La estatua al primer charlestonista del mundo –Es más elegante un negro desnudo que un blanco con smoking– ¿Habrá muerto Meme? – Meme y yo – Yo y Meme – Yo – Meme – ¿Dick está donde la Perú? – Un ángel con alas de avión
Por Eduardo Zalamea Borda, exclusivo para LA TARDE.
Despierto circundado de una calma grasosa, un silencio rudo y una tranquilidad como para que se hubiera muerto una persona. Estoy solo. Vuelvo a mirar a la litera donde estaba Meme. Ha desaparecido. Moriría y la habrán arrojado al mar? No. No puede haber muerto. Pero, por qué razón no puede haber muerto? Si era apenas un trocito de carne que enfundaba unos huesos. Un pequeño resto de lo que fue quién sabe cuándo. Sí, debe haber muerto. Es su obligación haber muerto. Todos los hechos debieran estar de acuerdo con nuestro pensamiento y nuestro deseo. Pero eso no sucede nunca. Qué arbitraria y deliciosa fuera la vida! Los 3 negros tampoco están. Se habrán ido con Meme. Estarán con ella en alguna taberna del puerto, porque –hasta ahora– caigo en la cuenta de que hemos llegado a Riohacha. Pero no hemos llegado Meme y yo, yo y Meme. La embriagarán con ron blanco. Ese ron blanco que es amarillo y hace en la garganta pequeños caminos de dolor cuando se bebe. Meme ebria debe ser exquisita. Le brillarán los ojos de una manera insólita, y beberá como beben las mujeres, levantando el meñique, del cual suspenden la sed. Se pondrá inquieta y preguntará por mí. No. Tal vez no pregunte. Y sería mejor que no preguntara. Para qué? Yo no puedo importar nada a su corazón curtido, como los cueros de que hacen las carteras finas. Unas carteras que huelen a mujer, como la que yo tengo entre mi bolsillo, apretando en con una placa mis 98 pesos. Si ha muerto, bueno, si ha muerto que la echen al mar. Se irá despacito hasta el fondo. Ah! Pero aquí ya no la pueden echar al mar. Pero nos la llevaremos hasta cerca al Pájaro. Allí, con cuidado, como se desliza por la boca una oración que no quiere decirse, la dejaremos caer suavemente. Los tiburones sufrirán un extraño sobresalto, al
con ella. Le harán cosquillas que solamente sentiré yo, cerca de la boca. Esa boca. No. Es mejor no hablar de esa boca. Y todo ese cuerpo que envolverán las algas. No. Creo que Meme no ha debido morir. Sería la primera desilusión de la Guaira. Porque ya aquí se siente llegar un aliento de estepa, de selva. En el aire vibran cantos de dardos envenenados. Pero sí existirán los dardos envenenados? A lo mejor son una invención de los exploradores que se la han querido dar de valerosos.
Estoy absolutamente solo en la goleta. Sobre la cubierta no hay nadie. Nadie en el camarote del capitán ni en el de Dick. El cocinero tampoco está. Ese cocinero malo, perverso. El de la pipa. Recuerdan al cocinero de la pipa? Pues él tampoco está. Y es extraño que haya ido a tierra. Le teme a las cosas como a monstruos que fueran a devorarlo. Y por eso se venga, friendo pescado y plátanos como si friera niñitos vivos. Habrá ido a comprar provisiones? No. Todavía no es tiempo. Permaneceremos aquí 3 días. Tendré tiempo suficiente para aburrirme…
Ahora miro el puerto, porque no hay personas a quiénes mirar. El puerto de Riohacha que atrajo mi anhelo por tanto tiempo. Es un puerto como no pude figurármelo nunca. Comenzando por las aguas que divide una faja incolora. Son amarillas de un lado, del color terroso de las tapias. Y del otro, marinas, marinas. Azules. Pocas aguas tan azules como las de Riohacha, a 500 metros de la playa. Y es porque el Calancala va metiendo su cabecita, que viene cansada de ser siempre cabeza de río, entre las aguas del mar, para salarse un poco, quitarse tanto romanticismo como se ha hecho a todo lo de su curso. Además, necesita bañarse de toda la mugre que en él han dejado
lavadoras morenas, […]. Y en recompensa por esa frescura para el calor de su cansancio, da a todo el mar en una ancha extensión el color que trajo desde lejos.
