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Seis preguntas acerca de la teoría y la praxis

Pregunta.—A juzgar por tu texto «Theorie und Praxis», publicado en Zeit-

Messungen, existe en el presente una situación en los países industriales

desarrollados en la que no puede distinguirse un sujeto revolucionario para una praxis revolucionaria o radical. ¿En base a qué criterios puede determinarse si una acción es realmente revolucionaria o radical?

Marcuse.—Que una acción sea revolucionaria o reformista o ninguna de las dos cosas sólo puede determinarse a partir de un análisis a fondo de la situación dada. El análisis ha de mostrar qué transformación radical es realmente posible en esa situación del capitalismo. Si existe esa posibilidad,

entonces ella y sólo ella debe ser utilizada.

Pregunta.—Dado que las capas decisivas de la clase obrera, las de las industrias clave, ya no apoyan hoy ninguna transformación revolucionaria de la sociedad, ¿cómo puede evitarse una total resignación de aquellas capas que desean esa transformación o que quieren introducirla por motivos de conocimiento?

Marcuse.—Un revolucionario no se resigna cuando la revolución no está a la vuelta de la esquina como él había esperado. A esos impacientes, habría que recordarles lo que Marx dijo tras el fracaso de la Revolución de 1848: faltan todavía décadas de lucha de clases antes de que la revolución socialista sea asunto inmediato.

Debería ser evidente para un marxista que bajo el capitalismo tardío la palanca de la transformación no puede ser la misma que actuó en 1850 o en 1870 y 1900 e incluso en 1917-1918. La cuestión de cómo se ha llegado a la situación actual en los países de capitalismo maduro es merecedora de una investigación a fondo. Pero a eso yo no le llamo resignación.

Pregunta.—En el trabajo sobre los elementos femeninos en el socialismo incluido en Zeit-Messungen, se constata una contradicción entre la necesidad de la agresividad en la lucha por la igualdad y el momento no agresivo (femenino) simultáneamente necesario en el proceso de la emancipación. ¿Cómo puede resolverse esta contradicción?

Marcuse.—Hay que subrayar que se trata de una contradicción real, dialéctica. Es muy difícil imaginar concretamente cómo podrá resolverse este antagonismo entre, digamos, la necesaria agresividad y la antítesis femenina. Lo único que puedo decir ahora al respecto es que ha de producirse una transformación en las raíces y que, por ejemplo, las mujeres han de tener acceso a las profesiones que hasta ahora han estado mayoritariamente reservadas a los varones y que precisamente las mujeres deberían trabajar por un cambio en las relaciones humanas, incluyendo las relaciones profesionales. Parto de la base de que los hombres siguen siendo hombres en «los negocios» y no sólo instrumentos de la competencia y objetos del beneficio. En cualquier caso, me parece esto una oportunidad para conseguir los objetivos del movimiento de las mujeres. A lo que debo

añadir: todos estos esfuerzos sólo conocerán el éxito si las mujeres trabajan junto con los varones que están en la oposición.

Pregunta.—¿Hasta qué punto puede configurarse en tanto que praxis dominante un medio alternativo en el que las nuevas cualidades, que tú llamas femeninas, sean potenciadas sin que los portadores de una tal praxis

alternativa, mujeres y varones, fracasen ante las formas habituales de

conducta e intercambio?

Marcuse.—Crear un medio para la praxis alternativa sólo puede significar, en mi opinión, ampliar progresivamente a escala de la sociedad existente el ámbito en el que las mujeres trabajan ya profesionalmente y donde están ya organizadas. Un medio global para la praxis alternativa presupone ya la transformación de la sociedad global.

