¿U NA SÍNTESIS PATICOJA ?
5. Rosa Luxemburg, Controversia con los bonzos sindicales
Desde que la socialdemocracia internacional se preocupa por la huelga de masas, el tema de base de los debates, el punto de partida de todas las discusiones sobre ese asunto, es la distin- ción que se debe hacer entre la huelga general política y la huelga general sindical, por una parte, y entre la concepción anarquista y la concepción socialdemócrata de la huelga gene- ral política, por la otra. La distinción entre esos distintos tipos fundamentales de huelgas de masas es esencial, no sólo en el plano teórico, sino porque está históricamente fundada. Cada uno de esos tipos de huelga han sido en su momento experimen- tados, con resultados variables, por el movimiento obrero inter- nacional. El confundirlos equivale práctica y teóricamente a cometer el mismo error que cometen, con respecto al sindicalis- mo, algunos profesores burgueses que identifican a las coalicio- nes de trabajadores y las asociaciones patronales en una sola y misma categoría de “instancias representativas de los intere- ses”. Quién no sabe distinguir entre la huelga general sindical y la huelga general política, y entre la huelga general anarquista y la huelga general socialdemócrata; quién no establece dife- rencias entre la idea de una huelga de solidaridad económica en apoyo de una lucha salarial determinada, y el levantamien- to político de masas obreras con el fin de conquistar iguales derechos políticos para todos; quién es capaz de distinguir la huelga general de 1893 en Bélgica por la conquista del sufragio universal, o las actuales huelgas generales en Rusia, de la idea cara a los cabezas calientes al estilo de Bakunin y Nieuwenhuis, de instaurar el socialismo mediante una huelga general sorpresiva que se desataría respondiendo inmediatamente a la primera señal, muestra con toda evidencia que no ha entendido una palabra de esta cuestión. Es inútil discutir con él, a lo máxi- mo se le puede aconsejar que comience por instruirse.
¿Qué escuchamos, sin embargo, en el congreso sindical de Colonia? El informante Bömelburg comienza por extenderse a lo largo y a lo ancho sobre el peligro general de las huelgas sindicales de solidaridad, luego, arrastrado por las olas impe- tuosas de su elocuencia, pasa sin transición del fracaso de la reciente huelga de los obreros del vidrio a la “huelga general
social”. Sobre ese asunto, los dicharachos con que anonada en un melodrama típicamente anarquista, encantan al público y le
valen un verdadero triunfo2. Luego de eso concluye, siempre sin
transición, con una crítica de la huelga política defensiva que es lisa y llanamente puesta en la picota, gracias a retorcimien- tos oratorios de la más chata demagogia. El congreso “puntúa con sus aclamaciones prácticamente cada frase del orador has-
ta el final”, como lo expresa el informe publicado por Vorwärts.
El segundo adversario de la huelga general, Leimpeters, des- envuelve una argumentación todavía más notable. Éste se de- clara pura y simplemente “incapaz de hacer ninguna distinción entre la huelga general anarquista y la huelga de masas social y política”. Y en lugar de sacar de ello la única conclusión pertinente, que la cuestión merecería una más amplia discusión y que, dado el actual estado de cosas, cualquier decisión sería prematura, simplemente deduce de su propia ignorancia y ca- rencia de discernimiento que toda forma de huelga general, sea cual fuere, debe ser proscripta.
A su turno, descargó una andanada de palos sobre el desdi- chado espantajo, ya en su enésimo descuartizamiento, de la huelga general anarquista, provocando entre el público con sus agudezas “una tumultuosa hilaridad” que no dejaba de recor- dar con inquietante claridad, en medio de un congreso obrero, los accesos de jocundidad de los parlamentarios burgueses en un debate sobre “el Estado socialista futuro”.
Robert Schmidt completó dignamente el trío al declarar por su parte: “Todas las experiencias demuestran que el uso de se- mejante medio de lucha sólo consigue, como el uso de la vio- lencia, reforzar la reacción”.
