Efesios 6:5-9
Al completar nuestro estudio de esta gran afirmación, también debemos considerar la forma en que el apóstol recuerda a los amos sus responsabilidades. Les recuerda su propia parte en esta situación. "Y vosotros, amos", dice el apóstol, "haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que para él no hay acepción de personas". Una vez más quedamos impresionados por el perfecto equilibrio de la Escritura, por su completa unidad. Por supuesto, en ese sentido las Escrituras son únicas. No hay nada en la literatura mundial que se le pueda parecer. Además, en todas partes de la Biblia, desde el comienzo hasta el fin, se mantiene este equilibrio con toda perfección. Ya lo hemos visto en el caso de las esposas y los maridos, y también en el caso de los padres y los hijos. Jamás se podrá decir a las Escrituras que son injustas; su equilibrio, su justicia, su equidad es una de sus facetas más impresionantes y gloriosas.
Esta es una de las formas en que la enseñanza de las Escrituras resuelve el problema de la sociedad; también ayuda a explicar por qué no hay ninguna otra solución para estos problemas. El mundo actual es un elocuente testimonio de lo que digo. ¿Cuál es la causa de todos los problemas, discordias y choques? Es evidente que el conocimiento y el ingenio de los hombres son incapaces de controlar la situación. Existe un solo medio que puede resolver este problema de 'las relaciones', y ese es el mensaje cristiano, la fe cristiana. Lo hace a su manera, una manera única y asombrosa. Se basa todo en el mandamiento fundamental del 5:18: "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu". Solamente cuando los hombres sean llenos del Espíritu podrán vivir realmente en paz y concordia, es sólo ahí cuando podrán practicar esta clase de vida. Porque cuando las personas están llenas del Espíritu, no hay amargura. La amargura es la maldición de la vida, ella es la principal causa de todos los problemas en las relaciones. Todos los esfuerzos de los hombres por resolver los problemas se ven obstaculizados por la amargura. Se la encuentra en ambas partes de una disputa. Se encuentra en el demagogo que frecuentemente representa a los siervos. El quiere mejorar las condiciones de vida y en ello está acertado, pero pocas veces lo intenta sin causar también muchos sentimientos amargos. Y lo mismo ocurre del otro lado. Los hombres nunca podrán resolver estos problemas porque cada uno persigue su propio bien, cada uno ve solamente su propio lado. La amargura nace debido al egoísmo; y eso es exactamente opuesto de estar llenos del Espíritu. Pero si los hombres de ambos lados en una disputa están llenos del Espíritu, entonces hay esperanza de solución, porque entonces ambos lados están gobernados y
animados por un mismo deseo.
Es precisamente eso lo que el apóstol quiere demostrar aquí. El está diciendo a los amos: "Ahora bien, todo cuanto he dicho a los esclavos es de similar validez para ustedes". Allí está el secreto del cristianismo: nos lleva a todos a una misma posición. En primer lugar nos coloca a todos bajo un común denominador—todos nosotros somos pecadores, todos estamos bajo condenación, todos hemos fracasado; no hay diferencia. "No hay judío ni gentil, bárbaro ni escita, esclavo o libre, hombre o mujer"—"Todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios". Luego se nos refiere al mismo Salvador, al mismo Dios, a la misma salvación. De esa manera hay un principio común que lo gobierna todo, y ello permite resolver los diversos problemas.
Sigamos al apóstol a medida que va desarrollando este tema. Dirigiéndose a los amos les dice: "Ustedes amos, hagan lo mismo". El mundo nunca podrá hablar de esa manera porque siempre tiende a polarizar las posiciones y diferencias. Dirige una apelación a los siervos; y otra apelación diferente a los amos. Pero el apóstol dice, 'hagan lo mismo'. Esto significa que en sus relaciones deben comportarse exactamente igual que los esclavos en las suyas. Deben vivir, 'con temor y temblor', lo que no significa un profundo miedo, sino el temor de desagradar al Señor que está en los cielos; temor de causar daño al evangelio y al reino de Dios. Ellos también deben vivir en 'temor y temblor', y respecto de sus esclavos también deben comportarse con sencillez 'de corazón', tal como se espera que lo hagan los esclavos. Deben hacerlo 'como para Cristo', y deben hacerlo como 'siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios'. 'Sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres'. En estos aspectos no hay diferencia entre ellos y los esclavos. Todos los principios establecidos para el esclavo se aplican igualmente al amo.
