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Una salvaje muy civilizada

In document La elegancia del erizo (página 127-132)

—Desde luego, con usted es imposible aburrirse —es lo primero que me dice el señor Ozu una vez de vuelta en la cocina cuando, cómodamente encaramada a mi taburete, me bebo a sorbitos el sake tibio, que encuentro bastante mediocre—. Es usted una persona poco corriente —añade, deslizando hacia mí sobre la mesa un cuenco blanco lleno de pequeños raviolis que no parecen ni fritos ni cocidos sino un poquito de las dos cosas. Al lado deja otro cuenco con salsa de soja. —Son gyozas —precisa.

—Al contrario, creo que soy una persona de lo más corriente. Soy portera. Mi vida es de una banalidad ejemplar.

—Una portera que lee a Tolstoi y escucha a Mozart —dice—. Ignoraba que ello formara parte de las prácticas de su corporación.

Y me guiña el ojo. Se ha sentado sin más ceremonias a mi derecha y ha atacado con sus palillos su ración de gyozas.

Nunca en mi vida me había sentido tan bien. ¿Cómo les diría yo? Por primera vez, me siento en un ambiente de confianza total, aunque no esté sola. Incluso con Manuela, a la que sin embargo confiaría mi vida, no tengo esta sensación de seguridad absoluta que nace de la certeza de que nos comprendemos. Confiar la vida no es entregar el alma, y si bien quiero a Manuela como a una hermana, no puedo compartir con ella lo que hila ese poquito de sentido y de emoción que mi existencia incongruente hurta al universo.

Degusto con palillos unos gyozas rellenos de cilantro y carne especiada y, experimentando un desconcertante sentimiento de relajación, charlo con el señor Ozu como si nos conociéramos de toda la vida.

—Una también tiene que distraerse —digo—, voy a la biblioteca municipal y saco prestado todo lo que puedo. —¿Le gusta la pintura holandesa? —me pregunta y, sin esperar respuesta, añade—: Si le dieran a elegir entre la pintura flamenca y la pintura italiana, ¿cuál salvaría usted?

Argumentamos lo que dura un falso paso de armas en el que me complazco en exaltarme por el pincel de Vermeer —pero muy pronto descubrimos que, de todas maneras, estamos ambos de acuerdo. — ¿Piensa usted que es un sacrilegio? —pregunto.

—En absoluto, mi querida señora —me contesta, baqueteando sin ninguna consideración un ravioli de izquierda a derecha en el borde de su cuenco—, en absoluto, ¿acaso cree que he encargado la copia de un Miguel Ángel para exponerla en mi vestíbulo? »Hay que mojar la pasta en esta salsa —añade, poniendo delante de mí un cestito de mimbre lleno de fideos y un suntuoso cuenco azul verdoso del que se eleva un aroma a... cacahuete—. Es un «zalu ramen», un plato de fideos fríos con una salsa ligeramente dulce. Ya me dirá qué le parece.

Y me tiende una gran servilleta de lino color sepia.

—Gracias —le digo.

Y, vaya usted a saber por qué, añado: —No es mío.

Respiro bien hondo y digo: —¿Sabe?, vivo sola desde hace tiempo y no salgo nunca. Me temo que soy un poco... salvaje.

—Una salvaje muy civilizada entonces —me dice sonriendo.

El sabor de los fideos bañados en la salsa de cacahuete es divino. No podría en cambio decir lo mismo del estado del vestido de María. No es fácil bañar fideos de un metro de largo en una salsa semilíquida y luego tragárselos sin causar daños. Pero como el señor Ozu se come los suyos con destreza no exenta de un ruido considerable, me siento liberada de todo complejo y aspiro con brío mis interminables fideos.

—Ahora en serio —me dice el señor Ozu—, ¿no le parece fantástico? Su gato se llama León, los míos, Kitty y Levin; nos gusta a los dos Tolstoi y la pintura holandesa, y vivimos en el mismo lugar. ¿Cuál es la probabilidad de que ocurra algo así?

—No debería haberme regalado esa magnífica edición —le digo—, no era necesario. —Mi querida señora —responde el señor Ozu —, ¿le ha gustado?

—Pues sí —le digo—, me ha gustado mucho, pero también me ha dado un poco de miedo. Es que, ¿sabe?, me esfuerzo por ser discreta, no querría que la gente de la casa se imaginara... —... ¿quién es usted? —completa—. ¿Por qué?

—No quiero llamar la atención. Nadie quiere una portera con pretensiones. —¿Pretensiones? Pero ¡usted no tiene pretensiones, sino gustos, luces, cualidades! —¡Pero soy la portera! —protesto—. Y además, no tengo una educación, soy de otro mundo que no es el de ustedes. —¡Pues vaya una cosa! — dice el señor Ozu, de la misma manera, lo crean o no, que Manuela, lo cual me hace gracia.

Levanta una ceja en señal de interrogación.

—Es la expresión preferida de una amiga mía —digo, a guisa de explicación —¿Y qué le parece a su mejor amiga esta... discreción suya?

Huy, pues la verdad es que no tengo ni idea. —Usted la conoce —le digo—, es Manuela. —Ah, ¿la señora Lopes? ¿Es amiga suya? —Es mi única amiga.

