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Lo dicho anteriormente no tendría cabida sino nos pensamos y vivimos como verdadera Iglesia común-unión. No por capricho, o por ponerle otra apelativo a la Iglesia santa y pecadora, como si ya no tuviera muchos. Sino porque de verdad, creemos que el mismo Dios Trino vive y actúa en medio de nosotros.

No hace falta argumentar con las grandes ideas de algunos teólogos, que nuestra fe no es una fe trinitaria. Que en nuestra pastoral o catequesis esa idea de Tres en Uno es complicada de expresar. Incluso a nivel teológico, seguimos abriendo brechas para intentar dar respuesta a tal misterio. Dios es uno, llámese como se llame, pero no tres en Uno. Esto trastoca de tal manera nuestra espiritualidad. Pero, más allá de razonamientos filosófico-teológicos, ¿La Iglesia semper reformanda, no debería ser símbolo, sacramento de un Dios que vive en ella como Unidad?

La célebre sentenciade A. Loisy,Jesús anunció el Reino y lo que sobrevino fue la

Iglesia37, tuvo el mérito de ratificar aquello que es primero y fundamental, frente a lo

que es secundario y derivado. Al igual, tuvo la audacia de preguntar, si no hace mucho tiempo que el Reino proclamando por Jesús se agotó como proyecto y utopía, absorbido y objetivado por la Iglesia. Como también, tuvo la desventaja de distorsionar la relación entre el proyecto eterno y propósito salvador de Dios para la humanidad y el comienzo de su realización en el tiempo humano real e histórico, ya que, el Reino trascendente como economía de gracia y de salvación para todos, exige la categorización y la posibilidad de ser percibido en el mundo38.

La analogía que el concilio Vaticano II establece entre el misterio de la Encarnación del Verbo y el misterio del llamado que se hace historia39, constituye una notable manera de percibir que el acontecimiento de gracia y de salvación, el evento, el

      

36Ibidem.

37 Cf, Alberto Parra. “Apuntes de clase del curso Eclesiología”, tercera sesión (Bogotá: PUJ, 2009), 3. 38Cf, Rahner, La Iglesia y…11-14.

 

don, pasan por una fase de “anonadamiento” histórico, de concreción en el tiempo. “Por lo que se refiere al Verbo se llama carne y por lo que refiere a la categorialización del llamado, se denomina Iglesia (ek-kalew, ek-klhsia)”40. De esta manera se rescata el primado del Reino, que es el mismo Dios Trinidad actuando, y a la Iglesia como su auténtico símbolo.

Por lo demás, la convivencia humana es un imperativo religioso, ético y social. Convivir en relación no es un sobreañadido a la estructura humana, sino un constitutivo esencial, sin el cual hombres y mujeres sobre el planeta no pueden realizarse ni existir, como ya lo hemos mencionado. Una humanidad, que en medio de los despotismos, militarismos y autoritarismos, ha visto en la democracia la senda honesta de garantizar la libertad individual y la responsabilidad social, la solidaridad ciudadana y la subsidiariedad del Estado, el ejercicio del poder y la libre elección de quien deba ejercerlo. Y se ve envuelta en el gran sueño que el poder y la autoridad sean verdaderos servicios, y quien lo ejerza esté impedido para percibirse como dominador y como amo, sino como conciudadano y hermano.

¿Acaso esto no lo puede impulsar la Iglesia siendo símbolo de ello?Ante todo, tal Iglesia, tendría que entrar a resolver que su régimen jerárquico no equivale a lo monárquico, como si se tratara de un mono-principio de dirección de conducción, de ejecución, de ministerio, tan del gusto de la Iglesia premoderna y tan antitético con las esperanzas de la humanidad. Un eclesiólogo aventuro la triste afirmación de que, por razón de su constitución jerárquica, la Iglesia no puede ser sino una monarquía perfecta y plena. Un absolutismo que ha desfigurado el rostro de la misma Iglesia y su mismo discurso.

Alguien preguntará, ¿y al quitar la jerarquía de la Iglesia, qué pasará entonces con la multiforme gracia de Dios que hay en el seno de la Iglesia? La Iglesia legitimaría su inspiración, su acción, su ser simbólico, si desbloqueará su pertinaz imaginario divisorio del fano (el templo) y del profano (fuera del templo); si fuera capaz de ver que

      

 

todo ser humano es agente de gracia y de amor, que es símbolo sacramental, por ser corresponsables de su relacionalidad en el Cuerpo.

Esa diversidad de dones, de carismas, de ministerios, de funciones, de vocaciones, no deja espacio para preguntar por los más importantes y por los menos, por los primeros y por los segundos, por los de arriba y por los de abajo. La Iglesia será, como toda la humanidad, ese cuerpo entrelazado por diversidad de actividades y de funciones, correlacionadas no subordinas, donde a cada una le corresponde la grandeza de su originalidad y la responsabilidad de su relacionalidad en el cuerpo total, eclesial y social41.

A esto estamos llamados, si de verdad experimentamos como Iglesia a ese Dios de Jesús. Porque si partimos de que la Trinidad es la mejor comunidad42, de que la comunión de las tres Personas que hace que ellos sean un solo Dios, entonces veremos que nace otro tipo de Iglesia. Esa Iglesia será fundamentalmente comunidad. Cada uno tendrá en ella sus propias características y sus dones, pero todos vivirán en función del bien de todos. Surgirá así, una comunidad con diversidades, que se respetan y se valoran como expresión de la riqueza de la comunidad de la misma Trinidad. “Así pues, la experiencia del ‛Dios por nosotros’ y del ‛Dios en nosotros‛ por el poder de su Espíritu Santo y a través de la liturgia sacramental, crea una comunidad con proyección misionera”43.

Desde estos criterios se podría pensar en una auténtica renovación sacramental, que sea realmente signica en la vida de los jóvenes, de todo cristiano. Porque no habrá elementos meramente naturales o teóricos, sino verdaderos símbolos que están penetrados y amparados de una experiencia vital que como Iglesia vivimos y nos mostramos ante los demás, todos los días. Evitando quedarnos en lo meramente superficial de nuestros símbolos sacramentales y enfrascarnos en absurdos debates: que si en vez de pan sin levadura ponemos arepa, o si en vez de vino colocamos tequila, o si en vez de aceite crismal utilizamos otra cosa.

      

41Ibid, 8.

42Leonardo Boff, La santísima Trinidad es la mejor comunidad (Bogotá: Paulinas, 1992), 12. 43Martínez Martínez, Los sacramentos…22. 

 

De aquí es donde se desprende un lenguaje simbólico sacramental diciente, con sentido, profundamente vivencial. Porque como Iglesia, lo decía Eugen Drewermann desde su visión biblista. “en el nombre de Jesús hemos de encontrar un lenguaje, que transmita a los hombres del mundo entero aquello que puede ser esperanza y liberación de su angustia”. Y no ser una trasnacional más, que pareciera que gozara por colocarse en los primeros puestos, muy lejana de comprometerse, encarnarse en la vida concreta de todos los hombres concretos.

Habrá que plantearnos la pregunta, que viene a reforzar nuestra cuestiónproblemática ¿Qué paso dar para que esto no se quede en lo meramente imaginario y creativo?

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