Luego el apóstol añade un elemento negativo, así como lo había hecho en el caso de los esclavos. En el caso de los esclavos fue 'no sirviendo al ojo'. Ya vimos que ése era el peligro peculiar de un esclavo, el peligro de mantener sus ojos siempre en sus amos, de hacer un mínimo y de lograr un máximo de provecho. Pero, ¿cuál es la tentación peculiar del hombre que está en el otro extremo—del amo? "¡Las amenazas!" Por eso Pablo añade, 'dejando las amenazas'.
Aquí volvemos a ver el profundo discernimiento psicológico de la enseñanza cristiana. El hombre que está en la posición de ser amo corre diferentes peligros, pero el mayor de todos ellos es el de ser culpable de amenazar a su subalterno. No hace falta decir que el amo cristiano no debe ser áspero en su trato de los siervos, no debe ser cruel, no debe azotarlos ni golpearlos ni pisotearlos. Es algo que dicta la simple decencia humana. Pero el cristianismo trasciende en mucho esos límites. Pablo dice que no sólo no debe hacer esas cosas, sino que ni siquiera debe amenazarlos; nunca debe mostrarles un espíritu equivocado, nunca debe aplastarlos deliberadamente, nunca debe insistir en recordarles que ellos son esclavos y él amo, porque eso es una forma de amenaza. Es posible amenazar a la gente sin decirle una palabra, sin hacerle absolutamente nada. Una mirada áspera o un comportamiento brusco puede equivaler a una amenaza. Mantenerlos rigurosamente en su posición de subordinados, hacerles saber cual es su lugar y que allí permanecerán; sugerirles que más bien les valdría tener cuidado; son todas cosas que se pueden hacer sin levantar una mano, sin pronunciar una maldición o gritar; puede hacerlo mediante su espíritu, mediante todo su comportamiento. El amo cristiano, afirma el apóstol, nunca debe comportarse de esa manera, nunca debe asumir un espíritu injusto, sin mencionar la práctica y la acción.
Una vez más un comentario perfecto de todo esto se encuentra en la epístola de Pablo a Filemón, a quien le manda recibir a Onésimo, su esclavo que había huido, a recibirlo no sólo como esclavo sino que ahora como 'un hermano amado'. Esa es la relación que debe existir entre el siervo y el amo. 'Dejando las amenazas'. Nunca y de ninguna forma debe aprovecharse el amo de la ventaja de su posición para aplastar el espíritu de aquel que le está sirviendo.
El motivo que aquí suple el apóstol es exactamente el mismo que en el otro caso. Permítanme ayudarles a recordarlo. Los siervos (los esclavos) debían servir 'con temor y temblor, con sencillez de corazón, con buena voluntad' y así sucesivamente. Debían hacerlo para agradar al Señor, para ganar a otros a Cristo, para manifestar su gloria y su alabanza. En esta forma también debe servir el amo al Señor. Esta debe ser la mayor ambición de su vida, su motivo principal. Al igual que su subordinado, es esclavo de Jesucristo y está viviendo para la gloria de él y de su
alabanza y honor. Este es el secreto que el apóstol nos revela aquí; esa es la primera motivación que él presenta a los amos.
Vamos a mencionar una segunda razón; y nuevamente se aplica a ambas partes. Se enfatiza particularmente en los versículos ocho y nueve, aunque el apóstol ya la había sugerido en el versículo cinco. El texto dice así: "Sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ese recibirá del Señor, sea siervo o sea libre. Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que para él no hay acepción de personas".
Esta es la segunda gran motivación que debiera gobernar nuestra vida cristiana en su totalidad, de nuestro vivir cotidiano; es decir, el hecho de que vamos a rendir cuentas a nuestro Señor Jesucristo. Se trata de ser conscientes de que somos esclavos suyos, y que todos hemos de rendirle cuentas. Este es un principio que actualmente muchas personas rechazan; en efecto, el rechazo de toda esta idea de rendir cuentas y de pasar por un juicio ha sido una característica de mucho del pensamiento religioso durante el presente siglo. Es un concepto que ha sido rechazado, es un concepto que se ha hecho muy impopular. La gente dice: "Ah, pero esa es una motivación muy indigna para vivir la vida cristiana''. Uno debe vivir la vida cristiana, afirman ellos, porque se trata de una vida noble y exaltada. Uno no debe vivirla en términos del temor al infierno o de la esperanza de estar en el cielo. Uno debe vivir esa vida por amor a ella misma, porque es una vida tan buena y tan maravillosa. Este es un sentimiento que se encuentra en algunos himnos. Se condena lo que ellos consideran una motivación mercenaria y egoísta.