—Es una gran señora —dice el señor Ozu—, una aristócrata. Como ve, no es usted la única en desmentir las leyes sociales. ¿Qué hay de malo en ello? ¡Estamos en el siglo XXI, demonios! —¿A qué se dedicaban sus padres? —le pregunto, un poco nerviosa por tan poco discernimiento.

El señor Ozu se imagina sin duda que los privilegios desaparecieron con Zola.

—Mi padre era diplomático. No conocí a mi madre, murió poco después de nacer yo. —Cuánto lo siento —le digo.

Hace un gesto con la mano, como para decir: de eso hace mucho tiempo. Prosigo con mi idea.

—Es usted hijo de diplomático, yo soy hija de campesinos pobres. Es incluso inconcebible que cene en su casa esta noche.

Y añade, con una sonrisa muy cordial: —Y me siento muy honrado por ello.

Y la conversación prosigue así, con sencillez y naturalidad. Evocamos por este orden: a Yasujiro Ozu (un pariente lejano), a Tolstoi y a Levin segando en el prado con sus campesinos, el exilio y la irreductibilidad de las culturas, así como muchos otros temas que enlazamos unos con otros con el entusiasmo del gallo y el asno, saboreando nuestros últimos arpendes de fideos y, sobre todo, la desconcertante similitud del curso de nuestros pensamientos.

Llega un momento en que el señor Ozu me dice:

—Me gustaría que me llamara Kalcuro, es menos envarado. ¿Le molesta que la llame Renée?

—En absoluto —le contesto, y lo pienso de verdad. ¿De dónde me viene esta súbita soltura en la complicidad?

El sake, que me reblandece deliciosamente el bulbo raquídeo, hace que la pregunta sea terriblemente poco apremiante. —¿Sabe usted lo que es el azuki? —pregunta Kakuro.

—Los montes de Kyoto... —digo, sonriendo ante ese recuerdo de infinitud. —¿Cómo? —pregunta él. —Los montes de Kyoto tienen el color del flan de azuki —digo, esforzándome de todos modos por hablar de manera inteligible.

—Eso sale en una película, ¿verdad? —quiere saber Kakuro. —Sí, en Las hermanas Munakata, al final del todo.

—Oh, vi esa película hace mucho tiempo, pero no la recuerdo muy bien. —¿No recuerda la camelia sobre el musgo del templo? —le digo.

—No, en absoluto —me contesta—. Pero hace usted que sienta ganas de volver a verla. ¿Le apetecería que la viéramos juntos, un día de éstos?

—Tengo la cinta —le digo—. Todavía no la he devuelto a la biblioteca. —¿Este week-end [fin de semana], tal vez? —sugiere Kakuro. —¿Tiene usted vídeo?

—Sí —me dice, sonriendo.

—Entonces, de acuerdo —respondo—. Pero le propongo lo siguiente: el domingo que viene vemos la película a la hora del té y yo traigo los dulces.

—Trato hecho —dice Kakuro.

Y la velada prosigue, mientras continuamos hablando sin afán de coherencia ni preocupación de horario, bebiendo a sorbitos una infusión de curioso sabor a algas. Como era de esperar, debo repetir mis visitas a la taza nivea y la moqueta solar. Opto por el botón de una flor de loto nada más —mensaje recibido—y soporto el asalto del Confutatis con la serenidad de los grandes iniciados.

Lo que es a la vez desconcertante y maravilloso de Kakuro Ozu es que auna un entusiasmo y un candor juveniles a una atención y una benevolencia de gran sabio. No estoy acostumbrada a una relación así con el mundo; se diría que lo considera con indulgencia y curiosidad, mientras que los demás seres humanos que yo conozco lo abordan con desconfianza y amabilidad (Manuela), ingenuidad y amabilidad (Olimpia) o arrogancia y crueldad (el resto del universo). Este pacto entre apetito, lucidez y magnanimidad representa un inédito y sabroso cóctel.

Y entonces mi mirada se posa sobre mi reloj. Son las tres de la mañana. Me pongo en pie de un salto.

hacia mí, con expresión inquieta.

—He olvidado que mañana tiene usted que madrugar. Yo soy jubilado, por lo que eso ya no me preocupa. ¿Le va a suponer un problema?

—No, claro que no —le digo—, pero sí que tendría que dormir algo, aunque sea poco.

Callo el hecho de que, pese a mi avanzada edad y, cuando de todos es sabido que los viejos duermen poco, tengo que dormir como un tronco durante al menos ocho horas para poder aprehender el mundo con discernimiento.

—Hasta el domingo —se despide Kakuro, en la puerta de su casa.

—Muchas gracias —le digo—, he pasado una velada muy agradable, se lo agradezco mucho.

—El agradecido soy yo —me contesta—, hacía mucho tiempo que no me reía tanto y mucho tiempo también que no mantenía una conversación tan agradable. ¿Quiere que la acompañe hasta su casa?

—No, gracias, no es necesario.

Siempre hay un Pallières potencial rondando por la escalera.

—Bueno, lo dicho, hasta el domingo —añado—, o quizá nos crucemos antes. —Gracias, Renée —vuelve a decir, con una gran sonrisa juvenil.

Al cerrar la puerta de mi casa y apoyarme en ella, descubro a León roncando como un oso pardo en el sillón delante del televisor y constato lo impensable por primera vez en mi vida: he hecho un amigo.

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Entonces

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