Si, en el psicoanálisis de los adultos, la resistencia se manifiesta por quejas que van a constituir un obstáculo para el descubrimiento de la fantasía, en el psicoanálisis de los niños es el y o de la madre lo que a menudo llegará a interrumpir el progreso, antes de que el fantasma se devele. Es en la madre, pues, donde de entrada va a surgir la angustia.
En el tratamiento de Maruja, las palabras “No puedo vivir más” se rán pronunciadas por la madre antes de ser vividas por la niña. Curiosa mente, es la madre quien en este caso va a introducir su resistencia en el preciso momento en que, durante el tratamiento, el niño estará a punto de liberarse de los fantasmas de violación de la madre y de la histeria materna.
Si el niño, como nos dice Lacan, es la falta de la madre, ¿qué sucede en los casos de retraso,donde él es verdaderamente falta? Ya hemos vis to hasta qué punto cristalizará alrededor de esta falta la demanda de la madre en todas las consultas médicas. La angustia de la madre está de algún modo enmascarada por la preocupación de tener que “meter algo allí donde no hay nada” , retomando los propios términos de una de e- llas. ¿Pero qué sucederá el día en que la falta no faltará más?iLa madre (o el padre) va entonces a volcar a través de su desarrollo su propio pro blema de castración, enmascarado hasta entonces por el niño, que tenía por misión significarlo. En casos extremos, la curación del niño puede constituir la muerte de uno de los padres.
He tenido ya ocasión3 de citar la respuesta de ese niño de doce años a la pregunta del médico:
-El doctor puede curarte y volverte inteligente, ¿quieres ensayar? -Es necesario que le pregunte a Dios -respondió el niño. -Pregúntale.
-Bueno, Dios dice que puedo trabajar con el doctor, pero no quiero, porque mamá no me tiene más que a m í para vivir.
El niño no puede siempre formular esta advertencia y el analista no * siempre puede sopesar el peligro. Así comenzó el análisis de Gil, gran oli- gofrénico, con el solo consentimiento escrito del padre que invocó razo nes de trabajo para no ir nunca a lo del analista con su hijo. Anamnesis
normal; pareja unida y en apariencia sin historia. Tres meses después del comienzo del tratamiento: suicidio del padre. Sólo a partir de este suce so pudo hacerse el esclarecimiento psicoanalítico del caso:
1) Gil había sido, en realidad, perturbado desde su nacimiento por un padre que no soportaba a su hijo sino en la medida en que se hacia el
muerto.
2) Este padre había sido él mismo, de algún modo, el objeto parcial de su propia madre, gran melancólica, a quien consolaba de un marido que eÜa menospreciaba. Luego había colmado de dinero a esa madre, siempre insatisfecha y depresiva. Durante su infancia se había creado entre ambos una relación muy especial: él debía de continuo “llenarla” de satisfacción, sin llegar jamás a lograrlo, sin duda, porque dado su es tado patológico, la madre estaba condenada a una eterna insatisfacción.’ Al menos había llegado a ser quien, por su presencia, yugulaba la angus tia. Pero se tratab a de una presencia de “ objeto para llenar a la madre de satisfacción” más bien que una presencia de un ser humano autónomo, porque la madre hubiera llorado esa autonomía como una pérdida (co mo la pérdida de un objeto que se tiene) o hasta como una amputación de una parte de su propio cuerpo.
3) El padre había encontrado en su mujer el mismo esquema fami liar, tropezando con el mismo tabú de castas. En efecto, ésta era de fa milia acomodada, superior a la suya. Había tratado de mantener con su mujer relaciones excluyentes, malquistándose con sus suegros y quedan do anonadado el día en que aquélla le anunció que estaba encinta: ‘‘No puedo - le había d ich o - soportar la idea de hacer algo vivo.”
