Antes de iniciar la conversación sobre el problema eclesiástico fui a visitar a un sacerdote romano que había tenido un papel importante en las negociaciones que precedieron y siguieron al arreglo. El contraste en el tono de la conversación fue catastrófico. Este respetable sacerdote procedió como si el mundo nada supiera de las dificultades que ponían a prueba las relaciones entre ambas potencias. Calló casi totalmente las del pasado y nada dijo de las del presente. Era el jesuíta poderoso, y humilde al mismo tiempo, que hallamos en los dramas de Schiller o en las novelas francesas.
Cuando volví a ver la otra potencia, la secular, recordé la frase de Cavour: «Ciesa libera in
Stato libero.» Y le pregunté a Mussolini si admitía este punto de vista.
— Eso es irrealizable con la Iglesia católica — dijo —. Si trata uno de examinar exactamente la cuestión, pierde su verdadero sentido. Sólo es posible o por la separación total de ambos poderes, ignorando el Estado a la Iglesia, o llegando a un acuerdo con ella en los asuntos que a ambos atañen. Los dos están en presencia de la misma materia — el hombre —, que en un caso es el creyente, en el otro el ciudadano. He tratado de proceder de diversas maneras. El año veintitrés quise dar a los populares cinco carteras en el Gobierno. Dom Sturzo lo echó todo a perder. Creyó que podía seguir jugando conmigo como jugaba con Giolitti. Entonces le expulsé.
Rara vez ha expresado Mussolini una frase semejante respecto de un adversario suyo; deduje de ello que debía de estar furioso con él 40.
40
Realmente, este sacerdote de la estirpe de los políticos sicilianos (como Crispí, Orlando...) fue uno de los hombres que más frontalmente chocó con Mussolini. En el mismo año en que se inicia el movimiento fascista, Dom Sturzo funda el Partido Popular Italiano, de signo cristiano, democrático y social, que posteriormente evolucionaría en la Democracia Cristiana, solución de recambio en la vida italiana desde la caída del fascismo hasta nuestros días. Mussolini pudo desentenderse más fácilmente de él: a) porque el Vaticano frenó sus iniciativas al considerarlas demasiado avanzadas — sus obras fueron puestas en el índice — y contrarias a la política de distensión con Mussolini tras los pactos de Letrán; b) porque en el seno del PPI se crearon divisiones entre un ala derecha colaboracionista y un ala izquierda opuesta radicalmente al
— Pero luego ¿por qué pospuso usted cinco años más el arreglo? — pregunté.
— Era necesario proceder así para aclararlo todo — repuso —. Se trata de asuntos de naturaleza muy delicada, y, radicando la Iglesia en la capital, tan difícil situación se agrava aún más desde el punto de vista geográfico y topográfico. Una capital que al mismo tiempo es una ciudad que pertenece a otros. Por lo menos, cuarenta y cuatro hectáreas.
— Mi compatriota el padre Ehrle, el actual cardenal, me enseñó, el año veinte, el plano de la ciudad vaticana diseñado en su mapa — dije yo —. El papa Benedicto XV se enojó con él por darlo a la publicidad durante la guerra. ¿Sabe usted que ha escrito una página nueva de la Historia al realizar esos tratados?—Me lanzó una girada interrogativa —. Es seguramente la primera vez que dos gobernantes independientes y con poderes discrecionales negocian en la misma ciudad durante tres años sin haberse visto una sola vez la cara...
Se rió bajito, para sus adentros, calló un pensamiento que atravesaba su cerebro y dijo finalmente:
—Ahora he visitado al Papa.
Todo Roma cuchicheaba entonces que Mussolini se había arrodillado ante el Papa y le había besado la mano. Cierto día, después ya de la reconciliación, me lo encontré furioso contra el pontífice. Por eso desde el primer momento me pareció poco verosímil el rumor. Aproveché aquella ocasión de aclarar un punto tan importante para conocer al hombre, y, tomando un rodeo, le dije:
— He visitado a los dos últimos papas; el ceremonial del uno era completamente distinto del del otro. Y me pregunto si un hombre algo orgulloso, en caso de no ser creyente, debe someterse sin discusión a ese ceremonial...
