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1. HUMORISMO Y CULTURA POLÍTICA

1.2. Adolphe Marie y los dilemas del segundo republicanismo

1.2.1. La república en su laberinto

En «Laberinto. Artículo de costumbres políticas» (El Guerrillero, año I, núm. 9, de 17 de junio de 1850), Marie estableció una ingeniosa comparación entre el legendario laberinto de Creta y el medio político costarricense. Esta alegoría remite al intrincado proceso de instauración del régimen republicano en circunstancias adversas, producto de la continuidad de estructuras heredadas de la Colonia y la rivalidad entre algunos círculos de la próspera oligarquía cafetalera y el Estado centralista de Mora Porras. Puesto que el texto se refería a un hecho sensible y reciente, la frustrada intentona golpista del comandante José Manuel Quirós, reprimida el 3 de junio de 1850 por los militares leales a Mora, predominan las alusiones veladas y el tono irónico22. La estructura de este escrito consta de tres secciones: la exhortación, el tropo propiamente dicho y la clave alegórica.

La advertencia inicial se dirige contra «toda interpretación maligna» de la «leccioncita de mitología» explicada por el Guerrillero. El enunciador textual, que se autodefine como combatiente en el bando de Mora, se opone a la búsqueda de semejanzas forzadas entre el mito clásico y la coyuntura política. Para hacer hincapié en su fingida disconformidad con el eventual proceder de los lectores, el Guerrillero emplea el verbo protestar («protesto contra toda interpretación maligna»). Esta expresión comprende un acto ilocutivo que, por hallarse inserto en un texto literario y,

22 Conviene recordar que la cabeza del levantamiento fue, justamente, hermano del general Quirós y que la pugna entre los líderes militares, al servicio de los intereses de determinadas facciones de la oligarquía, y los jefes del Poder Ejecutivo determinó la vida republicana de la segunda mitad del siglo XIX (Obregón Loría, 1951: 28).

además, satírico, genera un significado contradictorio23. El tono jocoso del artículo y el medio empleado, un periódico humorístico, inciden también en la disminución de la fuerza ilocutiva del verbo.

La declaración del Guerrillero manifiesta un sentido opuesto al significado literal del enunciado. El enunciador textual no rechaza las interpretaciones malignas, sino que las promueve; incluso, instruye al lector sobre la manera adecuada de dirigir sus especulaciones, pues lo informa acerca de los conceptos que representan determinados símbolos. Así, el ovillo de Ariadna que ha de salvar a Mora es imagen de la opinión pública, y los minotauritos, reducidos y ridiculizados por acción del sufijo diminutivo, los muchos caudillos que rondaban alrededor del poder. Este juego humorístico descansa en una ironía estable (protestar por aprobar, su antónimo complementario).

Según Booth (1989: 30), la estabilidad de esta clase de ironía, entendida como figura semántica negativa, da señas de una intencionalidad marcada, pues el enunciador textual a la vez que encubre el significado, limita las posibilidades de interpretación del lector. No está dicho que Mora sea Teseo ni Quirós, el Minotauro; sin embargo, es evidente que el Guerrillero se complace con tal asociación. Según se desprende de esta, la derrota del militar habría producido alivio entre los costarricenses de la misma manera en que el triunfo del héroe sobre el monstruo trajo tranquilidad a la gente común. La supuesta complacencia de la opinión pública da por cierta la aptitud de Mora para el gobierno de la república durante este trance; a la vez, forma parte de la estrategia de persuasión a favor de la causa del presidente.

El discurso del enunciador textual presupone la existencia de consenso entre sus conciudadanos, acción por la cual lo produce como realidad. La representación de

23 En Cómo hacer cosas con palabras. Palabras y acciones (How to Do Things with Words, 1962), Austin (1990: 63) afirma: «Una expresión realizativa será hueca o vacía de un modo peculiar si es formulada por un actor en un escenario, incluida en un poema o dicha en un soliloquio. Esto vale de manera similar para todas las expresiones: en circunstancias especiales como las indicadas, siempre hay un cambio fundamental de este tipo. En tales circunstancias el lenguaje no es usado en serio, sino en modos o maneras que son dependientes de su uso normal». A partir del ejemplo comentado, habría que añadir, entre los usos no serios del lenguaje, además de las manifestaciones típicamente literarias, a las humorísticas, pues estas, por ser productos imaginativos, lúdicos y poéticos, pueden contener actos ilocutivos recreados, atenuados y degradados.

