierta a lo inesperado, de he- cho, en la transición científi ca del siglo XX la visión científi ca pasó de mostrar una realidad determinista a un mundo indeterminado, que se caracteriza por una complejidad difícil de abarcar. La actitud del creyente plantea un mundo de experiencias, basado en la profundi- zación permanente, en búsqueda del sentido de su vida. El artículo propone tres vías para avanzar en el diálogo ciencia-religión: (i) pro- fundizar en lo que la búsqueda de la verdad científi ca y la apertura a la trascendencia tienen de común, (ii) incorporar las propuestas de la creyentes en una sociedad cosmovisivamente neutral, mediante la traducción cooperativa de contenidos religiosos (Habermas), y (iii) articular un diálogo buscando cualquier atisbo de verdad y de bien que podamos encontrar en el seno de nuestra sociedad.
Ciencia y religión, he aquí dos tareas, dos ámbitos para el ejercicio de algo que es profundamente humano, dos senderos de búsqueda para saciar las ansias por la verdad que están inscri- tas en nuestra propia naturaleza. También, ¿por qué no decirlo?, dos territorios en los que algunos creemos poder encontrar una auténtica armonía –la que se basa en la búsqueda honrada de la verdad– mientras que otros se empeñan en su mutua exclusión.
La actividad científica comienza cuando el hombre es capaz de preguntarse racionalmente sobre la realidad y buscar los caminos para encontrar las respuestas. El filósofo ha pretendido profundizar directamente en la esencia de las cosas, pero el científico ha sabido buscar los atajos, formular metodologías sistemáticas, identificar puntos de llegada sobre los que seguir construyendo el conoci- miento. Tal vez porque el científico hace tiempo que entendió que ese viaje al fondo de la realidad, basado en su pensamiento, tenía importantes limitaciones a pesar de los fantásticos hallazgos que parecía poder proporcionar. Sin embargo, también fue quedando claro que ciencia y filosofía se habrían de confrontar, para alcanzar la sabiduría sobre las conquistas propias de método científico o porque la reflexión sobre la realidad no podía prescindir de lo que la observación, la medida y la experimentación eran capaces de proporcionar. El pensamiento de Kant acabó con el optimismo de la Ilustración de que la ciencia podría penetrar en la quintaesen- cia de la realidad. Más bien, la ciencia puede desembocar en la utilización de algunos modelos que permitan manejar la realidad de forma coherente.
Pero, lo expresado anteriormente, no significa para mí que no exista una «verdad científica objetivable». Una cuestión, la de la verdad científica, que inevitablemente se habrá de confrontar con la tendencia posmoderna precisamente a revisar la estruc- tura de la realidad y a poner en cuestión el propio concepto de verdad. De lo que no cabe duda es que la ciencia es una sucesión de verdades provisionales, sometidas a revisión desde el punto de vista de su validez a la luz de nuevas observaciones y hallazgos. La historia de la ciencia ha presenciado numerosos procesos de remoción, o superación, de paradigmas, algo que hoy vivimos con mayor intensidad. Cada hallazgo nuevo en ciencia conduce ine- vitablemente a la formulación de nuevas preguntas. Esa actitud, de apertura a lo desconocido, para mí, cabe asimilarla, como me referiré más adelante, a la indagación en lo desconocido, en el misterio, en definitiva. El científico que investiga tiene que confiar en seguir arrancando secretos a la naturaleza, precisamente para encontrarse con la verdad.
Con el tiempo habría de llegar, y llegó, sin duda, el triunfo de la ciencia, entre otras cosas por su poder para hacer posible la transformación de la realidad. En ese triunfo estamos, no solo porque la capacidad de profundizar se ensancha y agranda, sino porque cada vez confiamos más en el empleo de la técnica que se
deriva del conocimiento científico. En palabras de Antonio Fernán- dez-Rañada (1995), «la ciencia es tan poderosa porque ha sabido extraer su fuerza de los límites humanos». Nadie duda hoy de este poder, aunque sepamos de la necesidad de encauzarlo dentro de un marco de referencias éticas, porque su utilización correcta no está garantizada.
En la cuestión del diálogo ciencia-religión lo que late es el hombre con sus interrogantes a cuestas. No es un diálogo entre dos disciplinas, se trata de lo que ambos caminos –el de la inda- gación científica y el de la experiencia religiosa– le sugieren al ser humano concreto. El ser humano actual que en el ejercicio de su autonomía incorpora no solo la razón para acercarse a la realidad, sino que «el tribunal de la conciencia humana, órgano colegiado presidido por la razón, pero del que también forman parte el sen- timiento, la intuición y ese especial sentido recomendado para la percepción de las realidades espirituales» (Gomá Lanzón, 2013). Muchos de los científicos serios que apuestan por una interpretación exclusivamente materialista de la realidad, no se suelen resistir a hacerlo en términos verdaderamente dramáticos, como quien cree haber dado con las claves de una existencia humana como tragedia, que ha de buscar sus fundamentos en algo diferente de lo que creía después de haberse atrevido a conocer. Suponer un mundo sin Dios, con todo lo que de trágico puede tener (desde Ludwig Feuerbach y Karl Marx a Friedrich Nietzsche, Jean Paul Sartre y Albert Camus), implicó proponer al hombre enfrentarse con la nada más absoluta, con la necesidad de ser –verse obligado incluso– a actuar como su propio creador. Toda una nueva visión, todo un nuevo planteamiento.
El entusiasmo por conocer ha tenido muchas manifestacio- nes, pero los peligros que encierra –toda actitud humana tiene un riesgo– han estado presentes desde las formulaciones de la mitología clásica. Sigmund Freud en el pasado siglo sentenció que todo avance en el conocimiento ha supuesto un serio golpe a la «autoestima» del ser humano, como lo testimonian, para este autor, las tres grandes ofensas infligidas por la ciencia al antropo- centrismo que se vino formulando durante siglos: (a) la Tierra no es el centro del universo (Copérnico, Galileo); (b) el hombre no es el propósito de una evolución que resulta azarosa (Darwin); (c) el hombre ni siquiera es dominador de su propia psique (Freud). Sin duda, esta propuesta de Freud está en la línea de quienes postu- lan que el camino hacia la verdad, forzosamente, ha de encerrar
al hombre en sus propios límites. Se me antoja que en esta línea estarían los planteamientos actuales del llamado «pensamiento débil» que renuncia expresamente a la verdad, para proponer una realidad a la medida de los deseos de hipotéticas mayorías. Desde el pensamiento débil se exige que la verdad del hombre haya de someterse a las interpretaciones que cada cual quiera hacer; para Gianni Vattimo «la verdad es enemiga de la democracia», lo que lleva a postular «la filosofía como una interpretación de la época que da forma a un sentir difuso sobre el sentido de la existencia en un cierto mundo histórico» (Vattimo, 2010).