En 97, el Fondo de Cultura Económica publicó El Huracán, su mitología y sus símbolos, libro del etnólogo cubano Fernando Ortiz (ª ed., 98), en el que se analizan e interpretan algunas figurillas caribes precolombinas, para concluir que eran representaciones del dios Huracán. Esculpidas en piedra, mostraban los brazos en giro ciclónico de manera muy similar a como actualmente simbolizan los meteorólogos sinópticos las tormentas tropicales sobre sus cartas de superficie.
A manera de homenaje, se debe afirmar que, desde 97, cuando se publicó El Huracán, de Fernando Ortiz, ya nada quedó por agregar al tema. Pero el tiempo acumula datos, aun cuando sólo tengan valor local. En Veracruz existe la ciudad arqueológica de El Tajín, palabra del idioma totonaca que significa relámpago, trueno, rayo, ligado a las tormentas tropicales. La ciudad fue mandada construir como necrópolis, bajo el nombre náhuatl de Mictlan, “lugar de/para muertos”, designación que conservó hasta el siglo xvi, aunque perduró la nominación autóctona de
Tajín, pero Huracán era el Tezcatlipoca Negro de los olmecas y significa “espejo humeante”, abriéndole camino a la Física, en la concentración de los rayos del sol por el espejo, para incendiar, como dicen hizo Arquímedes
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en Siracusa, en el caso del agua, la naturaleza, por el fuerte calor de la canícula, logra evaporaciones del agua, disparadas en violentos remolinos de ciclón.
Para los actuales totonacas del área de El Tajín sigue siendo válido simbolizar al huracán con el pejelagarto (catán) como se ha identificado a la palabracipactli, el primer día del calendario mesoamericano, diciendo es el más poderoso, quien manda en el agua, escondiendo la circunstancia de la transición de los peces a los saurios; así representó el escultor a la primera tierra emergente, sobre la cual Huracán avanza furiosamente, azotándola con su chubasquería.
En el mismo Tajín, un relieve del Juego de Pelota Sur coincide, básicamente, con la tradición oral recogida por Roberto Williams García. El hacha del rayo, sola, causaba estragos, pero en verdad era Huracán, hasta el grado de concitar los vecinos contra él y terminar amarrándolo en el fondo del mar, donde fuma su pipa produciendo el “trueno viejo” con sus bocanadas, a reserva de que un día rompa sus amarras y vuelva con sus furias. En el relieve del Juego de Pelota de El Tajín hay un campo sembrado de agaves para extraerles el vino, servido por el tonelero, pues Huracán era borracho y pendenciero, por eso lo representaron atado con el arcoiris en el fondo del mar.
La leyenda fue llevada por los tarascos a Michoacán, pero la escultura, en basalto negro, la personifica Huracán en El Tajín, a manera de Vulcano, era herrero, beodo, camorrista; en la taberna del cielo armó bronca mayúscula: uno de los dioses le dio empellón tan fuerte que vino a tierra y del golpe quedó cojo. Así lo representó el escultor de El Tajín, en obra por separado, con una sola pierna, para reforzar a la palabra
huracán del idioma quiché: jun, uno, una; ra, muslo; akán, pie; “el de una sola extremidad inferior, dios de la tempestad”, que diría J. Antonio Villacorta C.
La presencia española produjo el choque cultural, hubo interacción, aceptaciones y rechazos; queda por expurgar lo correspondiente a cada una. Por lo pronto existe la tradición campesina como herencia cultural, acrecentamiento de sus nuevas observaciones o adaptaciones calendáricas
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al campo de la meteorología. Los labriegos tienen razones de sobra para conocer el tiempo de la canícula y temerla en grado superlativo. En el acaecer de lluvias y siembra del maíz, la milpa realiza su fecundación en ese tiempo de la canícula; de no llover, entonces no habrá cosecha, pues no llenará su grano el jilote (xílotl), y ante angustia tan tremenda, sólo las lluvias de Huracán pueden salvarla. De lo anterior se apartan dos periodos de lluvias: el primero, regenteado por Tláloc, el dios de la lluvia, es decir, lluvia normal, con la cual sus milpas avanzan triunfalmente; pero cesan éstas, termina y, de acuerdo con la estrella Sirio, del Can Mayor, comenzará la canícula.
Para el Calendario del más Antiguo Galván, los efectos de la canícula principian el día 5 de julio, pero entra el día 0. Acaso se debe pensar en los calendarios Juliano y Gregoriano; cuando llegaron los españoles, con calendario Juliano, el punto astronómico era el día 6 de julio, Nuestra Señora del Carmen; pero al hacerse la corrección gregoriana pasó a la víspera (los indígenas contaban de medio a medio día), 5 de julio, Santiago Apóstol, el Mayor, y a su día verdadero el 6 de julio, Santa Ana; exactamente cuando comenzaban su año los olmecas y los mayas.
En lo referente a la terminación de la canícula, el almanaque actual marca el día 5 de agosto, pero los campesinos, que inician su día en la víspera, se aferran al día de agosto, San Bartolomé Apóstol o San Bartolo, como ellos lo llaman, y no solo eso, dicen que se suelta el diablo, equivalente a decir que Huracán rompió su atadura, y ya suelto, volverá con sus locuras de tormentas tropicales. Para el calendario mesoamericano, con veintenas en lugar de meses, la temporada de Huracán duraba dos veintenas, por lo cual para los campesinos terminaba el día de San Francisco de Asís, de octubre, una relación entre Huracán y el “cordonazo de San Francisco”, el cordón con el que representan al santo y la cuerda con la cual atan de nuevo a Huracán para evitar que prosiga causando destrozos.
De ningún modo se pretende sugerir a los mesoamericanos como precursores en el invento del pararrayos, pero sí que su fino espíritu en la observación y manejo del método experimental pudo distinguir la relación
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física de la descarga eléctrica (rayo) y los metales, cuya industrialización implantaron los olmecas, pues cuentan los campesinos que si a los nidales de la época ciclónica no se les pone un objeto metálico para nulificar el efecto del rayo, los huevos se vuelven infecudos y no nacerá la pollada.
Es muy conocido un tipo escultórico maya denominado Chac mool, encontrado también por la costa del Golfo, Querétaro y Michoacán; es Tezcatlipoca, pese a disimularle la cojera poniéndolo recostado, con las piernas flexio- nadas, entre las manos y sobre su vientre o pecho una jícara con la embriagante bebida. Cuando el primer arqueólogo que mencionó la escultura preguntó sobre su significado, los indígenas le dijeron en maya: “Chac mool, garra del agua”, separándolo de Tláloc (Chac) como lluvia pacífica, de la lluvia feroz, con garras, las de los huracanes que todo lo destrozan, pero que salvan las cosechas perdidas y, empujando sus nubes muy adentro de la tierra, evitan que por lo menos medio territorio mexicano sea desierto.
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