Ni siquiera en esta moderna evasión, la plegaria de la locura, podemos encontrar ninguna esperanza. Nada hay más claro que las desgraciadas víctimas de Satán que se encuentran en plena posesión de sus facultades en el último momento.
Rev. Charles Verey, Nubes sin Agua. Los Antiguos eran, los Antiguos son y los Antiguos serán. Tras el verano llega el invierno; y tras el invierno, el verano. Ellos gobernaron una vez donde ahora gobierna el hombre y volverán a gobernar de nuevo. No en los espacios que conocemos, sino entre ellos. Esperan serenos y primordiales, sin dimensiones y sin ser vistos.
Necronomicon. Te desafío, Jesús, yo, la sacerdotisa de este rito cuyo cuerpo es ahora altar y ofrenda, a que me golpees con la iluminación si es que tu poder es más grande que el de mi Señor y Amo.
León Katz, Drácula: Sabbat. Esta, efectivamente, es una gran muralla.
Richard M. Nixon ante la Gran Muralla de China.
Hubiera sido mucho mejor llegar a este punto antes de que el sobrenatural y acientífico pensamiento típico, tanto de Joyce como de Babcock, resultase enteramente inconcebible para las reflexiones disciplinadas del Profesor Einstein. Un camello negro bajo una luna creciente habría resultado un presagio de casi cualquier cosa para Joyce o Babcock, aunque no resultase ser más que un mamífero domesticado en conjunción con el brillo de un satélite de una estrella de tipo G para la ciencia.
Mientras escuchaba atentamente el maravilloso relato de Sir John Babcock, Einstein, de modo ocasional, se permitía una ligera sonrisa que se rompía en sus labios: el reflejo de
un evolutivo pasado en el que peludos ancestros mostraban los dientes a la vista de comida; aunque, como en aquel caso, fuera un alimento hecho de pensamiento puro lo que inspirara la típica mueca antropoide. El maravilloso (aunque ciego) proceso de la evolución generó un cerebro, en seres humanos avanzados, como era el caso de Einstein, capaz de buscar alimento y agua en la Verdad.
La ciencia, nunca se repetirá lo suficiente, actúa con las modernas lecturas de los modernos instrumentos, permitiendo tan sólo las más económicas descripciones del fenómeno registrado. Es permisible, naturalmente, postular determinados gedankenexperiments (experimentos intelectuales), deduciendo de leyes conocidas las necesarias consecuencias de situaciones hipotéticas. Dentro de un elevador interestelar, por ejemplo, las ecuaciones gravitacionales de Sir Isaac Newton serían obedecidas, según indicarían todos los instrumentos, con lo que los físicos que viajasen en el elevador postularían la explicación newtoniana de sus observaciones. Para un físico externo al elevador, sin embargo, los mismos datos quedarían explicados por las leyes de la inercia. Esta línea de pensamiento dejó al Profesor Einstein, al menos durante un tiempo, divertido y perplejo, pero determinó quedarse al margen y concentrar sus poderes analíticos sobre la novela gótica en la que, evidentemente, vivía Sir John Babcock y en la cual las fuerzas ocultas eran más prevalentes que las leyes científicas.
Se podía ver en todo aquello el principio del relativismo neurológico, lo mismo que el del relativismo físico. Al igual que un nuevo Albert Einstein que rechazó su ciudadanía y al Dios de su pueblo, Sir John había permutado su sistema nervioso por aquellos llamados ejercicios ocultos.
Sí: mis dos observadores intentan medir una barra en movimiento cuando ellos mismos se desplazan a velocidades diferentes. Eso es el relativismo del instrumento. Pero, supongamos que un hombre, un ruso vegetariano y pacifista, y una mujer, católica y conservadora italiana, intentasen comprender la historia de Sir John. No estaría diciendo lo mismo para ninguno de los dos. Eso es el relativismo de la conciencia, del propio sistema nervioso.
Pero el sistema nervioso, mein Gott, es el instrumento que lee los demás instrumentos.