Mussolini repuso:
— En general, cuando soy huésped de un país sigo sus costumbres. En este caso hice previamente que se me eximiese del deber de arrodillarme y de besar la mano.
— ¿Cree usted — pregunté además — que un hombre de Estado creyente se entiende con la Iglesia más fácilmente que uno que no lo es?
— Hay que hacer aquí una distinción entre los creyentes y los que frecuentan la iglesia — repuso —. Si un hombre de Estado siente íntimamente la religión de la mayoría de los compatriotas, no cabe duda que ello constituye un elemento importante de fuerza y de armonía. Pero el hecho de tomar parte en el culto es una cuestión personal. Así, por ejemplo, el ministro que acaba de expulsar a los jesuítas de España va todos los días a misa 41.
— En su juventud escribió usted hermosos pensamientos de orientación nietzscheana, como por ejemplo: «Cuando Roma cayó en poder de Jesús, se hundió la raza de dominadores, que ha sido tal vez lo único grande en la Historia.» En otra ocasión, hablando del cristianismo, dijo que había hecho a la Europa actual incapaz de tener voluntad, sin hacerla tampoco suficientemente reaccionaria para defender el feudalismo. Finalmente, decía usted que ahora aparecían espíritus libres solitarios y luchadores que, por una noble perversión, querían libertarse del altruismo...
— La última frase es de Nietzsche — interrumpió.
— Es de usted — dije yo, y discutimos con cierto calor sobre quién era su autor.
Pero en seguida enfocó el problema a su manera, es decir, intrépidamente y sin tapujos. Se le veía preocupado: el hombre de Estado luchaba en él con el revolucionario, y el jefe de un Gobierno reconciliado con la Iglesia peleaba con su propia obstinación.
fascismo. La ruptura definitiva tuvo lugar en 1924, y Dom Sturzo salió desterrado a Londres. Paradójicamente, ya muy anciano, en 1952, el fundador del PPI apoyaría al ala derecha de la Democracia Cristiana (Pella, Scelba, Segni), vinculada de algún modo a los neofascistas. Murió en 1959.
41
Aquí comete Mussolini un error de detalle sobre nuestra historia disculpable al hilo de una conversación. El ministro del Interior de la Segunda República española cuando se produce la expulsión de los jesuítas, el 20 de enero de 1932, no es Miguel Maura, católico practicante, a quien parece referirse Mussolini. Maura había dimitido tres meses antes. Ni de Francisco Casares Quiroga, ministro de la Gobernación en ese momento, ni de Alvaro de Albornoz, ministro de Justicia, parece puede hacerse tal afirmación de práctica católica cotidiana.
— Me encuentro en una posición difícil — empezó —, pues el punto de vista histórico es aquí diferente del religioso. Los romanos fueron beati fortes. Luego fueron débiles e ignorantes. Los últimos serán los primeros. Revolución de los esclavos. Naturalmente, Nietzsche tiene razón.
Y tras un suspiro imperceptible y una breve pausa, prosiguió:
Pero si se examina la cuestión en conjunto, resulta que las ventajas han sido tal vez mayores que las desventajas. En cierto sentido, fue útil la influencia del cristianismo. Una fase de progreso en la historia de la Humanidad..
— Por una mala interpretación del dogma — interrumpí.