En la situación actual del capitalismo, la estrategia socialista requiere una táctica reformista que pueda ser paulatinamente ampliada y radicalizada hasta un punto en que el sistema ya no la pueda asimilar. Ésta es la relación correcta entre lo «reformista» y lo «revolucionario». Ejemplo: que un grupo determinado que haga un determinado trabajo en una fábrica imponga su autoorganización es algo seguramente todavía aceptable por el capitalismo. Pero la ampliación de esta autoorganización al conjunto de la jerarquía de la fábrica señala el punto en el que la táctica reformista alcanza un objetivo estratégico —esto es, cuando muta en revolucionaria—. Esto presupone, a su vez, la solidaridad internacional. Y a este respecto hay que decir que solidaridad internacional hoy sólo existe del otro lado. Existe una internacional extraordinariamente efectiva de la policía y de los servicios secretos, una internacional del gran capital. No hay una internacional análoga de quienes están en la oposición. Hay que apoyar sin reservas las acciones de solidaridad internacional como, por ejemplo, las de Amnistía Internacional, entre otras. Pero, en la situación actual, la energía principal no ha de dirigirse a una solidaridad fundamentalmente verbal, sino que tenemos que trabajar por la solidaridad en el lugar donde nos encontremos. Pregunta.—Tú, como cofundador de la Teoría Crítica, criticas una peligrosa unilateralidad en la orientación del marxismo actual favorable al despliegue de las fuerzas productivas. ¿Qué significa esto?

Marcuse.—Esta orientación era completamente adecuada y natural en Marx si tenemos presente en qué época elaboró él la teoría de la economía política. En aquella época era verdaderamente una cuestión de vida o muerte desplegar las fuerzas productivas en una medida tal que la sociedad fuese lo suficientemente rica como para realizar el socialismo. Hoy, las cosas son completamente distintas en los países industriales altamente desarrollados —y es en ellos donde, según Marx, tenía que hacerse la revolución socialista—. La terca e irreflexiva acentuación del necesario desarrollo y ulterior desarrollo de las fuerzas productivas puede conducir fácilmente a que se perpetúe la sumisión del hombre a los instrumentos de su trabajo. Así, la realización del socialismo resulta permanentemente suspendida, aplazada. Esto puede justificarse hoy todavía con la competencia que los países socialistas hacen a los capitalistas.

Lo que está en la base de la orientación favorable al desarrollo continuo de las fuerzas productivas es la idea completamente adialéctica de que una productividad permanentemente ampliada y mejorada ha de desembocar finalmente en el socialismo. El paso de la cantidad a la calidad queda suspendido; se espera un desarrollo más o menos rectilíneo hacia el socialismo. La alternativa a esto es una reorientación del socialismo: la

modificación radical del sistema de las necesidades. En mi opinión, esto

forma parte hoy necesariamente del concepto de socialismo. El socialismo

significa una sociedad cualitativamente distinta, no sólo cuantitativamente.

Pregunta.—En tus respuestas, subyace una identidad entre el marxismo y la Teoría Crítica, de acuerdo con la interpretación que de sí mismos hacían, ciertamente, los fundadores de esta última. ¿En qué consiste hoy la importancia de la filosofía marxista? ¿Cómo puede señalarse con claridad que la filosofía marxista, el marxismo, en la medida en que la teoría y la praxis se conjugan en él, constituye un elemento esencial de la revolución? Marcuse.—La importancia de la filosofía marxista consiste hoy en lo que siempre ha consistido, a saber, que elabora conceptos capaces de dar cuenta del todo social y, además, en la perspectiva de su posible transformación. Pienso que la teoría marxista puede seguir pretendiendo esta significación dando por supuesto que los conceptos básicos elaborados en el siglo y a comienzos del no sean objeto de una mera recepción y repetición, sino

que sean ulteriormente desarrollados. Que un marxista reproduzca hoy lisa y llanamente los conceptos de Marx y los aplique a la situación muy diferente del capitalismo actual, a condiciones diferentes, a la diferente conciencia de la clase obrera, que injerte sencillamente esos conceptos a la situación actual, es imperdonable. Esto es lo que yo llamo cosificación, fetichización y ritualización de la teoría de Marx. Este tratamiento o, mejor, maltratamiento de la teoría de Marx es hoy en un sentido objetivo reaccionario y contrarrevolucionario, juega en la práctica a favor de las condiciones existentes, porque la distancia entre los conceptos cosificados tal como se utilizan hoy y la realidad es tan evidente que una concepción que no dé cuenta de este cambio no puede ejercer ninguna influencia sobre las fuerzas potencialmente radicales capaces de producir la transformación.