De modo que el padre de Gil, de acuerdo con su historia, no estaba preparado para asumir un rol de jefe de familia. De lo que tenía necesi dad era de una imagen materna para llenar de satisfacciones, pero de sa tisfacciones que no conllevaran un fruto y que, sobre todo, estuvieran desprovistas de todo sentido simbólico. Hacer algo vivo era introducir un tercer término en la relación con su mujer. Era entrar obligado en una dimensión de relación humana insoportable, tan cargada estaría de angustia.
Al principio, Gil no podía ser tolerado, salvo con la condición única de no existir. La leche materna vehiculizó el mayor tiempo posible una dosis bastante grande de somnífero.
El retardo del primer desarrollo permitió de algún modo mantener dormida la angustia parental. El día en que al fin se produjo el desarro llo motor, el padre no pudo soportarlo e hizo un delirio de persecución que terminó con un suicidio, en relación directa con el tratamiento que daría al niño una posibilidad de curación.
En el trabajo psicoanalítico, el diálogo se anudó en el nivel mismo de rechazo del niño, en el nivel mismo de su ausencia. Desde el comien zo, todo el material aportado por éste giró en tomo de la escena primiti va.
En los fantasmas que nos aportó, el niño nos mostraba que si se iden
tificaba con el padre, recibiría un sexo no fecundo. Si se identificaba con la madre, recibiría del padre la muerte.
¿Cómo nacer de esta muerte? Tal sería el problema mismo de la cu ra.
Pero al intentar hacer vivir a un niño ligado a un padre patógeno, el analista no puede más que precipitar el surgimiento de un acto no con-
- trolable por él. La falta del niño no es aquí más que la garantía de la función del padre. Al tocar este punto, se va a poner al padre, en forma brutal, cara a cara con su propio problema de castración; hemos visto que, imposibilitado de poder vivirlo en un nivel simbólico, va a encon trarlo en su realidad coíporal, suprimiéndose.
¿Qué significa para los padres la curación del hijo? Se trata de una pregunta que el niño puede plantearse cuándo se halla embarcado en la aventura psicoanalítica; pero sería prudente que el analista se la plantea ra por adelantado, a fin de estar luego menos desprevenido ante las reac ciones parentales; incluso para poder establecer un pronóstico sobre el grado de tolerancia de los padres al análisis.
Alberto, débil encoprético, aporta el siguiente sueño: “Papá me pide
mi ‘grande’ para curar a mamá, que está accidentada.”
La madre, castradora de machos, necesitaba ese hijo encoprético y débil para instaurar en él una falta significativa. Al curar al niño había que afrontar la resistencia de la madre. Y el niño lo preveía en ese sue ño, en el que el padre tenía el aire de implorarle que guardara su “gran de” para él solo.
Hay familias donde todos lo muchachos son débiles (C I entre 60 y 77) y exentos de cuidados, porque, según la expresión de una de esas madres: “No es sino al lado de sus padres y bajo su influencia que pue den encontrar el bienestar.”
El niño no deseado se convierte en aquel que soporta luego mucho a- mor o mucho odio. En ambos casos se desarrolla en una situación maso- quista que no se reconoce, ya que la misión del niño consiste en apelar a la angustia de los padres. Este llamado no es otra cosa que una barrera para el peligro de ver surgir “la verdadera” angustia, de la que no se quiere saber.
Al ocuparse del niño, uno se ocupa también, en cierta forma, del e- quilibrio entre padres e hijos.
Lo que importa, a mi juicio, de entrada, no es la búsqueda de una es pecificidad de estructura en el débil: creo, en efecto, que tras el rótulo de retraso, se puede hallar toda la gama de la neurosis, la psicosis y la perversión, con la circunstancia de que la neurosis ofrecerá siempre un carácter de gravedad inhabitual. La gravedad de la enfermedad depende en esencia del sistema de relaciones en el que el débil se halla agarrado.
En la situación psicoanalítica es donde este problema aparecerá con más claridad. Intentaremos ver de qué manera, retomando ejemplos ci tados con anterioridad.