Así que: al igual que mis físicos dentro del elevador nunca podrían decir, desde dentro del elevador, si la fuerza descendente era gravedad o inercia, tampoco pueden decir dos personas, desde el interior de sus propios sistemas nerviosos, qué presunta fuerza externa proporciona las señales que reciben. Por ello, naturalmente, el ateo y el ocultista pueden argumentar eternamente, sin que ninguno de ellos pueda convencer al otro. Estamos atrapados, atrapados, atrapados por nuestras ideas, para siempre en la posición de los cinco ciegos y el elefante. Las reglas de nuestro juego de ajedrez neurológico determinan la forma o el contexto en el que enmarcamos cada nueva señal. El jugador del otro lado, como decía Huxley, queda fuera de nuestra vista.
¿Estará toda la culpa en aquellos sueños? ¿Será debido al incidente del ratón? ¿Por qué el ratón del tebeo sigue reapareciendo? El problema es más de Freud que de la física, esa es la verdad.
Zwei seelen wohnen: las líneas favoritas de Papá. «Tan profundo, Albert... cada palabra viene del corazón de un gran hombre.»
¡Pobre Papá! Siempre preocupándose de que yo fuera un deficiente mental porque no era como los demás chicos. ¿Por qué? Bueno, no lo era. Porque siempre me preguntaba lo que se sentiría al ser un fotón: ¿cuántos años hace de todo esto?
Tenía quince años: sería en 1879 más quince, el mismo año en que renuncié a la nacionalidad alemana; sí, sería en el noventa y cuatro, 1894. Más o menos cuando leí el caso de Bell en la Corte Suprema americana. Schweinerei capitalista: desde 1872 (serían... unos siete años antes de que yo naciera) luchando por poseer los electrones. Siete más quince son veintidós; veintidós años, entonces, estuvieron pleiteando Alexander Graham Bell y sus competidores por la patente. Poseer electrones, mein Gott. Todos los años de mi vida en una oficina de patentes. El tedio de la avaricia. Como si alguien pudiera poseer una ley de la naturaleza. Königen, kirchen, dummheit und schweinerei.
Pero los monos todavía siguen buscando dinero, bonos, patentes. Predadores mamíferos. ¿Acaso he nacido en un planeta equivocado? La única esperanza para la humanidad: meter todos los billetes, bonos y acciones en una bonita bolsa de basura y carbonizarla. Walpurgisnacht? «Tan profundo, Albert.» Sí: y que las masas bailen alrededor de las llamas celebrando su liberación de la antiquísima tiranía. El fénix de la libertad vuela de nuevo.
O quizá todo esto se encuentra genéticamente impreso. La predación y la jerarquía son cuestiones de los vertebrados. Quizá nací en el planeta equivocado. Biedermeier, así me llamaban en el colegio. Biedermeier: demasiado estúpido para mentir.
En francés habría sido Pierrot le Fou. ¿En inglés? Simple Simon. No: mejor Honest John. Biedermeier Einstein.
Zwei Seelen wohnen ach! in meiner Brust. Debe significar algo. Si yo fuera Hegel, sospecharía que no quiere decir nada. Pero, de cualquier modo, Goethe siempre quiere decir algo.
El tío Jacob ridiculizaba esas leyes kosher. Bueno, la verdad es que Mamá nunca tuvo un pollo kosher. Todos éramos unos herejes. Aunque sólo el tío Jacob se decía abiertamente ateo. Aquello fue bueno para mí, como los años que acudí a la escuela católica. Nacer judío, tener un tío ateo y estudiar en la escuela católica: eso abre las células cerebrales. Gran diversidad de señales.
Sí: cuanto más conflictivas son las señales recibidas, mayor hacemos nuestra imagen del mundo para acomodarnos a ellas. La gente tiene mente pequeña porque cada nación, cada iglesia y casi cada familia restringe las señales. Hablar de aumento de los viajes (con lo que también se habla de aumento de las comunicaciones) significa que todo el mundo podrá recibir más señales conflictivas. Eso hará que los primates agudicen su ingenio... quizá. Imposible seguir siendo un pequeño católico italiano tras el encuentro con muchos, muchísimos, protestantes alemanes. El inglés que vuelve de la India no es al 100 por 100 de sangre inglesa. Sí. Los viajes y las comunicaciones se acelerarán en este siglo, de modo que la gente tendrá que hacerse más inteligente.
