1. EL PROTAGONISTA Y SU ESTADO INICIAL: ÉTICA DEL EGOÍSMO
1.3. LA RATIFICACIÓN DEL EGOÍSMO EN LA CULTURA
1.3.1. La cultura y algunos sus inventos
1.3.1.2. Un segundo invento cultural: El Estado
Otro de los grandes inventos culturales que ratifican el egoísmo humano y que, es también un importante motivo de reflexión en las páginas de La sociedad de los otros, es el de ‘El Estado’ como mecanismo de organización social. En el tercer capítulo se ahondará en este tema, pero por ahora, interesa explicar de qué manera, también este concepto, acuña una evidencia más de la conducta egoísta en el hombre, de la que se ha venido exponiendo en coherencia con los planteamientos de la obra de Nicholson.
La novela, pone de relieve una fuerte crítica de carácter político en torno a los modelos de construcción de la mayoría de sociedades dominantes en el mundo actual. William, el protagonista del relato, ha sido pensado por el autor como un joven adscrito a una sociedad ‘desarrollada’ o lo que comúnmente se llama ‘sociedad de primer mundo’. Una sociedad así entendida, principalmente en términos de progreso o poder macroeconómico. Al tener él, el estatus de ciudadano de esa sociedad, puede gozar de unas condiciones de bienestar general. La sociedad de la que proviene William es un Estado de Derecho en su mejor expresión europea. No obstante, su viaje lo llevará a un escenario completamente distinto; a la otra cara de Europa hasta entonces desconocida para él; a algún territorio del lado oriental donde impera un ‘estado de emergencia’, en términos de la constitución colombiana, un ‘estado de conmoción’. O lo que, puesto en términos más simples, no es otra cosa que un estado de guerra, de desorden, de caos, que aterra al ‘occidental-europeizado-’ William, tan pronto como cruza las fronteras de su geografía conocida:
Me encuentro en un país que se halla en estado de emergencia. Las autoridades están machacando a todos los grupos de la oposición, con la excusa de que combaten el terrorismo.66
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Estado de emergencia, estado de excepción, Estado absolutista, Estado democrático… cada pareja de términos dirige a connotaciones diferentes, pero al fin, comparten la misma primera parte: Estado. Ese es por ahora, el vocablo que más interesa: ¿Qué entender por Estado? y ¿Qué tiene que ver aquello con el asunto del egoísmo en la cultura?
Anteriormente se indicó que la primera forma de naturaleza es demasiado ruda y apabullante para el hombre. En virtud de ello, éste se asocia y se organiza con otros hombres a través de la cultura, muy a pesar de que quisiera simplemente pasar por encima de todos y de todo, como criatura devoradora y destructora que es. Es justo su egoísmo el que lo lleva a conformar una sociedad con normas, instituciones, jerarquías, y demás. Al asociarse, busca antes que nada la protección y el fortalecimiento que como sujeto individual, egoísta y aislado difícilmente tendría. Por tal razón, se ve obligado a someter su propia voluntad a cambio de soportar las voluntades de otros, que en el fondo desearía no aceptar en lo más mínimo. Se trata de una transacción en la que ha de aceptarse algo, a cambio de obtener un beneficio superior. Así se da el fenómeno de las sociedades humanas que Schopenhauer ilustraba magistralmente a partir su ideada historia sobre los puercoespines:
En un frío día de invierno, una manada de puercoespines se juntó para resguardarse de la helada gracias a su propio calor, amontonándose unos encima de otros. Pero sucedió que se pincharon entre ellos haciéndose sangre y tuvieron que separarse rápidamente; otra vez sintieron frío. Así entre el peligro de morir de frío o de hacerlo por el dolor que se infringían mutuamente con sus espinas, acabaron encontrando la distancia correcta.67
A través de este ingenioso sistema, cada individuo forzado a participar de una sociedad encuentra su distancia más aceptable, aunque como ha de esperarse, intenta colocarse siempre en el centro de importancia y deja a los otros en un grado inferior de consideración. Es por eso que en el decir cultural del hombre,
