Busquen este espíritu de entrega y acción de gracias mientras leen el Libro de los Salmos.
Tradicionalmente los salmos son asociados con David, y muchos sin duda fueron escritos por él. Todos reflejan su corazón, que, como hemos visto, refleja el mismo corazón del Señor (1 Sam 13:14).
Los salmos, rezados diariamente-- hasta a veces hora por hora—tenían el propósito de dar al pueblo de la alianza con Dios un nuevo corazón, ese corazón de David, el corazón del Señor.
Los salmos nos enseñan a los hijos e hijas regios de Dios cómo alabar, agradecer, pedir y prometer fidelidad a su Padre. Los salmos ilustran al pueblo de Dios la historia de la salvación y de la fidelidad de Dios al plan de su alianza (cfr. Sal 78; 105-106; 135-136).
Subyacente en todos los tipos de salmos está el deseo del Padre de infundir en sus hijos un amor por su camino y su ley: “Me enseñarás la senda de la vida, gozos y plenitud en tu presencia” (cfr. Sal 1:11).
Los salmos instruyen al pueblo de Dios a buscar su sabiduría en su ley (cfr. Sal 37:31; 90:12). Así los salmos están muy vinculados con el otro legado espiritual del reino davídico, la literatura sapiencial de la Biblia.
Los Salmos se relacionan con David. La literatura sapiencial de la Biblia—los libros de Job, Proverbios, Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, Sabiduría y Sirácides—la tradición la atribuye al hijo de David, Salomón, de quien se cree proceden cuatro de esos libros.
La sabiduría de Salomón fue un don otorgado por Dios (cfr. 1 Cro 1:7-12). Y su reputación de ser un sabio atrajo a la Reina de Sabá y a “todos los reyes de la tierra” a pedir audiencia con él y darle tributo (cfr. 1 Re 10:1-13, 24-25).
Los libros sapienciales recuerdan las cosas que Salomón les platicó a la reina y a los reyes de las naciones.
Leídos en su lugar en la Biblia, los libros sapienciales funcionan como una instrucción paternal: Dios Padre, por medio de su divino hijo el rey, enseñando a su familia universal cómo vivir. Esto se ve claramente en Proverbios, que es presentado como el consejo de un padre a su hijo (menos el capítulo 31, que es la enseñanza de la Reina Madre para su hijo).
En su lectura de la literatura sapiencial, recuerden que como los salmos, estos libros tienen el propósito de instruir y formar a los hijos de la familia universal de Dios.
Esto es el sentido del extraño pasaje en la oración de acción de gracias que David ofrece por su alianza, “esta también es la ley del hombre” (cfr. 2 Sam 7:19). La frase en hebreo es “torah ‘adán’” literalmente “la ley de la humanidad.” Esto es lo que es la sabiduría, la ley de Dios, dada por su rey, para toda la humanidad.
El reino davídico fue establecido como un reino universal, mundial y eterno. La literatura sapiencial es para la formación moral y espiritual de este reino. Es el estauto de la nueva familia humana que Dios quiso crear por medio de su alianza con David.
Los libros sapienciales pueden instruir a gente como Job, un gentil justo que en sus sufrimientos extraordinarios busca un conocimiento que salva y la redención: “¿De dónde viene la sabiduría?” pregunta él, “¿Dónde se encuentra la Inteligencia?”
Finalmente llega a la conclusión: “El temor del Señor es sabiduría” (cfr. Job 28:20, 23, 28). Es el refrán que se oye en todo el consejo práctico de estos libros: “El inicio de la sabiduría es el temor del Señor” (Pro 9:10).
Por supuesto, “temor del Señor” no significa miedo de Él. Quiere decir reverencia y asombro, la confianza amorosa de un niño: “Toda la sabiduría está en honrar al Señor y en cumplir su ley” (Sir 19:20).
La ley otorgada a Moisés es vista en la literatura sapiencial como un reflejo perfecto de la sabiduría divina. A veces, se ve la Sabiduría retratada como una Persona, una comunicación de Dios quien la creó y “la derramó sobre todas sus obras” (Sir 1:7-8; Pro 8).