Si la guerra no nos devuelve a las Edades Oscuras.
Muy claro. Pero el pacifismo es más básico que el socialismo, debe serlo. Si no encontramos un final para la guerra, quedará muy poca civilización por socializar. Pero a
ver quién intenta decírselo a lo socialistas, ¡que Dios le ayude! Si todo se derrumba, primero serán franceses y alemanes y luego socialistas. Cuando el tiroteo se detenga. Y:
También muy claro. Llegaremos a ver más curvas en las nuevas ecuaciones. No euclídeas, convergentes. Geodésicas. No podrán ser vistas ni experimentadas, sólo conocidas mediante las matemáticas. Nicht aus dem Sinn.
Comunicaciones cada vez más rápidas, para que cada Iván, Hans y Juan sean una mezcla de señales católicas, judías y ateas, o algún embrollo equivalente: obligarles a pensar y a elegir.
Zwei Seelen wohnen... Sí. Los dos tipos de consciencia, lo que Freud llama consciente y subconsciente, son las dos almas de las que hablaba Goethe. El Amanecer Dorado de Sir John es un juego neurológico mediante el cual el alma subconsciente, que ellos llaman cuerpo astral, alcanza la consciencia.
Pero ni siquiera Freud comprende la relatividad del instrumento, del propio sistema nervioso. Nos encontramos en esta habitación —Joyce, Sir John y yo mismo— existiendo en tres realidades neurológicas diferentes, lo mismo que mis viajeros del espacio a diferentes velocidades y existiendo en diferentes realidades de espacio-tiempo.
La sombra de la vista y los sentidos: la relatividad del instrumento. Nur der Wahnsinnige is sich absolut sicher.
Me pregunto si algún psicólogo habrá descubierto algo en esta línea de razonamiento.
Si no es así, naturalmente, habrá un pfennig de diferencia si todo eso del Amanecer Dorado puede seguir su senda hasta los Rosa Cruces de la Edad Media, hasta Adán, o incluso hasta la primera ameba. No tendrá la menor importancia que Mr. Robert Wentworth Little inventase toda la «tradición» del aire caliente y otras claves perdidas en colaboración con la enigmática Fraulein Sprengel. El hecho objetivo significante en el que se enfoca la atención científica debe ser aquél que enlaza a esta organización de nuestro amigo Babcock con una sociedad secreta dedicada a proyectos de los que no sé nada, actualmente, aunque él dice que son muchos. De hecho, demasiados. Como todos nosotros, todos los días.
La absurda evidencia de la hyphoteses nonfingo de Newton: actualmente, es imposible no teorizar. La velocidad de transmisión nerviosa en el cerebro es tal que no podemos separar la percepción de la conceptualización. Es un concepto del que estoy ahora mismo hablando a los seres humanos. Joyce y Babcock podrían ser meros autómatas que se hacen pasar por seres humanos, o quizá yo esté alucinando. ¿Quiénes sino Poincaré y Mach podrían comprender todo esto? Vivimos, como dice Joyce, en una red de construcciones simbólicas creada por nuestros cerebros. Los Herrdoktorprofessors no pueden entender mi papel en la relatividad del espacio-tiempo porque ellos piensan que «medida» es un hecho, no un concepto de nuestros cerebros.
Y esto, también: cuando renuncié a mi ciudadanía en Milán hace ya casi diecisiete años, sentí algo similar a lo que el profundo psicólogo llama la experiencia del renacimiento: me redefiní y me redescubrí a mí mismo. Lo mismo que cuando rechacé al Dios de mis padres. Quizá ambas cosas fueran necesarias antes de que redefiniera y
redescubriera el espacio y el tiempo. Renunciar a lo viejo ha de preceder al descubrimiento de lo nuevo.
