Isabel y Fernando
En 1469 contrajeron matrimonio los primos Isabel, reina de Castilla (1474-1504), y Fernando, rey de Aragón (1479-1516), lo que configuraba la monarquía española, pero con una serie pactada de condiciones, que produje- ron muchas tensiones; el famoso «Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando», no suponía igualdad sino dejar las cosas claras desde el punto de vista jurídico. Para Isabel no fue nada fácil ya que tuvo que luchar para con- seguir el trono, como hemos visto. Por su parte, Fernan- do no fue coronado rey de Aragón hasta el año 1479, en que murió Juan II de Aragón. Por cierto que la boda de Isabel y Fernando en Valladolid no fue válida para la Igle- sia, ya que al ser primos tenían que haber pedido dispensa al Papa y no lo hicieron, por lo que podrían haber sido excomulgados; claro que, al ser reyes, todo se arregló sin problemas.
Isabel I, con rasgos ingleses por su abuela Catalina de Lancaster, era muy poco agraciada, siempre iba con ges- to serio y casi nunca se la vio reír. Tenía un fuerte carác- ter, una gran capacidad de trabajo, una intransigente creencia católica y fue temida por la nobleza; resumien- do, debía de ser una mujer insoportable y nada compasi-
va. Estaba muy enamorada de Fernando, por lo que su- frió mucho con sus infidelidades. Se la ha querido elevar a los altares, pero no parece que haya prosperado su ex- pediente, a pesar de que hay santos mucho peores. Fer- nando V, por su parte, fue el modelo de «Príncipe» para Maquiavelo, gran trabajador, mucho más humano que Isabel, un excelente político, pero intransigente cuando eran razones de Estado, y con un don especial para atraer- se a la gente.
Tuvieron mucha influencia sobre los reyes, el rico y poderoso arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, el intri- gante y hábil Rodrigo Borja, arzobispo de Valencia, y el cardenal Mendoza; los tres eran ambiciosos y con una fal- ta de moral increíble, lucían a sus amantes y concedían prebendas a sus hijos naturales sin la menor vergüenza. Mendoza llegó a ser llamado por el pueblo «el tercer rey».
En las Cortes de Toledo de 1480, los reyes consiguie- ron la restitución al patrimonio de la Corona de los bienes y de las rentas cedidos arbitrariamente en épocas anterio- res; con esta medida disminuyeron las rentas de todos los propietarios, incluida la Iglesia, aunque dando un trato de favor a ésta y a la aristocracia pues necesitaban de ambas.
El rey de Portugal, al casarse con Juana la Beltraneja, reclamó con las armas la corona de Castilla, pero fue ven- cido en la batalla de Toro. La unidad política no existía, tanto Castilla como Aragón conservaron sus instituciones, sus leyes, sus monedas y hasta sus aduanas. Castilla era más homogénea que Aragón y presentaba una gran pujan- za demográfica y económica, y por esa razón gran parte de la política se llevaba desde Castilla.
Isabel I y Fernando V implicaron a la nobleza, ofre- ciendo recompensas, para la conquista de reino nazarí de Granada, donde por primera vez se utilizó la artillería y se
efectuó una importante movilización de hombres y dine- ro, destacando la labor de la caballería. La batalla fue difí- cil y cara, entre otras cosas supuso la creación y avitualla- miento de un ejército permanente; además el terreno a conquistar era muy abrupto y con numerosas fortificacio- nes. En 1485 se tomó Ronda, más tarde cayeron Marbella, Málaga, Baza y Almería, y hasta el 2 de enero de 1492 no se rindió Boabdil el Chico en Granada. La mal llamada re- conquista había terminado. Lógicamente se pensó en con- quistar el Magreb, para evitar nuevas invasiones, Melilla se tomó en 1497 y poco después se fundó Santa Cruz de Mar Pequeña, llamada luego Ifni. Castellanos y portugueses se repartieron las islas Canarias, Azores y Madeira, y los por- tugueses siguieron su expansión en África.
Terminada la reconquista los reyes no disponían de tierras con que pagar a sus capitanes, viéndose obligados a compensarles en dinero. Para ello tuvieron que estable- cer tributos, no siempre del agrado del pueblo. Enseguida la «patriótica» nobleza y la no menos «cooperadora» Iglesia conseguían la exención de impuestos.
El papa Alejandro VI, Rodrigo de Borja, el famoso y corrupto Borgia, concedió a Isabel y a Fernando el título de «Reyes Católicos», curioso título, como si los demás reyes hubieran sido budistas o ateos; debió de ser porque identificaron la política con el cristianismo, anu- lando la tradicional tolerancia que tan buenos resultados había dado, y tratando por todos los medios de conseguir la unidad religiosa; no en vano en sus tumbas, en Grana- da, se dice que «consiguieron la unidad religiosa de Espa- ña», porque no existía una unidad nacional, como se ha pretendido, y tampoco existía centralismo ni federalismo, eran simplemente un conjunto de territorios con una ca- beza visible: los reyes.
La política exterior tuvo tres vertientes fundamenta- les: mantener la expansión de Aragón en el Mediterráneo, seguir combatiendo a los moros en África y estrechar las relaciones con Portugal. Pero pronto apareció un nuevo frente, el hallazgo de América, que revolucionaría todo. Para ello tenían que contar con los nobles y, cómo no, con la Iglesia, por eso les concedieron numerosos privile- gios.