ESTRÉS Y FUNCIONES PSICOLÓGICAS EXHAUSTAS
Inmersos en un mundo rápido, complicado y sobreestimulante, la vida moderna es una fuente constante de estrés y molestias relacionadas con él para las personas. A las ganancias de una vida relativamente cómoda y más segura que acompañan al progreso humano se les suman los efectos colaterales de un ritmo de vida rápido, la tensión psicológica y la falta de tiempo para la convivencia con quienes amamos. Por si fuera poco, el “progreso” modificó de manera drástica las condiciones ambientales y, por más cómodas y convenientes que éstas sean, no nos hemos adaptado completamente —y ocuparemos mucho, mucho tiempo para lograrlo— a los entornos construidos de las ciudades. Por supuesto, la adaptación a la que me refiero no es la facilidad que hemos mostrado para formar y ha- bitar centros urbanos, sino a la incapacidad para desprendernos de las características naturales de los entornos en que vivimos. Es verdad que las ciudades nos han proveido un sinúmero de comodidades y, como lo plantea Pinker (2011), quizá han facilitado la emergencia de patrones po- sitivos de convivencia humana haciéndonos cada vez menos violentos y más empáticos, pero también es cierto que las ciudades nos han hecho perder contacto con el entorno natural. Nos originamos en la naturaleza y seguimos dependiendo no sólo de sus recursos, sino también de sus escenarios para funcionar de manera saludable y óptima.
La psicología ambiental y el psicoevolucionismo nos muestran que los escenarios naturales son contextos apropiados para el funcionamiento
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de los individuos. La interacción con plantas y animales, la exposición a reservorios de agua, el contacto con el suelo y con los componentes del ecosistema que nos rodea son necesarios para nuestro bienestar. Esto explica por qué tendemos a escapar cada fin de semana al campo, el bosque, la playa, la montaña o el desierto (o lo que nos que- de más cerca o accesible). La ciudad, con todo y sus comodidades, no es una fuente confiable de recuperación de las funciones psicológicas que quedan exhaustas tras una semana de tráfico, ruido, asfalto, concreto, carteles publicitarios y artefactos tecnológicos urbanos.
En las grandes urbes también nos exponemos más a las tentaciones del consumismo, la acumulación de bienes y la inequidad. De Botton (2005) señala que una sociedad inequitativa, en la que unos tienen mucho y otros tienen muy poco, genera en los ciu- dadanos una “ansiedad de status” debida al miedo a no ser exitoso y a que en esas sociedades hay muchas cosas que envidiar. La persona consumista, al no encontrar la felicidad en los bienes materiales adquiridos, se angustia y tiende a consumir más, lo que también produce más frustración y desdicha en quienes no tienen acceso a nive- les altos de uso de recursos (Jackson, 2008). Las ciudades, entonces, a pesar de sus ventajas, nos ofrecen riesgos para el bienestar psicológico, y el estrés y la ansiedad se encuentran entre ellos.
Exponernos a los escenarios naturales garantiza en buena medida la recuperación de las funciones psicológicas exhaustas perdidas en los entornos urbanos, como lo muestra la evidencia psicoambiental. La naturaleza sería una fuente de bienestar y de recuperación —o restauración psicológica como se le reconoce en la literatura—, pero es necesario aclarar que, para lograrlo, el entorno natural debe estar conservado, es decir, no contaminado. Pasear por una playa llena de basura, al lado de un arrollo que carga restos de detergentes o por una vereda campirana saturada de tráfico no tiene nada de restaurativo. Habría que buscar, consecuentemente, escenarios natura- les sustentables para la restauración psicológica, así como otras actividades, aparte de pasear por esos escenarios. En este capítulo sugerimos que una de esas actividades es la práctica de acciones sustentables.