67 SCHOPENHAUER, Arthur. Parerga y Paralipomena. Escritos filosóficos sobre diversos temas. Madrid: Valdemar. 2009 p.396
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constantemente se hace hincapié en un ‘Estado de Derecho’ y rara vez en un ‘Estado de Deber’; es decir, en los modelos mentales del hombre, el énfasis siempre se hace en los beneficios que cada uno espera obtener de esa asociación indeseada, pero escasamente el individuo enfatiza en los deberes y responsabilidades que asume y que en general cumple a fuerza de obligación. Se crean instituciones para garantizar esos derechos, se simula el interés en un bien general, pero la esencia sigue inmutable: Interesa el provecho particular que se pueda obtener bajo la máscara de una ‘noble’ sumisión del sujeto egoísta, puesta para aparentar armonía en el colectivo. El Estado funciona pues, como un invento regulador de todas las voluntades individuales. Esto significa que, a la vez que garantiza libertades por un lado, reprime y contiene por el otro. El Estado “Ha sido instituido, no contra el egoísmo, sino contra las desastrosas consecuencias que resultan para todos de la multiplicidad de los egoísmos individuales que turban el bienestar común y a fin de asegurar ese mismo bienestar”.68 En un escenario diferente, si el hombre se moviese en un estado de naturaleza básica, este género de carniceros -como lo han llamado diversos autores-, tendría vía libre para devorarse entre sí como los lobos. Solo el hombre es capaz de dar forma a los más encarnizados ensañamientos en contra de otros semejantes. Es la imagen terrorífica con la que William tropieza durante su viaje una y otra vez en un estado de salvajismo. La imagen de la muerte de Marker a manos de las fuerzas del gobierno; la imagen de la muerte de un prisionero a manos de Petra, líder opositora a ese gobierno; no interesa el cambio de bando, la barbarie es la misma:
Sigo sin poder creer lo que van a hacer. Pero el prisionero sí lo cree. Forcejea, se retuerce y solloza, intentando escapar patéticamente. (..) lo sujetan al árbol. Está muy débil, y apenas puede resistirse. Stefan le echa la cabeza hacia atrás tirándole del pelo. Petra se le acerca, sostiene la barra al rojo donde él pueda verla y le dice algo. Después hace un movimiento que yo no miro y él aúlla como ya he oído en otra ocasión. (…) Poco después oigo un disparo y vuelvo sobre mis pasos. El prisionero ha caído hacia delante, aún atado al árbol, y la sangre mana de un costado de su cabeza. Los otros fuman de nuevo en silencio.69
68 SCHOPENHAUER. El mundo como voluntad y representación. Op. cit.,, p.377 69
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La lujuria por el dolor, la tortura, el terror, el odio sin límites se despliegan cuando el invento del Estado colapsa y las máscaras de sus nobles ciudadanos son dejadas de lado. Se ratifica una vez más la sentencia de Hobbes: homo homini lupus formulada siglos atrás y que aún hoy sigue en vigor en las diversas instancias de las sociedades modernas. ¡El animal más peligroso del planeta se llama hombre! Por ello una próxima versión sutilmente mejorada de Hiroshima, perfectamente lograría reducir a cenizas los Estados más modernos, y a su paso, toda otra forma de vida en la tierra. Con razón el antropólogo Marvin Harris señala que: “Somos la especie más peligrosa del mundo (…) porque sabemos cómo proveernos de instrumentos y armas mortíferas que cumplen la función de dientes, garras, aguijones y piel con más eficacia que cualquier simple mecanismo anatómico.”70 Pero más que eso, como advierte Osborne Wilson: “La diversidad terrestre... se reduce a paso acelerado por efecto de la destrucción de hábitats naturales, deterioro debido al recalentamiento del clima,(…) por la contaminación ambiental y la sobreexplotación (…) fenómenos todos causados por el hombre” 71