“Todas las experiencias”... ¡mientras que las únicas expe- riencias que se hayan efectivamente realizado hasta hoy en el terreno de la huelga política de masas, la huelga general belga de 1893 y las recientes huelgas generales en Rusia han sido éxitos brillantes! (La huelga general de abril de 1902 en Bélgica evidentemente no puede ser tomada aquí en consideración, por- que su fracaso nos enseña más sobre la manera de quebrar el espinazo de una huelga que sobre la manera de conducirla.)
No es posible admitir que tales hechos hayan permanecido ignorados por camaradas como Robert Schmidt, Bömelburg y
Leimpeters, que son los más activos entre los líderes sindicales. Ellos conocen muy bien esos hechos, que contradicen tan mani- fiestamente sus concepciones. Pero lo que les falta totalmente, a ellos y a la mayoría de los sindicalistas que aprobaron sus dis- cursos de Colonia, es la comprensión profunda, el análisis serio y sin prejuicios de las lecciones suministradas por las huelgas generales realizadas en el extranjero. La experiencia belga les parece sin duda indigna de un estudio detenido, puesto que Bél- gica es un país de origen latino, por tanto definido como afecta- do de “ligereza”, sobre el cual nuestros graves sindicalistas sólo se dignan echar una mirada condescendiente.
¿Entonces en Rusia, ese “país salvaje”, ese territorio del fin del mundo, que todavía no tiene cajas sindicales bien repletas, ni comisión general de los sindicatos, ni estado mayor lleno de funcionarios sindicales? ¿Cómo podría acudir al espíritu de nuestros sindicalistas alemanes, serios y llenos de “experien- cia”, que sería absurdo tratar de emitir cualquier juicio sobre la huelga general en el preciso instante en que este método de lucha está adquiriendo en Rusia un aspecto y una amplitud in- sospechados, a punto de convertirse en ejemplar y en venero de enseñanzas para el entero mundo del trabajo?
Todos los adversarios de la huelga general han hablado has- ta el cansancio de experiencias concretas, la “experiencia” era la nota dominante de los debates, el cerrojo puesto a los “teorizadores”, a los “literatos”, así como a los ejemplos ex- tranjeros. Todo eso en virtud de las “experiencias” y de un país que nunca se encontró todavía en el caso de intentar la más mínima huelga general política.
En realidad, el rasgo dominante en todo ese debate sobre la huelga general no fue la experiencia, sino el triunfo de una estrechez de miras que en ninguno de los anteriores congresos sindicales realizados en Alemania se había manifestado con tanta evidencia como en Colonia. Fue el triunfo de una mediocridad complaciente, suficiente, radiante, segura de sí, que se gargariza y embriaga de sí misma hasta el punta de estimarse por encima de todas las experiencias del movimiento obrero internacional, las que por otra parte no ha comprendido para nada, y se cree autorizada a pronunciar juicios sobre un producto de la historia que no se cura de las decisiones de los congresos.
Esta misma mentalidad limitada estuvo a punto de sacrificar sin vacilaciones la idea de la fiesta del Primero de Mayo. Es la misma que además y para terminar afirmaba: “¡No nos inquie- temos! La reacción nada puede contra nosotros. Aunque nos privara del derecho al voto, del derecho de coalición, de todos nuestros derechos, según su voluntad. Aun así seremos fuertes”. Si ésta no es una manera irresponsable de hacer naufragar a la clase obrera en el más peligroso adormecimiento, acuñándola con la autosatisfacción de su poder, quiere decir que la palabra demagogia carece de sentido.
Sí. ¡Somos una fuerza y venceremos! Desbarataremos todas las maniobras de la reacción, pero no lo lograremos dejándo- nos despojar deliberadamente de todos nuestros derechos ni sa- crificando con aturdimiento medios de lucha tales como la fies- ta del Primero de Mayo.
“Los debates de Colonia”, Sächsische Arbeiterzeitung, 30-31 de mayo de 1905.