Hace unos cincuenta o sesenta años se solía contar a menudo, tanto en sermones como en libros, una antigua historia. Trataba de un hombre en alguna parte de Arabia que fue visto caminando cierto día con un balde de fuego en una mano y un balde de agua en la otra. Alguien se le acercó y le preguntó: "¿Qué está haciendo con el balde de fuego en una mano y con uno de agua en la otra?" "Bueno", dice el hombre, "uno es para quemar el cielo, y el otro para apagar los fuegos del infierno". Era representado como un gran idealista, como una persona de corazón noble que no estaba interesado en evitar el infierno o ganar el cielo; una persona que creía en 'la bondad, la belleza y la verdad' por amor de ellas mismas.
Ese tipo de enseñanza se introdujo aproximadamente a mediados del siglo XIX. Ciertas personas llamados 'eruditos' comenzaron a decir que la Biblia no era divinamente inspirada en un sentido único, y comenzaron a sustituirla por sus propias filosofías. Propusieron 'la bondad, la belleza, y la verdad' en sentido abstracto como los grandes principios por los cuales debían vivir los hombres; afirmaban que uno no debía pensar en sí mismo. Sin embargo, de ninguna manera es esa la posición cristiana; es mera filosofía, idealismo, pero no cristianismo. Lo digo en virtud de la enseñanza del Nuevo Testamento y en efecto lo digo por causa de la enseñanza de toda la Biblia. Desde el comienzo hasta el fin la Biblia expone ante nosotros la idea del cielo y del infierno. Fue Dios mismo quien señaló las dos montañas—el monte Gerizim y el monte Ebal-—para enseñar una lección de vital importancia a los hijos de Israel al entrar a la tierra prometida. El hecho de tener bendición o maldición dependería del hecho de obedecerle o no.
Nuestro Señor enseñó también esta misma verdad tal como lo vemos en Lucas 12. Los siervos que se mencionan en su parábola en los versículos 42 al 48, serán examinados por su amo cuando este vuelva. Algunos recibirán unos pocos azotes, otros recibirán muchos. También en otras parábolas se enseña esta verdad, por ejemplo, en la parábola de las vírgenes necias, la parábola de los talentos en Mateo 25, y en la parábola de las minas en Lucas 19. Todas ellas fueron dichas para acentuar esta idea de juicio y recompensa. En 1 Corintios 3 esto queda expresado en forma clara y explícita: "La obra de cada uno será manifiesta", dice Pablo. El maestro cristiano como constructor debe ser cuidadoso de cómo construye sobre el fundamento que ha sido establecido, porque "la obra de cada uno se hará manifiesta" (vv. 11-15). Luego, nuevamente en 2 Corintios 5 se aclara esto: "Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo". Nosotros, los que somos cristianos, "para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo" (vv. 9-10). Esa es la enseñanza del Nuevo Testamento. Debemos entonces desechar a un lado la falsa enseñanza idealista. Es precisamente aquí donde demuestra su elemento diabólico. Se presenta a sí misma como algo mejor que las Escrituras, y ¡eso es absolutamente
imposible!
Pero el argumento supremo y más irrefutable en favor de esta enseñanza se encuentra en Hebreos 12:3. Allí leemos que aun nuestro bendito Señor era sostenido por la idea de aquello que le esperaba. Se nos exhorta "a despojarnos de todo peso y del pecado que nos asedia" a medida que corremos esta carrera; "puestos los ojos en Jesús, el autor y consumidor de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio". ¡Por el gozo puesto delante de él! Eso fue lo que le ayudó y lo sostuvo.