RESTAURACIÓN PSICOLÓGICA
Desde hace años se ha insinuado una liga, por lo menos teórica, entre la restauración
psicológica (RP) y la conducta sustentable. La RP involucra una serie de estados psi-
cológicos relacionados con la atención y también con la recuperación de recursos psicológicos que se pierden habitualmente por causa de la fatiga atencional (Hartig, Kaiser & Bowler, 2001). Esos recursos son necesarios para el mantenimiento de los estados homeostáticos requeridos para una vida saludable. La atención, el ánimo posi- tivo y la llamada salud mental se encuentran entre dichos recursos. De probarse la liga entre conducta sustentable y restauración, tendríamos una buena explicación de por
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qué muchos individuos se involucran en comportamientos proecológicos y prosociales; también permitiría proporcionar a las personas buenos incentivos psicológicos, adicio- nales a la felicidad, la satisfacción, el sentido de autoeficacia y el bienestar personal. Esos incentivos son equivalentes a los estados de bienestar que experimentan quienes hacen ejercicio físico de manera cotidiana, o quienes practican relajación o meditación. Por supuesto, el beneficio sería doble, ya que la práctica de acciones sustentables no sólo afectaría positivamente al individuo que se involucra en ellas, sino también a su medio físico y social.
La literatura sugiere que las personas pueden sentirse motivadas a actuar de ma- nera proambiental al anticipar los efectos restaurativos de las acciones proecológicas (Hartig et al., 2001), es decir, la gente podría actuar de manera conservacionista si prevé que obtendrá restauración (después de explicarles en qué consiste esa experiencia), lo que convertiría a la expectativa de efectos restaurativos en antecedentes positivos de la conducta sustentable. Además, como veremos en este capítulo, la práctica de acciones sustentables como tal puede inducir de manera directa efectos restaurativos; antes haremos un breve repaso al concepto de restauración y los mecanismos por los que podrían operar los efectos restauradores de las prácticas sustentables.
DIMENSIONES DE LA RESTAURACIÓN PSICOLÓGICA
Existe un marco explicativo en psicología ambiental reconocido como la Teoría de Aten- ción-Restauración (TAR), la cual describe los mecanismos que, se asume, restauran la atención y, de manera subsecuente, permiten la recuperación de los estados psicológi- cos nocivos provocados por el estrés. De acuerdo con la TAR, mantener una atención enfocada durante un buen tiempo, junto con el procesamiento cotidiano de estímulos en conflicto, puede causar una fatiga atencional dirigida y estrés (Norling, Sibthorp & Ruddell, 2008). La atención juega aquí un papel fundamental, ya que, dependiendo del grado de deliberación y esfuerzo involucrados al atender a los estímulos y situaciones del entorno, el individuo puede llegar a sentirse exhausto y estresado. Se reconocen dos tipos de procesos atentivos; uno de ellos implica la atención voluntaria, esforzada y directa, la cual se relaciona con la fatiga mental. Todos hemos experimentado este tipo de atención estresante en el trabajo, la escuela, las rutinas y exigencias domésticas, o al lidiar con los conflictos diarios de la vida urbana. El otro tipo es una atención invo-
luntaria, sin esfuerzo, y no dirigida a un objetivo en especial. Esta atención la activamos
cuando nos quedamos absortos mirando un paisaje que nos cautiva y relaja o cuando nos dejamos llevar por los estímulos del entorno sin ninguna presión de por medio. Este último tipo de atención sería la que nos conduce a la restauración.
Ahora bien, en cuanto a los mecanismos, Kaplan (1995) sugiere cuatro dimensiones o experiencias involucradas en la sensación de estados restaurativos: evasión, fascina- ción, extensión y compatibilidad.
EVASIÓN
La evasión ocurre en las experiencias que nos permiten poner una distancia psicológica entre nosotros y los aspectos rutinarios y las demandas que llevan a la atención direc- ta (Hartig et al., 2001). Kaplan (1995) considera que la evasión se produce removiendo mentalmente las distracciones del ambiente inmediato, poniendo un alto a las causas de la fatiga atencional o cesando la búsqueda de ciertos objetivos (especialmente aquellos que nos hacen experimentar estrés). Es fácil identificar la evasión en aquellos momen- tos de tranquilidad en los que nuestra mirada se pierde en algún punto del campo visual y, al hacerlo, sentimos que “salimos” de la experiencia previa en la que nos encontrába- mos, sin percibir ningún esfuerzo, y también cuando percibimos que nuestra atención se escapó de un problema particular que nos mantenía ocupados o de la cotidianeidad de aquellas acciones repetitivas en el trabajo.