Quirós mediante la figura del mítico monstruo, mitad bestia, mitad hombre, rebaja con humor al personaje castrense y sirve de base a la creación del adversario político del Guerrillero. Con todo, cabe preguntarse si la antipatía se dirige hacia el personaje histórico o un determinado modelo político, perpetuado por los caudillos militares. Como los atenienses agobiados por el tributo del cruel soberano, el texto insinúa que los costarricenses aguardaban la exoneración de los resabios del autoritarismo. Mediante el uso del mito del civismo como condena de la sedición, el enunciador aspira a crear unidad entre los partidarios de las causas republicana y morista.

Aunque el humor unifica al grupo social en virtud de unos ideales políticos, el momento histórico es complejo y el mañana, incierto, dadas las condiciones históricas de la sociedad costarricense. En un periodo de transición de la historia patria, el enunciador denuncia la obsolescencia de los gobiernos de facto, con lo que cuestiona ciertos argumentos castizos acerca de la legitimidad del poder político24. Esto último explica la cautela y el humorismo, por pasajes, conciliador del Guerrillero. Tal actitud del enunciador se manifiesta en el plano del humor verbal. Así, la atenuación de la correspondencia entre la figura mitológica del Minotauro y el comandante Quirós tiene por base el empleo retórico de la lítote25:

24 Según Moreno (1971: 38), las independencias hispanoamericanas agravaron el vacío de poder, pues no solo destruyeron el viejo aparato colonial, sino que hicieron más evidente la ausencia de símbolos de autoridad. A la luz de tales circunstancias, «El Caudillismo es un intento, basado en el carisma, para mantener a las fuerzas políticas bajo control promoviendo la devoción de la persona al líder. El caudillismo, entonces, no debe confundirse con el control militar. Aquél puede crear legitimidad, mientras que el último no puede. La devoción y la lealtad hacen innecesario el uso de la violencia. El empleo de la fuerza es entonces indicativa del fracaso para asegurar la obediencia». Las teorías contemporáneas sobre el caudillismo parten de la definición weberiana de dominación carismática, entendida, en este caso particular, como el liderazgo atribuido a una personalidad en virtud de que se la considera excepcionalmente capaz (ver Weber, 2002: 193). En este sentido, la valoración de la ejemplaridad del personaje es fundamental, por cuanto incide en la confianza concedida al guía por parte de los dominados. La preocupación de Marie respecto de la conformación de la opinión pública, a propósito del golpe de Estado y su contención, sitúa el debate respecto de la condena de Quiros y la idoneidad de Mora en el plano del reconocimiento de los méritos del líder. En el bienestar del pueblo y el cumplimiento de deberes se funda la corroboración de la virtud del jefe político, y estos, a su vez, constituyen la base para el establecimiento de una experiencia comunitaria, un proceso de comunización, según Weber (2002: 194).

25 Según García Barrientos (2007: 56), mediante esta figura retórica, asociada con la ironía, «El hablante, sin que su intención deje de ser bien comprendida, no dice todo lo que pretende dar a entender, recurriendo generalmente a negar lo contrario de lo que se quiere afirmar».

«Pero no faltarían imaginaciones traviesas que verían las cosas de Costa Rica en las cosas de Creta, y buscarían remotas alusiones y forzadas semejanzas, y explicarían el ovillo de Ariadna por la opinión pública, y pretenderían reconocer al Minotauro, y serían capaces de dejarse llevar de su fantasía hasta ir a felicitar algún señor Teseo por haber despachurrado algún Minotauro, que amenazara tragarse a la gente cruda» (en Bernard Villar, 1976: 10926).

Genette (2005: 189) define a la lítote como una figura de cantidad opuesta a la hipérbole, pues mientras la última exagera la intensidad o la fuerza de algo, la primera las reduce. La lítote consta de fingimiento y, por ello, participa del régimen lúdico del humor, antes que de la vertiente estrictamente satírica. El crítico francés distingue, a partir de la dualidad señalada por Henri Bergson, entre el humor benevolente y otro de finalidad correctiva27. En la cita, para moderar las implicaciones polémicas, el enunciador textual adopta una actitud conciliadora; esto se manifiesta en el uso del grupo nominal imaginaciones traviesas que reemplaza a las interpretaciones malignas de las líneas iniciales. Como se desprende de lo expuesto, en el primer párrafo del artículo, el estilo de Marie fluctúa entre el cultivo de la ironía como oposición y del humor bergsoniano de la conveniencia.

