3. EJES FUNDAMENTALES DE LA ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA EN RUBIO 30
3.4. El mundo doméstico: estructura para pensar la dimensión económica
3.4.2. El símbolo ‘cuerpo’ a la luz de los fenomenólogos
la que Rubio se dirige no instaura una dicotomía; inicia con el cuerpo sí, porque éste es un símbolo
que se puede leer e interpretar.
3.4.2.
El símbolo ‘cuerpo’ a la luz de los fenomenólogos
Al leer el símbolo ‘cuerpo’, dice Rubio, lo primero que descubrimos es que es abertura hacia lo
otro, que (me) abre al mundo (y a los otros); me expresa ante los demás y muestra el interior
sobre el exterior. Apoyándose en la fenomenología, la relación interioridad‐exterioridad se
experimenta como la actualización de un modo del sentimiento de sí y, en cuanto objeto de la contemplación, esta relación se aprecia o percibe en las expresiones del rostro ajeno como la
“envoltura” de algo interior. Para nuestro autor, las maneras en que se viven estas relaciones no
son determinadas y estáticas sino variadas. La expresividad sólo puede concebirse como
exteriorización de la interioridad porque manifiesta ciertos impulsos del hombre para proyectarse
sobre el mundo y descubre la realidad del acaecer íntimo condicionando la experiencia del yo, el
cuerpo y el mundo.
En Husserl,154 el “propio cuerpo orgánico” es aquello de lo “que dispongo de una manera inmediata”, lo que aparece como de mi pertenencia; y por la actividad perceptiva a través del
cuerpo podemos tener experiencia de la naturaleza y el propio cuerpo que, mediante una especie
de reflexión, se relaciona así consigo mismo. En este tipo de actividades puedo percibir una mejilla
por medio de la mano, por ejemplo y, de este modo, sentir cómo un órgano se convierte en objeto
y un objeto en órgano. Para Husserl, esto justifica establecer que a través del organismo (en
cuanto permite actuar y experimentar) se vive una unidad sicofísica constituida “en virtud de la
experiencia constante de estas relaciones absolutamente únicas del yo y de la vida con el cuerpo. De modo que a juicio suyo, eliminando todo lo que es extranjero al yo perdura un “yo sicofísico
con cuerpo, alma y yo personal integrado a esta naturaleza gracias a su cuerpo”.
Pero Husserl, al eliminar todo lo extraño al yo, no puede intuir “el conjunto de la vida síquica en su pureza de yo sicofísico”; puesto que la vida es siempre “experiencia del mundo y, por
154 Merleau‐Ponty, Maurice. La Estructura del comportamiento, París, PUF, 1942. Ravagnan, Luis, La
Sicología Fenomenológica de Merleau‐Ponty, Bs. As., Paidós, 1974. Lévinas, E., Humanismo del Otro Hombre, pp. 26‐34. Husserl, E., Meditaciones Cartesianas. Madrid, Revista de Occidente, 1968.
consiguiente, experiencia posible y real de lo que nos es extranjero.” Consecuentemente, “la constitución de un mundo existente para mí” es interna al “ser sicofísico”.155
Merleau‐Ponty nutre el pensamiento de Rubio para destacar que el cuerpo es principalmente
nuestro medio de comunicación con el mundo (antes que objeto del mundo), y que el mundo
constituye un horizonte de experiencias posibles y no una suma de objetos determinados. En
concordancia, la conciencia será aquí en esencia lo que tiene la posibilidad de desplegarse ante sí
un mundo o una pluralidad de ellos.
Rubio nos presenta así un Merleau‐Ponty para quien la vida de la conciencia se despliega en un
“poner objetos” que sugiere o indica que el saber de sí coincide con el hecho de reencontrarse en
“un objeto identificable”. Lo que quiere decir que, el ser humano puede reconocer en su cuerpo la
potencial (virtual) medida reveladora del mundo y de sí mismo, y vivir una dualidad (entre yo y
cuerpo natural) que funda la experiencia originaria asociada a la dialéctica de sujeto y objeto.
En consecuencia, en el saber de sí el ser humano capta su unidad al atender a la esfera interior
que le hace aparecer como cuerpo y alma, al tiempo que aprehende esta separación como lo que
produce efectos diversificadores de la tensión íntima:
“Mirarse a sí mismo equivale a descubrirse a través de una doble naturaleza, pero tal que en el esfuerzo revelador presentimos la unidad de una experiencia y de una realidad originaria. En esta ambigüedad se enlazan el proceso de auto‐gnosis y la metafísica de la exteriorización expresiva. A partir de distintos supuestos, Merleau‐Ponty afirma, análogamente, que ‘ser una conciencia o más bien ser una experiencia, es comunicar interiormente con el mundo, el cuerpo y los otros, ser con ellos en lugar de estar al lado de ellos”.156
En Le visible at I´invisible, Merleau‐Ponty desarrolla el concepto de la carne (propia y del
mundo); es “textura que se vuelve sobre sí y convive consigo misma” y no disociación o elemento
que nos fragmenta en un desorden de sensaciones. Nos encontramos aquí con varias expresiones
reveladoras de la naturaleza de la carne: “masa interiormente trabajada (que) no tiene nombre en ninguna filosofía”, “Medio formador del objeto y del sujeto”, por citar dos casos. Merleau Ponty
nos lleva a considerar la carne como una manera general de ser lejos de las sustancias cuerpo y espíritu y la unión de contradictorios.