Otra manera de concebir la evasión es refiriéndola a un escenario o actividad que es capaz de extraernos una experiencia psicológica (o contenido mental) diferente a la que normalmente se produce. En otras palabras, un ambiente o actividad que nos lleva a pensar en algo en lo que no reparamos de manera regular. Por ejemplo, al salir a cami- nar —una actividad restaurativa— podemos dejarnos llevar por una idea nueva o tener una ocurrencia original; esto es también una forma de escape.
Lo anterior significa que la evasión no necesariamente implica una distancia geográ- fica, sino una remoción psicológica de nuestra experiencia con respecto a las rutinas, los problemas y las distracciones “normales”. Sería muy interesante averiguar si las acciones sustentables son capaces de producir un distanciamiento psicológico restaurativo, ya que con ellas se podría generar lo que las actividades recreativas y el ejercicio producen: un escape a nuestras presiones y rutinas y la producción de ideas frescas y creativas que le dan más sentido a nuestra existencia.
FASCINACIÓN
La fascinación se presenta cuando la persona experimenta una atención sin esfuerzo por objetos de su entorno o en el proceso de encontrarle sentido al ambiente (Hartig
et al., 2001). En uno de los ejemplos dados arriba acerca de la evasión se mencionaba
que en ocasiones perdemos la mirada en el espacio; al componente de evasión de ese suceso (la “pérdida” de la mirada) se aúna el de fascinación cuando el evento ocurre sin esfuerzo. A veces calificamos los eventos fascinantes como “interesantes” o “cau- tivadores”, lo que nos ayuda a identificarlos como parte de la dimensión fascinante. El proceso de encontrarle sentido al ambiente, por cierto, implica la adquisición de la información que nos permite hacer predicciones correctas acerca de lo que ocurre en nuestro medio. Kaplan (1995) asegura que la fascinación se presenta en un continuo que va de la fascinación dura (que requiere más atención voluntaria) a la fascinación suave (no dirigida y sin esfuerzo). Eso implica que la fascinación suave conducirá a la experiencia restaurativa.
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¿Habrá prácticas prosociales y proambientales que contengan elementos de fascina- ción para las personas? Esto lo responderíamos positivamente si la gente (o la mayoría de ella) nos reportara que se siente cautivada por el hecho de ayudar a su prójimo o por saber que su esfuerzo de cuidado ambiental hace una diferencia.
EXTENSIÓN
La extensión está involucrada en situaciones que facilitan la inmersión de la persona en un ambiente coherente, el cual provee los medios para sostener la exploración (Hartig
et al., 2001). Lo anterior propicia que el individuo se vea totalmente absorto en la ex-
periencia y que evoque la imaginación de algo más por venir (Norling et al., 2008). Esto sería algo como dejarse llevar por la experiencia hacia nuevas actividades, es decir, “querer más de eso”. Podemos captar un buen ejemplo de extensión en la sensación de “querer más” que se produce al practicar un ejercicio. Las personas que, de manera regular, trotan o nadan reportan la necesidad o el deseo de continuar involucrados en su actividad física. De acuerdo con Kaplan (1995), la extensión tiene que ver con escena- rios (o actividades) que tienen suficiente contenido como para mantener atrapada la ac- tividad mental durante un largo periodo, de manera que se posibilite dirigir la atención hacia el estado restaurativo. Kaplan describe esos escenarios como “mundos comple- tamente nuevos” que poseen la habilidad de apoyar una extensa y nueva exploración. Esos ambientes (y, también podemos decir, actividades) no tienen que ser grandes en tamaño o duración, pero deben poseer un contenido coherente y que capte el interés de la gente.