Hay una gran cantidad de botecitos pesqueros que salen presurosos, porque ya son casi las 6 de la mañana. Hemos debido llegar muy temprano, y es extraño que ya hayan desembarcado todos. Pasan los negros de músculos casi cuadrados, bellos como las estatuas que se levantarán pronto en París al primer charlestonista del mundo. Yo me opondría a que hicieran las estatuas, representando negros en traje de gala. El negro no tiene otro traje de gala que su piel. Se es más elegante negro y desnudo, que blanco con smoking. Los negros no deben tener sino –cuando más– una paruma. Las negras tienen suficiente con un cinturón de plátanos. Lo demás, sobra. Como digo, salen del puerto botecitos alegres, con las velas blancas, blancas como la misma alegría. Los marineros cantan con la red en las manos, para componerla. El hombre que está en el
Y hace bien. Hay siempre un momento en que el pez hace el aviador de manera perfecta. Cerca a nosotros hay dos balandras. Una pequeñita, como recién salida del estuche de una joya, que no fuera precisamente una balandra. Otra llena de cadenas negras, con las velas sucias, borracha de viento, con un marinero acostado sobre la borda, que parece una vela recogida. Pero esa balandra me gusta más. Es más marina. La otra tiene un aspecto de regata que me repugna. Porque yo convengo con todo, menos con la industrialización del mar. El mar es lo único que no debe deportizarse ni industrializarse. La navegación y la pesca no son propiamente industrias marinas. Son consecuencias del mar. Pero eso de saltar en estúpidos caballitos de caucho para darse malos baños, se queda únicamente para personas que no han comido pescado, ni saben lo que es una concha, un alga, una ola o una perla. Lo demás es snobismo de Hollywood. Y no hay snobismo peor q. [sic] el de los hollywoodenses y sus paisanas. Sobre todo, sus paisanas –las hollywoodenses– se exprimen el cerebro como una naranja para deslumbrar a las compañeras y a los galanes que las besan con desgano. Esa es otra causa de mi odio a los galanes de la ciudad de las películas. Su estúpida manera de besar. O se besa a una mujer bien, de manera consciente, sin adoptar posturas ridículas y estudiadas, o se la deja tranquila. A las mujeres siempre les sobran besos. Y por eso andan a veces con un desgreño en la mirada revuelta, que hace dar ganas de no volver a pensar en ninguna. Esto –también– la industrialización del beso.
Bueno. Y qué más hay en el puerto? Pues en el puerto hay – lo creerán ustedes? –2 o 3, 4 o 5 cayucos. Un cayuco! Y toda mi alma– que regresó ya hace rato –da brinquitos de alegría como si saltara en la cuerda de la sorpresa. Un cayuco. Yo tenía tantos deseos de ver un cayuco! Pero un cayuco verdadero. No esos inventados que riegan por ahí marineros terrestres. El cayuco, con su garrapín agarrado al fondo, con gran trabajo para sacarlo, danza. Danza sobre las aguas, como una palabra indecisa. Las olas lo hacen adoptar graciosas posiciones de borracho cuerdo. Y se dan la cara, se vuelven la espalda, hacen deliciosos visajes. Qué bellos los cayucos! Estos cayucos de Riohacha, cómo me son de gratos. Si yo tuviera un cayuco para irme solo a la Guajira y llegar donde las indias a decirles que vengo a conocer sus costumbres, a palpar su vida, y a pescar sus perlas, me querrían. Tengo la seguridad de que al empuñar el canaleta con mis 2 manos ceñidas de emoción, impulsaría a las indias a quererme. Y yo soy capaz de hacer todo por conseguir el amor de las indias. Cómo será de grande mi alegría cuando vea a la primera india! Si los cayucos no más me hacen feliz!
Ya llego a tierra. A mí me gusta mirar poco a poco, para ir saboreando las cosas. La observación constituye la verdadera sabiduría. Un hombre que mira bien una cosa o examina a una persona detenidamente, la conoce mejor, sabe más de ella que si viviera en su compañía 23 años.