En una interpretación clásica, Diel (1991: 181) propuso que el simbolismo del mito de Teseo refiere el combate contra la tiranía y la brutalidad, a la vez que el proceso de perfeccionamiento del gobernante. Aunque estos temas están presentes en el artículo de Marie, un tópico destaca entre todos; se trata de la representación literaria de la educación política como la inserción en un laberinto. Sin perder el contenido de las alusiones a la fábula del Minotauro, el Guerrillero aclara, en la exhortación, que su interés se concentra menos en los sucesos de la legendaria isla griega y más, en el discernimiento de los vaivenes de la política, en el avance y el retroceso del proceso de consolidación de la república: «Así pues, por más gana que tengan mis lectores de saber lo que nuestras cosas tienen de común con el laberinto de Creta, de otros

26 Lamentablemente, los centros de documentación costarricenses no conservan copia de El Guerrillero; por ello, para el análisis, se emplean los textos recuperados por Bernard Villar.

27 Bergson (2014: 118) diferenció la comicidad de la risa por una gradación. Aunque ambas formas de humor actúan como sanciones sociales, la comicidad lleva la marca de la simpatía y la bondad, en tanto que la risa está hecha para humillar.

laberintos es que quiero hablar, laberintos no menos complicados que el antiguo, llenos de idas y de vueltas y de revueltas» (en Bernard Villar, 1976: 110).

No es casual, entonces, que el Guerrillero acuda al juego de palabras

vuelta/revuelta para valorar la escabrosa coyuntura y describir aquellas circunstancias

que juzga como contradictorias: adelanto y retraso, liderazgo de Mora, pugna con los intereses económicos e insurrección de algunos militares; en suma, cambio repentino de sentido y dirección. En su criterio, el «andar torcido» de la República atentaba contra el progreso. Sobre esta cuestión es que se muestra más satírico y correctivo. Con la presentación del tropo propiamente dicho, el laberinto adquiere una nueva significación: es símbolo de la amenaza constante de extravío y retroceso. Mediante otra lítote, el enunciador lo describe con ironía como una «Bonita invención por cierto, y que rompe la monotonía de los pasos rectos, de los caminos derechos y de las líneas más cortas» (en Bernard Villar, 1976: 110).

Al detenerse en los problemas derivados del andar torcido, el enunciador elabora una crítica de la oligarquía; en específico, satiriza la práctica política de este grupo, al que alude mediante el simbolismo del cafetal:

«Confieso que a mí me va divirtiendo mucho ese modo de andar torcido, serpenteando por un laberinto, para llegar aquí, cerquita, a tres pasos, después de haber andado tres leguas; y declaro que la primera cosa en que me voy a ocupar, luego que me toque comprar mi cafetalito, será formar un laberinto para irme acostumbrando a las senditas y a los caminitos de travesía; y como los hábitos del cuerpo, mis ideas harán la mismísima ruta que mis piernas, y haciendo ejercicio, habré hecho mi educación política, y seré hombre hábil en eso de vueltas y revueltas, y me daré a conocer por un práctico en laberintos» (en Bernard Villar, 1976: 110).

El enunciador se burla de la oligarquía, pues afirma que le divierte el laborioso andar torcido del laberinto, un modo de hacer política que juzga absurdo. Por la reiteración del doble sentido del vocablo revuelta (como cambio de dirección, en el plano alegórico del laberinto, y como insurrección, en el plano histórico del golpe de Estado) se corrobora que la encrucijada alude a la intentona de Quirós. La irracionalidad de esta práctica política se manifiesta en la ineficacia (tres leguas se

transforman en tres pasos) y el comportamiento pueril atribuido a la oligarquía (el empleo del sufijo diminutivo en nombres emblemáticos como cafetalito, senditas y

caminitos infantiliza y desacredita los objetos que definen la cultura política establecida

por los comerciantes).

Para dominar el juego de la política costarricense, el Guerrillero anuncia que, tras la adquisición de un cafetal —requisito para incorporarse al grupo censurado—, construirá un laberinto donde adiestrarse. En este, los hábitos del cuerpo acabarán por imponerse sobre los esquemas del pensamiento, pues la ruta de las piernas condicionará la senda de las ideas. La comicidad de la situación descrita por el enunciador resulta del automatismo y la irracionalidad de los hábitos contraídos. Mediante esta tesis se establece un vínculo entre el empleo literario de la risa como castigo social de la torpeza y la rigidez, por un lado, y la formación de la opinión pública, por otro28. El proceder de la oligarquía aparece representado bajo los cánones del vicio cómico, por cuanto obedece a marcos preestablecidos y obsoletos; por ello, el texto denigra a aquellos actores políticos que perpetúan prácticas opuestas a la razón e inadecuadas al momento histórico. El significado social de la risa se expresa como censura de la reincidencia y como llamado a la cordura y el abandono de costumbres retrasadas; en suma, como modernización de la cultura política.