Para quienes estamos involucrados en el estudio de las prácticas sustentables sería de una enorme utilidad descubrir que las acciones de cuidado del ambiente físico, así como aquellas que tienen que ver con ayudar a otros, repercuten en estados de extensión. Esto las haría automantenerse, de la misma manera que el ejercicio físico se automantiene en los individuos que lo practican.
COMPATIBILIDAD
La compatibilidad es la dimensión restaurativa que se da por la congruencia entre las predisposiciones/objetivos personales y el apoyo/demandas que el ambiente provee para las acciones que el sujeto emprenda. Un ambiente o actividad que provee un buen ajuste entre lo que el individuo quiere hacer y lo que ese ambiente/actividad le permite es restaurativo o, dicho en términos de esta dimensión, es un ambiente o actividad que otorga compatibilidad. Por ejemplo, un escenario que contiene senderos es compatible con aquellas personas a las que les gusta caminar. Por supuesto, todos buscamos am- bientes o actividades compatibles con nuestras inclinaciones o aspiraciones: al regresar
a casa tras un agotador día de labores, nos refugiamos en aquel rincón en el que pode- mos leer o en la cocina (si nos gusta la preparación de alimentos). Los escenarios natu- rales brindan compatibilidad, porque nos dan tranquilidad, y es probable que ayudemos a otras personas, porque eso responde a los objetivos de crecimiento individual. Cabría también esperar que un escenario que contenga facilidades para la práctica de conduc- tas proecológicas brinde un buen nivel de compatibilidad, especialmente en aquellas personas en las que existe una orientación en favor de la conservación del ambiente.
Norling et al. (2008, p. 185) sugieren que la “compatibilidad puede ser función de los dictados para la actividad y las intenciones personales”. Como veremos más adelante, esta sugerencia encuentra eco en el concepto de competencia sustentable, una noción clave en el desarrollo de acciones prosociales y proecológicas (y que revisamos en un capítulo previo).
PRÁCTICAS RESTAURATIVAS
Las cuatro experiencias restaurativas arriba descritas pueden ser propiciadas por la exposi- ción de las personas a los ambientes naturales (Laumann, Gaärling & Stormark, 2001; Her- zog, Maguire & Nebel, 2002; Hernández & Hidalgo, 2005). La literatura relevante establece que la preferencia humana por los escenarios naturales está determinada en gran medida por su capacidad restaurativa, la que se manifiesta como bienestar individual (Hartig & Staats, 2006; Herzog & Rector, 2009). Pero hay otras cosas que las personas pueden hacer para obtener restauración además de visitar escenarios naturales.
La práctica de ciertas actividades también puede promover restauración psicológi- ca, lo cual es de especial importancia para el autor de este libro, ya que las conductas sustentables son, a final de cuentas, un tipo de actividades en las que se involucran las personas. Se sabe, por ejemplo, que el ejercicio físico promueve efectos restaurativos. En su estudio, Norling et al. (2008) encontraron que los participantes asocian estados de evasión, fascinación, compatibilidad y extensión a la práctica de actividad física como el deporte. Otro tipo de acciones con efectos restaurativos es la meditación. Kaplan (2001) describe con detenimiento las similitudes entre la tradición de la meditación oriental y la teoría de la atención-restauración, y concluye que los individuos que meditan logran manejar de manera efectiva sus mecanismos de atención directa. Siniscalchi (2007) agrega la recreación a la lista de actividades restaurativas. Las personas, en este caso, reportan la recuperación de sus funciones psicológicas al involucrarse en actividades como pasear, leer, jugar o simplemente recostarse en su cama. La pregunta es si otras actividades pueden ser también inductoras de experiencias restaurativas, y tenemos la impresión de que las acciones sustentables son candidatas plausibles. Nuestra supo- sición se basa tanto en la teoría pertinente como en ciertos antecedentes; a ellos nos dedicaremos a continuación.