— Probablemente — dijo sin inmutarse, y pareció profundizar en el estudio del contraste monologando —: Pedro no pasaba de ser una especie de propagandista. Pero cuando vino aquí San Pablo, el verdadero fundador de la Iglesia cristiana, su verdadero organizador..., ¡qué cosa curiosa! (Epístolas notables.) Se realiza una trascendental metamorfosis del judaismo. Hasta los años sesenta y nueve o setenta, todos eran judíos en Jerusalén, Alejandría y Salónica. Luego viene de repente la dispersión: los judíos, en efecto, se dispersan. Y la nueva religión pasa a los romanos, a los idólatras. Nadie sabe cómo sucedió que, en un momento dado, los judíos dejaran de reconocer a Cristo. Se lo he preguntado a un rabino; no me ha contestado. Es notable: primero un hecho se transforma en leyenda; luego, en herejías. Así sucede siempre. De no venir a la Roma imperial, el cristianismo no habría pasado de una secta judía. Ésta es mi convicción profunda. Hay que añadir que todo estaba preparado por la Providencia. Primero, el Imperio; luego, el nacimiento de Jesús; después, Pablo se ve echado por una tempestad a Malta, y, por fin, llega aquí. Sí, señor, todo estaba fijado de antemano por una Providencia que todo lo dirige.
Veía a Mussolini en aquel momento bajo un nuevo aspecto. De toda la historia universal, era la de Roma la que más había estudiado, y por eso se siente como un episodio de esa historia romana. Bien lo atestiguaba la expresión de su rostro al pronunciar esta última frase.
Por eso no interrumpí sus reflexiones hasta que levantó la cabeza y me lanzó una mirada amigable, en espera de una nueva pregunta.
— Goethe — le dije —, y más tarde Mommsen, han hablado de la idea universal que Roma personifica.
— Por eso — dijo en un tono diferente y más lógico —, por eso hubiera sido tal vez mejor para la historia alemana que Hermann hubiese perdido la batalla de la selva de Teutoburgo. Creo que fue Kipling quien dijo que los pueblos que no han pasado por la escuela de Roma son como muchachos que no hubieran ido al colegio.
— Pero ¿cómo puede usted creer que hoy en día logrará hacer de Roma nuevamente el centro del mundo?
— Sólo es centro del mundo en el sentido de que es la que tiene más historia. Jerusalén y Roma: ¿qué más hay que valga la pena tomar en consideración?
— En sentido parecido recogí de labios romanos una opinión autorizada — le dije, silenciando el autor para no influir en quien estaba frente a mí —: «Ha sido Lutero quien ha perdido la guerra.»
— Opinión interesante. ¿Quién le dijo a usted eso? — El papa precedente, Benedicto XV.
— Aquél... fue un gran papa — repuso.
— Por Nochebuena vi las iglesias de Roma llenas de gente. Así sucedía también en Rusia hasta hace poco. Y ahora, al cabo apenas de un decenio, se hallan vacías. ¿Cree usted en la duración indefinida de la fe?
— Si miro hacia España, observo la profunda crisis en que se encuentra allí — contestó —. También en España estaban antes las iglesias archillenas. Todavía hay allí religiosidad, pero es más superficial que substancial. Por otra parte, hay que reconocer que, en ciertas naturalezas, la guerra y la crisis provocan o fortalecen el sentimiento religioso. Precisamente ahora se han vuelto religiosos algunos individuos, incluso oficiales, y hasta un príncipe alemán. Pero hoy, para muchos millones de seres, constituye principalmente una costumbre.
— Hace poco puso usted a César por las nubes, pero ^a colocado usted a Jesús por encima de él. ¿He comprendido mal?
-— César viene en segundo lugar — repuso convencido— ¡Jesús es el mayor, no lo dude usted! ¡Provocar un movimiento que dura dos mil años! ¡Cuatrocientos millones de adeptos, entre ellos poetas y filósofos! ¡Éste es un ejemplo que perdurará eternamente! ¡Y ha irradiado de aquí! Lo
curioso del caso es que precisamente fueron Jos emperadores romanos más humanos los que con mayor dureza persiguieron a los cristianos.
— Al contemplar ayer en el Capitolio a Marco Aurelio a caballo recordé una frase suya que había visto escrita en circunstancias curiosas: en una inscripción que servía de lema a la villa de Cecil Rhodes, en la Ciudad del Cabo: «No olvides que eres romano, y fíjate bien en que eres, además, emperador.»
Mussolini oyó estas palabras con sorpresa, como lo probaba la expresión de sus ojos; luego repitió a media voz:
— «¡Y fíjate bien en que eres, además, emperador!» Y se rió por lo bajo, tétrico.