Por supuesto, las Escrituras no quieren decir que el hacer estas cosas se ganará la salvación. ¡No! La salvación es totalmente por gracia, es un don gratuito de Dios. La Escritura enseña que "por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios". El hombre es justificado únicamente por la fe, "no por obras de la ley". Todos somos salvos de la misma manera, esto es, mediante la sola fe puesta en el Señor Jesucristo. No importa que hayamos sido buenos o malos antes de la conversión, que hayamos pecado mucho o poco; todos somos llevados a un mismo nivel, y salvados y justificados mediante la sola fe, por gracia. Las Escrituras después de aclarar esto con frecuencia, prosiguen afirmando que debe haber una valoración de nuestras vidas y de nuestro trabajo cristiano, y aunque todos fuimos igualmente salvos, habrá cierta clase de diferencia. El apóstol dice con toda claridad que un hombre que ha construido 'madera, heno, ho- jarasca', sobre el fundamento que es Jesucristo, descubrirá que aquel gran día toda su obra será quemada y que "él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego" (1 Co. 3:11-15). En otras palabras, aunque el hombre que construyó madera, heno y hojarasca sigue siendo justificado por la fe, él mismo sufrirá pérdida. No sabemos cómo. Lo que sí sabemos es que habrá un juicio de recompensa, y que todos aparecerán ante 'el trono del juicio de Cristo' y que recibirán recompensas conforme a sus 'obras hechas en la carne, sean buenas o malas'. Esa es la enseñanza apostólica, y es precisamente la enseñanza que el apóstol da a los esclavos y amos en esta relación particularmente difícil cual es la del empleador y el empleado. Es una enseñanza que siempre debe estar en nuestros corazones, en nuestros pensamientos y en toda nuestra forma de vivir. Es una enseñanza que nos alienta grandemente.
A medida que el apóstol continúa su exhortación utiliza la palabra 'sabiendo' tal como lo había hecho previamente en el versículo 8. Dirigiéndose a los siervos dice 'sabiendo'; ahora al hablar a los amos vuelve a decir 'sabiendo'. Esta palabra bien podría ser traducida así: 'sabiendo como ustedes saben'. En otras palabras, el apóstol lo da por sentado. Esta no es ninguna doctrina nueva, extraña y maravillosa que introduce súbitamente. Pablo dice 'ustedes saben'; y eso equivale a: "Lo doy por sentado. Creo que esto es algo que todo aquel con un poco de instrucción cristiana conoce y, en consecuencia, debe ser gobernado por ello". Pablo sólo les está recordando algo que ellos ya sabían.
Entonces, ¿qué era lo que ellos sabían? Aquí llegamos al clímax de todo lo que el apóstol ha estado diciendo referido a la obligación de someternos unos a los otros. Pablo inició ese tema en 5:21. Una afirmación nueva comienza en 6:10. Y es el versículo 9 el que constituye el clímax de la doctrina según la cual hemos de someternos unos a otros por el hecho de estar llenos del Espíritu y no de 'vino'. Esto es lo que sabemos: que todas las cosas que nos ocurren en esta vida y en este mundo son solamente 'conforme a la carne'. Pablo comienza esta idea en el versículo 5: 'Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales...'. Con eso queda todo dicho. A primera vista demuestra la forma cristiana de encarar el problema de la esclavitud. He aquí un pobre individuo, tal vez un esclavo, quizá un esclavo de cuyas muñecas penden las cadenas y cuyos pies posiblemente también estén encadenados. Sus movimientos han sido restringidos y cerca suyo hay crueles capataces observándolo y dándole demasiado trabajo y estando siempre dispuestos a castigarlo. El apóstol le dice 'sé obediente a tu amo terrenal'. Pablo afirma que esa es sólo una relación; pero existe otra relación distinta y superior.
Es aquí donde entra en vigor el gran principio. Todas las cosas que nos ocurren en este mundo pertenecen al orden temporal; son cosas que solamente duran mientras estemos 'en la carne', mientras estemos 'en el cuerpo'. Esta es una vida pasajera y transitoria; éste no es un mundo permanente. Decimos que 'estamos en camino'.
Aquí, del cuerpo prisionero, peregrinando vivo; mas con la noche mi tienda planto, y estoy un día más cerca tuyo.
'Conforme a la carne'. De modo que cualquiera sea su posición en esta vida y en este mundo, permítame recordarle que se trata de una situación pasajera. No es algo eterno. "Las cosas que se ven son temporales, pero las cosas que no se ven son eternas". Nada es tan importante como comprender esta distinción cualquiera sea su posición. Esto no sólo se aplica al siervo y al amo, al marido y la esposa, a los hijos y a los padres, sino a todas las relaciones y a todas las circunstancias. Tal vez esté luchando con un terrible problema que por un momento le está aplastando; tal vez esté en una situación prácticamente imposible que soportar; tal vez su dificultad tenga que ver con su salud; no importa cual sea la situación, recuerde que cualquiera sea el problema o la dificultad, la misma pertenece solamente a un orden temporal. Se trata de algo pasajero, es algo 'conforme a la carne'. No es eterno. Gracias a Dios por ello. El hecho de ser conscientes de esta verdad ha