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CONDUCTA SUSTENTABLE Y RESTAURACIÓN PSICOLÓGICA
Hay un buen número de razones para suponer que existe una relación positiva entre la conducta sustentable y las experiencias restaurativas. Corral, Tapia, Varela, Cuen y Barrón (2012) las describen. Una razón es que los ambientes sustentables que son con- secuencia de conductas proambientales son necesariamente más coherentes que los contextos no sustentables, así como los escenarios naturales lo son. Los ambientes sus- tentables, por lo tanto, podrían proveer situaciones para experiencias de extensión, tal y como lo concibe la literatura acerca de la restauración psicológica, ya que la coheren- cia estimula la exploración ulterior como consecuencia de la experiencia restaurativa (Hartig et al., 2001).
Las conductas proambientales y altruistas también podrían ayudar a establecer dis- tancia psicológica respecto de las demandas diarias —y a veces extenuantes— que en- frentan las personas en su vida. Sin embargo, esas conductas tendrían que ser asumidas no como un sacrificio o privación para el individuo (como lo asimilan Lindenberg & Steg, 2007), sino como una ruptura de la rutina y el estrés diario. Esto propiciaría experiencias restaurativas de evasión.
También sería posible producir compatibilidad como experiencia restaurativa es- tableciendo una congruencia entre objetivos proambientales y las demandas en favor de la sustentabilidad. Es decir, si la persona asume que el medio le pide (y posibilita) respuestas de conservación del entorno sociofísico, y que esas respuestas correspon- den a sus ideales personales de cuidado ambiental, es muy probable que se presente compatibilidad como dimensión restaurativa. Por cierto, esa compatibilidad se encuen- tra presente en el caso de la competencia proambiental, la cual es definida por Corral (2002) como la actuación eficaz y conservacionista en respuesta a requerimientos de cuidado del ambiente. Kaplan (2001), de hecho, considera que la competencia es un aspecto de la compatibilidad, lo que viene a apoyar la idea de que ser competente al resolver problemas ambientales no sólo implica poseer habilidades, sino también una orientación (motivos, ideales, actitudes positivas) prosustentable (Fraijo et al., 2010) y, como vemos, también una consecuencia restaurativa. Resolver dilemas ecológicos propiciaría, según esta idea, un triple beneficio: conservación del medio, sensaciones de autoeficacia y restauración.
Además, es probable que las conductas sustentables produzcan sensaciones de fascinación si las personas asumen sus actos protectores como experiencias cautivado- ras o si su atención es atraída hacia aspectos interesantes (que los hay) implicados en la conservación ambiental y el cuidado de otras personas. Hay menciones en la literatura psicológica que parecen apoyar esta suposición al establecer que las personas altruistas y las orientadas hacia la conservación ambiental manifiestan esa atención (Post, Un- derwood, & Hurbut, 2002; Kals & Ittner, 2003).
Además, existe evidencia empírica que sugiere una relación entre la conducta sus- tentable y la restauración psicológica. En un estudio, Van den Berg, Hartig y Staats (2007) asociaron la conducta proecológica con el diseño proambiental y la restauración.
Como conclusión, los autores plantean la necesidad de balancear las características na- turales de los paisajes urbanos y otros aspectos construidos de la ciudad. En vista de que los participantes en su estudio reconocían los efectos restauradores del ambiente, los autores concluyen que un diseño sustentable debe conducir a la restauración física y psicológica.
En otro estudio, Hartig et al. (2001) relacionaron la actuación sustentable con la res- tauración hipotetizando que las personas que anticipaban experiencias restaurativas en la naturaleza tendían a protegerla más. Los autores encontraron que la percepción de cualidades restaurativas de la naturaleza predecía 23% de la varianza en la conduc- ta proecológica. Posteriormente, en un estudio relacionado, Hartig, Kaiser y Strumse (2007) replicaron esos hallazgos y reportaron una relación significativa entre el uso de ambientes naturales para obtener restauración y la conducta proambiental. Por lo tanto, de acuerdo con esos resultados, parece lógico suponer que la restauración es una consecuencia de la conducta sustentable. Si un ambiente intacto y natural induce