Así: tras todo este galimatías, esto es básica, estructuralmente, lo que describe Sir John: un proceso mediante el cual un chico huérfano y a la deriva por el mundo con el dinero suficiente descubre un nuevo camino para definirse y percibirse a sí mismo. Y también, claro está, su mundo. Lo mismo que yo redefiní el mundo tras redefinirme a mí mismo. Un juego de ajedrez mental.
Pero, ¿cuáles son las reglas de ese juego y cómo ha llegado a alcanzar el estado de terror en el que vive? ¿Quién o qué es el jugador que hay al otro lado? Eso es lo primero que tengo que entender: las reglas del extraño juego mental llamado Orden Hermética del Amanecer Dorado.
No tengo que preguntar «¿Cómo se siente uno siendo un fotón?», como Biedermeier Einstein hace dos décadas, en 1894, sino, en este caso: ¿Cómo se siente uno siendo aprendiz de brujo?
LOS ARCHIVOS GENETICOS
El primer Furbish Lousewart fue conservador de la grande y verde Mansión Babcock. De la grande y verde Mansión Babcock fue conservador y le encontraron una terrible noche entre la muerte breves horas después de que acaeciese el sangriento nacimiento de su ser de la matriz de su madre. Furbish Lousewart fue un bastardo que encontraron con bello hallazgo.
De aquel linaje, del bello Furbish, se dice que fue plantado en el vientre de su madre por el coadjutor de Weems, un hombre más grande que cualquiera de los que fueran armados caballeros por Round John o el Sagrado Jabalí de San Hubert, pues San Hubert era la iglesia de Weems en la que actuaba de coadjutor. De la madre de Furbish se dice que fue una doncella que penaba un pecado sensual con un piadoso peregrinaje a la tumba de Tomás contando un cuento fabuloso a un tal Geoff. Chaucer, quien en verso, transcribió aquel cuento y lo hizo libro para que todos lo conociésemos. También dicen que sirvió de modelo para la hermosa Sacerdotisa de las cartas gitanas llamadas Tarot, carta que antaño mostró a la Papisa y actualmente a la Alta Sacerdotisa.
Lord Greystoke llamó al recién nacido Furbish Lousewart a causa de lo encantador que les pareció cuando le encontraron en un pesebre. Furbish Lousewart era el más exquisito nombre que pudiera tener un amante de la Alegre Inglaterra en aquellos días, casi comparable al nombre vernacular de herba pedicularis, una flor bellísima de la familia de los dragones, que no tuviera otro apelativo que el de flor bella y encantadora.
Furbish Lousewart creció y se hizo fuerte, siendo amigo de la cautela aunque desarrollando muchos recursos: contaba con sus tres hijos varones (legítimos) y siete niños de ambos sexos (ilegítimos), pero, ay, murió entonces en la Sagrada Cruzada contra los terribles sarracenos que poseían la Tierra Santa por la fuerza de la espada. Todo el mundo dice que aunque él (F. Lousewart) impresionó más a la posteridad por su ardiente valor que por la fidelidad al sagrado lecho del matrimonio cristiano, el Rv. Hon. Juez Mr. P.J. Farmer, entendido en genealogía y cuestiones de anticuario, dijo en muchas ocasiones (a oídos de muchos que gozaban de buena reputación) que el único Greystoke que sobrevivió a la Cruzada fue un falso Greystoke, fruto de la unión de Lady Greystoke con el bribón ya mencionado, Furbish. Si esto fuese cierto, el noble linaje de los Greystoke (quienes, por Papistas que fueran, dice la gente, no dejaron de ser buenos anglicanos) sería de origen
plebeyo y bastardo. Si es verdad, a decir de todo el mundo, la historia no deja de ser divertida.
Al menos la ciencia puede pronunciarse con matemática certeza: dentro de los testículos del Vizconde Greystole la noche del 26 de junio de 1914 restaba exactamente un dieciseisavo (0.0625) de la información genética que formó la plantilla neurogenética de Sir John Babcock, mientras que dentro del testículo del primo del Vizconde Greystoke, Giacomo Celine, restaba exactamente un cuarto (0,25) de la información genética de Hagbard Celine, quien más de dieciséis años antes acudiera a informar al tío abuelo del guardamontes de Sir John de que no había enemigos por ninguna parte.
