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TEORÍA DE LA IMAGEN

2.1 Representaciones simbólicas

Desde la Teoría de la Representación, y los postulados de Henri Lefebvre, se construye un ensayo para conceptualizar la siguiente categoría. Lefebvre hace referencia a teóricos como Heidegger, para sostener sus ideas sobre un posible concepto de ‘representación’.

Heidegger lo reconoce. Representar es colocar ante mí (ante sí) algo que uno (yo) vuelvo seguro. Por tanto verdadero ¿Ilusión? En cierto sentido, pero garantizada y sostenida por todo el ente (...) (LEFEBVRE: 1983, 23).

Inclusive, más adelante, se puede comprender esta idea planteada por Lefebvre. Interpretando sus palabras, la representación viene a ser un conjunto de cosas que acompañarían a una determinada cultura y que convencionalmente, todos sus miembros reconocen. En la obra más importante de Lefebvre se manifiesta la idea de la presencia y la ausencia, como los componentes de una imagen; por lo tanto, referirse a una imagen implica, entender que una imagen representa algo. Es decir, presenta ante la ‘mirada’ de los demás, algo que físicamente está ausente.

Debray aborda desde planteamientos simbólicos el tema de la muerte. Plantea un debate en torno a cómo es tratado este tema culturalmente. La diversidad de creencias, misterios y hasta los sentimientos de aceptación, rechazo o preocupación que cruzan los campos de la parte humana y la parte espiritual o divina del hombre.

Desde esta concepción, para Debray, como se expresó anteriormente, la imagen sobre la muerte expresa abiertamente el debate de la existencia humana. Los diferentes símbolos en los rituales así como las fotografías de quienes ya no están “terrenalmente”, cubren la carencia corporal del difunto. Por eso es que “representar es hacer presente lo ausente. Por lo tanto, no es simplemente

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evocar sino reemplazar. Como si la imagen estuviera ahí para cubrir una carencia, aliviar una pena” (DEBRAY: 1994, 34). Además, Lefebvre sustenta lo expresado por Debray.

El mundo de lo “abstracto”, muestra que representar constituye una forma de ratificar la existencia de lo que no puede ser percibido por los sentidos. Pero inclusive, en los procesos de comunicación y para entender los fenómenos naturales y físicos, es necesario representarlos, volverlos presentes, puede ser simbólicamente, para su comprensión. Desde este sentido, para Lefebvre, representar es:

(…) a veces un hecho o fenómeno de conciencia, individual o social, que acompaña en una sociedad determinada (y una lengua) tal palabra o tal serie de palabras, por una parte, y por otra tal objeto o constelación de objetos. Otras veces es una cosa o un conjunto de cosas correspondiente a relaciones que esas cosas encarnan conteniéndolas o velándolas (...). Se puede decir que una curva y una función representan un fenómeno físico (...) (LEFEBVRE: 1983, 26).

Luego Lefebvre complementa su idea con una tesis que inmediatamente permite relacionar el concepto de representación con el símbolo, al hablar de la “no arbitrariedad” de ciertas representaciones.

¿Las representaciones pueden distinguirse de los recuerdos, de los símbolos, de los mitos y relatos legendarios, de lo imaginario, de las ilusiones y de los errores? Sin duda alguna; pero la distinción debe provenir de ellas mismas y no de una clasificación arbitraria. (LEFEBVRE: 1983, 26).

Dentro de las cosas que acompañarían a una cultura se puede encontrar al símbolo, como lo señala el filósofo francés. Por eso, es necesario también tomar en cuenta este concepto. Ferdinand de Saussure da una explicación sobre el símbolo, cuya interpretación ha sido realizada por autores como Margot Bigot, en su obra: 'Apuntes de lingüística antropológica', donde interpreta a Saussure:

Con la intención de aclarar en qué consiste la arbitrariedad del signo Saussure hace una comparación con la palabra "símbolo". El símbolo tiene, precisamente, como característica no ser totalmente arbitrario, hay un rudimento de vínculo natural entre el significante y el significado, por ejemplo la balanza como símbolo de la justicia no podría reemplazarse por cualquier otro objeto. (BIGOT: s/a. Documento virtual).

