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163 que ha seguido á la Francia y á la Italia de Gari-

baldi, Mazzines y Carducci, antes que de Víctor Manuel II y de Cavourt?

Los anglo-sajones, á pesar de lo absurdo de sus creencias, son mucho más religiosos que los latinos, si como particulares, si como miembros de la socie­ dad en que viven, si para educar á su descenden­ cia. Son, pues, este y el otro pueblo latinos los que han dado en la flor de arrojar á Dios de las escuelas y otros establecimientos de Instrucción pública.

Concretándonos á nuestra América; Chile aprueba y costea la Instrucción religiosa en las escuelas; y Argentina la tolera.

En 1848 se promulgó la Constitución política de los Países Bajos; y, por lo que hace á nuestro pro­ pósito, decía así:

« La Instrucción Pública quedará organizada de modo que no perturbe las convicciones religiosas de nadie». Entre muchos de los pueblos latinos, se alega que, para no perturbar la conciencia de los padres de familia, las Escuelas deben ser sin Dios. ¿Es esto no perturbar la conciencia? Parece que mucho hemos hablado en toda nuestra obra á este respecto. Pasemos, pues, al tercer ideal, tan ínti­ mamente ligado con éste: la armonía entre lo sen­ sible y lo espiritual; lo temporal y lo eterno.

Como observa el Emmo. Cardenal González, Beda, Alcuíno y otros filósofos contemporáneos y sucesores de éstos, enlazaron la Filosofía pagana y la patrística con la escolástica que iba á florecer. A esto se opusieron Bacon y Descartes, como ya hemos dicho, é iniciaron la época moderna en que tantos soñadores han abundado. ¿ Quedaremos en

ella? No, porque si en lo momentáneo y de utili­ dad práctica ha errado, mucho más ha errado en lo superior á todo esto. Reprodujo la escolástica con otros nombres y sistemas, ó volvió á las más absur­ das escuelas de la Grecia. ¿Y quedará si tal es ella, dueña del mundo, y, por medio de Escuelas, Co­ legios y Universidades, quedará, decimos, dueña de la sociedad del porvenir? Así creen algunos hombres porque olvidaron que, por siglos que dure el error, jamás llega á eternizarse en el mundo.

Para no repetir lo dicho en otros capítulos, diremos, pues, sólo que uno de los primeros ideales de la educación moderna ha de ser el re­ greso de la Filosofía, con cuanto de grande y sublime debe á sus esfuerzos propios, á la verdad que le legaron algunas de las escuelas antiguas; y, sobre todo, á la escolástica, que no descendió del cénit al cual la elevó el Angel de las Escuelas.

No nos hallamos ahora para muchos ergos disiinguos, pero no son de la edad de oro de la Filosofía escolástica. Por el contrario, Santo Tomás de Aquino jamás sostenía con insistencia nada. Exponía su doctrina, y callaba. Pero, para que se vea que nos hallamos posesionados de la verdad, dígasenos ¿ cuántas fueron las escuelas disidentes salidas del escolasticismo?-Muy pocas, poquísimas, y las más de carácter en verdad científico primera­ mente; y religioso de un modo secundario. ¡Y qué elementos los que podían surgir contra el escolas­ ticismo católico ! Eran nada menos que Platón y Aristóteles y los sectarios de Mahoma y los mismos filósofos formados por la Iglesia, algunos de los cuales debían ser los hijos Urano, con la dife-

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rencia de que la Religión que les dió el sér era en verdad divina; y de que, por tanto, la lucha era librada por Luzbel contra el mismo Dios de cielos

y tierra. . ..

Pero en la época moderna ¿ qué discípulo sigue al Maestro? ¿Cuántos son los maestros en Alema­ nia? ¿Cuántos en Francia? ¿Cuántos en Italia? etc. Y hasta en ese desiertazo de la Rusia ¡.qué de opuestas no son sus doctrinas, y cómo sus conse­ cuencias se van llevando á la práctica! Recordemos el proceso de un nihilista. El abogado, también nihilista, no negó el crimen político en que su de­ fendido fracasó; antes dijo que sus correligionarios no hacían más que llevar á la práctica las doctri­ nas de antemano predicadas por filósofos y publi­ cistas .

El escolasticismo contó de existencia mucho más que la Filosofía moderna, y privó en todo el mundo; y ¿ cuáles fueron sus consecuencias? Ni se nos re­ plique con la Inquisición, etc., porque la misma Francia, que tan frenética celebra la toma de la Bastillaren la cual ni se halló presos, ella misma ha resucitado el cadalso.

Muy á la larga hablamos ya de la necesidad de que el hombre no olvide su fin eterno; pasemos, por tanto, á la educación cívica.

Es uno de los puntos más arduos de la educa­ ción, y que más delicadeza de conciencia requieren en el Profesor y en el escritor pedagógico; y mu­ cho más en los que gobiernan las naciones.

A ntes de venir al punto, volvamos á los Libros Santos, la razón y la Historia.

Se cansó el pueblo de Israel del gobierno de los Jueces, y Jehová le concedió los reyes que pedía;

y basta para probar que cada pueblo puede adop­ tar la forma de gobierno que le plazca. En lo que no debe delirar es en que esa forma deba durar cuanto dure el mundo. Y esto, que hasta cierto punto es una perogrullada, en la práctica es lo más difícil de persuadir á los hombres, porque como observa Duruy, nadie quiere escarmentar en ca­ beza ajena, sino en la propia.

En la época moderna: la Convención y el Direc* torio educaban para republicanos ; Napoleón para imperialistas; sus sucesores para monarquistas; y á la Francia moderna le falta sólo marcar el cuer­ po de sus hijos con el nombre de República y esos otros terminajos: Liberté, , fra tern iié que escribe hasta en los urinarios. ¿Es esto educación cívica mesurada y de duración? Así iríamos discu­ rriendo sobre las demás naciones ; y concluiríamos que pocas, muy pocas distinguen lo efímero de lo que ha de durar; y que, por lo mismo, su instruc­ ción cívica deja mucho que desear.

¿ Por qué, nos decimos, al pensar en todo esto, por qué no se enseña á niños y niñas también lo relativo á la generación? ¿ Es exagerada la pregun­ ta? Así les parecerá á algunos, pero nosotros, con la Historia y la razón á la mano, probaríamos que no hay exageración ninguna en ello. El hombre es libre para sobreponerse á cuanto, con la vida y la leche maternal, le trasmitieron sus padres ; pero esto sucede raras veces ; y muy más raras sucede - rá si á ello se añade la educación.

¡ Dos, tres, cuatro humanidades en un pueblo, para tomar la palabra gráfica de Royer Collard, y la que domina á todas educando como hemos di­ cho!... ¿Ni para qué proseguir?

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