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S teve, el alcohol y las drogas escribiendo best

sellers.

Stephen King siempre ha sido un hombre fuerte, aunque no corpulento. Ha tenido algunas carencias, como la gran infección de oídos que sufrió cuando era un crio. King, además, fue declarado no válido para alistarse como voluntario en Vietnam, debido a su miopía, alta presión sanguínea y pies planos. Y, como muchos escritores, tiene una tendencia a ciertos vicios a la hora de escribir. King se metió de lleno en la bebida y las drogas. En 1966, al final de curso en una excursión, King probó la cerveza y, desde entonces, cuando se levantaba de dormir o de pasar una resaca, podías ver a sus pies docenas de latas de cerveza vacías. Cuando ya estaba casado y con dos hijos, los aprietos y los problemas económicos le impulsaron a batir su propio récord: beberse hasta cuarenta y cinco latas de cerveza en las siguientes siete horas después de que viniera de trabajar de la lavandería. Steve, además, solía beberse siete u ocho latas de cerveza antes de cenar. Y, mientras escribía en la parte posterior de la caravana, caían una o dos cajas de latas de cerveza.

Una anécdota es que, al principio, Stephen King creía que estos abusos harían reducir su producción literaria, pero comprobó que, al contrario, desataba sus demonios internos y las ideas más excéntricas salían afuera con más rapidez que nunca, por lo que la producción era mayor. Pero, en más de una ocasión, Steve ha dicho en varios medios que no recuerda haber escrito parte de su obra antes de los 80. Sin ir más lejos, la novela Cujo es la más mencionada por él. No recuerda haberla escrito y le pesa no poder sentir la sensación satisfactoria de escribir dicha obra, que dicho sea de paso, es una de sus favoritas.

Un día, cuando ya la familia King vivía cómodamente en su casa de estilo victoriano con más de veinte habitaciones, Tabitha fue a visitar a su esposo en su despacho y cuál fue el susto que se llevó al encontrárselo, literalmente, dentro de un charco de vómito, sin sentido, como si estuviera durmiendo. Tabitha le dijo más tarde, cuando King se despertó, que se estaba pareciendo a «Jordi Verrill», el protagonista del cuento The Lonesome Death of Jordy Verrill que estaba preparando para la película Creepshow.

Stephen King ha tocado el tema del alcohol en varios de sus personajes principales y secundarios. Otro ejemplo era The Shining. Al escribir la historia la vio como una autobiografía y le dio miedo convertirse en Jack Torrance. ¿Y si sucediera que un día le rompiera el brazo a Joe? La sola idea le aterraba, pero no dejó de beber más y más cerveza. Tabby llegó a decir que Steve estaba de resaca los siete días de la semana hasta media tarde, durante algunos interminables años. En la biografía A coraçao Assombrado de Lisa Rogack, se dice que Steve no quería saber qué hubiera

pasado si igualmente hubiera escrito tanto sin haber bebido. Para él, el alcohol era el motor de sus creaciones y la gasolina de su enorme volumen de trabajo, aunque no la recuerde toda. King tenía un miedo antinatural por escribir sin estar bebido, él creía que su cerebro no funcionaría en su estado normal, sin estimulantes externos. Pero el tiempo ha demostrado que estaba equivocado. En 1985, entró en la casa de los King la droga. Finalmente, Tabitha se hartó de la situación y entró en su despacho un día con la escoba para barrer todo aquello que no eran manuscritos. Tiró latas de cervezas vacías, botes de enjuage de boca Listerine, jarabes para la gripe y colonias. No encontró la cocaína que ella sabía que su marido consumía. Él se lo negó. Entonces Tabby, como cariñosamente la llama Steve, rebuscó en las estanterías y entre los libros, tras lo cual encontró una pequeña bolsa de plástico con un polvo blanco en su interior. Ni corta ni perezosa, Tabby reunió a sus hijos y a algunos amigos para mostrarles en lo que se había convertido el escritor de best sellers de Maine. Stephen King se apuntó a una sociedad anónima de alcohólicos y drogadictos. Años más tarde, tras taparse un día las fosas nasales que le sangraban con algodones, mientras escribía compulsivamente, se quedó limpio, pues había que elegir. Steve entonces admitió que estaba preso y que era un fan del alcohol, la cocaína y los cigarrillos, declarando que se fumaba dos paquetes de cigarros al día. Steve analiza esos tiempos pasados y dijo, para la biografía de Lisa Rogack, que «mi vicio a la cocaína era una bendición disfrazada». Steve añade que «cuando dejé la cocaína seguí bebiendo hasta los 55 años, justo en el tiempo que si se combina con la cocaína el cerebro moría». Stephen King dio el paso. En su autobiografía, Stephen King declara que los escritores que se enganchan a la bebida o a las drogas, no se diferencian en nada de los demás adictos, son —añade Steve— borrachos y drogadictos vulgares. Las afirmaciones, continua King, de que la bebida y las drogas son necesarias para sacar adelante la inspiración genuina en un estado de creación alma mater, son simplemente chorradas, corrobora Steve. Cita a escritores de la talla de Hemingway y Fitzgerald, en casos parecidos al suyo, y añade que no bebían porque fueran personas creativas, sino por la misma razón que todos los alcohólicos. Steve recuerda que, al final de cada noche, se bebía cajas enteras de cervezas de medio litro, y que eso le hacía perder la memoria y no recordar cada página que escribía. Si salía bien, la dejaba tal como salía; si estaba dudoso del contenido, la guardaba en el cajón y pasaba a otro proyecto sin más. Stephen King no siente orgullo ni vergüenza al respecto, según declara. Y añade que, en los peores momentos, ni quería estar sobrio, pero se sentía desahuciado de su propia vida. Y así terminó en el año 1986.

Stephen King, a día de hoy, está limpio, pero como reconoce él mismo, los escritores buscan el estado del láudano (el caso de Edgar Allan Poe) para escribir.