Entonces, el símbolo no es arbitrario; su poder se expresa en que perdura gracias a su aproximación con las cosas o que, difiere de una cultura a otra, por ser una construcción original.Para complementar lo expuesto, es necesario recurrir a una obra que se asemeja al concepto que se intenta construir. Norbert Elias, en uno sus ejemplos, refiriéndose al plano de una ciudad, dice:

Es preciso conceptualizar la relación entre una población y su plano como la que hay entre algo que existe realmente y algo que es su representación simbólica (...) Hay varios tipos de representación simbólica. Los planos son sólo uno de ellos. Las lenguas son otro,... (ELIAS: 1994, 34-35).

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En conclusión, representación simbólica se puede entender como el conjunto de símbolos propios de las expresiones de una cultura, y que a pesar de su ausencia física, acompañan a la misma y que caracterizan a cada uno de sus miembros. Llegan a representar de alguna forma sus costumbres, sus sistemas de comunicación y creencias, para comunicarlos y dar cuenta de su existencia.

2.2 Discurso

El discurso, desde el campo de la semiótica y la cultura, puede ser abordado desde varios postulados que construyan un concepto que englobe la relación con la ideología y con la acción. Foucault determina la relación del discurso con el poder.

(...) no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que se quiere uno adueñarse (...) En toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y distribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pasada y temible materialidad. (FOUCAULT: 1999,14-15).

Esta afirmación que hace Foucault permite entender de mejor forma el papel del discurso, como: "una práctica social contextualizada en la que un individuo (o un grupo de ellos) en uso de un lenguaje (hablado, gestual, audiovisual, etc.) produce un mensaje..." (ORZA: 2000, 246). Es decir, se evidencia que detrás de todo discurso hay una ideología.

Pero el discurso, como está expuesto, hace referencia al contexto donde se produce el mensaje, no sólo en el lugar, sino también en un tiempo o la época concreta. María Cristina Mata y Silvia Scarafino interpretan la tesis de Umberto Eco sobre discurso:

(...) El discurso es un espacio donde se construye una relación de intercambio y negociación de sentidos entre sujetos, noción que nos habilita a pensar que en el discurso producido por determinado emisor, también están presentes sus potenciales receptores, "esos 'otros' que dejan sus marcas en las maneras en el que el emisor se dirige a ellos". (MATA, SCARAFÍA: 1993, 24).

Es decir, se entiende como discurso a la práctica social, la cual produce un mensaje que contiene un conjunto de sentidos, en un tiempo y un espacio, y que está relacionado con el poder, la persuasión y al cumplimiento de una ideología.Sin embargo, es preciso tomar en cuenta que el discurso no es sólo el mensaje o los elementos que junto al mensaje construyen el discurso (lenguaje). La época, la realidad social y la cultura en la que se desarrolla el discurso, son prescindibles para poder estudiarlo a profundidad. Teun A. van Dijk realiza un acercamiento hacia la relación del discurso con el lenguaje, sobre todo refiriéndose al habla y a la escritura.

(…) los hablantes por lo general realizan sus acciones en diferentes marcos comunicativos, sobre la base de diversas formas de conocimiento social y cultural y otras creencias, con

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distintos objetivos, propósitos y resultados (…) En síntesis, el discurso manifiesta o expresa, y al mismo tiempo modela, las múltiples propiedades relevantes de la situación sociocultural que denominamos su contexto. (VAN DIJK: 2005, 23).

El discurso tiene otra función que es la de la intencionalidad, la cual, Van Dijk, la relaciona con las acciones como: “la clase de cosas que las personas hacen” (VAN DIJK: 2005, 28). La acción radica en la intencionalidad por la cual se elabora un discurso. Obviamente la intencionalidad obedece primariamente a un deseo comunicativo, por eso, el discurso es una “actividad humana controlada, intencional y con un propósito” (VAN DIJK: 2005, 28). La implicancia de un propósito (intencionalidad) de una persona en su discurso conlleva una responsabilidad. Es decir, quien emite un discurso es en sí responsable de su ‘acción’, que persigue un interés ideológico.