155 Antropología Filosófica, p., 119.
156 Schwartzmann, Féliz, Teoría de la expresión, Ediciones de la Universidad de Chile, 1967, pp. 59‐ss. Citado por Rubio en Antropología Filosófica, p. 120.
Las relaciones entre la carne y la idea, lo que se muestra y el interior, encajan pero no siendo lo
uno el otro lado del otro (o viceversa) sino que uno y otro se desbordan mutuamente, se invaden
entre sí, se necesitan:
“Hay un cuerpo del espíritu, un espíritu del cuerpo y un quiasmo entre los dos. Y el otro lado /ha de/
comprenderse, no como pensamiento objetivo, en el sentido de otra proyección del mismo
geomoiral, sino en el sentido de Ueberstieg /ascenso superador/ del cuerpo hacia una profundidad, una unidimensionalidad, que no es la de la extensión, la de la trascendencia de lo negativo hacia lo sensible”157.
Según Rubio, estas últimas frases expresan las complejas relaciones entre “cuerpo” y “mente”:
Una carne que no es una cosa, una intimidad que requiere del cuerpo (…). El resultado de tal
pensamiento es la compenetración y potencialización de esta relación.
En Lévinas, finalmente, reviven las ideas de Merleau‐Ponty pero dentro de la perspectiva de la
significación y el gesto cultural. Aquí “el cuerpo es pensado como inseparable de la actividad creadora y la trascendencia como inseparable del movimiento corporal. Con este autor, Rubio está
dando un giro para hablar de las obras, completando así un núcleo a partir del cual elaborar una
antropología hermenéutica.
Lévinas afirma que: “Esta trascendencia que se manifiesta en el ‘querer decir’ que antecede al decir propiamente tal es un ‘lenguaje hablado por espíritus encarnados’”.158 Y la encarnación del
pensar es posible porque el cuerpo está sumergido en el mundo que piensa. El cuerpo es lo que
expresa este mundo al tiempo que lo piensa. Aparece aquí el gesto corporal como celebración del
mundo y no descarga nerviosa; y el cuerpo como lo que puede ser captado por la sensibilidad al
tiempo que capta; es decir, es sensible‐sentido que, en tanto sentido (que capta) está todavía de
este lado (el lado del sujeto); y en tanto que sensible, se encuentra de aquel lado (el lado de los objetos).159 A partir de estas dos posibilidades de ser, el cuerpo une la subjetividad del percibir ‐ que es intencionalidad apuntando al objeto‐ con la objetividad del expresar que establece
mediaciones, crea seres culturales, actúa y opera en el mundo percibido a través del lenguaje
desplegando horizontes. 157 Merleau‐Ponty, Maurice, Le visible et l´invisible. Trabajos de Merleau‐Ponty publicados después de su muerte. París, Gallimard, 1964, pp. 193‐195; 312‐313. Citado por Rubio en Antropología filosófica, p. 121. 158 Lévinas, E., Humanismo del Otro hombre, pp. 26‐39. Citado por Rubio en: Antropología Filosófica. 159 Ibídem.
En este orden de ideas, la creación cultural es la otra cara de la receptividad y no algo que se le
agrega a ésta y, los seres humanos somos, en la expresión, sujetos y parte a la vez (lo cual es
distinto a decir que desde un punto de vista somos sujetos y desde otro parte).
Con Lévinas, Rubio se permite hablar de la encarnación cultural, donde expresión y encarnación se definen mutuamente.
“La elaboración cultural es lo que da a los objetos una multiplicidad de significaciones; y frente a la multiplicidad de significaciones el mundo adquiere un sentido único en función de las necesidades del hombre. Las necesidades “elevan las cosas simplemente dadas al rango de valores”. Las necesidades ofrecen múltiples posibilidades de la significación para escoger entre ellas la única vía de la satisfacción. Ahora, el hombre confiere un sentido único al ser mediante el trabajo.”160
A manera de conclusión, para cerrar esta parte que nos abre hacia la dimensión económica a
partir del cuerpo en el mundo doméstico, expresa Rubio que el cuerpo es mediación, origen y
fundamento de la necesidad, de su satisfacción, de la posesión, como signo de la interioridad y en
este sentido en la erótica se habla de la casa y de las pasiones que engendra la posesión.