En tierra, se comienzan a formar ya grupitos de personas sobre un fondo opaco de casa. Las casas, casi todas, tienen 2 pisos.
Los balcones, estos balcones de las casas de puerto, que viven reemplazando a los ojos de sus dueños, para que no vaya a pasar jamás un barco sin ser visto, son maravillosos. Cada barrote, de madera o de hierro, tiene una inquietud de pupila, a todo lo largo de su simplicidad, o aún con los obstáculos de los adornos. Me parece que aquel edificio colonial, de columnas gruesas, de piedra, como las de Santo Domingo, es la aduana. Allí deben estar ocupados, haciendo manifiestos, liquidando, pesando, haciendo todas esas cosas inútiles que se hacen en las aduanas, pero que producen mucho dinero. Un dinero que tiene la ventaja de desaparecer, como la inutilidad de las tareas que lo produjeron. Del otro lado, a la derecha, está un edificio de ladrillo, que debe ser el mercado. Las vendedoras, perezosas, con sabor de besos y sueños entre los labios, y hasta en la lengua –porque los besos dejan sabores muy profundos en las vendedoras de pescado– levantarán los sacos con que taparon sus mercancías. Y aparecerán las sandías frescas, con ese aire de tontería que tienen siempre de manera invariable. Y los melones, que parecen fabricados a mano, de manera concienzuda. Las naranjas, en la aburrición de su redondez. Los plátanos, que hacen pensar en cosas piadosas, con su aspecto de pedazos de cirio. Y el maíz que llena el cesto o el saco con pequeñas esferas, como naranjitas minúsculas que –en contactos inexplicables– no dejan vacíos. Y los pescados boquiabiertos, ojiabiertos, con las aletas plegadas, semejantes a una estantería llena de cerveza, vista estando acostado en el suelo de la tienda. Todo eso estarán haciendo ahora esas gentes. No. No pueden estarlo haciendo todavía. Apenas son las 5 y media. Estarán levantándose los madrugadores. Las muchachitas de 15 años –que aún van a la escuela con su gramática de Bello– que no les enseñará sino versos a la Zona Tórrida y otras cosas que no necesitarán nunca. Porque es imposible imaginar que en una sola ocasión de su vida se les
vaya a pedir que reciten eso de “Salve, fecunda Zona …!” Estas muchachitas estarán en la
penumbra de la casa, como brujas con combinación de jersey, bañándose la carita rosada para darse los polvos. Les fascina a las mujeres, cuando son jóvenes, hacerse las caricias que todavía no les han hecho con la borla de los polvos.
Siendo la aduana un punto, equidistante de ella con el mercado hay un cobertizo. Debajo de ese cobertizo hecho con tejas de zinc, están jugando unos chiquillos, entre un cayuco en reparación. Más a la izquierda están las ruinas de algo que debió ser un castillo. Murallas derrumbadas. Los granitos de arena corren jugando a ser equilibristas por las pequeñas montañas que les forman los ladrillos rotos. Más hacia la izquierda, está el convento de los capuchinos. No lo alcanzo a ver bien. Un corte de la tapia alta, azul. A la izquierda está el faro Seco, sin luz. Ya son las 6. Este es el puerto.
Ahora recuerdo que una o varias calles de Riohacha fueron devoradas por el mar. Yo no hubiera huido cuando llegó la inundación. Allí me habría quedado, y ahora – a todo nos acostumbramos
– estaría vendiendo a los peces y a las sirenas –sería muy amigo de las sirenas – aun cuando no usaran rouge en los labios– collarcitos de cuentas de vidrio. La calle de la Joyería, me parece que se llamaba esa calle. No tengo seguridad. Tal vez la calle de la Platería. En todo casi era una calle cuyo nombre sonaba a metal. Y el mar no permitió tan peligrosa vecindad, que le hubiera arrebato su prestigio musical.