DE SOMNIIS VESTIMENTA HORRORIS
De la ironía de los grandes horrores, la casualidad está completamente ausente, como si nos recordase que en verdad no existen cosas tales como la falta de motivo o la maldad de la carencia de mente. El espejo destrozado de Sir John le inspiró, sutil e indirectamente, para que empezara a acomodarse de algún modo al siglo veinte, pero, al mismo tiempo, los infernales terrores de siglos pasados se reunieron a su alrededor más insidiosamente que antes. La rotura resultó sólo moderadamente inquietante en un principio, aunque no volvería a mirarse en él sin imaginar ver, en la distorsionada imagen de sí mismo creada por los vidrios rotos, algún depresivo y amenazante símbolo del lado oscuro de la fuerza del Vril que le habría atacado aprovechando el punto débil abierto en su susceptibilidad por los voluptuosos anhelos despertados, quizá deliberadamente, por la enigmática Lola y sus descaradas y casuales alusiones al ritmo del acto de la cópula y la roja cobra del deseo. Le atacaba una desagradable idea, aunque intentaba librarse de ella; sería una locura aceptarla, sin mejores evidencias que la coincidencia de un mal sueño con un temblor de tierra, aunque el insidiosamente turbador concepto siguiese creciendo en su mente: quizá se había encontrado con una bruja auténtica y el mundo medieval que tanto estudiase cobraba vida aparente a su alrededor.
El dormitorio le resultaba insidiosamente deprimente, sobre todo por el espejo roto y sus locas imágenes bicamerales, aunque también se detectaba algo desagradablemente sutil en cualquier otra parte de la inmensa casa: algo desagradable e inquietante, casi una sensación de decadencia y morbidez, que parecía permear el aire; algo sin nombre y vago, un mero bosquejo de nuevas presencias y posibilidades, probablemente creadas por su activa imaginación, aunque pareciera de naturaleza autóctona, virtualmente antediluviana, furtivamente sugerente de odiosos secretos de tiempos olvidados y actos contra la Naturaleza y contra la Escritura. La invasión de incluso los muebles por aquella rudimentaria presencia resultaba desconcertante, si se comparaba la luz de la cambiante atmósfera ante la Fuerza Oscura (como él la llamaba) con la previa ubicuidad que colmaba la Mansión Babcock de normalidad basada en el estricto sentido común.
ACCION SONIDO
EXTERIOR. MANSION BABCOCK. PLANO LARGO. La casa casi se pierde en un paisaje de
árboles
oscuros y sombras del crepúsculo.
EXTERIOR. MANSION BABCOCK. PLANO MEDIO. La casa, oscura y amenazadora. La
bicicleta
barata frente a la entrada.
Tambores vudú.
Sir John se embarcó en una campaña destinada a desterrar todo el estropeado mobiliario, no sólo el maldito espejo, sino la totalidad de la Mansión Babcock y pronto todo el lugar se animó con vendedores y obreros atraídos por un amplio proyecto de modernización, que incluía, por ejemplo, la instalación de electricidad en todas las habitaciones. Requirió muchos meses pero, finalmente, la Mansión Babcock quedó completamente adaptada al siglo veinte. El maligno humor de las odiosas fuerzas desatadas contra Sir John siguió, no obstante, actuando, mientras su superficial adaptación al presente avanzaba febrilmente por la casa, con una creciente invasión de su vida interna mediante los más infernales y antiguos terrores.
Sir John continuó soñando frecuentemente con la Capilla Peligrosa y así una vez se encontró en un inmenso calabozo subterráneo, donde multitudes de personas hoscas y estúpidas argumentaban y debatían violentamente. «¡Seremos los dioses tales!», gritaban alguno. Pero otros replicaban: «¡Seremos los dioses cuales!» Y parecían fuera de sí. «No hay Capilla, no hay Grial, eso sólo son cuentos para los niños», musitaba el oso guerrero de Alicia. «Los tres ovus, nuestro tamaño, nuestro peso», cantaba un Erring Go BRA de