3. Adolescentes implicados en el saber escolar
3.3 El saber escolar vía el Ideal del yo
El Ideal del Yo, dice Lacan “es una parte del propio sujeto aunque conserva sin embargo, alguna relación con un objeto exterior. Están las dos cosas intrasubjetividad e intersubjetividad [que] no se pueden separar” (2007 [1957- 58]:297). En los dos adolescentes entrevistados, la elección por el saber escolar es una respuesta desde el Ideal del yo I(A) a unos significantes parentales, y es ahí justamente donde se juega la intersubjetividad. Esta elección obedece a unas posiciones subjetivas que implican unas lógicas familiares. En el primer caso, el saber escolar se constituye en un medio para ser amado por el padre, para preservar su amor; en el segundo, en un medio para distanciarse de las lógicas parentales, de sus modos de goce, para escapar a los destinos fatales de la historia familiar.
En Xiomara el saber escolar entra en relación con su saber inconsciente para la elección de las profesiones que quisiera desempeñar y es ahí en donde el significante “disciplina” adquiere toda su fuerza, pues es la invención que hace ante la autoridad que precisa para lograr escapar a las fatalidades familiares. Luego, el saber escolar entra en sinergia con el saber vital de esta adolescente. Asimismo, Sebastián responde al saber escolar con algo de su historia; y el modo como se ha posicionado en ella responde con su identificación al objeto agalmático –el objeto precioso del padre‒
La posición subjetiva frente al saber escolar vía el Ideal del yo, I(A), además de que está determinada por unos significantes del Otro, también guarda una estrecha relación con el Nombre del Padre y con el superyó. Cuando el Ideal del yo está bajo la tutela del Nombre del Padre regula la ley y el deseo; así, la relación de un adolescente con el saber escolar puede estar marcada por la fruición, pues
“el Ideal del yo desempeña una función tipificante en el deseo del sujeto” (Lacan,
2007 [1957-58]:298). Cuando, por el contrario, el Ideal del yo está bajo la tutela del severo superyó, tal relación puede estar teñida de angustia, de imperativos sádicos y masoquistas, de culpas y castigos, porque el yo nunca estará a la altura
de los ideales superyoicos, ya lo dice Lacan cuando enuncia que “el Ideal de yo interviene en funciones que a menudo son depresivas, incluso agresivas con
respecto al sujeto” (Lacan, 2007 [1957-58]:297).
El Ideal del yo I(A) tiene, también, una dimensión simbólica y una dimensión imaginaria. La dimensión simbólica tiene que ver con la ley que regula, separa, ordena, prohíbe y al mismo tiempo posibilita las condiciones para el deseo y el lazo social. Esta dimensión permite las condiciones para que estos sujetos se identifiquen a sus progenitores desde la vía de la prohibición: “no debes ser como el padre: un albañil; no debes ser como la madre: una prostituta”. De este modo, se les ha transmitido que deben ir más lejos que su padre y que su madre, respectivamente, y el camino para ello es el estudio, el saber escolar.
La dimensión imaginaria del Ideal del yo, por su parte, tiene que ver con las aspiraciones de perfección que implican sus representaciones, con las imágenes con las que los adolescentes representan su futuro, que capturan su ser narcisista:
“estudiar inglés para que del trabajo me manden para otro país”; “ser policía para
que digan que salió adelante pese a la mamá que tenía”.
De otro lado, el Ideal del yo I(A) pone a estos adolescentes frente a la normatividad sexual, es decir, frente a lo que tienen que hacer como hombre o como mujer, aunque en ocasiones el deber ser no dé lugar a la emergencia de preguntas sobre lo que significa ser hombre o ser mujer. Así, muchas veces, ante la ausencia de un saber acerca de cómo ser una mujer para un hombre o qué desea un hombre de una mujer, el ideal enseña a los hombres cómo arreglárselas con una mujer y a las mujeres cuál es su lugar en relación al hombre. El Ideal del yo “ciertamente, parece estar vinculado a la asunción de tipo sexual, que está implicado en toda una economía que dado el caso puede ser social. Se trata de las funciones masculinas y femeninas (…) en tanto que suponen todo un mundo de relaciones entre el hombre y la mujer” (Lacan, 2007 [1957-58]: 298). Como heredero del complejo de Edipo, el Ideal del yo está vinculado con la asunción del
tipo sexual, es decir, de la virilidad y la feminización. De este modo, el Ideal del yo no solo instituye una relación favorable con el saber escolar, sino que también orienta en las inquietudes éticas propias de la adolescencia, algunas de las cuales tienen que ver con el ser sexuado.
Es interesante cómo en estos dos adolescentes el saber escolar tiene una “natural” relación con la conducta, que Sebastián llama “buen comportamiento” y Xiomara, “disciplina”. Pareciera que una fuera el correlato de la otra, lo que obedece a las lógicas escolares, en donde tiene lugar un disciplinamiento del cuerpo y la conducta. Así, estos sujetos lejos de molestarse por este control, lo aplauden y demandan como un andamiaje sin el cual no es posible desplegar el saber escolar.
Si bien el Ideal del yo es una identificación simbólica con el padre, producida a la salida del Edipo, también es una formación que se prolonga en el desarrollo de la infancia y de la adolescencia. Él tiene lugar en experiencias posteriores, “que contribuyen a fijaciones muy profundas y eventualmente definitivas. (…) Sobre este vector se sitúa todo lo que no está preso en la repetición primordial” (Miller, 2004:69). En esta línea de sentido, la adolescencia como momento de elección implica la constitución de un nuevo Ideal del yo o la puesta en acto del elegido en la infancia.