• No se han encontrado resultados

LA SALUD DE LAS PERSONAS MAYORES DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Doctora en Medicina Master en Gerontología Social Aplicada Magister en Género, Sociedad

LA SALUD DE LAS PERSONAS MAYORES DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO

Que para la salud, bienestar y acceso efectivo a re- cursos, tanto mujeres como varones mayores tengan necesidades, riesgos y oportunidades diferentes no de- pende solo de sus diferencias biológicas, sino también y sobre todo de los roles que la sociedad les asigna y aquellos que debieron cumplir en el curso de su vida.

Estas diferencias varían y deben ser estudiadas en los contextos socioeconómico, étnico y cultural. Los entrecruzamientos ofrecen vulnerabilidades diferen- ciales aunque no siempre femeninas, como en el caso de la feminización de la pobreza o de la vejez; ya que los roles que deben cumplir los hombres en el sistema patriarcal también los lleva a modos diferenciales de enfermar, de consultar y de acceder a los recursos.

El enfoque de género no es un nuevo campo dentro de la salud, sino una nueva mirada acerca de las dife- rencias y especificidades en salud de mujeres y varones desde una perspectiva de ciudadanía y de derechos (Tajer, 2004), conceptos ambos tan vapuleados cuando de adultos mayores se trata.

Por ello, cuando nos referimos a la atención de la salud del adulto mayor y a su calidad de vida, necesa- riamente debemos abordar dimensiones diferenciales de género en cuanto a estado de salud y sus determi- nantes socioeconómicos, a la asignación de recursos y el acceso efectivo a la atención conforme a necesidades, distribución del poder y a la carga de responsabilida- des. Si bien estadísticamente las mujeres sobreviven a los varones, ello no habla de una mejor salud. Por el contrario, las mujeres presentan mayor morbilidad que los varones durante el curso de su vida y pueden vivir más años discapacitadas. Pero para el varón la perspec- tiva no es mucho mejor, dado que las representaciones sociales ligadas al sexo “fuerte” y la falta de reconoci- miento de los primeros síntomas hacen que consulte menos por no ausentarse del trabajo en función del rol que se le ha asignado de proveedor del hogar. Este hecho, sumado a la resolución violenta de los conflic-

tos, suele ocasionar un impacto negativo en su integri- dad psicofísica y social (Murgieri, 2011).

Con respecto al impacto diferencial de género en la salud, los varones sufren en este punto un problema relacionado con los estereotipos, ya que por la obliga- ción hetero y autoimpuesta de trabajar y aportar di- nero a la familia, subestiman sus síntomas y no consultan a tiempo, postergando muchas veces los tra- tamientos e intervenciones quirúrgicas que les brinda- rían largos períodos de recuperación sin trabajar.

Por otro lado, la presencia de enfermedades en la vejez es producto también de conductas de riesgo adoptadas en la juventud o en la edad madura. El ta- baquismo y el alcoholismo son adicciones frecuentes en los varones, aunque actualmente se observa un in- cremento en su incidencia en las mujeres.

La mujer en la edad reproductiva, y dependiendo de su posición social, cuida más su salud, pero al enveje- cer, tanto varones como mujeres se encuentran en una situación desventajosa en los sistemas de salud. Es por ello que puede no encontrarse diferencia en los niveles de insatisfacción según el sexo. La mujer de edad avan- zada es particularmente vulnerable en términos físicos y económicos, por su mayor morbilidad, mayor índice de discapacidad, mayor desgaste físico por la “doble jor- nada” y subordinación económica multiplicada por la soledad, ya que son más longevas que sus cónyuges. ACERCA DE LOS TRASTORNOS DEL SUEÑO

Como bien dice Gil Gregorio (2010), los trastornos del sueño son frecuentes en personas de edad avanzada e inciden en el sentimiento de bienestar de los mismos, y es un mito pensar que tales trastornos son propios de la vejez, es decir, comunes en esa edad, cuando muchos de ellos surgen como efecto secundario de patologías físicas o psíquicas. Además, debe tenerse en cuenta el elevado consumo de psicofármacos en este grupo etario y las complicaciones de su uso y abuso, como el desarro- llo de síndromes geriátricos, verbigracia el de inestabi- lidad y caídas, así como el de incontinencia.

