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DEL TRIUNFO DEL CRISTIANISMO A LA CRISIS DE LA SEGUNDA ESCOLÁSTICA

III. LA EDUCACIÓN EN LA EDAD MEDIA Y LA ALTA ESCOLÁSTICA

19. SAN ANSELMO

Esta pugna entre fe y razón no tuvo sin embargo fortuna en la filosofía medieval, que prefirió atenerse constantemente al principio de su posible armonía. La figura más importante de este periodo, San Anselmo de Aosta (1033-1109), aun insistiendo en la superioridad indiscutible de la fe, no considera posible una oposición entre ésta y la razón. Su lema es Credo ut intelligam: no se puede entender nada si no se tiene fe, pero es necesario confirmar y demostrar la fe con argumentos racionales. Por tanto, San Anselmo se esforzó por explicar racionalmente en sus obras (Monologio, Proslogio, De la verdad, Del libre albedrío, De la Trinidad, etc.) los dogmas fundamentales del cristianismo, sosteniendo que tales dogmas, aun cuando no estuvieran sostenidos por la fe, serían de todas maneras verdades racionales inteligibles para el hombre. Se ocupó sobre todo de la existencia de Dios, que consideró demostrable con un argumento que no hace referencia alguna a la experiencia sensible ni al mundo que es objeto de ésta y que por tanto es puramente a priori. Tal es el argumento ontológico, expuesto en el Proslogio (= discurso dirigido a otros).

El argumento se esgrime contra quien niega resueltamente la existencia de Dios, como el necio del Salmo 13 que “dijo en su corazón: no hay Dios”. Evidentemente, quien niega el concepto de Dios debe tener el concepto de Dios, puesto que es imposible negar la realidad de algo que ni siquiera se piensa. Ahora bien, el concepto de Dios es el concepto de un ser “tal que no se puede pensar nada mayor” (quo maius cogitari nequit). Pero aquello que es tal que no se puede pensar nada mayor no puede existir solamente en el intelecto. Si existiera únicamente en el intelecto sería posible pensar que existiese también en la realidad, es decir, que fuese mayor; pero en tal caso aquello de que no se puede pensar nada mayor, podría pensarse como existiendo también en la realidad, o sea, que fuese mayor; pero entonces aquello de que no se puede pensar nada mayor sería al mismo tiempo aquello de que se puede pensar algo mayor. Por tanto es imposible que aquello de que no se puede pensar nada mayor exista solamente en el intelecto y no en la realidad.

El argumento se funda en dos puntos: 1) Lo que existe en la realidad es “mayor”, o sea, más perfecto que lo que existe sólo en el intelecto. 2) Negar la existencia real de aquello de que no puede pensarse nada mayor significa contradecirse, porque significa admitir al mismo tiempo que es posible pensarlo mayor, es decir, existiendo en realidad.

Al argumento ontológico, el monje Gaunilón, del monasterio de Marmoutier, en su Liber pro insipiente, objetaba que, en primer lugar, un negador empecinado de la existencia de Dios negaría incluso tener el concepto de éste (punto de partida de la prueba ontológica), y que, en segundo lugar, aun admitiendo que se tuviera el concepto de Dios como de un ser perfectísimo, no se podría deducir de ahí su existencia, más de lo que del concepto de una isla perfectísima podría deducirse la realidad de esa isla.

San Anselmo replicó (en su Liber apologeticus) que para demostrar la posibilidad de pensar en Dios basta la fe de que tanto a como Gaunilón están dotados. Y si se puede pensar en Dios, se debe considerarlo necesariamente existente, pues no es posible negar que sea la mayor cosa de todas. De una isla fantástica no puede decirse que sea la mayor de todas las cosas, aun cuando se la conciba perfecta; por tanto, de la posibilidad de pensarla no se sigue su realidad. En cambio, de la posibilidad de pensar en Dios se sigue la existencia de Dios.

Más de una vez se ha observado que la prueba ontológica presupone lo que pretende demostrar y que por lo tanto se revuelve sobre sí misma, dado que la existencia de Dios se halla implícita en el concepto de él como ser tal que no puede pensarse nada mayor y, por consiguiente, en el simple pensamiento de Dios. En realidad ese argumento más que una prueba es un principio que expresa la identidad entre posibilidad y realidad por lo que hace al concepto de Dios. Si se puede pensar en Dios, se le debe pensar como existente: el pensamiento de Dios es el pensamiento mismo de esta identidad entre posibilidad y existencia que define a Dios. Pero es evidente, y el mismo San Anselmo lo dice en el Liber apologeticus, que el pensamiento de Dios no es más que la fe en Dios. El argumento ontológico no es más que la explicación de la fe en forma lógica, la fides quaerens intellectum, el credo ut intelligam.

La especulación de San Anselmo tiene como inspiración y fuente la de San Agustín. Cuenta un su biógrafo que en el momento de morir San Anselmo estaba tratando de aclarar la naturaleza y origen del alma. Había empezado su especulación a propósito de Dios, la terminaba a propósito del alma. Por lo tanto, se había mantenido fiel al programa agustiniano: conocer a Dios y al alma, y nada más.

Por consiguiente no abordó deliberadamente cuestiones pedagógicas, pero en el periodo en que fue obispo de Bec, en Normandía, expresó su desaprobación por los métodos de mortificación física y espiritual que se empleaban por entonces en las escuelas: no crece un árbol entre estrechos muros, observa. Y en esto se inspira también en el pensamiento de San Agustín, refiriéndose al vínculo de amor que debe unir al docente con los discípulos.

IV. NUEVOS HORIZONTES DE LA ESCOLÁSTICA EN EL SIGLO

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