Allá viene el bote. Lentamente. Cuánto deseo que llegue aprisa para saber de Meme! Es deplorable. Pero estoy enamorado de Meme. Le preguntaré al capitán si ha muerto o si se ha ido. Sería lo mismo. La ausencia de una persona es equivalente a su muerte. Ya alcanzo a ver al capitán. Tiene su franela a rayas rojas, que se pone cuando llega a los puertos –cuando está en el mar usa una gris, quizá para estar a tono con una posible tempestad– y su pantalón de cotón. No le alcanzo a ver la faja. Ya, ya se la veo! Bastaron seis golpes de los cuatro remos, lo cual da –si no me equivoco– 24 golpes, para que pudiera ver la faja. Hubo necesidad de golpear –como si ellas tuvieran la culpa– a las olas 24 veces para poder ver la faja del capitán. Ya están cerca. Llegan y el capitán sube –alegre como nunca lo había visto– por la escala.
–Capi, buenos días!, le grito –alegre también– por su comunicación de goce.
–Buenos días, muchacho! Por qué no te fuiste temprano a tomar un trago? Lo hay bueno aquí en Riohacha! Allí, en la cantina de Lole, lo venden sabroso.
Dejo sin contestación esa pregunta que da a mi lengua un sabor azucarado de azahares y me pasa ante la vista el recuerdo e Carmen.
–Qué voy a saber yo dónde se mete el viejo, contesta con desgano.
–Y el cocinero –cómo es que se llama?– dónde está?
–Ese debe estar donde la Perú.
–Quién es esa Perú, capi?
El capitán lanza una gran carcajada, y yo me siento un imbécil por no saber quién es la Perú. Se lo preguntaré a Dick. Él me dirá lo que debo hacer para saber quién es la Perú. Observo en el capitán una rara alegría.
Me llama aparte y me dice, con una entonación extraña de […] confuso.
–Te debes ir conmigo. Yo te llevaré a donde quieras y te enseñaré a ser marinero. Beberás conmigo. Sentirás todo lo que es el mar. Y serás un buen marinero. En las noches de los puertos hay siempre una mujer que nos espera. Te acuerdas de Carmen? Pues como Carmen son todas. Unas mujeres para beber la ginebra, con algo femenino en los ojos. Te vienes? No vayas a la Guajira. Tierra mala. Tierra mala. Meme e también una de esas mujeres de los puertos. Pero tú estás enamorado. Sí. Yo ya lo sé. Y eso debe cortarse, así, como yo corto este pedazo de manilla para fumarlo. Te vienes, verdad, chico?
–Yo no sé qué hacer. Me parece tan bella la vida, con la aventura –detrás de nosotros siempre– como un ángel con alas de avión. Qué bella sería la vida. Pero no. Definitivamente no me voy con el capitán. Sigo para la Guajira. Llegaré a ser un hombre con 3,000 pesos.
No se lo digo por no [….]. Él siempre ha pensado que me iré con él .
–Oiga, capi, yo lo pienso. Sería muy sabroso, pero tal vez no pueda. No estoy acostumbrado a esa vida. Soy muy joven –Todo eso es mentira, mentira, mentira. Estoy loco de deseos por irme.
Pero debo […] en la Guajira.
–Que no eres hombre? Y […] Tienes unos músculos que dan miedo.
Yo, lisonjeado, me miro los brazos. No están mal. Para algo sirve levantar bultos en las aduanas de Barranquilla. Estoy satisfecho de ellos. Pero no mucho de lo que significan en relación con mi
–Sí, pero yo quiero ir a la Guajira a ver a las indias.
–A las indias las ves aquí. Aquí hay muchas bonitas.
–Bonitas? Luego, son bonitas las indias? Me cuesta trabajo creerlo. Yo me las figuraba salvajes. Sería terrible que fuera bonitas, con facciones finas, claras, como de agua, como las de mi
primera […]
–Que si son bonitas! Claro! Todas no. No. Hay unas feas, como Dick y como el cocinero, […]
negras con la cara fajada, porque no se echan jagua.
–Qué es eso, capi?
–La jagua? Un polvo yo no sé de qué, que se ponen como un antifaz.
–Vamos a tierra, capi?
–Sí, vamos.
La Tarde. Martes 20 de mayo de 1930. Página 4
4 años a bordo de mí mismo (Memorias de Uchi Siechin Kuhmare)
DE LOS 112 BESOS QUE SE DEBEN DAR A UNA MUER ÚNICAMENTE VALEN LOS