Cierto es que uno de los factores que más contribuyen a alcanzar un estado de bienestar físico y psicológico es el sueño. La investigación actual muestra cada vez con

mayor fuerza empírica que existe una estrecha interre- lación entre los procesos de sueño y el estado general de salud física y psicológica de una persona. Asimismo, es muy frecuente la presencia de problemas con el sueño en diversas afecciones médicas y trastornos psicopato- lógicos (Benca, Obermeyer, Thisted, Gillin, 1992).

La calidad del sueño es otro parámetro que diferen- cia a unas personas de otras. Diversos estudios sugie- ren la existencia de una relación positiva entre calidad del sueño y salud autoinformada, como señala Gil Gre- gorio (2010). Este autor demuestra, con 130 personas funcional y socialmente activas de 65 años y de ambos sexos (102 femenino y 24 masculino), que los princi- pales factores que contribuyen positivamente a la sa- tisfacción del sueño son la cantidad de sueño, su calidad y profundidad, y de forma negativa, los desper- tares nocturnos. Muestra incluso que cuanto mayor es la satisfacción de sueño autoevaluada, menores son los síntomas de depresión y ansiedad, menor el número de enfermedades padecidas y menor la cantidad de me- dicamentos consumidos. De estos aspectos, en dicho trabajo la depresión es la que mejor correlaciona con la satisfacción del sueño.

La propia vejez es fuente de ansiedad para la per- sona que está envejeciendo y no logra compensar pér- didas con ganancias en su esfera narcisista.

Hay un asunto que la investigación de ODSA-UCA refiere como malestar psicológico relacionado con la calidad de sueño, y aquí es importante rescatar las ex- presiones “desesperanza”, “deprimido” e “inútil”. Re- cordemos que la forma de presentación de las enfermedades en los ancianos suele ser “atípica” y haber expresiones minimizadas de tristeza. De hecho, una pregunta clave para detectar depresión es justa- mente el sentimiento de desesperanza, y una de las manifestaciones de la depresión es el insomnio de des- pertar temprano. Es atinado entonces proponer el es- fuerzo de no infradiagnosticar depresiones que podrían ser tratadas.

En Estados Unidos, el Instituto Nacional de Salud Mental, que efectuó una encuesta entre 450 pacientes con cáncer, observó que solo dos preguntas del PHQ- 9 ayudaban a aproximarse al diagnóstico. La encuesta

pregunta a los pacientes si en las dos últimas semanas han experimentado poco interés o placer en hacer las cosas, o si se sentían desanimados, deprimidos o des- esperanzados. Se puntúa a los pacientes según las res- puestas a las dos preguntas. Por cada pregunta, un paciente puede responder que no en lo absoluto (lo que vale 0 puntos), varios días (1 punto), más de la mitad de los días (2 puntos) o casi todos los días (3 puntos). Los pacientes que puntúan un total de al menos 3 pun- tos en ambas preguntas se consideran en riesgo de de- presión (Cuestionario de salud PHQ-9, dos primeras preguntas, Kroenke, Spitzer, 2001).

Por otra parte, la somnolencia diurna puede ser efecto de los trastornos primarios del sueño; un pa- ciente con apnea del sueño o síndrome de piernas in- quietas puede tenerla y los encuestados no fueron aparentemente estudiados (polisomnografía). Claro que influye indirectamente en los sectores de bajos re- cursos la posibilidad de efectuarse dicho estudio, por lo que habría un infradiagnóstico relacionado con la calidad de atención y con los recursos.

Con respecto a la relación entre estatus socioeconó- mico y mejor calidad de sueño, se podría inferir una mejor higiene del sueño (luz adecuada, temperatura agradable, no pasar hambre, no dormir hacinados, etc.) en aquellas personas con menos problemas relaciona- dos con la pobreza, mayor nivel educativo y mejor co- bertura de salud.