VI. Dos Naciones Bajo Dios
La división norte-sur
El reino se desintegró después de Salomón. De hecho el mismo rey sabio había sembrado las semillas de su destrucción.
Siempre hubo otro lado de Salomón y su sabiduría: un apetito insaciable por riqueza, poder y mujeres.
Cargó impuestos muy pesados a las tribus de Israel para financiar sus grandes proyectos de
construcción, y tuvo un ejercito muy grande (cfr. 1 Re 9; 12:3). Recibió un inmenso tesoro cada año (666 talentos de oro; cfr. 1 Re 10:14). Es interesante notar que 666 es el número de la bestia en el último libro de la Biblia, que menciona que “se requiere sabiduría” para entender su significado (cfr. Apoc 13:17-18).
Como su padre David, Salomón tuvo una debilidad en cuanto a las mujeres. Recuerden que
Salomón nació de Betsabé, la esposa que David tomó después de cometer adulterio con ella y matar a su esposo para ocultar su culpa (cfr. 2 Sam 11:1-12:25).
La lujuria de Salomón superó la de su padre. Aunque la ley de Dios prohibía casarse con mujeres no judías, la Biblia nos dice: “El rey Salomón amó a muchas mujeres extranjeras…700 mujeres con rango de princesas y 300 concubinas…las mujeres de Salomón desviaron su corazón tras otros dioses” (1 Re 11:1-3).
Cuando Salomón murió, su hijo Roboán rechazó la petición de las tribus de reducir los impuestos. Se rebelaron. Diez de las doce tribus, bajo el liderazgo de Jeroboán, formaron el Reino del Norte, dejando a Roboán con solamente dos pequeñas tribus, Judá y Benjamín en el sur.
La división del reino davídico es un dato crucial para entender a los profetas y el resto de la Biblia. Desde este punto, cuando lean “Israel” piensen: “Reino del Norte”, o sea, las diez tribus que se separaron con Jeroboán. A veces se refiere a Israel o el Reino del Norte como “Efraín” o “Samaria” o también “José”.
Y cuando lean de “Judá” o “Benjamín” o “la casa de David” piensen: el Reino del Sur o sea las dos tribus que continuaron adorando a Dios en Jerusalén. Leerán también “todo Israel”, especialmente en Crónicas (cfr. 1 Re 12:1; 1 Cro 13:6, 8.; 15:3; 2 Cro 12:1; 18:16). Esto refiere al reino como Dios lo había establecido, antes de la división bajo Roboán. Este es el reino de David que Dios promete un día restaurar.
“Israel se rebeló contra la casa de David hasta el día de hoy” dice la Sagrada Escritura (cfr. 2 Cro 10:19; 1 Re 12:19).
Esto quiere decir que por el cisma de las diez tribus del reino del norte bajo Jeroboán, ellas se habían separado de la alianza de Dios con David. Bajo esta alianza, el hijo de David iba a ser rey de todo Israel, y todo Israel iba a dar culto en el santuario de Jerusalén.
La alianza con David no justificó la conducta cruel y escandalosa de Salomón. La alianza con Dios nunca puso al rey davídico por encima de la ley de Moisés.
David mismo le había explicado esto a Salomón (cfr. 1 Re 2:2-4; 8:25; 9:45; Sal 132:12). La promesa de Dios no es un cheque en blanco. Si Salomón o cualquier rey davídico violara la ley de Dios, sería castigado, aunque su reino no exterminado (cfr. 2 Sam 7:15).
Siempre fiel a su palabra, Dios castigó el pecado de Salomón y permitió la rebelión de Jeroboán (cfr. 1 Re 11:31-39).
Casi inmediatamente, las tribus del norte cayeron en la apostasía. Jeroboán construyó altares a dioses paganos en Betel y Dan. Llegó a hacer de nuevo el gran pecado del becerro de oro (cfr. 1 Re 12:28- 29; Ex 32:4).